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sábado, 18 de julio de 2020

Concierto para piano nº 4 de Beethoven: discografía comparada

Actualización

Esta entrada fue publicada originalmente el 17 de julio de 2013.

He vuelto a escuchar las interpretaciones de Gould/Bernstein, Rubinstein/Barenboim y de Barenboim 2010, renovando sustancialmente los comentarios. Se han añadido reseñas de las interpretaciones de Kempff/Leitner, Zimerman/Bernstein, Aimard/Harnoncourt, Grimaud/Gergiev y Willens/Brautigam, así como de las tres en audio que tiene Ashkenazy.
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Aunque de manera un tanto improvisada, sin tiempo para escuchar todas las interpretaciones que hubiera deseado, respondo al reto que me planteaban tras mi discografía sobre el Concierto para piano nº 2 de Beethoven: hacer lo propio sobre el nº 4, no sé si el mejor de la serie pero sí el que más me gusta. Más incluso que el nº 5, pues me siento más atraído por el dramatismo introvertido de esta obra que por la grandeza épica del Emperador.

Conviene recordar que el estreno público de este Cuarto concierto se realizó en 1808 junto con las sinfonías Quinta y Sexta, nada menos: Beethoven de plena madurez, pues, rompiendo los moldes del clasicismo en busca de nuevos lenguajes que den paso a un mundo expresivo que se aparta del siglo XVIII para mirar decididamente a lo que está por venir. Por eso mismo una interpretación anclada en el pasado difícilmente logrará poner de relieve la modernidad de la escritura de esta pieza. A destacar en este sentido el breve pero absolutamente genial movimiento central, con frecuencia asociado (¿es necesario hacerlo?) con la imagen de Orfeo dialogando con las Furias.

Como es habitual, la discografía la he realizado partiendo de las anotaciones por mí realizadas de mis audiciones de los últimos años y añadiendo otras nuevas realizadas exprofeso para la ocasión. Intentando aprender cosas nuevas con respecto a mi pequeño trabajo sobre el Concierto para piano nº 2, esta vez he procurado dejar aparte las interpretaciones más o menos historicistas –esta otra partitura es mucho más avanzada en lo estilístico que la citada– y me he dedicado a escuchar registros que den entrada a importantes pianistas que la otra vez se habían quedado fuera; otra cosa es que estén a la altura de las circunstancia, como veremos.

En cualquier caso, el lector podrá comprobar en seguida que Barenboim sigue siendo el gran protagonista de la discografía: me parece completamente justificado, no solo porque cada día parece más claro –yo nunca lo he dudado– que el de Buenos Aires sea el mayor beethoveniano de la era discográfica, sino también porque sus diversas aproximaciones resultan lo suficientemente distintas entre sí como para ser recogidas todas ellas. También me parece justo que Arrau aparezca tres veces: sin ser Beethoven el compositor con el que mejor se identificada, difícil resulta discutir que Don Claudio fue el más grande pianista del siglo XX.

Comprendo que algunos lectores se sientan decepcionados al haberse quedado fuera algunas de sus versiones favoritas. A ellos les ruego que comprendan que mi tiempo es limitado y que tampoco me resulta fácil acceder a todas las interpretaciones que deseo. Probablemente en el futuro amplíe este pequeño trabajo, pero de momento lo dejamos aquí.

Son los movimientos de este Concierto nº 4 en Sol mayor, op. 58:
  • Allegro moderato
  • Andante con moto
  • Rondo (Vivace)

DISCOGRAFÍA


Beethoven concierto 4 Rubinstein Beecham

1. Rubinstein. Beecham/Royal Philharmonic (EMI-RCA-Testament, 1947). Aunque ha cumplido ya los sesenta cuando realiza la primera de sus cuatro grabaciones del concierto beethoveniano que más ama, lo cierto es que Rubinstein manifiesta una total inmadurez artística en esta interpretación: no solo se muestra por completo ajeno al lenguaje beethoveniano, sino que aborda la obra desde el punto de vista meramente virtuosístico, seduciendo con su agilidad digital pero cayendo por completo en lo mecánico, por no decir en lo rutinario y lo cuadriculado, sin apenas espacio para la poesía ni la reflexión. Solo se salva el segundo movimiento. Beecham, por su parte, dirige con empuje y entrega, también con prisas, haciendo sonar a su orquesta de manera poderosa pero sin detenerse precisamente en sutilezas. Detalle curioso: las cadenzas pianísticas son las de Saint-Saëns. (6)


Beethoven concierto 4 Curzon Kna

2. Curzon. Knappertsbusch/Filarmónica de Viena (Decca, 1954). Nobleza apolínea, equilibrio y una cierta espiritualidad contemplativa caracterizan a esta interpretación hermosa, fraseada con naturalidad y ajena al exhibicionismo virtuosístico, pero un tanto unilateral en lo expresivo, falta de garra y de empuje, tanto por parte del pianista inglés, algo soso, como por la del maestro alemán, cuyo habitual interés por el sonido aterciopelado sintoniza muy bien con las características de la Filarmónica de Viena pero aquí, a decir verdad, de batuta un tanto flácida. Muy buena la toma monofónica. (7)


Beethoven concierto 4 Fischer

3. Fischer/Philharmonia (EMI, 1954). Edwin Fischer no solo anticipó a su discípulo Barenboim en la iniciativa de tocar y dirigir al mismo tiempo en los conciertos beethovenianos, sino también en el concepto: he aquí un Beethoven que tanto en el piano como en la orquesta sabe ser al mismo tiempo –eso es lo difícil– musculado y ágil, denso y fluido, dramático y lírico, rebelde y lleno de encanto… Lleno de claroscuros sonoros y expresivos, pues, mirando frente a frente a otras obras del autor de la misma etapa pero sin renunciar al componente clasicista de la partitura. Y todo ello lo hace apartándose por completo de lo mecánico (¡qué enorme diferencia con el Rubinstein de aquellos tiempos!), fraseando con una amplitud y una naturalidad pasmosas, matizando ricamente sin caer en el menor narcisismo y llenando a las notas de reflexión humanística. Importa poco que al ya artista suizo le queden algunos pasajes emborronados en el piano y que algunas líneas del entramado orquesta no se le escuchen del todo bien: hacer música de verdad no consiste en dar las notas con la mayor perfección técnica posible. Curiosas las cadenzas: del propio Fischer en el primer movimiento y de d’Albert en el tercero. (9)
 
 

4. Arrau. Galliera/Orquesta Philharmonia (EMI, 1955). Fraseo cantable, flexible y de extraordinaria naturalidad, belleza sonora en absoluto amanerada, alejamiento del exhibicionismo vacuo, elegancia más sencilla que refinada, profundo sentido humanístico… Son tópicos ciertos a la hora de hablar de Arrau –como también de Rostropovich, o de Giulini– que están presentes con claridad en este su primer registro de la op. 58 beethoveniana, pero también es verdad que los resultados no acaban de ser redondos: junto a frases que respiran sinceridad –maravilloso el Andante con moto– y más de un detalle absolutamente magistral, hay pasajes sin toda la variedad expresiva esperable y que incluso resultan un tanto asépticos, por no decir cuadriculados, particularmente en el primer movimiento. La Philharmonia, portentosa aunque sin la sonoridad rocosa de su titular, responde de maravilla a un infravalorado director que demuestra conocer muy bien el lenguaje beethoveniano y sintoniza a la perfección con el concepto expresivo del solista. Buen sonido monofónico. (8)


