Un cajón de sastre para cosas sobre música "clásica". Discos, conciertos, audiciones comparadas, filias y fobias, maledicencias varias... Todo ello con centro en Jerez de la Frontera, aunque viajando todo lo posible. En definitiva, un blog sin ningún interés.
Esta entrada salió en el blog hace mucho tiempo, y su breve texto procede de un artículo que escribí para Ritmo en 2007. Desde entonces he escuchado otras dos veces el registro: una hace años y otra esta misma tarde. La de hoy ha sido la de mayor impacto, porque lo he hecho en el Blu-ray audio poniendo el volumen bien alto y distribuyendo el sonido entre todos mis altavoces, los dos frontales, el central, los dos traseros, los de Atmos y el subwoofer.
La distorsión tímbrica sigue ahí, pero ahora la toma, realizada con espacialidad y maravilloso equilibrio de planos, adquiere tal relieve y libera tan abrumadora gama dinámica que la monumental salvajada que plantea Sir Georg Solti, –como la de su Salomé, solo que allí resultaba por completo inadecuada– nos deja con el corazón en un puño. Siendo cierto que las batutas de Karajan y Böhm no me parecen inferiores en esta obra, creo que estamos ante uno de los mayores logros en toda la carrera operística del inolvidable director, quizá junto con su Anillo. ¡Qué manera de conjugar ferocidad teatral, control en el juego de tensiones, vuelo lírico y refinamiento en el trabajo con las texturas! Se escucha todo, absolutamente todo. Y qué decir de una Filarmónica de Viena a la que el maestro de origen húngaro hace sonar a cualquier cosa menos a ella misma. Aprovecho para decir que la dirección de Barenboim en disco en su momento no me gustó nada de nada: aquello fue un fiasco de grabación, cosa que me confirmó una tal Waltraud Meier durante una firma de autógrafos.
Lo de Birgit Nillson es para caerse de espaldas, pero es de justicia recordar que estamos ante una grabación de estudio: lo de Astrid Varnay con Karajan en Salzburgo era en directo. Y en aquella misma ocasión Marta Mold le da mil vueltas a esta notable Regina Resnik con Solti en la Sofiensaal vienesa, muy tranquila ella para cantar, repetir y buscar las tomas más adecuadas. Esta vez me ha impresionado mucho Tom Krause, no por la algo monolítica caracterización sino por una voz fresca, poderosa y de amplísima tesitura. De Marie Collier no sé por qué dicen que vale poco: le da el toque juvenil que requiere su personaje y hace una recreación bastante digna. El Egisto de Gerhard Stolze me ha parecido perfecto. Por cierto, entre las sirvientes se encuentran Helen Watts e Yvonne Minton.
No tengo mucho más que decir: háganse con el BR-Audio o, en su defecto, escuchen el streaming en alta resolución a través de Qobuz.
STRAUSS: Elektra. Nilsson, Resnik, Collier, Stolze, Krause. Orquesta Filarmónica de Viena. Dir: Sir Georg Solti. Decca, 475 8231 2 CDs. 107’71’’ ADD Universal Music **** M
Si en 1961 Solti resultó excesivamente furioso e implacable cuando grabó Salomé, en esta Elektra seis años posterior supo planificar mucho mejor las tensiones sin perder un ápice de incisividad y fuerza expresiva, como también sin dejar de atender a la más minúscula filigrana. De nuevo la Filarmónica de Viena está impresionante, y si este registro ha perdido algo con el tiempo se debe a la aparición de la aún más geniales lecturas de Karajan en CD (Orfeo, 1964) y Böhm en DVD (DG, 1981). La Nilsson está insuperable en lo vocal, pero la Varnay y la Rysanek aún avanzan más en lo psicológico en los referidos registros. En el resto del elenco, Tom Krause convence más que Resnik y Collier. El sonido es extraordinario.
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Texto extraído de un artículo publicado en el número de noviembre de 2007 de la revista Ritmo sobre un lanzamiento de la serie "The Originals", editada por Decca.
La gélida mañana -explanada de la catedral cubierta de aguanieve- del pasado domingo 25 de enero tuve la oportunidad de escuchar a la Gürzenich Orchester Köln en la soberbia Philharmonie de la ciudad renana. Dirigía su nuevo titular, el colombiano Andrés-Orozco Estrada. He vuelto a escuchar el programa completo a través de YouTube, si bien el streaming no correspondía a la función a la que yo asistí, sino a la tercera de las programadas, la del martes 27. Por desgracia, hoy mismo ha desaparecido de la red, así que no puedo invitarles a ustedes a realizar la audición.
Lo primero, la orquesta. Basta un repaso por la Wikipedia para comprobar su pedigrí: estrenó el Doble concierto de Brahms y la Quinta de Mahler, ahí es nada. Günter Wand ha sido su titular más destacado, si bien en los últimos años ha tenido que sufrir a un señor cuya batuta -la de verdad, la otra la conocen algunos músicos a través de fotografías- que a mí me parece mediocre, François-Xavier Roth: con él le escuché en esta misma sala de la Philharmonie de Colonia una Cuarta de Bruckner que nunca olvidaré, por lo mala.
Lo interesante es la comparación con la Orquesta de la WDR que tocó la noche anterior: aquella formación sonó, bajo la batuta de Macelaru, con mayor solidez y precisión que esta. También con menos "accidentes" puntuales. Creo que es mejor, a decir verdad, pero la Gürzenich tampoco es manca y me ha parecido sentir, quizá sean imaginaciones mías, que guarda algo de esa sonoridad de "orquesta alemana antigua" que su colega no tiene. La WRD es más robusta, tiene más músculo, mira más hacia la Berliner Philharmoniker. Esta otra me ha recordado un poco a las orquestas sajonas. En fin, vamos a por las interpretaciones propiamente dichas.
Se abría el programa con Bacchanale, de la compositora londinense Ayanna Witter-Johnson. Ella misma presentó la obra en la función del domingo. Cayó simpática: hizo gala de modestia y sensatez, limitándose a decir que se había inspirado en los ritmos de la tierra de sus ancestros para rendir homenaje al carnaval caribeño. Página vistosa, festiva y de agudo sentido rítmico, como debe ser. Yo la disfruté y en seguida la olvidé. Cuando he vuelto a escucharla me he aburrido desde el minuto uno. Créanme que lo siento.
