Aunque en numerosas ocasiones he escrito sobre mi paisano y amigo Ismael Jordi en las críticas de Filomusica.com, creo oportuno ofrecer aquí y ahora mi opinión sobre la actual encrucijada en la carrera del tenor jerezano , quien con su participación en la Iphigénie en Tauride de Gluck junto a Violeta Urmana y Plácido Domingo el próximo diciembre en Valencia conoce sin duda su hasta el momento más importante espaldarazo. Pero también se enfrenta a un cúmulo de decisiones que han de marcar, para bien o para mal, el futuro de su trayectoria. Se ha hablado bastante de Ismael, he discutido mucho verbalmente con otros melómanos sobre el asunto, algunas personas han sufrido actitudes intolerantes por parte de quienes pretenden convertirse en su “guardia pretoriana”, y por todo ello creo que, en definitiva, es el momento adecuado para dejar mi opinión por escrito. Intentaré ser más claro y objetivo que nunca.
Ismael Jordi me parece un buen, interesante y apreciable cantante. Pero de momento no es un gran tenor. Y eso que virtudes precisamente no le faltan. Su voz, sin ir más lejos, es muy hermosa, y cuenta con un tinte plateado que la hace muy atractiva. Su técnica es suficiente, al menos para determinado repertorio, y haciendo gala de un admirable control de la respiración es capaz de ofrecer reguladores y medias voces de una extraordinaria belleza. Su línea de canto es además muy elegante, muy “clásica”, digamos que “a la antigua usanza”, procurando que nada estropee el equilibrio y la belleza canoras, pero sin ser en absoluto un cantante frío: la emoción sincera, ya que no el temperamento apasionado, está siempre en sus labios. Sus magníficos Ferrando, Nemorino, Ernesto o Fernando (Francisquita) dan buena cuenta de ello. Por no hablar de su sensacional actuación protagonista en El cantor de México, donde el público del Chatelet, con toda la razón, se vino abajo.
Ahora bien, Ismael conoce también algunas insuficiencias que se han acentuado con sus incursiones en un repertorio que, a mi juicio y el de muchos otros aficionados, sencillamente no le va. La voz no siempre corre bien por la sala, un problema que se viene apreciando de manera intermitente desde el principio de su carrera: a veces es a él a quien con más problemas se escucha de entre los cantantes principales. La belleza tímbrica se ve en ocasiones enturbiada por unas vibraciones que el tenor a veces logra controlar a la perfección y en otras no; el “sonido cabra” (la expresión es fea pero muy clara) se impone alguna que otra vez por encima de su timbre argénteo. Y los agudos, aunque que él asegure que están perfectamente colocados, no son los que tenía cuando estudiaba con Alfredo Kraus. A veces le suenan feos y, sobre todo, fuera de tiesto.
En cualquier caso la limitación más importante es la expresiva. Ismael “canta bonito”. A veces muy, pero que muy bonito, pero con cierta incapacidad para diferenciar personajes y situaciones. Hacer ópera implica, qué duda cabe, la belleza del canto, pero también la interpretación por medio de recursos propiamente canoros. Para entendernos, y como suele decirse en los pasillos, Ismael hace siempre “de Nemorino”. Además, como es muy consciente de la belleza de sus medias voces, empieza a rozar el amaneramiento con tanta recurrencia a las mismas fórmulas: es el caso de su seriamente preocupante Edgardo en Amsterdam, un papel que le viene muy grande y en el que me ha gustado menos aún que en su flojísimo Duque de Mantua o en su insuficiente Romeo.
Hablaba arriba de una encrucijada. Efectivamente. Ismael tiene dos opciones. La primera, hacer caso de quienes le dicen una y otra vez que es mejor que Juan Diego Flórez, que en el futuro será el heredero de Alfredo Kraus y que su Duca será tan bueno como el de Bergonzi (sic), y seguir haciendo incursiones en títulos como Rigoletto, Traviata y Lucia, quedarse sin perfeccionar la técnica y seguir sin contar con un maestro que le explique que una cosa es seducir con la voz y otra cosa muy distinta emocionar con los personajes. Si sigue así, y entonaré el mea culpa públicamente si me equivoco, Ismael podrá hacer cosas dignas y bellas, podrá quizá cantar en esos teatros importantes siempre deseosos de probar voces nuevas en repertorios para los que hoy día no hay mucho con que contar, incluso obtendrá calurosos aplausos del público, pero no llegará a ser un gran tenor. Incluso correrá el peligro de deteriorar prematuramente el instrumento.
