martes, 18 de mayo de 2021

Embriagador Savall en Sevilla

Se dirigió Jordi Savall al patio de butacas antes del concierto en el Maestranza del pasado domingo 16 mostrando su alegría por seguir haciendo música junto a Les Concert des Nations –al día anterior habían presentado el mismo programa en Oviedo– tras haber pasado lo peor de la pandemia. Por parte del público no había menor júbilo. Yo ya mostré el mío en una entrada anterior, y el público del teatro sevillano lo dejó bien claro mostrando un entusiasmo fuera de lo común –incluyendo palmas por sevillanas– al terminar el concierto. Había ganas, muchísimas ganas de escuchar al maestro, o al menos de escucharle al frente de una orquesta barroca. Los melómanos lo saben perfectamente: aunque en su momento –hace ya muchos años– las incursiones cinematográficas le otorgaran un especial prestigio entre un público muchísimo más amplio que el de los aficionados a la música antigua, el de Igualada se ha ganado un merecidísimo prestigio como recreador del barroco francés, un repertorio con el que sintoniza como nadie y en el que ha sido capaz de crear un idioma interpretativo tan personal como apropiado a unas músicas que nos quedan demasiado distantes en el tiempo como para establecer unos parámetros filológicos más o menos fijos.

Otra cosa es que algunos lleven un tiempo ninguneándolo: que si no es para tanto, que si no es sino uno más entre muchos, que si la publicidad y las subvenciones, etcétera. Mucho me temo que en esta actitud –conozco a gente que llega a odiarle– tiene que ver mucho antes con la política que con la música: es normal que un músico que reconoce abiertamente la plurinacionalidad de nuestro estado, se confiesa “profundamente catalán y profundamente español” y aboga por la independencia de Cataluña (les recomiendo esta entrevista), genere aversión entre quienes siguen afirmando que España es Una –Grande y Libre, por descontado– y anden ridiculizando constantemente todo aquello que les suene a “progre”. Sin ir más lejos, las notas al programa escritas por el propio Savall finalizaban con un párrafo ecologista de esos que provocan “una agresividad inusitada entre los intelectuales conversos al libertarismo”, como hace unos días explicaba Antonio Muñoz Molina en este magistral artículo.

Pero no nos vayamos por los cerros de Úbeda –literalmente: Muñoz Molina es de la ciudad jiennense– y volvamos a lo nuestro. En su programa Tempêtes, Orages & Fêtes Marines, reducido por cuestiones sanitarias con respecto a la grabación en vivo de 2015, el maestro ha vuelto a demostrar cuáles son las señas de identidad que identifican su aproximación a los tiempos de Luis XV. Diría incluso que ha acentuado tales características, aun no siempre para mejorar los resultados. Esto se percibió ya en el asombroso Caos con que arranca Les Eléments de Jean-Fery Rebel: en lugar de optar por la tensión extrema, del choque violento que se describe en las lecturas de Goebel –con su grupo y con la mismísima Berliner Philharmoniker– o de la Akademie für Alte Musik Berlin, lo que escuchamos en el escenario sevillano fue una especie de progresivo despezarse de las fuerzas de la naturaleza, para luego dar paso a una sucesión de danzas a cual más sensual y evanescente. El fraseo de Savall es ahora aún más mórbido, más curvilíneo, más aéreo en las texturas, más difuminado en los timbres. Diríase que a veces en exceso: en más de un momento me hubiera gustado una sonoridad más densa, un fraseo de mayor nervio interno y un sentido más desarrollado de los claroscuros. En cualquier caso, lo que se allí se hizo fue ortodoxia “H.I.P.” al cien por cien: que lo escuchado se apartara de la radicalidad de otros planeamientos no evidencia intento alguno de complacer a todos los públicos, sino que no es más que el deseo de Savall de seguir transitando el sendero que él mismo abrió.

La selección de Alcione de Marin Marais nos llevaba al final del reinado de Luis XIII. Los resultados no se prestan a discusión alguna: aquí Savall es dueño y señor absoluto del repertorio. Si acaso, podemos elogiar la excelencia de los músicos de una orquesta en la que quizá brillan más las individualidades que el conjunto: imposible permanecer ajeno a la excelencia de Luca Guglielmi al clave, riquísimo sin excesiva exuberancia, de la guitarra impetuosa de Xavier Díaz-Latorre o de la percusión de Daniel Garay y Pedro Estevan, todo un modelo de imaginación y de saber estar (¡qué lejos de la sobreactuación en el terrible ciclo Beethoven que están grabando!).

De la Música Acuática de Telemann he escuchado la semana pasada un buen número de grabaciones, diría que casi todas las existentes. La de Savall no llega a la altura inmensa de la clásica de Robert King ni de la mucho más arriesgada de Alfredo Bernardini, pero sí que es la que más pone en evidencia lo que esta música debe a Francia. Hay algo de versallesco en la obertura que ofrece el de Igualada. Luego se confirma la impresión inicial, que no es sino la que todos esperábamos: Savall lleva esta música a su propio terreno. Hay pompa y riqueza ornamental, mucho hedonismo, indolencia bien entendida –los oboes suenan galos a más no poder– y un buen equilibrio entre festejo y elegancia. El maestro dirige, además, con entrega y pasión, aunque su batuta nunca ha sido –aquí tampoco– el colmo de la depuración sonora ni de la atención al matiz. Y justo es reconocer que no necesariamente tener a primerísimas figuras en la plantilla –me refiero a las maderas– significa el máximo de virtuosismo.

Una gozada, en cualquier caso, que se prolongó durante los números extraídos de Les Indes Galantes, Hippolyte et Aricie y Zoroastre que cerraban la velada. Las cosas están claras: el Rameau de Savall es el más rococó de los posibles, el más delicado, más lleno de gracia y de coquetería, sin que ello signifique acercarse ni un solo paso hacia lo cursi. Tras el final de Les Boréades –el público lo siguió con sus palmas, como en el disco– Savall anunció que nos íbamos al nacimiento de Luis XIII con la Bourree d'avignon, re-creada de manera muy singular. Pero lo mejor fue la última propina, nada menos que la hermosísima “Entree” de Les Boréades en una interpretación quizá todavía más ensoñada, más flexible y más bella que la que los mismos intérpretes grabaron en aquel el doble compacto L’Orchestre de Louis XV. Embriagadora, emocionante despedida de Savall y su equipo.

2 comentarios:

vicentin dijo...

Pues que quieres que te diga, Savall es tan buen musico como mala persona, tuve la desgracia de asistir despues de un concierto en Barcelona tocando la tercera y la quinta de Beethoven a una arenga politica que durante 10 minutos machacó al publico (encantado por cierto) con insultos a España y llamada a la lucha frente al golpe perpetrado en su regió. A mi me da igual si es indepe, del barca o vegano, pero un musico no puede ir de universalista por el mundo pero luego sacar el microfono y soltar una parrafada politica de odio y visceralidad.Y nadie me la conto que la viví en su Barcelona de los collons. Asi que me quedo con sus discos pero como persona es detestable y ruin.

Fernando López Vargas-Machuca dijo...

Ya sabes, querido, que no estoy nada de acuerdo con eso que dices. Gracias en cualquier caso por el testimonio.

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