Beethoven concierto 4 Gould Bernstein

5. Gould. Bernstein/Filarmónica de Nueva York (Sony, 1961). Solo han pasado cuatro años desde el primer encuentro discográfico entre el maestro estadounidense y el pianista de Canadá, precisamente con el Segundo de Beethoven, pero las cosas funcionan ahora muchísimo mejor. Sobre todo por parte de un Bernstein más maduro como director que ahora logra encauzar su temperamento fogoso, inmediato y comunicativo con un mejor control de los medios, empezando por un fraseo mejor planificado, más natural, más atento a paladear las melodías y a ofrecer la cantabilidad, la nobleza y la hondura que esta música demanda; tanto es así, que ni siquiera en el tercer movimiento se deja llevar por lo dionisíaco. ¿Y Gould? Pues haciendo gala de su sonido voluntariamente seco y recortado, intentando alejarse de la tradición digamos “romántica”, pero mucho más dispuesto a sintonizar con la batuta y a hacer música, sobre todo en un Andante con moto ambiguo, distanciado y lleno de interrogantes: ahí está fenomenal, aun enfrentándose a unas intervenciones orquestales algo más pesadotas de la cuenta. Solo en la cadenza del primer movimiento, pimpante, precipitada y por momentos muy clavecinística, Gould se deja llevar –es de suponer que para la irritación de Bernstein– por su tendencia a ser iconoclasta de cara a la galería: de lo genial a lo genialoide parece haber solo un paso. Espléndido el reprocesado en alta definición. (8)




6. Kempff. Leitner/Filarmónica de Berlín (DG, 1961). Nunca he comprendido el enorme prestigio del Beethoven de Wilhelm Kempff. Quizá porque es muy hermoso. Mejor dicho: bonito. En el menos bueno de los sentidos. Al menos en esta recreación de la op. 58 fraseada con holgura y cantabilidad, sonada con un toque suave y seductor, ajena a todo mecanicismo; pero también sumamente descafeinada, ajena a las tensiones internas y a los claroscuros propios de la música beethoveniana… Por no decir sosa y desganada, cuando no blanda. La dirección del berlinés Ferdinand Leitner es la de un buen kapellmeister, poco más: sabe lo que se hace sin aportar nada personal, y en más de un momento –lamentable el arranque del tercer movimiento– se deja llevar por la blandura del solista. A la postre, lo único verdaderamente beethoveniano que hay aquí es la formidable orquesta. La toma suena de manera muy aceptable en la reciente recuperación en HD. (7)



7. Backhaus. Böhm/Sinfónica de Viena (DVD Euroarts, 1967). El maestro de Gratz no había llegado aún a su punto más alto de inspiración, que sería la segunda mitad de los setenta, pero aun así ofrece en esta filmación “de estudio” una dirección noble, idiomática y sensible, falta quizá de un último punto de inspiración que encontrará en su realización posterior para DG. El problema aquí es Backhaus: sobrio y concentrado, desde luego, pero bastante plano en lo expresivo, apenas emocionante y muy escorado a lo mecánico en pasajes clave como la cadenza del primer movimiento. Además no está muy bien de dedos, algo perfectamente comprensible en alguien que cargaba ya con ochenta y tres años a sus espaldas. (6)



8. Barenboim. Klemperer/New Philharmonia (EMI, 1967). Dicen que Klemperer no quiso grabar los conciertos de Beethoven hasta encontrar a un pianista que le convenciera lo suficiente. Lo encontró en un Barenboim que, aunque con el tiempo ganaría en riqueza de matices, realiza ya una labor excepcional, de sonido perfecto para el compositor, fraseo concentradísimo lleno de inflexiones, gran humanismo y un fuerte sabor amargo que sintoniza por completo con el enfoque de la batuta, si bien queda delimitada con nitidez la posición más lírica del solista frente a la dramática de la orquesta. Klemperer, como no podía ser menos,ofrece una dirección lenta, clarísima, rocosa y llena de fuerza, con un primer movimiento cantado con delectación sin renunciar al trasfondo trágico, un segundo que empieza con un tremendo pathos dramático y continua con gran negrura, y un tercero más escarpado que jubiloso, todo ello bajo un férreo control donde no hay lugar para la flexibilidad romántica en el fraseo ni para la delectación tímbrica; en este sentido predominan las ásperas y maravillosas maderas de la Philharmonia. Discutible pero genial. (10)



9. Ashkenazy. Solti/Sinfónica de Chicago (Decca, 1972). La dirección es magnífica en el primer movimiento, en el punto justo entre calidez, nobleza y tensión dramática. El segundo es muy concentrado, pero las irrupciones de la orquesta suenan un tanto infladas, exageradas, en parte por la rotundidad de la cuerda grave de Chicago. En el tercero hay efervescencia y teatralidad a tope, como también cierta tendencia al nerviosismo. Ashkenazy toca de maravilla, sabe ofrecer picos valientes de tensión y también detalles de exquisita concentración, como el arranque de la obra o el final del Andante con moto, pero también es cierto que su estilo no es del todo beethoveniano y que, en general, se encuentra un poco ausente en la expresión. Toma de mucha calidad en su reciente rescate en HD, que otorga gran relieve a la cuerda. (8)


Beethoven concierto 4 Weissenberg Karajan

10. Weissenberg. Karajan/Filarmónica de Berlín (EMI, 1974). Toda una decepción la labor del pianista de origen búlgaro, quien armado de un sonido en exceso delicado y desde luego poco beethoveniano, parece interesarse tan solo por la delicadeza y la belleza superficial: no hay por su parte tensión interna ni contrastes sonoros y expresivos. Karajan, como era de esperar, ofrece una dirección de sonoridad opulenta y refinada al mismo tiempo, hermosísima, impresionante y dulce a la vez, pero falta de una idea expresiva, además de excesivamente distendida y por completo desatenta a los conflictos de la partitura. Aburre. (6) 
 
 
Beethoven concierto 4 Rubinstein Barenboim

11. Rubinstein. Barenboim/Filarmónica de Londres (RCA, 1975). Si cuando realizó su primera grabación de la obra con Beecham contaba ya Rubinstein sesenta años, cuando realizó esta última alcanzaba la escandalosa edad de los ochenta y ocho. Independientemente de que su agilidad digital sea ahora menor (¡faltaría más!), nuestra impresión es la de encontrarnos ante un pianista completamente distinto. En parte puede deberse a que la batuta de su joven protegido se toma la cosas con bastante más calma que la de Sir Thomas (37’29 frente a 30’24’’), pero desde luego el mítico pianista polaco se muestra ahora muchísimo más maduro que entonces: su fraseo es mucho más flexible y cantable, su variedad expresiva mayor y más evidente esa elegancia digamos que viril y aristocrática que le caracterizaban. Todavía se le escapan algunos de los pliegues expresivos de la partitura, e incluso alguna frase de los movimientos extremos resulta un tanto mecánica, pero a la postre nos encontramos ante la recreación propia de un gran artista. Barenboim, manifiestamente influido por su experiencia con Klemperer aunque aportando una cantabilidad que es cosecha propia, dirige con sobriedad y marcados acentos dramáticos, enfrentando su batuta fogosa al enfoque más bien apolíneo del mítico pianista con resultados absolutamente excepcionales en un Andante con moto en el que resulta escalofriante, como en pocas interpretaciones se ha escuchado, ver cómo el piano se va encrespando tras las primeras acometidas de la orquesta para luego alcanzarse el equilibrio entre las dos partes. En el Rondó conclusivo el de Buenos Aires sabe ofrecer no solo efervescencia y humor con un punto de picardía sino también sentido dramático, pero todavía tendrá en el futuro que decir más cosas al respecto. Recientemente Dutton ha recuperado en SACD la imagen sonora cuadrafónica original, con excelentes resultados. (9)