Si por el contrario toma conciencia de sus limitaciones, dedica muchísimo tiempo a estudiar para paliar cuanto antes sus insuficiencias canoras, escoge el repertorio realmente adecuado para su voz de lírico-ligero sin agilidades pero gran capacidad para el canto ligado, y se estudia a fondo los personajes antes de cantarlos en teatros de importancia, podrá llegar todo lo lejos de lo que su materia prima y talento natural le permiten. Ciertamente el que haya llegado a donde lo ha hecho resulta muy meritorio para una persona que ha empezado a estudiar muy tarde, pero él aún puede llegar más alto. Desde aquí, con la mayor sinceridad del mundo, le envío un saludo muy cariñoso a Ismael, le ruego que me perdone la contundencia con la que me he expresado y le deseo el mejor futuro como artista. ¡Ánimo!
Un cajón de sastre para cosas sobre música "clásica". Discos, conciertos, audiciones comparadas, filias y fobias, maledicencias varias... Todo ello con centro en Jerez de la Frontera, aunque viajando todo lo posible. En definitiva, un blog sin ningún interés.
miércoles, 16 de julio de 2008
La inacabada de Wand: un prodigio
Me había avisado hace tiempo mi amigo Ángel Carrascosa, pero hasta ahora, aprovechando una estupenda oferta de TDK en FNAC, no me había hecho con este DVD. Tenía razón: he aquí una Inacabada de Schubert realmente prodigiosa. Günter Wand ya tenía con la misma orquesta, la de la NDR, una interpretación seis años anterior realmente atractiva: extrovertida, rebelde y claramente dramática, de gran sinceridad, aunque no especial vuelo lírico. Pero entonces se echaba de menos un punto de concentración por parte de la batuta, no todo lo lírica que debiera, así como un trabajo orquestal algo más pulido.
En esta otra interpretación, la del 8 de julio de 2001, un Wand ya muy anciano y en claro deterioro físico consigue por el contrario el más portentoso equilibrio entre belleza apolínea y fuerza dramática. Lo consigue construyendo una perfecta arquitectura que no cae en la rigidez, dotando a la obra de todo su sentido filosófico sin resultar gótico ni excesivamente romántico, y desplegando un aliento lírico que puede parecer frío pero que en realidad es más bien descorazonador. Contribuyen a la excelsitud de los resultados el fraseo evocador y punzante de los magníficos solistas de clarinete y oboe.
La Novena de Bruckner que ocupaba la segunda parte del concierto es asimismo muy atractiva, tratándose de una interpretación en conjunto muy notable, dramática y sincera, muy alejada de lo meramente contemplativo, de lo pseudomístico y de lo blando, pero que se resiente de una relativa falta de vuelo lírico y emotividad, sobre todo en el tercer movimiento, y de diversas pifias de una orquesta que no siempre está a la altura. En cualquier caso, el Schubert obliga a hacerse con este DVD.
En esta otra interpretación, la del 8 de julio de 2001, un Wand ya muy anciano y en claro deterioro físico consigue por el contrario el más portentoso equilibrio entre belleza apolínea y fuerza dramática. Lo consigue construyendo una perfecta arquitectura que no cae en la rigidez, dotando a la obra de todo su sentido filosófico sin resultar gótico ni excesivamente romántico, y desplegando un aliento lírico que puede parecer frío pero que en realidad es más bien descorazonador. Contribuyen a la excelsitud de los resultados el fraseo evocador y punzante de los magníficos solistas de clarinete y oboe.La Novena de Bruckner que ocupaba la segunda parte del concierto es asimismo muy atractiva, tratándose de una interpretación en conjunto muy notable, dramática y sincera, muy alejada de lo meramente contemplativo, de lo pseudomístico y de lo blando, pero que se resiente de una relativa falta de vuelo lírico y emotividad, sobre todo en el tercer movimiento, y de diversas pifias de una orquesta que no siempre está a la altura. En cualquier caso, el Schubert obliga a hacerse con este DVD.
martes, 15 de julio de 2008
Jansons y Beethoven: aburrida rutina
BEETHOVEN: Novena Sinfonía. PALESTRINA: Tu es Petrus.
Stoyanova, Braun, Schade, Volle. Coro y Orquesta de la Radio Bávara. Dir: Mariss Jansons.
