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jueves, 12 de mayo de 2022

Siete grabaciones del Concierto para violín n.º 2 de Bartók

Ni puntuaciones del uno al diez ni rábanos. Estas siete versiones del Concierto para violín n.º 2 de Belá Bartók son todas maravillosas, y las traigo aquí para animarles a ustedes a que se acerquen a esta obra maestra, que conociera su estreno allá por marzo de 1939. Meses más tarde, el mundo evocado por el compositor empezaría a desaparecer para siempre.

 


1. Menuhin. Furtwängler/Orquesta Philharmonia (EMI, 1953). Aunque la dirección es magnífica por su calidez, su plasticidad, su fraseo flexible y su sinceridad emocional, encontrando Furt el equilibrio perfecto entre lirismo, garra dramática y sabor folclórico, lo que deslumbra es un violín incandescente a más no poder, lleno de humanismo y muy lírico cuando debe, pero sobre todo intenso y punzante, que llega a ser altamente desgarrado en los momentos más extrovertidos del segundo movimiento. La reciente restauración sonora en alta definición hace que la toma sonora resulte aceptable, pero no puede evitar que la orquesta quede relegada frente al solista.

 

 

2. Perlman. Previn/Sinfónica de Londres (EMI, 1973). Una lástima que el nuevo reprocesado realizado por Warner no haya sido capaz de solucionar los problemas de la toma, con amplia gama dinámica pero turbia y distorsionada, porque la interpretación es portentosa, tanto por un violín pletórico de agilidad, riquísimo en el sonido –siempre afilado, pero con carne– y expresivo a más no poder, como por una batuta que subraya con atrevimiento las asperezas de la escritura al tiempo que despliega lirismo sensual, cantabilidad en el fraseo y sutileza tímbrica, además de mostrar un estimulante sentido de lo popular e inyectar frescura y convicción a los resultados. 

 

 

3. Kyung-Wha Chung. Solti/Filarmónica de Londres (Decca, 1976). La interpretación se encuentra marcada por la personalidad de Sir George y por su plena afinidad a Bartók. Así, el veterano maestro ofrece una buena dosis de electricidad, de incisividad y de rusticidad bien entendida, de garra y de sentido teatral, haciendo rugir a la orquesta londinense –magnífica– todo lo que sea necesario, pero se muestra asimismo capaz de remansarse para destilar un lirismo de altos vuelos y delicioso aroma folclórico. También sabe desplegar texturas de enorme sutileza tímbrica, incluyendo veladuras fascinantes y auténtica magia sonora, por no hablar de la perfección absoluta con que recrea el ambiente nocturnal del segundo movimiento. La joven Chung está formidable, no ya por la enorme belleza y homogeneidad de su sonido sino también, y sobre todo, por su espléndida manera de aunar poesía con tensión dramática, aunque en cualquier caso su enfoque es mayormente lírico, en perfecto contraste con la batuta teatral y masculina de Solti. La toma es magnífica para la época. 

 

 

4. Zukerman. Mehta/Filarmónica de Nueva York (Sony, 1979). Espléndida recreación en la que sobresale un violín que se mueve por la obra con pasmosa naturalidad, sin evidenciar esfuerzo alguno, y que sabe ofrecer lirismo cálido y noble al tiempo que se encrespa para resultar altamente dramático cuando debe, todo ello sin olvidarse de los imprescindibles acentos magiares. Zubin Mehta, aun sin especial garra, desgrana la obra con enorme delectación y exquisita sensibilidad para el timbre, sobre todo en el nocturnal y mágico segundo movimiento, sin que por ello deje de ofrecer esas sonoridades vigorosas, esas ráfagas de brillantez y ese sentido del ritmo que caracterizan el arte del maestro indio. Este testimonio, que no había salido en su momento en CD, ha sido recientemente recuperado en alta definición y se localiza en las plataformas habituales.