12. Arrau. Bernstein/Sinfónica de la Radio Bávara (DG y YouTube, 1976). Era de esperar que en este encuentro entre dos gigantes con motivo de un concierto para Amnistía Internacional alcanzara extraordinarios resultados. O, por lo menos, que ambos mejoraran los resultados de sus anteriores grabaciones de la obra en compañía de otros. No es así: extrañamente ni Bernstein ni –menos aún– Arrau, logran profundizar del todo en la partitura, ni obtener un sonido puramente beethoveniano ni extraer toda la debida gama de matices expresivos. Todo ello, por descontado, dentro de un alto nivel que da buena cuenta de la excelsa musicalidad y el buen hacer de los dos artistas. Lo mejor es el segundo movimiento, muy dramático, y lo menos bueno el primero. Deutsche Grammophon editó el vinilo y pasó el audio recientemente a compacto, pero el vídeo sigue estando únicamente en YouTube. (8)


Beethoven concierto 4 Pollini Bohm

13. Pollini. Böhn/Filarmónica de Viena (DG, 1976). Una marcada objetividad, por no decir sobriedad o distanciamiento, singulariza a esta espléndidamente grabada recreación. ¡Qué distinta, sin embargo, la objetividad del maestro que había sido simpatizante de los nazis de la del joven comunista! La del primero sabe, desde su renuncia a las señas de identidad digamos “románticas”, destilar todo el profundo humanismo de la partitura con un fraseo tan amplio como natural, una arquitectura de absoluta lógica y una densidad tanto sonora como expresiva maravillosamente aunada con la limpieza de líneas y la elegancia marmórea de la Filarmónica de Viena. La del segundo se mantiene venturosamente alejada de la mera búsqueda de la belleza en sí misma, pero no se da de la mano con una sonoridad beethoveniana ni con una indagación en los múltiples pliegues expresivos de la obra. En cualquier caso, ofreciendo una musicalidad que en otras ocasiones el propio Pollini no exhibe en sus muy irregulares acercamientos a la música del autor, y deslumbrando –eso por descontado– con una agilidad digital impresionante, sobre todo en la cadenza del primer movimiento. (9) 
 
 
Beethoven concierto 4 Lupu Mehta

14. Lupu. Mehta/Filarmónica de Israel (Decca, 1977). Sensatez, naturalidad, irreprochable gusto y –para lo bueno y lo no tan bueno– más ganas de ofrecer ortodoxia que creatividad o una visión más o menos personal de la obra, presiden esta realización de corte digamos clásico, apolíneo y equilibrado, podríamos incluso decir que mozartiano, independientemente de que Mehta obtenga de la voluntariosa orquesta un sonido muy apropiado para el de Bonn y de que el joven solista –treinta y dos años contaba por aquel entonces el rumano– a veces ofrezca acentos muy incisivos. Menor mecanicismo en algunas frases por su parte y mayor variedad de acentos y garra dramática por la de la batuta serían bienvenidas para poner a esta en cualquier caso espléndida interpretación entre las mejores. (9)

Beethoven concierto 4 Serkin Ozawa

15. Serkin. Ozawa/Sinfónica de Boston (Telarc, 1981). El primer movimiento de esta no muy bien grabada interpretación –toma sonora algo difusa– es un verdadero disparate estilístico y una muestra de mal gusto en lo expresivo, tanto por parte de un piano excesivamente delicado y sin carácter como, sobre todo, por la de una batuta que hace sonar a la fabulosa orquesta norteamericana de manera difuminada, blanda y evanescente, ocupándose solo de la belleza sonora –belleza a la manera impresionista, habría que especificar– y relegando los aspectos expresivos. El resultado de semejante conjunción entra de lleno en el más irritante narcisismo y amaneramiento. El Andante con moto funciona mejor: Ozawa hace sonar a la cuerda con robustez –más que con verdadera garra dramática– y Serkin, aun en una línea en exceso dulce y contemplativa, frasea con gran naturalidad y belleza. El maestro oriental se mantiene aceptablemente entonado en el Rondo final, pero el pianista sigue empeñado en convertir a la obra beethoeviana en la propia de una cajita de música. Un fiasco. (5)



16. Ashkenazy. Mehta/Filarmónica de Viena (Decca, 1983). Frente a la grabación que realizó en Chicago con Solti, el pianista ruso parece sentirse más cómodo e inspirado dialogando con una orquesta que, manejada no con particular inspiración pero sí con sensibilidad por Mehta, impone un especial sentido de la elegancia, del equilibrio y de la belleza sonora en una interpretación lírica y apolínea ante todo, muy alejada tanto de los claroscuros teatrales como del frenesí dionisíaco de otras versiones, que se escucha con sumo placer aun dejándonos la sensación de no terminar de profundizar en los pentagramas. Puro Beethoven vienés, en el mejor de los sentidos. De apreciable naturalidad la toma realizada en la Sofiensaal. (9)
 


Beethoven concierto 4 Arrau Davis

17. Arrau. Colin Davis/Staatskapelle Dresden (Philips, 1984). Sir Colin ofrece la dirección apolínea, de honda nobleza y asombrosa belleza sonora en él esperable, pero también carece de la suficiente dosis de rebeldía, de contrastes y, en el tercer movimiento, del adecuado carácter dionisíaco. Tales insuficiencias las minimiza un Arrau por fin excelso que, sin ser tampoco el colmo el fuego y la chispa, hace exhibición de una pulsación varidísima y llena de matices, de un fraseo lleno de cantabilidad y hondura, y de un sentido del silencio realmente admirable. El segundo movimiento se eleva así a lo absolutamente genial. (9)



18. Barenboim/Filarmónica de Berlín (EMI, 1985). Nuestro artista ha evolucionado desde la grabación con Klemperer y ofrece un pianismo igualmente natural, cálido y flexible, pero ahora más rico en concepto, muy matizado en momentos clave como el inicio del primer movimiento o la transición al tercero, siempre lleno de concentración, pero también con enorme desazón en la sección central del Andante con moto y un embriagador lirismo cuando debe. Dirigiéndose a sí mismo ofrece un espléndido vuelo poético y cantable en el primer movimiento, un carácter muy amargo y esencial –antes que contemplativo– en el segundo y una gran fogosidad en el tercero, perfectamente compatible esta última con el vuelo lírico y hasta la delicadeza que obviamente con el de Breslau no hacían acto de presencia. En este sentido, la orquesta se muestra muy flexible, menos masiva de lo esperado en su sonoridad y de enorme musicalidad en las intervenciones de los solistas. El resultado, la versión que con mayor equilibrio, sinceridad y belleza sintetiza todas las facetas posibles de la partitura. La referencia. (10)



19. Zimerman. Bernstein/Filarmónica de Viena (DVD DG, 1989). He aquí una visión apolínea, luminosa, risueña y con desparpajo, ajena a los aspectos filosóficos de la obra y a la densidad dramática, incluso por momentos un tanto coqueta y hasta frívola -cadenda del primer movimiento-, lo que sería muy censurable si no fuese porque Bernstein dirige con altas dosis de plasticidad, convicción y entusiasmo, sin dejarse llevar por el temperamento y trabajando a la orquesta con absoluta extrema sonora y Zimerman, sin un sonido ni un fraseo del todo beethovenianos, luce la más increíble perfección técnica, expone la música con irreprochable lógica, aporta ricos matices y en el segundo movimiento, ya que no está por la labor de poner el dedo en la llaga, al menos destila una sensibilidad lírica de la mejor ley. (8)