Contraste tremendo con lo que venía a continuación: Preludio y Liebestod de Tristán e Isolda. El domingo funcionó de maravilla el primero. Sonó a Wagner, estuvo muy bien trazado y captó la esencia de la música. El martes no salió igual de bien: hubo algún error de bulto por parte de la batuta a la hora de equilibrar los planos de la cuerda. La Liebestod estuvo mal en las dos ocasiones: nula progresión dramática, exposición confusa y deslavazamiento generalizado.
Debía haber colocado entonces el intermedio, pero no. Quedaba aún Capriccio de Richard Strauss: escena del claro de luna y toda la secuencia final de la Condesa, con la colaboración de Christiane Karg como solista. Le conocía a Orozco-Estrada algunas estupendas grabaciones de la música del compositor alemán, así que no me extraño que la interpretación comenzara con buen estilo y acierto expresivo, aunque sin la especial magia que las notas demandan. Lo interesante es que esta fue apareciendo -en las dos sesiones- poco a poco, hasta alcanzar cinco minutos finales de antología. Estuve repasando esta música en varias grabaciones antes de marchar a Colonia, y la verdad es que no conozco ninguna tan bien dirigida. El maestro se tomó las cosas con calma, equilibró -esta vez sí- muy bien los planos, extrajo belleza sonora y fraseó con una mezcla maravillosa de concentración y elevación espiritual.
Curioso que sea la tercera vez en muy poco tiempo que escucho en directo a Christiane Karg: Cuarta de Mahler en Sevilla con Nelsons, otra Cuarta de Mahler con Saraste y ahora este Strauss en Colonia. En Ámsterdam no se la escuchó nada bien. Luego la toma radiofónica sí le hizo justicia, pero como ya sabía qué podía ocurrir, saqué entrada en primera fila justo delante de ella. La señora canta muy bien, con estilo y buena dicción. También sabe atender al contenido del texto. Lo que le falta es una voz interesante y esa personalidad especial que nos hace derretirnos cuando le escuchamos esto a quienes ustedes ya saben.
Zaratustra de Richard Strauss en la segunda parte. Conocía la versión de Orozco-Estrada con la Filarmónica de Frankfurt disponible en YouTube, que comenté en comparativa discográfica: poderosa, decidida, de enfoque dramático, pero no me gustó especialmente. En Colonia, como ya escribí por aquí, quedé tocadísimo. Orquesta de nivel, acústica sensacional, un servidor muy cerca del escenario, gran órgano a mi izquierda... Estaba cantado. Nada como la experiencia del directo. Y si esto vale para un piano o música de cámara, imaginen en una partitura sinfónica que demanda formación gigante y contrastes extremos. La fisicidad de la ejecución es decisiva. Ayer mismo estuve repasando la versión de Karajan de 1973. Por muy Karajan y por muy Berliner que sean, el comienzo del Canto del sonámbulo, con esos escalofriantes golpes de campana, parece en el equipo de música una cosita de nada en comparación con aquello en vivo.
Dicho esto, creo que la versión de Colonia -a pesar de sus fallos, más en la versión del martes en YouTube que en la del sábado- ha estado mejor interpretada que la de Frankfurt. He vuelto a escuchar esta última y considero que fui duro con ella la primera ve; de hecho, le he subido un punto a la "nota". Sin embargo, creo que la de la Gürzenich ha estado algo mejor planificada por parte de una batuta que se ha controlado su temperamento de manera más satisfactoria, ha destilado mayor belleza sonora y, sobre todo, ha ofrecido intervenciones de los primeros atriles claramente más expresivas. Premio especial para el violín de Mohamed Hiber, a quien no supe reconocer en ese momento como miembro de la WEDO de Barenboim: tocó con virtuosismo apabullante y supo sonar bastante vienés, algo fundamental en La canción de la danza. No me extraña nada que en la actualidad sea un protegido de la Mutter. Por cierto, es profesor de la Fundación Barenboim-Said en Sevilla. Un lujo.
Finalmente, ¿cuándo volveré a escuchar en directo un Zaratustra de este nivel? Posiblemente nunca.
Por fin he alcanzado un número relevante de grabaciones comentadas en esta comparativa, pero aun así sigo sin enterarme de que va la cosa en esta partitura. De acuerdo, hay mucho escrito sobre ella y hasta he podido escucharla con una guía de audición de esas minuciosas. Lo que ocurre es que, a mi entender, esta partitura no va sobre nada en particular. Me explico: lo de la filosofía y tal parece más bien una excusa, justo como en su Sinfonía doméstica, para desplegar la más fascinante paleta de colores orquestales imaginables sin por ello quedarse en lo decorativo: la música recurre muchas emociones humanas y toca el corazón. Por eso, y aun sin encontrarse entre sus mejores poemas sinfónicos –Vida de héroe, Till, Don Juan–, este Así habló Zaratustra resulta un verdadero deleite siempre que la orquesta se encuentre a la altura –cosa nada fácil– y que el maestro de turno sepa hacer bien su trabajo.
Simplificando mucho, la batuta tiene que escoger una opción entre dos visiones muy distintas entre sí de esta partitura. La primera, que vamos a llamar "berlinesa", es ante todo escarpada, oscura y dramática. La otra, digamos que "vienesa", se caracteriza por su sensualidad, vuelo lírico, hedonismo bien entendido y un punto de decadentismo, lo que no implica –si el maestro sabe no confundir tocino con velocidad–carecer de nervio interno o de sentido de los contrastes.
Ah, la traducción de los títulos de las diferentes secciones las he tomado de Luis Gago, por parecerme un traductor especialmente fiable.