Arthaus, 101 457.
DVD 146’
DDD
Ferysa
**

Que Jansons es de lo más irregular volví a comprobarlo en los Proms del pasado verano, donde pude escucharle una descafeinada Segunda de Sibelius, un poderoso Zaratustra, una admirable Sinfonía litúrgica y una Novena de Beethoven de escaso valor. Este DVD registra su interpretación beethoveniana en homenaje al papa bávaro dos meses después al frente de idénticas fuerzas, las magníficas huestes de la Radio de Baviera y un apañado cuarteto en el que sobresale Michael Schade.
El problema no es que Jansons ofrezca una visión antes apolínea que dionisíaca, ni que se preocupe ante todo de la belleza sonora, ni que carezca de una idea clara de la partitura. No. El problema que es se trata de una interpretación poco trabajada en su arquitectura, y que por ello carece de tensión interna y de fuerza en los clímax. Que la mayoría de las frases (¡qué coda la del primer movimiento!) están dichas de manera rutinaria y sin el menor sentido expresivo. Y que, en definitiva, se trata de una lectura insulsa, blanda y aburrida. Que hoy día gente como Abbado, Rattle o Herreweghe hagan esta obra aún peor no salvan a esta grabación de la mediocridad.
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Crítica escrita para el número de junio de 2008 de Ritmo, pero finalmente no publicada en las páginas de la revista.
Stoyanova, Braun, Schade, Volle. Coro y Orquesta de la Radio Bávara. Dir: Mariss Jansons.
Arthaus, 101 457.
DVD 146’
DDD
Ferysa
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Que Jansons es de lo más irregular volví a comprobarlo en los Proms del pasado verano, donde pude escucharle una descafeinada Segunda de Sibelius, un poderoso Zaratustra, una admirable Sinfonía litúrgica y una Novena de Beethoven de escaso valor. Este DVD registra su interpretación beethoveniana en homenaje al papa bávaro dos meses después al frente de idénticas fuerzas, las magníficas huestes de la Radio de Baviera y un apañado cuarteto en el que sobresale Michael Schade.
El problema no es que Jansons ofrezca una visión antes apolínea que dionisíaca, ni que se preocupe ante todo de la belleza sonora, ni que carezca de una idea clara de la partitura. No. El problema que es se trata de una interpretación poco trabajada en su arquitectura, y que por ello carece de tensión interna y de fuerza en los clímax. Que la mayoría de las frases (¡qué coda la del primer movimiento!) están dichas de manera rutinaria y sin el menor sentido expresivo. Y que, en definitiva, se trata de una lectura insulsa, blanda y aburrida. Que hoy día gente como Abbado, Rattle o Herreweghe hagan esta obra aún peor no salvan a esta grabación de la mediocridad.
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Crítica escrita para el número de junio de 2008 de Ritmo, pero finalmente no publicada en las páginas de la revista.
domingo, 13 de julio de 2008
El (magnífico) Mahler de Haitink
El reverso de la Sexta de Mahler dirigida por Valery Gergiev que comenté en la entrada de ayer es esta otra interpretación, grabada tan sólo un mes antes, en octubre de 2007, con la Sinfónica de Chicago bajo la dirección de Bernard Haitink. No puede haber diferencia mayor. Como ha hecho a lo largo de toda su dilatada carrera, aunque no siempre con el mismo éxito, el holandés examina la partitura desde una distanciada objetividad que en la que no renuncia, en modo alguno, a la tensión sonora y a la efectividad dramática, pero sí rechaza de plano todo tipo de efectismo barato, de blandura sonora y de amaneramiento.

El veterano maestro, lejos de epatar con recursos fáciles de tan superficial como insincero apasionamiento, planifica la arquitectura de tensiones con minuciosidad para que el discurso sea mucho más unitario, efectivo e implacable. Está además muy atento a la gama de matices dinámicos, desde el más inaudible pianísimo hasta el forte más atronador, pasando por una amplísima gama intermedia perfectamente estudiada. Y organiza con sabiduría los diferentes planos orquestales no sólo para garantizar la claridad en una obra de tan denso tejido, sino para también obtener unas texturas ricas y sugerentes que pongan de relieve el riquísimo sentido del color de la partitura. Las intervenciones solistas están matizadas con cuidado y acertada intención expresiva.