20. Lubin. Hogwood/Academy of Ancient Music (Decca, 1987?). Más centrado aquí que en otras partituras del autor, Howgood ofrece una dirección sin duda correcta en lo expresivo, pero superficial y poco poética, con algún exceso hacia el final de la partitura. El solista se muestra muy voluntarioso, fraseando con naturalidad y cierta musicalidad, pero ni él –excesivamente escorado hacia lo coqueto– ni el fortepiano de 1824 dan mucho de sí en una partitura tan visionaria como esta. (6)



21. Ashkenazy/Orquesta de Cleveland (Decca, 1987). El de Gorki ofrece aquí su interpretación definitiva de la obra, noble y serena, magníficamente cantada, de extraordinaria depuración sonora, aunque siga sin sintonizar del todo con el estilo y sin terminar de indagar en los pliegues expresivos de la partitura. Lástima que los mimbres de la excelente formación norteamericana no sean los de Viena, y que la dirección del propio pianista carezca de la garra de Mehta: frente a un notabilísimo tercer movimiento y un segundo muy bien planteado, queda un primero sin toda la tensión interna necesaria, por momentos más suave de la cuenta. Sensacional la toma. (8)
 

Beethoven concierto 4 Uchida Sanderling

22. Uchida. Sanderling/Concertgebouw (Philips, 1994). Admirable la dirección del veterano maestro prusiano: corpulenta, sanguínea y dramática, incluso hosca en el segundo movimiento, aunque quizá sin todo el vuelo lírico posible. La pianista se mueve en la misma línea y hace gala de un sonido muy adecuado, pero a ratos resulta algo lineal y tendente a lo cuadriculado, como en la cadenza del primer movimiento. Lástima: podía haber estado mejor. (8)




23. Grimaud. Eschenbach/Orquesta de París (YouTube, BBC Proms 2001). Grimaud ofrece un pianismo aéreo y ágil pero no liviano, muy sensible y matizado, pero también un tanto nervioso, sobre todo en el primer movimiento. El segundo, por el contrario, le sale estupendamente. Años más tarde tendrá la oportunidad de aquilatar su concepto. Eschenbach acompaña con calidez y musicalidad, salvo en un segundo movimiento algo cuadriculado. Bien. (7)





24. Aimard. Harnoncourt/Orquesta de Cámara de Europa (Teldec, 2002). Lejos de ofrecer ese Beethoven áspero, contrastado y altamente combativo por el que suele optar, Harnoncourt nos sorprende con un primer movimiento llevado con cierta lentitud, moderado en la expresión bastante escaso de electricidad. La articulación será “históricamente informada”, pero la expresión no: es más bien la de un kapellmeister aburrido. Claro que eso no es nada en comparación con un Aimard ciertamente admirable por su depuración sonora, pero tímido, anémico y suavón a más no poder. No se puede decir que por su parte haya intención alguna de imitar al fortepiano ni, menos aún, de ofrecer una recreación analítica y alejada de “densidades germánicas”: lo que hay es un piano tradicional a más no poder interpretando con irritante blandura. Harnoncourt sí que opta por los ataques feroces en el segundo movimiento, pero el solista no se asusta en absoluto: nada aquí de diálogos con la orquesta, de intercambios expresivos. En el tercer movimiento Herr Nikolaus sí está más en su salsa, pero Aimard solo se despierta a ratos. Siete para el primero, cinco para el segundo en esta soporífera interpretación. (6)


 

25. Kissin. Colin Davis/Sinfónica de Londres (EMI, 2007). De nuevo el maestro británico se muestra como una batuta clásica, noble, equilibrada y elegante, falta quizá de un último punto de implicación emocional y desde luego sin la riqueza de concepto de otras realizaciones, pero en cualquier caso muy notable. El pianista, que siempre acentúa con enorme riqueza y se muestra absolutamente espectacular en la digitación, no termina de calar hondo en el primer movimiento. Mágico el segundo, en una línea abstracta, distanciada y llena de concentración. El tercero resulta espléndido dentro de su ortodoxia. (9)


26. Barenboim/Staatskapelle Berlin (DVD y Blu-Ray Euroarts, y CD Decca, 2007). Independientemente de que el estilo, la belleza, la sinceridad y musicalidad sean las mismas que las presentes en el resto de esta última integral a cargo de Barenboim, en el Cuarto el maestro aporta una visión un tanto atípica de la partitura, mostrándose algo menos concentrado y más nervioso que de costumbre en el primer movimiento, ofreciendo un segundo especialmente amargo, dramático y siniestro, y desbordándose en una vitalidad escarpada, más dramática y salvaje que jubilosa en el tercero. Impresionante la toma sonora surround del Blu-ray, que recoge de maravilla a una orquesta de perfecta sonoridad beethoveniana (10)



27. Perahia. Mehta/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2009). Interpretación muy notable, más lírica que dramática, muy bella en cualquier caso, en manos de un Mehta muy profesional que domina sin problemas el lenguaje beethoveniano y de un Murray Perahia de sonido rico, fraseo flexible y admirable cantabilidad, pero por momentos algo nervioso y no sintonizando del todo con la profundidad filosófica de la partitura. (8)
 
 
 

28. Barenboim/Filarmónica de Viena (DVD y Bluray Cmajor, 2010). En parte por la personalidad apolínea de una orquesta muy alejada del músculo y la densidad de la Filarmónica y la Staatskapelle de Berlín, en parte por la propia evolución artística de Barenboim, aquí el maestro ofrece una interpretación menos dramática y contrastada que en otras ocasiones; más lírica, más luminosa y más espiritual, aunque no precisamente menos concentrada, honda y reflexiva, dialogando con asombrosa naturalidad desde un piano para el que ya no cuenta con los dedos más ágiles posibles, pero sí con un sonido riquísimo y un pleno dominio de todos los recursos expresivos. En cualquier caso, el vigor, el gozo e incluso cierto frenesí están garantizados en un tercer movimiento pleno de compromiso en el que los profesores de la orquesta intervienen con asombrosa musicalidad y a veces con un carácter risueño digamos que “vienés” de los más conveniente. (10)


  
29. Pires. Harding/Sinfónica de la Radio Sueca (Onyx, 2013). En la misma línea que el Tercero que se incluye en el mismo disco, Harding se pone en modo historicista y Pires en el de cajita de música. La dirección resulta anémica en el primer movimiento, insulsa en el segundo y más bien nerviosa, por momentos saltarina, en el tercero. La pianista hace gala de un sonido tímido y delicado, de un fraseo insulso y de su habitual tendencia a la coquetería, aunque de vez en cuando –final del segundo movimiento– ofrezca detalles de enorme clase. Toma sonora excepcional. (6)



30. Grimaud. Gergiev/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2015). Hay que discutir que el sonido de la Grimaud, de enorme belleza, sea el denso, poderoso y al mismo tiempo cálido que necesita Beethoven. Más aún que su fraseo responda a la mezcla de tensión interna, nobleza, cantabilidad y humanismo que habitualmente asociamos con el compositor. Hay que olvidarse, desde luego, de las interpretaciones geniales de Barenboim. Y también hay que aceptar las muchísimas libertades que se toma la pianista francesa en cuestiones de fraseo y acentuación. Hecho todo esto, se estará en disposición de disfrutar de este acercamiento atrevido, lleno de creatividad, en el que pasajes asombrosamente concentrados se alternan con otros de excesivo nervio o incluso –en la cadencia del primer movimiento– cercanos a lo pimpante; se cantan algunas frases con una poesía de tan grande belleza que por momentos se roza lo amanerado; se ofrecen retenciones de tiempo absolutamente mágicas hasta acercarse al mundo chopiniano; y en el que, finalmente se extraen mil colores de un instrumento que sabe sonar con cuerpo pero también recogerse en minuciosas filigranas… Todo ello, por descontado, con un fraseo de pleno virtuosismo, tan limpio como ágil y de absoluta flexibilidad agógica, el que es propio de una enorme artista del piano. Gergiev, en contra de lo que se podía esperar, no mete la pata: se limita a poner el piloto automático y –olvidémonos de matices– deja a la orquesta más beethoveniana del mundo tocar sola. (8)