1. Reiner/Sinfónica de Chicago (RCA, 1954). Con
estereofonía formidable para la época –se echa de menos gama dinámica– nos ha
llegado este registro que supone ante todo un testimonio de cómo el maestro de
origen húngaro, al poco tiempo de alcanzar la titularidad del conjunto, ya
estaba construyendo una formidable máquina de hacer música caracterizada por la
brillantez e incisividad de su sonido. Ahora bien, tras una introducción a la
que le falta grandeza se desarrolla una interpretación en la que se alternan
momentos de gran intensidad y elocuencia –ardiente hasta acercarse al
desbordamiento De las alegrías y de las pasiones– con otros a los que,
francamente, les faltan esa sensualidad, esa mágica melancolía y esa ternura
que también necesita la música de don Ricardo. Por otro lado, el nervio que
inyecta al fraseo quizá no sea el más adecuado para clarificar las texturas, en
cualquier caso trabajadas con innegable virtuosismo. (8)
2. Böhm/Filarmónica de Berlín (DG, 1958). No hay
genialidad alguna, y puede que se eche de menos algo de “perfume vienés”, de
sensualidad y de encanto –la visión es mucho antes “berlinesa”–, pero se trata
de una interpretación llena de fuerza, sinceridad y dramatismo, de sonoridades
rotundas y poderosas –hay que insistir en lo de “berlinés”–, como también con un
gran sentido de la incisividad, y en cualquier caso magníficamente planificada
y llena de grandeza. El CD suena regular; el SACD, muchísimo mejor. Búsquenlo en aguas corsarias. (9)
3. Karajan/Filarmónica de Viena (Decca, 1959). Aunque
el disco oficial de la banda sonora incluyó el registro de Böhm, esta fue la
versión que sonó en la película 2001. La verdad es que se trata de una
lectura de estilo irreprochable y con momentos de gran energía, siempre muy
bien controlada, además de todo lo refinada y detallista que es de esperar en
un Karajan, pero –eso es lo extraño– no resulta muy personal, carece de la
emotividad suficiente y resulta algo discontinua. Grabación correcta sin más
para la época: en exceso distorsionada y poco transparente. Si localizan el
audio procedente de un SACD la cosa mejora un poco. (7)
4. Reiner/Sinfónica de Chicago (RCA, 1962). Si en
1954 los chicagoers ya hacen gala de un muy notable nivel, ocho años son ya
formidables, mejorando sustancialmente en la sección de metales y destinados a
convertirse en la gran orquesta norteamericana, por encima de las formidables
de Philadelphia y Cleveland. La toma es también mejor, permitiendo disfrutar
con mayor fidelidad tímbrica del portento sinfónico. ¿Y la versión? Pues en la
misma línea incisiva y vistosa de la anterior, quizá ahora con un punto menor
de contrastes y de tensión emocional; lo más flojo continúa siendo La
canción de la danza, que ahora intenta hacer más dulce pero sigue sin
salirle. Y es que a Reiner, lástima, nunca le salió del todo bien eso de los
valses vieneses. (8)
5. Maazel/Orquesta Philharmonia
(EMI, 1962). A sus treinta y dos años, Maazel deja constancia de una
técnica formidable a la hora de levantar el edificio sonoro, haciéndolo con
perfecto equilibrio de planos, muy apreciable claridad, gran sentido del color
y brillantez muy bien entendida, pero lo cierto es en esta versión sin duda
vistosa y por momentos muy encendida, hay momentos de excesivo nervio, carece
de toda la grandeza necesaria –la Introducción, sin ir más lejos– y se echa de
menos esa particular sensualidad refinada, ese lirismo un punto decadente y
lleno de magia sonora, que desarrollará con posterioridad y le permitirá más
veintiún años más tarde ofrecer una de las más grandes lecturas discográficas
de la obra. La toma de sonido, realizada en el desaparecido Kingsway Hall de
Londres en junio de 1962, posee las características propias de las producciones
de Walter Legge. (8)
6. Ormandy/Orquesta de Philadelphia (CBS, 1963). Siempre antes eficaz artesano que artista inspirado, el maestro de origen
húngaro ofrece una lectura de trazo sólido y pulso sostenido que resulta
acertada en los momentos más dramáticos de la página pero que se queda bastante
corta en sensualidad, refinamiento y magia poética. Por momentos, incluso,
llega a resultar un tanto gris. Si la versión merece no un siete sino un ocho
es por la asombrosa actuación de los Fabulous Philadelphians, que
no solo tocan con enorme virtuosismo sino que, además, ofrecen un sonido
particularmente compacto y empastado, de gloriosa cuerda grave en la que se
apoya todo el edificio sonoro, que resulta sencillamente ideal para esta página
en particular. (8)
7. Mehta/Filarmónica de Los Ángeles (Decca, 1968). Tras una Salida del sol llena de grandeza, queda claro que el joven Mehta –mucho más entusiasta que el de décadas posteriores– va a ofrecer una
interpretación poderosa, encendida y llena de convicción, sonada con opulencia
sin excesos y con elegancia ajena a preciosismos, por momentos muy dramática e
incluso algo bronca, aunque no del todo clara en las texturas -la toma no
ayuda- y algo falta de magia poética en determinados pasajes. La orquesta no es
nada del otro jueves, pero suena de manera muy apropiada. (8)
8. Bernstein/Filarmónica de Nueva York (CBS,
1970). Atención a la fecha. En 1970 ya hacía cuatro años que Lenny había
realizado su primer encuentro con la Filarmónica de Viena, a todas luces eje en
torno al cual pivota su carreta como director. Al año siguiente vendría la Carmen
en el Met y empezaría a realizar su ciclo de filmaciones mahlerianas con la
citada formación austriaca. No estamos, por tanto, ante el Bernstein
espontáneo, altamente comunicativo pero falto de concentración, e incluso
descuidado en lo técnico, de sus primeros años neoyorquinos. Este es el
Bernstein de su primera madurez, y se nota ya en una Salida del sol radiante
y plena de grandeza. Luego la inspiración baja, pero se recupera en el último
tercio de la obra, mostrándose la batuta dionisíaca y –también– llena de
encanto, incluso de perfume vienés, en La canción de la danza, muy
personal en La canción del noctámbulo y concentrado a más no poder en la
conclusión. La orquesta se encuentra en mejor forma que unos años atrás, pero
aún tendría que venir Pierre Boulez a poner orden. A la toma le va haciendo
falta un nuevo reprocesado. (8)
9. Stokowski/American Symphony Orchestra (audio en YouTube, 1970). Hay quien dice que eso de que un director puede modelar la paleta orquestal a su antojo es un invento de la crítica musical. Que el timbre de un instrumento es el que es, y punto. Pues bien, escuchen esta grabación y comprueben, incluso con las limitaciones de la pobre toma en vivo, si eso tan repetido de que don Leopoldo fue un mago del color es fruto de una alucinación colectiva o más bien una verdad como un templo. Dicho esto, la interpretación en sí misma me ha parecido desigual. La creatividad de Stokowski queda clara en eso que me han señalado en los comentarios invitándome a escuchar este testimonio, la manera en la que los timbales en la introducción se van ralentizando al tiempo que juegan con la dinámica, una idea que seguirán Maazel y algunos otros, pero también es cierto que el maestro frasea gran parte con una parsimonia excesiva. Ojo, que no es cuestión de mera lentitud, sino de falta de naturalidad, hasta el punto de que en De las alegrías y las pasiones se pasa de rosca. Por contra, la ralentización me parece un acierto en los golpes de campana con que se inicia El canto del noctámbulo, que así suena con un muy atractivo carácter opresivo y fatalista. La orquesta rinde al máximo de sus posibilidades, pero evidencia limitaciones: es por eso por lo que dejo la puntuación en el siete. (7)