Ni que decir tiene que escuchando tan sólo unos segundos sueltos aquí y allá, la interpretación de Gergiev aparenta ser muchísimo más electrizante, intensa y apasionada. Pero una audición atenta nos permitirá diferenciar entre la vulgaridad efectista y el honrado, minucioso, sabio y nada pretencioso trabajo intelectual de quien intenta servir a la partitura y no servirse de ella para obtener éxitos por la vía rápida.
Otra cosa muy distinta es que el enfoque objetivo y analítico de un Haitink sea el más adecuado para una obra, esta Sexta Sinfonía, que parece pedir a gritos un acercamiento más personal, más a tumba abierta, como los de un Bernstein, un Barbirolli o un Horenstein, considerados con toda justicia como intérpretes de referencia. De ahí que esta interpretación no me parezca tan indiscutible como el de la reciente Tercera grabada por el holandés al frente de la misma orquesta para idéntico sello, una partitura que, por el contrario, necesita pasar un tanto de largo por ciertas blanduras en su escritura. En cualquier caso, la portentosa ejecución de la Sinfónica de Chicago (¡qué diferencia con la London Symphony de Gergiev!) me hace poner esta Sexta de Haitink entre mis lecturas favoritas, aun sin llegar a la altura de las referidas arriba.
Ah, se me olvidaba poner el link a la excelente critica de este disco en Mundo Clásico a cargo de mi amigo José Sánchez Rodríguez: enlace

El veterano maestro, lejos de epatar con recursos fáciles de tan superficial como insincero apasionamiento, planifica la arquitectura de tensiones con minuciosidad para que el discurso sea mucho más unitario, efectivo e implacable. Está además muy atento a la gama de matices dinámicos, desde el más inaudible pianísimo hasta el forte más atronador, pasando por una amplísima gama intermedia perfectamente estudiada. Y organiza con sabiduría los diferentes planos orquestales no sólo para garantizar la claridad en una obra de tan denso tejido, sino para también obtener unas texturas ricas y sugerentes que pongan de relieve el riquísimo sentido del color de la partitura. Las intervenciones solistas están matizadas con cuidado y acertada intención expresiva.
Ni que decir tiene que escuchando tan sólo unos segundos sueltos aquí y allá, la interpretación de Gergiev aparenta ser muchísimo más electrizante, intensa y apasionada. Pero una audición atenta nos permitirá diferenciar entre la vulgaridad efectista y el honrado, minucioso, sabio y nada pretencioso trabajo intelectual de quien intenta servir a la partitura y no servirse de ella para obtener éxitos por la vía rápida.
Otra cosa muy distinta es que el enfoque objetivo y analítico de un Haitink sea el más adecuado para una obra, esta Sexta Sinfonía, que parece pedir a gritos un acercamiento más personal, más a tumba abierta, como los de un Bernstein, un Barbirolli o un Horenstein, considerados con toda justicia como intérpretes de referencia. De ahí que esta interpretación no me parezca tan indiscutible como el de la reciente Tercera grabada por el holandés al frente de la misma orquesta para idéntico sello, una partitura que, por el contrario, necesita pasar un tanto de largo por ciertas blanduras en su escritura. En cualquier caso, la portentosa ejecución de la Sinfónica de Chicago (¡qué diferencia con la London Symphony de Gergiev!) me hace poner esta Sexta de Haitink entre mis lecturas favoritas, aun sin llegar a la altura de las referidas arriba.
Ah, se me olvidaba poner el link a la excelente critica de este disco en Mundo Clásico a cargo de mi amigo José Sánchez Rodríguez: enlace
sábado, 12 de julio de 2008
El (horrendo) Mahler de Gergiev
Declaró ayer Helga Schmidt que para aliviar la marcha de Maazel, la temporada 2009/10 del Palau de Valencia se abrirá con unos Troyanos dirigidos por Valery Gergiev, lo que según ella “confirma que la calidad va a seguir” (sic). Me parece a mí que la intendente está confundiendo comercialidad con calidad, porque el ruso es el mayor bluff de la batuta de los último lustros. Su modus operandi (expresión que, como dicen Les Luthiers, se aplica a los delincuentes famosos) se basa en interpretar toda partitura que se le ponga por delante como si fuera el final de la Obertura 1812: acumulación de decibelios, teatralidad mal entendida, arrebatos insinceros y vulgaridad expresiva, dicho sea con perdón de Tchaikovsky. Escúchese, por ejemplo, su reciente integral sinfónica de Prokofiev, un compositor con el que presuntamente tiene una gran afinidad.