31. Brautigam. Michael Alexander Willens/Die Kölner Akademie (BIS, 2018). He aquí un buen ejemplo de cómo se puede abordar al de Bonn desde un punto de vista por completo HIP sin necesidad de convertirle en una especie de caricatura de sí mismo revestido de ropajes barrocos. Esto es Beethoven-Beethoven, sensato y ortodoxo en la expresión con independencia de la sonoridad -para mí, muy atractiva- de los instrumentos originales, del fortepiano copia de un Conrad Graf de 1819 y de la articulación “históricamente informada”. Ahora bien, una cosa es saber qué se trae uno entre manos y otra muy distinta alcanzar grandes resultados, y frente a unos movimientos extremos que funcionan de manera satisfactoria, tanto director como fortepiano pinchan estrepitosamente en un Andante con moto por completo carente de teatralidad, de diálogo entre orquesta y solista y de garra dramática. Una lástima. (6)

lunes, 11 de marzo de 2019

Previn y Lupu en los conciertos de Schumann y Grieg

En homenaje al recientemente fallecido André Previn (¡qué pena, nunca le pude ver en directo!), aquí va un disco de su muy prolífica etapa al frente de la Sinfónica de Londres que es ya un verdadero clásico: conciertos para piano de Schumann y Grieg grabados junto a Radu Lupu por el sello Decca en el desaparecido Kingsway Hall de Londres, allá por enero y junio de 1973, con toma sonora excepcional. Seguramente podría haber escogido muchos otros registros, pero este sirve a la perfección para hacerse una idea de las maneras de hacer del artista nacido en Berlín y nacionalizado estadounidense: mantenerse neutro en el mejor de los sentidos, dejar hablar a la música por sí misma evitando "interferencias creativas", pero sin confundir esto con la inexpresividad o el distanciamiento. Antes al contrario.


Efectivamente, escuchando este Schumann no se aprecia rastro alguno de genialidad, como tampoco de especial personalidad. Sin embargo, en ningún momento la labor de Previn abandona la excelencia: tanto desde el punto de vista técnico –planificación ejemplar– como desde el expresivo –la sintonía con el autor es enorme–, el maestro deja bien claro que su misión no es otra que poner las notas en su sitio de la manera más ortodoxa y sensata posible, haciéndolo con máxima musicalidad y plena convicción. Y es que aquí está todo Schumann, con su fraseo alado mas no ingrávido, su mezcla de agitación y lirismo sin que esto signifique esquizofrenia, su capacidad para moverse entre lo rotundo y lo delicado evitando el amaneramiento, su intensidad poética… La Sinfónica de Londres se encuentra tratada con enorme plasticidad, frasea sin precipitación y ofrece admirables intervenciones solistas. ¿Y Lupu? Pues aquí sí que se aprecian detalles personales de enorme altura, pero a la postre su visión de la obra se mueve en la misma admirable ortodoxia de la batuta, siendo capaz de cantar las melodías con enorme aliento poético pero también (¡qué manera de modelar el sonido!) mostrándose viril y hasta rotundo cuando debe. A la postre, hay que ir a Barenboim/Celibidache para encontrar algo netamente superior, aun sin olvidar las grabaciones maravillosas de Arrau/Dohnanyi, Arrau/Davis y De Larrocha/Davis.

La página de Grieg recibe una lectura sincera, intensa y con mucha garra, objetiva en el mejor de los sentidos, amén de perfecta en lo estilístico –suena a Grieg, no a Schumann–, en la que Previn vuelve a demostrar un extraordinario manejo de la orquesta y Lupu un virtuosismo portentoso sin que ninguno deje de atender a las diferentes facetas expresivas de la obra, por mucho que se inclinen un poco más por la extroversión que por el aliento humanístico. Eso sí, ni el primero alcanza la fuerza poderosa de Dohnányi ni la belleza suprema de Colin Davis, ni el segundo la inspiración poética suprema de un Arrau o la fuerza dramática de un Gilels. Incluso a veces, pese a la riqueza de su pulsación, el pianista rumano se encuentra tan volcado en la brillantez que parece dejarse cosas en el tintero. Espléndida interpretación, en cualquier caso, a la que colabora en buena medida una Sinfónica de Londres en perfecta forma. Un disco que hay que conocer.

lunes, 14 de mayo de 2018

Lupu en Barcelona: sublime y trascendido

Aproveché el final de la Feria de Jerez y los precios irrisorios de Ryanair para escaparme a Lérida y Barcelona. El objetivo era ante todo formativo –arquitectura en torno a 1200 en la primera de las ciudades, pintura gótica en la segunda–, pero ello no me impidió disfrutar de un par de conciertos en el Palau de la Música, protagonizados respectivamente por Radu Lupu y Vladimir Ashkenazy.


El mítico pianista rumano ofrecía un hermosísimo monográfico Schubert: los Moment Musicaux, op. 94, D. 780, la Sonata La menor, nº 14, D. 784 y la Sonata nº 20 en La mayor, D. 959. Nada menos. Unos días antes había ofrecido el mismo programa en Madrid, recibiendo una crítica increíblemente elogiosa por parte de Luis Gago (leer). ¿Había para tanto, es decir, para calificar el acontecimiento poco menos que de histórico e irrepetible? Pues resulta que sí, señoras y señores. Aquello fue sublime. Creo que yo tampoco olvidaré el recital mientras viva. Sin embargo, debo aclarar una importante circunstancia: Lupu ofreció versiones discutibles en cuanto a concepto, y por ende en absoluto redondas o referenciales. Porque las suyas fueron realizaciones muy “de anciano”, quiero decir, de intérprete genial en el último tramo de su carrera, algo que el buen melómano sabe perfectamente lo que significa: esencialidad, renuncia a lo superfluo, tendencia a la desmaterialización y lirismo trascendido, pero también una mayor o menor escasez de garra, de carácter escarpado y de tensión dramática. Basta con recordar al último Giulini, al último Celibidache y al último Arrau para entender de qué estamos hablando.

Pues ese mismo fue el sendero que Radu Lupu recorrió en este recital. Y lo hizo no solo sin los problemas de dedos que echaron por tierra su Concierto para piano de Schumann con Barenboim hace unos años en el Real –en Barcelona solo noté serias insuficiencias en el primer movimiento de la D. 784–, sino luciendo una técnica prodigiosa: sonido de increíble belleza –carnoso, con cuerpo–, pulsación de infinitos matices, extremas sutilezas en la gama dinámica, legato para derretirse, enorme concentración, plena atención al peso expresivo de los silencios, sentido orgánico del fraseo –cada nota surge de la anterior con perfecta lógica–, capacidad para organizar frases amplias con la más prodigiosa cantabilidad... Y todo ello al servicio de una poesía elevadísima a la que, como he señalado antes, le faltaron esa tensión extrema, esa rebeldía y ese situarse “al borde del abismo” que han conseguido en este repertorio pianistas como Richter o Barenboim –el Barenboim más reciente, no el de antes–, pero que supo trascender la mera belleza sonora para entregarnos toda la confesión personal, hondamente sentida, que albergan los geniales pentagramas schubertianos.