10. Steinberg/Sinfónica de Boston (DG
BR-Audio, 1971). Se le nota al maestro mucho más a gusto en este repertorio que
en Los planetas con que este registro ha sido condenado a circular para
siempre en formato digital. Es la suya una lectura antes germánica que
propiamente vienesa, pero también una dirección con enérgica y muy entusiasta,
palpitante de vida, expuesta con sonoridades robustas sin dejar atenta a la
claridad e incluso a la incisividad de la tímbrica. Le sobra alguna
precipitación –la misma salida del sol– y cierta tendencia al decibelio, al
tiempo que se echa de menos una dosis adicional de magia sonora, incluso de
refinamiento. Quizá parte de la culpa de esto último lo tenga la orquesta,
notabilísima pero todavía sin el grado de depuración sonora que alcanzará en la
era Ozawa. Buen sonido cuadrafónico recuperado en Blu-ray Audio. (8)
11. Kempe/Staatskapelle de Dresde (EMI,
1971). Interpretación poderosa, con empuje, intensidad y excelente sentido
dramático, muy bien tratada en las sonoridades, dicha con excelente pulso y
perfecto estilo, aunque más decidida que ensoñada o evocadora en su enfoque.
Flaquea un arranque sin grandeza suficiente y un final un tanto desaprovechado.
Excelente el sonido cuadrafónico en el DVD-Audio hoy fuera de circulación. (8)
12. Haitink. Orquesta del Concertgebouw (Philips, 1973?). No hay sorpresas con el maestro holandés: arquitectura perfecta, apreciable claridad, atención al detalle sin que ello suponga rebuscamiento, ausencia de decadentismo, garra suficiente en los picos de tensión, concentración cuando corresponde, mucha elegancia... Y también una postura en exceso equilibrada, incluso un tanto distanciada, lo que significa que la temperatura emocional no termina de elevarse, por no hablar de la sosería con que se aborda Das Tanzlied a pesar de la excelencia de ese gran concertino que fue Herrmann Krebbers. Notable sonido en el streaming de alta resolución. (8)
13. Karajan/Filarmónica
de Berlín (DG, 1973). Tal vez sea por una toma sonora netamente superior a la
de Viena –aun así, deja bastante que desear incluso en la versión en BR Audio–, pero esta interpretación parece más rica en el color y más depurada
en lo sonoro que aquella, así como más intensa en determinados pasajes. ¡Y qué decir del nivel superlativo de la orquesta y del conocimiento del lenguaje straussiano por parte de Karajan! Por desgracia, el maestro ofrece un fraseo en exceso deliberado, algo narcisista incluso, en números como De los hombres de un mundo ultraterreno, El canto fúnebre o De la ciencia. Ojo, porque no es cuestión de lentitud, sino de falta de sinceridad, por no decir rebuscamiento. El resultado, una vez más, es cierta discontinuidad en el trazo global de una versión suntuosísimamente sonada.(8)
14. Solti/Sinfónica
de Chicago (Decca, 1975). Como era de esperar, Sir Georg nos entrega una interpretación más terrenal
que filosófica, pero en el buen sentido. Realiza su
habitual exhibición de músculo, brío bien controlado, electricidad y sentido de
los contrastes, entregándonos una interpretación vehemente, escarpada y no poco
dramática, brillante en el tratamiento de la orquesta, riquísima –y
adecuadamente incisiva– en el color, y siempre de claridad admirable. ¿El
problema? Que no solo no está bien descuidar los aspectos más reflexivos y
espirituales de esta música, sino que en Das Tanzlied el maestro no
logra destilar la sensualidad, la magia sonora y –por qué no– el perfume vienés
que demanda esta música, y a partir de ahí llega a precipitarse un poco. Una
lástima, porque hasta ahí se había tratado de una interpretación, aun con los
reparos expuestos, de muy alto nivel. Más adelante lo hará mejor. (8)
15. Ormandy/Orquesta de Philadelphia (EMI, 1979). Aun
sin llegar a ser nunca un maestro particularmente personal ni creativo, Ormandy
acostumbró a mostrarse considerablemente más inspirado en los últimos años de
su carrera. Prueba de ello es este Zaratustra que, siendo solo un
poquito más lento que el anterior 33’17’’, parece más paladeado y sensual –ya desde
el canto de los violonchelos en De los trasmundanos –, más elevado en su
vuelo poético. También de muestra más ensoñado en la parte “vienesa” de la
obra, que aborda con cierta levedad bien entendida, sin por ello renunciar a
unos picos dramáticos planificados con mucha naturalidad y a una brillante
respuesta orquestal de una formación a la que trata sin particular interés
analítico, pero haciéndola sonar exactamente a lo que debe. La toma es ya
digital. Le faltan pegada y sentido espacial, a pesar de que ha sido bien restaurada
por el sello Esoteric: busque en aguas corsarias los archivos DSF extraídos del
SACD. (9)
16. Mehta/Filarmónica
de Nueva York (CBS, 1980). Aunque globalmente el resultado sea parecido, con
respecto a su lectura doce años anterior, Mehta pierde un poco de aspereza y de
tensión dramática para ganar lenguaje straussiano. En cualquier caso, poderosa
y no del todo poética interpretación que se cierra con un final más seco que
misterioso. El violín de Glenn Dicterow no es gran cosa. Temprana grabación
digital de buena calidad. (8)
17. Ozawa/Sinfónica
de Boston (Philips, 1981). Soberbio trabajo de los ingenieros de sonido para
una recreación que se basa en el soberbio trabajo realizado por el maestro
nipón al frente de la orquesta, de un refinamiento tímbrico insólito y de
enorme plasticidad. Por ello es comprensible que a veces la batuta se recree en
exceso en la belleza, que haya más contemplación que arrebato y que el
resultado pueda parecer un poquito insincero. Dicho esto, la suntuosidad, la opulencia y la comunicatividad quedan
garantizadas. (8)
19. Prêtre/Orquesta
Philharmonia (EMI, 1983). El maestro francés ofrece una interpretación vibrante
y extrovertida, llena de garra y de electricidad, de trazo refinadísimo y
atento a las texturas –impresionantes las maderas en mitad de El
convaleciente–, pero también más nerviosa de la cuenta, falta de poso reflexivo, concentración y profundidad: no olvidemos que se trata de una obra filosófica. También sería necesario un grado adicional de esa sensualidad un punto decadente típicamente
straussiana. Hay además algún clímax muy excesivo, como el que se encuentra al
minuto y veinte segundos de arrancar de El convaleciente. Excelente la
toma, como es habitual en las producciones del gran Charles Gerhardt. (8)
20. Sinopoli/Filarmónica de Nueva York (DG, 1987). Esta
es una interpretación vistosa y muy contrastada, pero también sumamente irregular.