Y para volver a comprobarlo, ya tenemos aquí su primer Mahler discográfico: una Sexta que, entre ataques de risa, acabo de escuchar en mi sufrido equipo. Es verdad que de su aplastante mediocridad ya había advertido mi colega José Antonio Ruiz Rojo en el último número de la revista Ritmo, pero había personas que hablaban maravillas de esta toma, realizada en Londres en noviembre de 2007, y me apetecía comprobar por mí mismo cómo está la cosa. Aún peor de lo que me sospechaba, la verdad.
Todo suena muy alto de volumen, muy contrastado en los tempi y las dinámicas, y desde luego, en apariencia, muy arrebatado. Pero en realidad no hay tensión interna ni fuerza dramática, sino una mera acumulación de masa orquestal, de contrastes vulgares y de decibelios sin sentido de la arquitectura y de la planificación de las tensiones. La batuta se precipita con frecuencia, no diferencia las dinámicas y apenas ofrece matices expresivos interesantes. Por si fuera poco son frecuentes los ataques de vulgaridad, con metales prepotentes y timbalazos por completo fuera de tiesto.
Lo peor es sin duda el cuarto movimiento, cuajado de momentos tan ridículos como el canijo y deshilachado tratamiento de los violines en el arranque (y en sus posteriores repeticiones); el segundo golpe de martillo no se puede escuchar más hortera. Sólo se salva el adagio, aquí colocado en segundo lugar, que al menos se queda en lo simplemente rutinario e impersonal. Ni que decir tiene que la magnífica orquesta está desaprovechada, e incluso por momentos suena regular. Pero claro, se ve que la vulgaridad vende y ahora nos viene el ciclo completo: el otro día escuché en el coche la Séptima que está a punto de aparecer en el mercado (es fácil de localizar en Internet) y puedo asegurar que en ella los desmanes son aún mayores que en esta tan lamentable Sexta. ¡Lo que nos viene encima!
Y para volver a comprobarlo, ya tenemos aquí su primer Mahler discográfico: una Sexta que, entre ataques de risa, acabo de escuchar en mi sufrido equipo. Es verdad que de su aplastante mediocridad ya había advertido mi colega José Antonio Ruiz Rojo en el último número de la revista Ritmo, pero había personas que hablaban maravillas de esta toma, realizada en Londres en noviembre de 2007, y me apetecía comprobar por mí mismo cómo está la cosa. Aún peor de lo que me sospechaba, la verdad.
Todo suena muy alto de volumen, muy contrastado en los tempi y las dinámicas, y desde luego, en apariencia, muy arrebatado. Pero en realidad no hay tensión interna ni fuerza dramática, sino una mera acumulación de masa orquestal, de contrastes vulgares y de decibelios sin sentido de la arquitectura y de la planificación de las tensiones. La batuta se precipita con frecuencia, no diferencia las dinámicas y apenas ofrece matices expresivos interesantes. Por si fuera poco son frecuentes los ataques de vulgaridad, con metales prepotentes y timbalazos por completo fuera de tiesto.
Lo peor es sin duda el cuarto movimiento, cuajado de momentos tan ridículos como el canijo y deshilachado tratamiento de los violines en el arranque (y en sus posteriores repeticiones); el segundo golpe de martillo no se puede escuchar más hortera. Sólo se salva el adagio, aquí colocado en segundo lugar, que al menos se queda en lo simplemente rutinario e impersonal. Ni que decir tiene que la magnífica orquesta está desaprovechada, e incluso por momentos suena regular. Pero claro, se ve que la vulgaridad vende y ahora nos viene el ciclo completo: el otro día escuché en el coche la Séptima que está a punto de aparecer en el mercado (es fácil de localizar en Internet) y puedo asegurar que en ella los desmanes son aún mayores que en esta tan lamentable Sexta. ¡Lo que nos viene encima!
viernes, 11 de julio de 2008
José Bros, un modelo
No hace muchos años declaraba José Bros en la prensa que se considera plenamente conservador en lo político y en lo musical. Yo me sitúo (o al menos me gustaría considerarme) en el polo opuesto. Tampoco es su línea de canto apolínea la que a mí más me motiva. Y sin embargo mantengo una profundísima admiración por el tenor catalán, no sólo como cantante sino también, en líneas generales, como artista y profesional. ¿Por qué?