Repasé sus grabaciones de estas obras en Decca antes de acudir a Barcelona. Los Moment Musicaux ya conocieron una interpretación sublime en 1981 y esta no lo fue menos. Como entonces, los números 2 y 6 volaron por lo más alto. ¡Y qué manera de llenar de matices el celebérrimo nº 3 sin rozar el amaneramiento! La Sonata nº 14 de 1971 resultaba más angulosa y contrastada, pero en modo alguno respiraba la poesía y la sinceridad de ahora. La Sonata nº 20 de 1975 era ya muy notable por su manera de alcanzar un equilibrio entre elegancia y claroscuros dramáticos, pero de nuevo esta la supera con creces en lo que a sensualidad, nobleza y humanismo se refiere. Los movimientos lentos de ambas sonatas –aunque no solo ellos– se cuentan entre lo más memorable que yo jamás haya escuchado en directo en cualquier repertorio.

De propina, un Impromptu D. 899, nº 3 por completo transfigurado que hizo exclamar a alguien del público, inevitablemente, aquello de “qué bonito”. Cuando tenga tiempo les hablo de Ashkenazy.

miércoles, 25 de noviembre de 2015

Concierto para piano de Grieg: discografía comparada

Grieg escribió su hermosísimo Concierto para piano en 1868. Única obra concertante del autor, y éxito absoluto. Hoy son centenares las grabaciones del mismo, generalmente acoplado con el que fue su modelo, obviamente el de Schumann. Precisamente escorarse en exceso hacia el universo de este último compositor es uno de los riesgos que conlleva esta partitura nada fácil de interpretar. Tanto que, siendo muchos los grandísimos pianistas que han acercado a ella, quizá solo uno de ellos haya hecho plena justicia a la pieza: Claudio Arrau. Pero hay otros registros nada desdeñables, claro está.

Ni que decir tiene que lo que aparece a continuación no es más que un conjunto de notas tomadas a vuelapluma a partir de un puñado de interpretaciones, y que aunque se ha intentado que estén todas las grabaciones más divulgadas de la partitura, son muchas más las que se quedan fuera. Me hubiera gustado comentar la de Arrau y Galliera, que no he conseguido, así como la filmación de Gilels con Colin Davis, que me gustó muchísimo en su momento pero no he podido repasar (la tienen ustedes en YouTube). Tampoco intento hacer una tesis doctoral ni una guía discográfica: tomen las líneas siguiente como un mero divertimento que les puede ayudar a contrastar ideas.
Son sus movimientos:
  1. Allegro molto moderato (A minor)
  2. Adagio (D-flat major)
  3. Allegro moderato molto e marcato - Quasi presto - Andante maestoso

Grieg Concierto Piano Curzon

1. Curzon. Fjeldstad/Sinfónica de Londres (Decca, 1959). La dirección del maestro noruego guarda mucho interés por apartarse completamente de la tentación schumanniana y hacer sonar la obra enteramente a Grieg, es decir, con una sanísima rusticidad y aspereza bien entendida, además de con fuerza y garra dramática, aunque también es cierto que no le saca todo el partido posible a la vertiente lírica de la página. Tampoco lo hace el pianista londinense, que parece confundir poesía con delicadeza excesivamente coqueta, pero por fortuna ofrece, además de virtuosismo más que suficiente, una buena dosis de fuego, empuje y tensión admirablemente controladas. La toma sonora ha ganado de manera considerable tras la remasterización japonesa a 96Khz/24bit, por desgracia disponible en Europa solo recurriendo a triquiñuelas. (8)
 
 
Grieg Concierto Piano Arrau Dohnanyi

2. Arrau. Dohnányi/Concertgebouw (Philips, 1963). A sus sesenta y un años, el maestro chileno alcanza la absoluta madurez en la comprensión de este concierto profundizando de manera asombrosa en cada una de sus líneas melódicas, fraseadas con pulsación riquísima e infinita poesía, siempre desde un enfoque antes lírico y meditativo que escarpado pero sin quedarse, ni mucho menos, en lo meramente evocador o ensoñado, sino sabiendo aportar tensión interna, arrebato controlado y, sobre todo, un marcado sentido de lo doliente y lo amargo que sin duda es necesario extraer de los pentagramas para hacerles plena justicia. Dohnányi acompaña haciendo que la fabulosa orquesta suena verdaderamente a Grieg, esto es, con una rusticidad bien entendida, disecciona de modo admirable el entramado polifónico, hace uso de tempi muy holgados que permiten a Arrau explayarse con toda la minuciosidad posible y sintoniza plenamente con éste a la hora de entender la obra con un muy adecuado sentido dramático, alcanzando unos picos de tensión muy poderosos hasta concluir en un final lleno de grandeza trágica. Lástima que la grabación, ni siquiera en la nueva remasterización realizada para Eloquence, no sea la mejor posible. (10)
 
 
Grieg Concierto Piano Anda

3. Anda. Kubelik/Filarmónica de Berlín (DG, 1963). El maestro checo hace gala de su inconfundible personalidad: elegancia, naturalidad, frescura, fluidez y una admirable inmediatez expresiva, pero también una ligereza que esta vez no se agradece sino que se encuentra fuera de tiesto, porque la levedad con que hace sonar a nada menos que a la Filarmónica de Berlín se acerca antes al universo de Schumann –en el que Kubelik dejó tan importantes lecciones sinfónicas– que a la rusticidad y el sentido de lo escarpado que exige Grieg. A Géza Anda le ocurre algo parecido: frasea sin rigidez y se muestra con ganas de hacer música de verdad, pero su sensibilidad resulta bastante superficial, entendiendo la partitura desde la ensoñación y el decorativismo más o menos paisajista, no desde la intensidad emocional. En este sentido, los movimientos extremos carecen de verdadera garra y el segundo le suena antes delicado e incluso coqueto que emotivo, lo que resulta un verdadero error. (7)


Grieg Concierto Piano Kovacevich

4. Kovacevich. Colin Davis/Sinfónica de la BBC (Philips, 1971). El enorme prestigio de esta interpretación no parece hoy del todo justificado. El joven Stephen Kovacevich toca muy bien, se muestra apasionado y sabe extraer un sonido muy poderoso del registro grave de su instrumento, pero su visión de la obra resulta un tanto impersonal, parca en matices y carente de la poesía de altos vuelos que demanda. Colin Davis dirige de manera extrovertida y vibrante, con garra y con energía además de –eso por descontado- un perfecto manejo de los medios a su disposición, mas se muestra tan superficial como su colega tanto a la hora de analizar la escritura orquestal como a la de hacer que ésta explique el trasfondo emotivo de la obra. Lectura tan vistosa como falta de sustancia, pues. Tampoco está especialmente bien grabada. (7)


Grieg Concierto Piano Lupu

5. Lupu. Previn/Sinfónica de Londres (Decca, 1973). Notabilísima toma de sonido para esta interpretación sincera, intensa y con mucha garra, objetiva en el mejor de los sentidos, amén de perfecta en lo estilístico –suena a Grieg, no a Schumann–, en la que Previn demuestra un extraordinario manejo de la orquesta y Lupu un virtuosismo verdaderamente portentoso al teclado sin que ninguno deje de atender a las diferentes facetas expresivas de la obra, aunque se inclinen un poco más por la extroversión que por el aliento humanístico. Eso sí, ni el primero alcanza la fuerza poderosa de Dohnányi ni la belleza suprema de Colin Davis (el Colin Davis posterior, no el de la grabación con Kovacevich), ni el segundo la inspiración poética suprema de un Arrau o la fuerza dramática de un Gilels. Incluso a veces, pese a la riqueza de su pulsación, el pianista rumano se encuentra tan volcado en la brillantez que parece dejarse cosas en el tintero. Espléndida interpretación, en cualquier caso, a la que colabora en buena medida una Sinfónica de Londres en perfecta forma. (9)