El veneciano acierta en las partes más extrovertidas de la obra con su batuta
elocuente, colorista y brillante, admirable a la hora de manejar texturas,
mientras que se muestra muy poco inspirado en las más “filosóficas”, en la que
el sentido del misterio y la reflexión filosófica se ven sustituidos por narcisismos
varios que llevan a una irremediable pérdida de pulso interno y, por ende, a la
fractura de la unidad del discurso. El resultado, una recreación en la que se
yuxtaponen de manera poco natural momentos muy logrados y otros de escaso
interés. Soberbia la toma de sonido. (8)
21. Karajan/Filarmónica de Berlín (DVD Sony y
Stage+, 1987). En este concierto del 1 de mayo por el 150 aniversario de la
orquesta Karajan no mejoró los resultados de grabaciones anteriores. Más bien
al contrario. Por descontado que refinamiento, belleza sonora y brillantez se
encuentran garantizados dentro de una lectura de perfecto idioma, pero en
general Karajan no parece del todo comprometido –poca inspiración en Das
Tanzlied–, e incluso da la impresión que la concentración es irregular. La realización visual se recrea –cómo no– en el maestro antes que en
la orquesta, pero esta vez la imagen es genuina y no presenta los playbacks “de
estudio” de otras ocasiones. Técnicamente, imagen y sonido dejan mucho que
desear. (8)
22. Maazel/Sinfónica de la Radio Bávara (RCA,
1995). A la introducción le falta el carácter visionario de su versión con
Viena, pero Maazel hace de nuevo gala de un idioma, una solidez, una sinceridad
y una elocuencia difícilmente superables en este repertorio. Todo ello, además,
evitando por completo tanto la retórica como lo en exceso decadente, y en este
sentido esta nueva interpretación es menos “vienesa” y más escarpada que la
anterior, ofreciendo momentos “góticos” muy conseguidos. El final podría ser
más siniestro aún. (9)
23. Solti/Filarmónica de Berlín (Decca, 1996). En
los años noventa Sir Georg conoció una cierta decadencia en su arte: menor
concentración, ciertas prisas, aunque nada que ver con las asperezas de la
primera etapa de su carrera. En cualquier caso, hay excepciones, como este
fenomenal Zaratustra que deja atrás al de 1975 en Chicago añadiendo a su
enfoque colorista, vital y altamente apasionado –a veces al borde del
desbordamiento– una dosis mayor de sensualidad, de refinamiento y de magia
poética. Como la orquesta es ideal para la obra, los resultados son colosales,
con independencia de que algún momento –la misma salida del sol– podría estar
más paladeado. (9)
24. Sinopoli/Staatskapelle de Dresde (YouTube,
1998). Haciendo gala de su batuta colorista y brillante, así como de un fraseo curvilíneo,
flexible y vehemente, con frecuencia agitado y a veces nervioso –en
determinados pasajes se echa de menos concentración–, el maestro veneciano ofrece
una recreación ya madura en la que pone de relieve los aspectos más dramáticos
de la página. Hay hedonismo bien entendido, suntuosidad tímbrica y claridad,
ciertamente, pero por encima de todo se ponen los contrastes, el temperamento y
un cierto sentido del desgarro, cuando no del amargor, que recuerda no poco a
su memorable grabación de Don Juan del mismo compositor. La orquesta
sajona aporta una sonoridad straussiana “con denominación de origen” que se
aparta tanto del excesivo músculo berlinés como del hedonismo vienés, y que
resulta ideal para la idea expresiva que plantea el maestro. La toma, cortesía
de la NHK, no es la mejor de las posibles, pero posee amplia gama dinámica y un
registro grave de impresión. (9)
25. Boulez/Sinfónica de Chicago (DG, 1999). Lo
lógico hubiera sido que los chicagoers grabaran esta página con su titular
Barenboim, pero como se ve que al de Buenos Aires no le interesa esta partitura
tuvieron en su lugar a un Boulez que hizo más que nunca de Boulez. Del Boulez
de los noventa, habría que puntualizar. Realiza así, ayudado por una orquesta
soberbia (¡qué mezcla de potencia, brillantez y refinamiento!) y por una toma
de auténtico lujo, una radiografía de la partitura como pocas veces -o nunca-
se haya escuchado. Aporta además un trazo segurísimo y de completa lógica, sin
rigideces ni -imposible con semejante maestro- espacio para narcisismos, así
como un enfoque dramático muy convincente. Eso sí, quien busque carácter
“vienés”, sensualidad, decadentismo en su punto justo y magia poética puede
sentirse seriamente decepcionado. En cualquier caso, se diría que la audición
resulta imprescindible por su carácter didáctico. (9)
26. Mehta/Staatskapelle de Dresde (Blu-ray Arthaus,
2010). Ni la Salida del sol ni el final poseen, en modo alguno, la concentración
ni la inspiración que se debe exigir a un director tan versado en este
repertorio. Por lo demás, una versión “muy de Mehta”, es decir, musculada y un
tanto rústica, opulenta sin hedonismo alguno, de colores incisivos y bastante
escarpada en la expresión, pero también bastante parca en sensualidad, en
elegancia y en atmósferas, además de poco interesada en desmenuzar las texturas.