 

 

5. Kyung-Wha Chung. Rattle/Birmingham (EMI, 1990). Vuelve la Chung a asombrarnos por la variedad de su sonido, así como su capacidad para aportar una dosis de lirismo y delicadeza muy femenina. En esta ocasión le acompaña un Rattle extrovertido, animado y con momentos de áspera rebeldía en el primer movimiento, pero también concentrado y sutil en el juego tímbrico del segundo; sin problemas en la ironía del tercero. Quizá globalmente no se llegue a la altura de la interpretación de la misma solista con Solti, pero esta se disfruta de principio a fin.

 

 

6. Shaham. Boulez/Sinfónica de Chicago (DG, 1998). Lírica y hermosísima recreación en la que un Shahan pletórico de virtuosismo canta las melodías con tanta poesía, calidez y humanismo como fuerza expresiva, tensando la música cuando es necesario y soberbiamente respaldado por un Boulez al que tampoco le interesa marcar aristas, sino dejar a la música que respire su sanísimo sabor folclórico al tiempo que –como no podía ser menos, tratándose de quien se trata– cada una de las líneas de la escritura orquestal queda maravillosamente clarificada. Un prodigio, recogido de manera admirable por la toma sonora. 

 

 

7. Faust. Harding/Sinfónica de la Radio Sueca (Harmonia Mundi, 2012). Defrauda un tanto el Allegro ma non troppo inicial. En él la solista hace gala de un sonido quizá excesivamente lírico, modelado hasta las más extraordinarias sutilezas, y deslumbrante en lo que a agilidad se refiere, pero sin la suficiente carne; tampoco su enfoque termina de ofrecer toda la garra que la música demanda. El segundo movimiento sí que es magnífico, desplegando Faust un canto muy emotivo bien respaldado por una batuta atenta, clarificadora, refinada en el tratamiento de las veladuras tímbricas, que frasea con holgura y cantabilidad. No menos espléndido el tercero, dicho con garra, mucho empuje –de nuevo pasmoso el virtuosismo del violín– y un apropiado perfume folclórico, aunque no dejando desatendidos, antes al contrario, los pasajes más misteriosos y evocadores del mismo. La coda ofrece grandeza, potencia y una buena cantidad de aristas bien subrayadas desde el podio.

martes, 25 de abril de 2017

El Bach de la joven Chung

Aunque hace pocos meses tuve la oportunidad de comparar las integrales de Rachel Podger, Julia Fischer, Sergey Khachatryan y Kyung-Wha Chung, el desagradable asunto Amandine Beyer me ha llevado a profundizar en esas maravillas que son las Sonatas y Partitas para violín solo de J. S. Bach, de tal modo que en los últimos días han desfilado por mi equipo de música, con sus integrales o con versiones sueltas, nombres como los de Szeryng, Kuijken, Hahn, Huggett, Faust, Shaham (su segunda grabación, plenamente historicista), Onofri, Michael Barenboim o la propia Meyer. Hablaré de algunos de ellos más adelante, pues quiero hoy escribir brevemente sobre el disco que registró para Decca en 1974 con la Partita nº 2 y la Sonata nº 3 una Kyung-Wha Chung de veintiséis años de edad, dueña de una sonoridad luminosa –brillante el agudo, no del todo rico el grave– y dotada de una técnica asombrosa para su edad. Ya solo por eso hay que quitarse el sombrero.


¿Y en lo interpretativo? De la BWV 1004 la coreana ofrece una lectura dicha con enorme sensatez y musicalidad, fluida y sutilmente matizada, alejada de los contrastes marcados pero sin desdeñar angulosidades ni juegos con las dinámicas, que alcanza un apreciable equilibrio entre los aspectos líricos y dramáticos de la partitura, aunque quizá sin terminar de ofrecer personalidad, imaginación ni diferenciación entre cada una de las pieza. Por descontado que la articulación es por completo tradicional –Kuijken tardaría aún nueve años en llegar–, pero en absoluto se puede hablar aquí de pesadez o de excesiva uniformidad: ligereza, fluidez y riqueza en la acentuación están garantizadas.