6. Richter. Von Matacic/Orquesta de la Ópera Nacional de Montecarlo (EMI, 1974). Un comienzo poderoso y decidido que da paso a unas frases líricas muy bien paladeadas parecen anunciarnos una interpretación de altura, pero en cuanto llegan los pasajes virtuosísticos el aficionado se llega la desagradable sorpresa de encontrarse ante un Richter que sí, que entiende la obra desde el carácter escarpado y un tanto demoníaco que en él era esperable, pero que sucumbe casi por completo al mero virtuosismo sin emoción y se muestra incapaz de desplegar la sensualidad, la cantabilidad y la poesía humanística que anida en los pentagramas. Solo determinados momentos –pasajes agrestes al final del primer movimiento, sección lírica en el tercero– el ruso ofrece indicios de lo enorme pianista que es, pero aun así el conjunto no funciona. Tampoco termina de convencer la dirección tan enérgica como contundente de un Von Matacic de trazo más bien grueso, aunque al menos intenta implicarse en la partitura. Muy buen sonido en SACD. (6)
 
 
Grieg Concierto Piano Arrau Davis

7. Arrau. Colin Davis/Boston (Philips, 1980). Han pasado solo nueve años desde su grabación con Kovacevich, pero aquí Sir Colin parece otro director completamente distinto, lo que puede en parte deberse a su propia evolución artística como a la circunstancia de tener a su lado a alguien como Arrau. No es solo que el maestro británico se tome mucho más tiempo (32’55’’, frente a los 29’22’’ de antes) para paladear las melodías con la holgura y la cantabilidad que estas demandan, sino que además se ha ganado mucho en claridad, en refinamiento, en elegancia y en nobleza, aun perdiendo en contrapartida la garra y la inmediatez de antaño. En este sentido, esta interpretación bostoniana es mayormente lírica y contemplativa, y por eso mismo se puede echar de menos, en lo que al podio se refiere, el perfecto equilibrio entre poesía y garra dramática de la dirección de Dohnányi. Obviamente Arrau vuelve a estar tan sublime como con el maestro alemán haciendo gala de una pulsación de infinitos matices –ahora aún más ricos que antes– y de una concentración incomparable, aunque aquí escorándose más claramente hacia los aspectos contemplativos de la obra. Interpretación complementaria de la anterior, pues. La orquesta norteamericana, que derrocha belleza sonora y musicalidad a raudales, se encuentra recogida de manera absolutamente extraordinaria por los ingenieros de Philips, sello que tiene la desvergüenza de mantener esta grabación fuera de su catálogo desde hace años. (10)

 
Grieg Concierto Piano Zimerman

8. Zimerman. Karajan/Berlín (DG, 1981). Veinticuatro años tenía el pianista polaco cuando realizó este registro junto al anciano Karajan, deslumbrando al mundo musical con la que sin duda era hasta entonces, y quizá siga siendo aún, una de las interpretaciones mejor tocadas desde el punto de vista meramente técnico de todas. Resulta imposible no rendirse de asombro ante la absoluta limpieza digital de Zimerman, la asombrosa maleabilidad de su sonido –desde el fortísimo más atronador hasta las más delicadas veladuras–, la riqueza de su colorido y la capacidad para construir tensiones y distensiones con absoluta naturalidad, fraseando con la más honda concentración los pasajes líricos y alcanzando los picos dramáticos sin necesidad de forzar nada. Expresivamente, además, hizo gala de una asombrosa madurez expresiva desplegando poesía de muy altos vuelos, aunque aquí sí es cierto que no alcanza la garra dramática de un Gilels ni la genialidad creativa –llena de hondura humanística– de un Claudio Arrau. Karajan derrocha belleza sonora, fluidez, elocuencia y comunicatividad a manos llenas, pero a veces, como no podía ser menos, se le va la mano en levedad –la maravillosa melodía de los violonchelos en el primer movimiento– y en opulencia –el final–, resultando su aproximación más brillante que sincera. Admirable, en cualquier caso. (10)
 
 

9. Gilels. Berglund/Sinfónica de la Radio de Finlandia (DVD Triton, 1983). El pianismo rocoso, severo y lleno de fuerza del gigantesco pianista ruso, siempre mucho más que un enorme virtuoso (claridad impecable, sonido poderosísimo), resulta ideal para una partitura como esta, que en sus manos suena particularmente amarga y encrespada pero no por ello carece precisamente, sino todo lo contrario, de hondo y muy concentrado vuelo poético. Pueden echarse de menos, desde luego, la sensualidad y la emotividad más directa y digamos “humanista” de un Arrau, pero el impacto de la interpretación de Gilels no es menor. Espléndida la dirección de Berglund, y muy en sintonía con el solista: concentradísimo en los pasajes líricos, denso y escarpado en los dramáticos, y de muy adecuada rusticidad en lo sonoro. De propina se repite todo el segundo movimiento, maravillosamente paladeado (arriba tienen el vídeo). Lástima que la toma sonora sea monofónica y se lea lastrada por una fuerte compresión; la realización televisiva, sin embargo, es bastante digna. (10)
 
 
Grieg Concierto Piano Perahia Davis

10. Perahia. Colin Davis/Radio Bávara (Sony, 1988). De sonido de transparente belleza y fraseo ligero en el buen sentido, aunque no siempre todo lo matizado que pudiera, Murray Perahia encuentra una absoluta sintonía con la batuta de un Colin Davis menos lento y no tan profundo como con Arrau, pero no menos lírico, noble y elegante, para ofrecer la interpretación apolínea por antonomasia, equilibrada pero no superficial, bastante schumanniana en su concepto, aunque no por ello ajena al drama: a destacar cómo en el Adagio la batuta hace cantar a la cuerda con especial amargor y el piano sabe ir construyendo tensiones para alcanzar un muy doliente clímax dramático. El tercer movimiento arranca con cierta machaconería por parte de los dos artistas, más nerviosos de la cuenta, pero por fortuna en la sección lírica central se van centrando y al final ofrecen una coda electrizante, redondeando así una interpretación de considerable altura. (9)
 
 
Grieg Concierto Piano Andsens

11. Leif Ove Andsnes. Jansons/Filarmónica de Berlín (EMI, 2002). Parece mentira que un pianista tan dotado como el noruego se limite a interpretar esta obra como un mero ejercicio de virtuosismo aséptico y sin sentido. Por descontado que toca que manera espectacular y que tiene detalles bonitos, pero solo en la maravillosa sección lírica incrustada en el tercer movimiento da muestras de auténtica sensibilidad. A partir de ahí vuelven los fuegos artificiales y la cosa se pone incluso peor, porque el señor Mariss Jansons, que hasta ese momento se había limitado a acompañar de manera lineal e incluso aburrida, se vuelve machacón y vulgar hasta decir basta. La Filarmónica de Berlín, un lujo por completo desaprovechado. (6) 
 
 
Grieg Concierto Piano Kissin Rattle

12. Kissin. Rattle/Filarmónica de Berlín (Blu-ray Euroarts, 2011). Ha habido que esperar muchos años para escuchar al pianista ruso interpretando esta pieza clave de la literatura concertística, y lo cierto es que cuando llega la ocasión –velada de San Silvestre de 2011– las expectativas no terminan de verse satisfechas. Por descontado que su técnica es descomunal y que la obra está tocada de manera irreprochable, pero desde el punto de vista expresivo, pese a la pasión admirablemente controlada de que hace gala y de una musicalidad a prueba de bombas –no hay lugar para preciosismos ni para carreritas de cara a la galería–, Kissin no termina de destilar la poesía de un Arrau, un Gilels e incluso un Zimerman: falta una dosis algo mayor de imaginación y compromiso, aunque por descontado el nivel expresivo sea siempre alto. Rattle dirige un tanto en la línea de Karajan, con brillantez, opulencia y apreciable comunicatividad, pero con tendencia a la dulzonería en algunas frases y, por descontado, con excesivas ganas de exhibir el poderío de la fabulosa orquesta. No termina de resultar sincero, a decir verdad, y ni siquiera le termina de sonar a Grieg, aunque termina triunfando con un tercer movimiento lleno de garra y fuerza expresiva. La calidad de imagen es muy buena, pero la toma sonora no termina de ser, ni siquiera en Blu-ray, todo lo extraordinaria que podía haber sido. (8) 
 