La toma en DTS multicanal, con surround auténtico, es un auténtico prodigio:
quizá sea, junto con la de Nelsons y la Concertgebouw, la mejor grabación que haya recibido esta obra. El YouTube es un pálido reflejo. (8)
27. Jansons/Orquesta del Concertgebouw (YouTube, 2012). Comienza la interpretación defraudando un tanto: siendo este un
repertorio muy afín a Mariss Jansons, el maestro letón parece mostrarse un
tanto indiferente, lineal incluso, como si confundiera la objetividad que
caracteriza sus maneras de hacer con cierta falta de implicación emocional, o
al menos a la hora de poner matices. Poco a poco parece que se va calentando,
pero la inspiración no termina de brotar de una interpretación que, en
cualquier caso, se encuentra trazada de manera irreprochable, evidencia
conocimiento del estilo -evitando preciosismos, eso sí- y se mueve siempre dentro
de una gran sensatez. La soberbia orquesta, que suena empastadísima y con maravillosa
plasticidad, ayuda a la batuta lo mismo que Chicago colaboró con Barenboim en
unos tiempos que el que el de Buenos Aires no terminaba de conectar con el
mundo straussiano. Siete para Jansons, diez para los holandeses. (8)
28. Nelsons/Ciudad de Birmingham (Orfeo, 2012). Interpretación dramática, escarpada y poderosísima –tremendos los timbales,
quizá sobredimensionados por la grabación–, podría decirse que visionaria, pero
siempre controlada con pulso firme, sin precipitaciones ni arrebatos
temperamentales, descendiendo al detalle con refinamiento carente por completo
de narcisismo y, sobre todo, dicha con la más absoluta sinceridad, sin que haya
asomo de retórica vacua ni voluntad de llegar al oyente por la vía rápida de la
seducción. Se echa de menos, eso sí, un grado más desarrollado de sensualidad y
vuelo lírico, aunque la opción a la postre resulta del todo coherente. (9)
29. Dudamel/Filarmónica de Berlín (CD DG y Digital
Concert Hall, 2012). Tras una poderosa, soberbia introducción, el maestro
venezolano ofrece una interpretación cálida, dionisíaca, con tanta sensualidad
como nervio y altamente comprometida que se sitúa en el punto justo entre
brillantez, sentido dramático hedonismo sonoro bien entendido y -no menos
importante- lirismo y ensoñación de estirpe vienesas. Podría echarse de menos una
dosis superior de chispa e incisividad en el vals, así como en general unos
contrastes más marcados y una visión más áspera de la partitura, pero en su
línea resulta digna de toda admiración. Otra cosa es que para semejante
concepto los Wiener Philharmoniker sean aún superior a estos fenomenales
Berliner: enseguida Dudamel se pondrá al frente de ellos. El sonido del CD es
formidable, y entiendo que la interpretación es más o menos la misma que la de
la plataforma audiovisual: el audio debe de proceder de una mezcla de los tres
días del programa de abono, mientras que la filmación es solo del 28 de abril.
(9)
30. Dudamel/Filarmónica de Viena (Symphony Live,
2013). El venezolano repite su cálido y voluptuoso acercamiento a la página,
esta vez esa la orquesta idónea para la visión particularmente hedonista,
aunque siempre idiomática, que adopta su batuta. Eso sí, por mucho que se
encuentre tratada con mano maestra, esta Wiener Philharmoniker no suena, dentro
de su altísimo nivel, como lo hacía la de Maazel: el tiempo no pasa en balde. Imagen y sonido muy deficientes en YouTube, sensacionales en la plataforma Symphony. (9)
31. Nelsons/Orquesta del Concertgebouw (Blu-ray
Cmajor, 2013). Al igual que su grabación en Birmingham del año anterior, la
óptica adoptada por el maestro es ante todo profunda y dramática, lo que se
traduce en un sonido particularmente poderoso, en una enorme concentración en los
momentos más introvertidos –con pocos directores el carácter filosófico de esta
partitura ha sido puesto tan de relieve– y en un temperamento encendido en el resto, además de por una
perfecta planificación de la arquitectura que le lleva a alcanzar clímax
escarpados y visionarios a más no poder. En contrapartida, y aunque el trazo es
siempre de gran claridad y finura, aspectos como la elegancia, la galantería y
el hedonismo más o menos decadente, es decir, el lado “vienés” de la obra que
de manera tan portentosa subrayara Maazel en su registro para DG, quedan
relativamente relegados en esta, por lo demás, soberbia interpretación que se
beneficia sobremanera de una orquesta –y un violín– en estado de gracia.