Bros nunca ha tenido un instrumento privilegiado; en realidad el suyo es más bien insignificante. Pero este señor ha sabido, tomando conciencia de sus limitaciones canoras, escoger un repertorio apto para su voz y acorde con su sensibilidad y, sobre todo, trabajar muy duramente para mejorar su técnica. Nunca ha estado conforme consigo mismo y ha insistido cada día para superarse, siempre planificando la carrera con una prudencia y un tacto encomiables, corriendo sólo los riesgos precisos y prefiriendo convencer al público poco a poco con los éxitos precisos y necesarios antes que lanzarse a la aventura de cantar lo que le hubiera conducido rápidamente al estrellato.
El resultado: una técnica soberbia en manos de un artista que frasea con un gusto exquisito y que canta lo que debe cantar. Sin duda, y dejando a un lado el caso muy distinto de Domingo, José Bros es el número uno de los cantantes españoles de la actualidad, y una de las más grandes voces del bel canto a nivel mundial. La semana pasada estuvo estupendo en Sevilla en La tabernera del puerto. Y esta misma noche ha triunfado por todo lo alto en su recital de zarzuela clausurando el curso de la universidad hispalense. Con todo merecimiento: Bros es un modelo de cómo el buen gusto, la inteligencia, la modestia, el afán de superación y el trabajo duro pueden conducir a un artista a lo más alto.
Bros nunca ha tenido un instrumento privilegiado; en realidad el suyo es más bien insignificante. Pero este señor ha sabido, tomando conciencia de sus limitaciones canoras, escoger un repertorio apto para su voz y acorde con su sensibilidad y, sobre todo, trabajar muy duramente para mejorar su técnica. Nunca ha estado conforme consigo mismo y ha insistido cada día para superarse, siempre planificando la carrera con una prudencia y un tacto encomiables, corriendo sólo los riesgos precisos y prefiriendo convencer al público poco a poco con los éxitos precisos y necesarios antes que lanzarse a la aventura de cantar lo que le hubiera conducido rápidamente al estrellato.
El resultado: una técnica soberbia en manos de un artista que frasea con un gusto exquisito y que canta lo que debe cantar. Sin duda, y dejando a un lado el caso muy distinto de Domingo, José Bros es el número uno de los cantantes españoles de la actualidad, y una de las más grandes voces del bel canto a nivel mundial. La semana pasada estuvo estupendo en Sevilla en La tabernera del puerto. Y esta misma noche ha triunfado por todo lo alto en su recital de zarzuela clausurando el curso de la universidad hispalense. Con todo merecimiento: Bros es un modelo de cómo el buen gusto, la inteligencia, la modestia, el afán de superación y el trabajo duro pueden conducir a un artista a lo más alto.
miércoles, 9 de julio de 2008
Barenboim en Granada: un nuevo Bruckner
¿Nuevo? Pues no estoy seguro del todo, ya que mi querido amigo José Sánchez Rodríguez, experto bruckneriano, me asegura que la Octava ha ofrecido un concepto bastante cercano al de la que le escuchó hace ya años en los Proms. Bien, puede ser, pero lo cierto es que la interpretación que Barenboim ha ofrecido de las tres últimas sinfonías de Bruckner en el Carlos V me ha parecido diferente de lo que el argentino ofreció en sus grabaciones discográficas ya conocidas con la Sinfónica de Chicago primero y con la Filarmónica de Berlín después.
Sigue siendo el Bruckner de Barenboim dramático, rebelde y desgarrador, cómo no. Sigue estando muy alejado de la religiosidad pseudomística, de la blandura y de la mera delectación en el sonido, claro está. Y sigue sin buscar en ningún momento la espectacularidad por sí misma, poniendo en su lugar todo el edificio sonoro al servicio de la emoción más sincera. Pero en las interpretaciones granadinas ha habido elementos que hasta ahora yo no había visto con claridad en sus interpretaciones brucknerianas: un fraseo más concentrado y paladeado, un legato digamos “amoroso” digno del mejor Giulini y, por qué no decirlo, un carácter místico y reflexivo hasta ahora arrinconado por el conocido temperamento dramático del argentino.
Lo diré de otra manera: este Bruckner de Barenboim ha sido, sin renunciar a su personalidad, más rico en concepto que el hasta ahora nos había ofrecido, pues hay espacio en él, por así decirlo, para el humanismo, para la ternura, para el amor incluso, así como la reflexión religiosa bien entendida. Palabras que sin duda Barenboim rechazaría de plano aplicadas a la interpretación musical, un arte que para él no es traducible en términos extramusicales, pero que a los aficionados bien nos permiten aproximarnos a una realidad difícil de aprehender de otra forma.