Convence más en la BWV 1005, sobre todo por una Fuga adecuadamente aristada que contrasta con un Largo de hermosísimo vuelo lírico digamos que “femenino”, pero en absoluto falto de carácter. El Adagio inicial sabe ser doliente, sin necesidad de resultar áspero ni terrible, manteniéndose la artista dentro en ese lirismo elegante antes citado, mientras que en el Allegro assai conclusivo se mueve a toda velocidad –quizá demasiada– con una fluidez y luminosidad asombrosas.

Cuarenta y dos años después, Kyung-Wha Chung se enfrentará hará las cosas con más personalidad, pero también de manera más discutible. Este registro de Decca es hermosísima ortodoxia que le recomiendo a cualquier oyente aún no contaminado del radicalismo de la kale barroka.

jueves, 22 de enero de 2009

Arias francesas por Ben Heppner: mucho más que agudos

Páginas de Berlioz, Halévy, Massenet y Meyerbeer.
Orquesta Sinfónica de Londres. Myung-Whun Chung.
Deutsche Grammophon.
CD 74’05’’
Universal
****R

Heppner

Sólo le falta un físico agraciado, don al que podría sacarle mucho partido su casa discográfica -como lo hace con el de Magdalena Kozená, por ejemplo-. Salvo esto, Ben Heppner lo tiene todo, incluyendo esos dichosos agudos que levantan de sus butacas al respetable. Y al margen de que su calificación como tenor dramático pueda resultar bastante discutible, lo cierto es que aborda con deslumbrante éxito un repertorio heterogéneo y muy exigente tanto desde el punto de vista técnico como del interpretativo. Con motivo de su desembarco en DG se zambulle sin salvavidas en la ópera francesa, que en disco sólo ha afrontado puntualmente (Hérodiade, Les Troyens). El resultado vuelve a ser admirable.

Repasemos cuáles son sus puntos fuertes. Primero, un instrumento extenso y homogéneo, dúctil y de timbre grato, manejado con una solidísima técnica. Segundo, una singular atención al texto, perfectamente matizado. Tercero, un talante heroico y viril, que en ningún momento conoce el exhibicionismo, a disposición de aquellas páginas que lo demanden. Cuarto, una línea de canto exquisita y refinada, ajena a todo exceso, que ofrece la mayor morbidez y sensualidad -bellísimas medias voces- sin caer en blandenguerías ni languideces; ortodoxia, pues, pero sin caer en el tópico de “lo francés”.

El programa se ha planteado de manera coherente, desde la introversión de los torturados personajes de Berlioz hasta la triunfal extroversión de La Marsellesa. Así, la primera parte la conforman cinco hermosísimas páginas procedentes de Los troyanos, La condenación de Fausto, Benvenuto Cellini y, cambiando de aires, Beatriz y Benedicto, donde el tenor demuestra su variedad de acentos y capacidad para la introspección psicológica

Con la misma seriedad afronta el tenor canadiense las páginas de Halévy, Massenet y Meyerbeer que conforman el resto del programa, convenciendo con interpretaciones altamente comprometidas, de una profundidad que sorprende si tenemos en cuenta que no ha cantado estas obras en escena. No siempre acierta por igual, pero hay logros excepcionales. Por ejemplo, los dos fragmentos de El Cid, donde supera al más extrovertido y menos idiomático Domingo (tanto en su grabación de CBS como en su interpretación escénica en Sevilla).

La dirección de Chung, en su línea habitual: ágil, afilada, vistosa y un tanto superficial. También la toma de sonido, en exceso reverberante, podía haber estado mejor. A destacar que en la página web de DG se encuentran disponibles los artículos del libretillo, diverso material literario y gráfico adicional e incluso un video del “cómo se hizo”.
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Artículo publicado en el número de julio-agosto de 2002 de la revista Ritmo.

PS: el hecho de que el instrumento de Heppner sea mucho más lírico de lo que a él le hubiera gustado le ha terminado pasando factura. En el segundo acto de Tristán que ofreció hace un par de años con Barenboim en la Alhambra evidenció un estado vocal un tanto problemático, y la posterior interrupción de su recital en el Teatro Real a mitad de la velada terminó de revelar sus problemas canoros. Espero comprobar mañana mismo en su nueva aparición madrileña cómo se encuentra el en otros tiempos admirable tenor canadiense.

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