Magnífica la toma sonora en Blu-Ray, con surround auténtico. (10)
32. Nelsons/Filarmónica de Berlín (Digital Concert
Hall, 2014). Repetición de la jugada por parte de Nelsons, exactamente
en la misma línea sanguínea y visionaria que en su registro del año anterior,
con una orquesta que es igual de increíble (¡qué timbalero!) pese a algunos
desajustes puntuales propios del directo, pero que posee unas cualidades
distintas. En este sentido, resulta muy ilustrativo comparar cómo le suenan los
Berliner a Nelsons y a Dudamel en la misma página: más escarpada al
primero, más sensual y refinada al segundo. Visión berlinesa frente a vienesa, ya saben. (10)
33. Maazel/Orquesta Philharmonia (audio en YouTube,
2014). Al igual que en la Alpina que ofreció en el mismo concierto celebrado en
el Royal Festival Hall londinense por el 150 aniversario del compositor, Maazel
ofrece una interpretación que se eleva
a lo más alto de toda la discografía, sumando al carácter encendido del registro con esta misma orquesta cincuenta y dos años atrás el
refinamiento y la sensualidad del que hizo con la Filarmónica de Viena, y añadiendo a su vez las
tensiones escarpadas (¡tremebundas!) y las atmosferas sombrías de su grabación
en Múnich, pero dándole a todo ello una vuelta más de tuerca en lo que a
capacidad de análisis –insuperable el trabajo con las texturas–,
imaginación y compromiso expresivo se refiere, alcanzando momentos de auténtico
escalofrío; la Introducción y el clímax final de El convaleciente, en ambos
casos con la plena colaboración de un timbalero atrevido a más no poder, son de
oírlos para creerlos. Lástima que la toma sonora, de origen radiofónico, no
permita disfrutar a tope de esta maravilla. (10)
34. Jansons/Sinfónica de la Radio de Baviera
(YouTube, 2017). El maestro vuelve a ofrecer más artesanía de calidad que una
lección de compromiso y creatividad, pero esta vez, aunque siga pinchando en la
introducción y desaprovechando numerosos pasajes, parece algo más implicado en
la expresión, o por lo menos más encendido. La orquesta de Múnich no posee la
calidad –ni las calidades– de la de Ámsterdam, pero funciona muy bien bajo una
batuta que controla de manera formidable los medios. (8)
35. Chailly/Orquesta del Festival de Lucerna (Decca,
2017). Interpretación vistosa, dicha con opulencia sin preciosismos y
desplegando un riquísimo sentido del color, a la que le falta un último punto
de inspiración poética y le sobran despistes varios en una Tanzlied poco
acertada. Espléndido sonido en alta resolución. (8)
36. Jansons/Filarmónica de Berlín (Digital Concert
Hall, 2019). Los berlineses marcan una gran diferencia con respecto a la
filmación de Jansons en Múnich tan solo dos años anterior. La sonoridad es más bella, más
poderosa y más propiamente straussiana; las intervenciones solistas desprende
la más excelsa musicalidad y muchísima implicación expresiva; se diría,
incluso, que los aromas vieneses están mejor recogidos por la cuerda de los
Berliner en La canción de la danza. Pero no es solo la orquesta: el maestro se
muestra manifiestamente más inspirado. Frasea con más concentración, paladea
mejor la música, conjuga de manera más satisfactoria extroversión y carácter
reflexivo. Esta es su gran lectura de la obra, beneficiada además por imagen 4K
y excelente sonido Dolby Atmos. (9)
37. Macelaru/Sinfónica de la WDR (YouTube, 2021). No funciona la Salida del sol: el maestro rumano se precipita con tanto entusiasmo. A partir de ahí, todo sale a pedir boca: no solo hay nervio bien entendido, sentido de los contrastes, cuidadoso tratamiento de las tensiones horizontales y un soberbio trabajo de las texturas, sino también mucho acierto a la hora de iluminar cada una de las líneas con la expresión que le corresponde, de hacerlas dialogar, de otorgar sentido teatral. También a la de destilar el refinamiento que la partitura necesita sin caer en lo preciosista y de desplegar brillantez sin necesidad de apabullar al personal. Sobra algún detallito y se le podría sacar más partido a la sección de las campanadas con que comienza El canto del noctámbulo–debería sonar más opresiva–, pero globalmente la interpretación es soberbia. (9)
38. Orozco-Estrada/Sinfónica de la Radio de Frankfurt (YouTube,
2022). La propia orquesta nos regala con espléndida imagen 4K esta
interpretación vistosa, entusiasta –arrebatada a más no poder la Salida del sol–, que desprende gran inmediatez expresiva y se muestra por completo ajena a cualquier suerte de preciosismo o amaneramiento, sin
dejar por ello de ofrecer misterio y concentración cuando debe; muy bien De la
ciencia, por ejemplo. Le falta, lástima, esa particular magia en las texturas que la música
necesita, aunque tengo la impresión, sobre todo ahora que he podido escucharle al maestro colombiano la obra en directo, que la relativa falta de claridad puede deberse a la acústica de la sala, que tampoco parece beneficiar demasiado a los primeros atriles de las maderas.(8)
39. Nelsons/Gewandhaus
de Leipzig (Stage+, 2022). Tras una Salida del sol que no llega a
alcanzar toda la grandeza deseable, Nelsons vuelve a ofrecer una interpretación
de perfecto idioma en la que alcanza ya ese equilibrio entre dramatismo y
sensualidad que se echaba de menos en sus primeros registros de la página, pero
esta vez con algo menos de depuración sonora: hay algún desajuste, y la cuerda
sajona no está del todo fina. En exceso personal, por cierto, el primer violín
en Das Tanzlied. Las maderas sí que están a la altura, y son tratadas
por la batuta con un enorme acierto para resaltar sus aspectos más incisivos en
lo que termina resultando, a la postre, una visión bastante encendida y
“moderna” de la obra. Esta filmación, que se ofrece con excelente calidad audiovisual, no debe confundirse con el audio editado por DG, que corresponde a mayo de 2021 y aquí no comento. (8)
40. Pappano/Sinfónica de Londres (Stage+, 2023). Tras una introducción planteada con grandeza y sin precipitaciones –excelente el timbalero–, el maestro londinense plantea una lectura tan sensata como ortodoxa en la que alcanza el más admirable equilibrio entre todas las vertientes de la partitura. Hay intensidad dramática y potencia expresiva, pero siempre bajo el más absoluto control –nada de despliegue temperamental a la manera de algunas batutas jóvenes– y con mucho espacio para la reflexión, para la sensualidad y –sobre todo– para la delectación melódica, uno de los puntos fuertes de quien no en vano ha sido sobre todo director operístico. Dicho esto, las texturas podrían alcanzar mayor refinamiento, la belleza sonora no es toda la que demanda la partitura straussiana, e incluso a veces la poesía no vuela todo lo alto que debiera, pero a cambio el maestro no cae en preciosismos ni en lo decadentista, al tiempo ofrece un trabajo de tensiones y distensiones de enorme naturalidad: nada de arrebatos temperamentales, nerviosismo o brusquedad. (8)