Hay más. En las interpretaciones granadinas el manejo de la gama dinámica ha sido especialmente minucioso, gracias a una técnica de batuta prodigiosa que ha sabido construir la arquitectura con especial solidez y a una orquesta que, sin ser ni de lejos la del Concertgebouw que nos maravilló la semana anterior en el mismo Carlos V, sabe responder plenamente a las demandas del director. Dudo mucho que la retransmisión radiofónica, realizada por Radio Clásica a toda Europa, haya sido capaz de recoger tal variedad de matices. Asombrosa por lo demás la plasticidad de la orquesta y la atención a la polifonía, muy especialmente a esas líneas de la madera que a veces quedan un tanto desdibujadas.
En fin, tres veladas para el recuerdo. Si la Séptima no me impresionó particularmente fue porque su registro con la Filarmónica de Berlín era ya excelso. La Octava, por el contrario, ha sido sin duda superior a sus dos admirables pero irregulares grabaciones (la de Chicago pinchaba en el tercer movimiento y la de Berlín lo hizo en el primero). Y con la Novena, a pesar de un scherzo más furioso y desgarrador que nunca, Barenboim ha visto por fin que no todo en esta obra descomunal tiene que ser negrura y desesperación, y se ha acercado muchísimo a esa prodigiosa síntesis entre nihilismo y vuelo lírico que Carlo Maria Giulini consiguió en su referencial registro con la Filarmónica de Viena.
Sigue siendo el Bruckner de Barenboim dramático, rebelde y desgarrador, cómo no. Sigue estando muy alejado de la religiosidad pseudomística, de la blandura y de la mera delectación en el sonido, claro está. Y sigue sin buscar en ningún momento la espectacularidad por sí misma, poniendo en su lugar todo el edificio sonoro al servicio de la emoción más sincera. Pero en las interpretaciones granadinas ha habido elementos que hasta ahora yo no había visto con claridad en sus interpretaciones brucknerianas: un fraseo más concentrado y paladeado, un legato digamos “amoroso” digno del mejor Giulini y, por qué no decirlo, un carácter místico y reflexivo hasta ahora arrinconado por el conocido temperamento dramático del argentino.
Lo diré de otra manera: este Bruckner de Barenboim ha sido, sin renunciar a su personalidad, más rico en concepto que el hasta ahora nos había ofrecido, pues hay espacio en él, por así decirlo, para el humanismo, para la ternura, para el amor incluso, así como la reflexión religiosa bien entendida. Palabras que sin duda Barenboim rechazaría de plano aplicadas a la interpretación musical, un arte que para él no es traducible en términos extramusicales, pero que a los aficionados bien nos permiten aproximarnos a una realidad difícil de aprehender de otra forma.
Hay más. En las interpretaciones granadinas el manejo de la gama dinámica ha sido especialmente minucioso, gracias a una técnica de batuta prodigiosa que ha sabido construir la arquitectura con especial solidez y a una orquesta que, sin ser ni de lejos la del Concertgebouw que nos maravilló la semana anterior en el mismo Carlos V, sabe responder plenamente a las demandas del director. Dudo mucho que la retransmisión radiofónica, realizada por Radio Clásica a toda Europa, haya sido capaz de recoger tal variedad de matices. Asombrosa por lo demás la plasticidad de la orquesta y la atención a la polifonía, muy especialmente a esas líneas de la madera que a veces quedan un tanto desdibujadas.
En fin, tres veladas para el recuerdo. Si la Séptima no me impresionó particularmente fue porque su registro con la Filarmónica de Berlín era ya excelso. La Octava, por el contrario, ha sido sin duda superior a sus dos admirables pero irregulares grabaciones (la de Chicago pinchaba en el tercer movimiento y la de Berlín lo hizo en el primero). Y con la Novena, a pesar de un scherzo más furioso y desgarrador que nunca, Barenboim ha visto por fin que no todo en esta obra descomunal tiene que ser negrura y desesperación, y se ha acercado muchísimo a esa prodigiosa síntesis entre nihilismo y vuelo lírico que Carlo Maria Giulini consiguió en su referencial registro con la Filarmónica de Viena.
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