41. Guggeis/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2025). La Salida del sol resulta nerviosa y sin grandeza. En el siguiente
número –Luis Gago traduce su título como De los hombres de un
mundo ultraterreno– sobra nerviosismo y faltan misterio y
hondura filosófica. En De la aspiración suprema la cosa empieza
a amoldarse mejor a las maneras expresivas del joven maestro, y a partir de ahí toda
la interpretación es una continua alternancia entre pasajes de un
apasionamiento, una sinceridad e incluso una rabia abrumadora con otros en la
que la ausencia de concentración resulta evidente. La orquesta suena de
maravilla –no tiene importancia algún desliz de la trompeta–. Lo hace
así gracias no solo a su virtuosismo, sino también al soberbio trabajo de
texturas realizado por una batuta atenta tanto al empaste global como al
detalle, al tiempo que desinteresada por cualquier suerte de preciosismo o de
opulencia desmedida. También es de justicia destacar la manera en que el
maestro estimula a los primeros atriles para que sus intervenciones resultaran
particularmente expresivas. En fin, Guggeis se decanta una visión eminentemente dramática de la partitura, pero le falta
control. Y no control de los medios, que eso lo tiene de sobra, sino de sí
mismo. Siete para la batuta: el punto adicional es por la orquesta. (8)
Este fin de semana ha debutado Thomas Guggeis (Dachau, 1993) al frente de la Filarmónica de Berlín. Realmente la noticia no es exacta, porque el aún joven maestro bávaro ya había dirigido a los metales y la percusión en un concierto del 22 de noviembre de 2020 disponible en la Digital Concert Hall. Ahora lo ha hecho con la orquesta al completo: Así hablaba Zaratustra de Richard Strauss, "Todo un mundo lejano..." de Dutilleux y la Suite nº 2 del Daphnis y Chloé de Ravel. Tenía quien a ustedes se dirige un enorme interés por ver qué pasaba: asistente de Daniel Barenboim, fue él quien se alternó con Christian Thielemann cuando tocó sustituir al de Buenos Aires en el Anillo del Nibelungo destrozado por Tcherniakov, y dicen fuentes bien informadas que lo hizo bastante mejor que quien finalmente consiguió la titularidad de la Staatsoper berlinesa. Por otra parte, Guggeis se presentará el próximo mes de diciembre al frente de la Orquesta de la Fundación Barenboim-Said con un programa integrado por Brahms, Ravel y Shostakovich. Razones más que suficientes para mantener los oídos bien abiertos.
Hay que tener valentía para presentarse con Zaratustra al frente de los Berliner Philharmoniker, porque en seguida vienen los nombres de Kark Böhm y Herbert von Karajan; también, por acercarnos a tiempos muchos más recientes, los de Andris Nelsons y Gustavo Dudamel, todos ellos enormes recreadores de la partitura. A mi entender, Guggeis no ha estado a la altura. La salida del sol resultó nerviosa y sin grandeza. En el siguiente número –Luis Gago traduce su título como De los hombres de un mundo ultraterreno– le sobró nerviosismo y le faltaron misterio y hondura filosófica. En De la aspiración suprema la cosa empezó a cambiar. Mejor dicho, a amoldarse mejor a las maneras expresivas del maestro, y a partir de ahí toda la interpretación fue una continua alternancia entre pasajes de un apasionamiento, una sinceridad e incluso una rabia abrumadoras con otros en la que la ausencia de concentración era evidente. La orquesta sonó de maravilla –no tiene importancia algún desliz de la trompeta–; y lo hizo así gracias no solo a su virtuosismo, sino también al soberbio trabajo de texturas realizado por una batuta atenta tanto al empaste global como al detalle, al tiempo que desinteresada por cualquier suerte de preciosismo o de opulencia desmedida. En fin, intentaré explicarme de otra manera que entenderán los discófilos: entre las dos posibles visiones de la partitura, vamos a llamarla "vienesa" y "berlinesa", Guggeis se decantó por esta última, la más áspera y dramática, pero le faltó control. Y no control de los medios, que eso lo tiene de sobra, sino de sí mismo.
El concierto para violonchelo "Tout un monde lontain..." es una obra maestra, pero no me resulta fácil valorar la interpretación habida cuenta de que solo conozco seis grabaciones de la partitura, empezando por la de Rostropovich en presencia del propio Dutilleux y terminando por la también disponible en la Digital Concert Hall con un sensacional Truls Mork y un notabilísimo Mariss Jansons. Quise repasar antes del concierto la que más me gusta: Anssi Karttunen con Essa-Pekka Salonen (DG, 2011). La de ayer sábado 27 de septiembre creo que ha mantenido el tipo, particularmente por parte de un Thomas Guggeis cuyo temperamento ardiente ha logrado evitar el error de caer en lo meramente impresionista: hay mucho de eso en la escritura, ciertamente, pero también de visceralidad expresionista, circunstancia expuesta por una batuta que, como en el Zaratustra straussiano, motivó de manera manifiesta a los primeros atriles a la hora de mostrarse elocuentes. Maximilian Hornung, de buen sonido y técnica más que suficiente para apechugar con la partitura, no se limitó a leer las notas, sino que la teatralizó de manera superlativa. Me encantaría volver a escuchar el concierto y realizar comparaciones con otros registros, pero no tengo tiempo para ello. Ah, Hornung ofreció de propina una recreación muy personal y apasionada del preludio de la Suite nº 1 de J. S. Bach.
Empezó de manera poco convincente la suite del Daphnis: sensacional tratamiento de las texturas, pero tempo muy rápido y poca magia. Es decir, otra vez mayor atención al discurso vertical que al horizontal por parte de un Guggeis que no parece afín a Ravel. Menos mal que tras este precipitado Amanecer la batuta se remansó y dejó volar con poesía superlativa a un flautista por completo sensacional cuyo nombre no soy capaz de decirles; en la web de la orquesta no está, eso desde luego. La Danse générale estuvo expuesta con tan grandes dosis de virtuosismo y brillantez que el público se lanzó a aplaudir con entusiasmo muy por encima de la media de estos conciertos de abono.
¿Conclusión? Guggeis posee un talento inmenso, pero tiene que madurar en concepto, expresión y autocontrol.