 
Grieg Concierto Piano Perianes

13. Perianes. Oramo/Sinfónica de la BBC (Harmonia Mundi, 2014). Las virtudes del pianista onubense son bien conocidas, y como era de esperar éstas le hacen rozar el cielo en el bellísimo Adagio: concentración absoluta, cantabilidad excelsa, belleza sonora extrema y poesía de altos vuelos son sus señas de identidad. Ahora bien, lo interesante es que en los movimientos extremos Perianes sabe evitar la tentación del virtuosismo vacuo y frasea con naturalidad, matiza de manera sensible y diferencia estados de ánimo sin que se pierdan el empuje, la brillantez y la garra aquí imprescindibles. Hay mucho fuego en su recreación, sí, pero fuego admirablemente controlado y acompañado de una apreciable elegancia; impresiona por su sinceridad, pero también por la rotundidad de su sonido, la cadenza del primer movimiento, así como la fuerza expresiva que imprime al final. El maestro finlandés, si bien no muy personal ni especialmente inspirado, dirige con calidez, entusiasmo e irreprochable gusto, haciendo que la orquesta (¡magnífica!) respire con holgura, evitando dulzonerías –quizá en exceso: las sublimes frases de los chelos en el primer movimiento podría estar más aprovechadas– y sin caer en la ampulosidad en un final que, no obstante, yo hubiera preferido que sonara con mayor fuerza trágica. Por otra parte, acierta al no confundir este concierto con el de Schumann y aporta un grado de rusticidad muy conveniente, redondeando así una interpretación de categoría. La toma sonora es formidable, todavía más si se la escucha en HD Audio. (9)

 
Grieg Concierto Piano Buchbinder Mehta

14. Buchbinder. Mehta/Filarmónica de Viena (Sony, Schönbrunn 2015). Nunca ha sido el pianista austríaco un artista especialmente imaginativo e inspirado, más bien lo contrario, pero lo cierto es que en este concierto veraniego en Schönbrunn se muestra al menos solvente e implicado en la música. Su sonido, por otra parte, resulta poderoso y adecuado, y su fraseo, no siempre del todo ágil, logra no caer en mecanicismos ni en carreras de cara a la galería. Lo más logrado de la interpretación de Buchbinder es el tercer movimiento, quizá porque aquí Mehta, que había comenzado la obra un tanto apresurado y alicorto de aliento poético, es donde se encuentra más cómodo desplegando empuje dramático y una rusticidad bien entendida que le sienta muy bien a la obra. Por descontado, fenomenal la orquesta y sus primeros atriles. Muy buen sonido en HD, existiendo asimismo un Blu-ray que suponemos mejorará aún más la toma sonora. (7)

 
Grieg Concierto Piano Lang Lang Rattle

15. Lang Lang. Rattle/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2015). Ante la multitudinaria audiencia del Waldbühne, el pianista chino realiza una exhibición técnica –no solo digital, sino de dominio de toda la panoplia de recursos pianísticos– verdaderamente descomunal, hasta el punto de que es dudoso que nunca nadie haya tocado mejor este concierto. Ahora bien, frente a una gran cantidad de frases dichas de manera irreprochable y a un buen número de hallazgos geniales, hay momentos en los que Lang Lang, brillantísimo, vehemente en grado sumo y comunicativo a más no poder –tremenda la cadenza del primer movimiento–, sucumbe a la tentación del virtuosismo y se echa a correr sin paladear la música, con lo que se pierde la unidad del trazo y se termina echando en falta unidad de criterio, incluso una idea expresiva global más clara de la partitura. Se podría decir que la poesía de la que hace gala el artista –hermosísimo segundo movimiento, de enorme vuelo el pasaje lírico en el tercero– resulta por momentos más cercana a Chopin que a Grieg. Por su parte, Rattle realiza una labor de gran belleza e inmediatez, dicha con trazo fino y magníficamente controlada, aunque como ya le ocurriera con Kissin, en alguna frase tienda a la blandura y, en general, se eche de menos un mayor idioma. La filmación se pudo ver en su momento en la Digital Concert Hall; ahora ha desaparecido y parece que no se incluye en la edición comercial del concierto completo, dedicado a la música de cine. Cosas del señor Lang Lang, supongo. (9)


jueves, 2 de abril de 2009

Discografía de la Sonata para nº 14 de Schubert, D. 784

Me propuso mi querido amigo -y agudísimo crítico- Ángel Carrascosa un juego muy de su gusto, el de comparar versiones de una misma obra sin saber a quién se está escuchando. Me grabó para ello nada menos que diez lecturas de una obra que yo, bochornosamente, no conocía: la sonata para piano nº 14, D. 784, de Franz Schubert, una página bellísima de unos veinte minutos de duración compuesta allá por 1823 (el compositor contaba entonces veintiséis años) estructurada en tres movimientos: un dramático Allegro giusto, un emotivo Andante y un ágil Allegro vivace. Luces y sombras del universo schubertiano en toda su pureza.

Schubert

Aquí presento los resultados de las audiciones. Sólo pude reconocer a Sviatoslav Richter, cuya identidad estaba clarísima. No desenmascaré a Kissin; de hecho, ni siquiera sabia que tuviera esta obra en su catálogo. Me agradó corroborar que el Brendel de los setenta era mucho mejor que el de la era digital. De Lupu esperaba bastante más, como también de Uchida. La interpretación de Kempff pensé que podía corresponder a la Pires, lo que demuestra lo engañosos que son los prejuicios: en esta obra la lisboeta está mejor de lo que suele en este repertorio.

Lo de Gilels resulta muy discutible, tanto que he tenido que escuchar su interpretación un par de veces más (sabiendo ya de quién se trataba) para perfilar mis apreciaciones, como también he tenido que repetir la de Ashkenazy: al tratarse de las dos escuchadas en primer lugar mis primeras valoraciones no poseían suficientes puntos de referencia.

El orden de audición fue el que corresponde a la cronología de las grabaciones, aunque esto no lo supe hasta que Ángel me reveló los intérpretes. El sonido es muy bueno en todos los casos, exceptuando a Richter y a Gilels, versión la de este último que aún espera su trasvase a disco compacto. Al final de cada comentario coloco la puntuación, de uno a diez.

Gilels
1. EMIL GILELS (RCA, 1964). Resulta fascinante la visión desgarrada y oscura de la obra, rebelde y sin la menor concesión al preciosismo sonoro ni a la dulzura, pero por desgracia la realización deja que desear: el fraseo resulta mecánico, el sonido un tanto seco y la fogosidad a veces más teatral y externa que sincera, rozando a veces lo machacón. Por si fuera poco, la furia lleva al pianista a precipitarse en diversos pasajes, lo que no impide que haya detalles de gran clase. El segundo movimiento no desprende toda la poesía que debiera, pero a cambio posee un sabor amargo y punzante muy atractivo. Sobrio y poderoso el tercer movimiento, que aun haciendo gala de una terrible rebeldía sabe paladear los pasajes líricos con una admirable cantabilidad. La grabación, tomada de LP, es insuficiente para apreciar por completo los valores interpretativos. 7

Schubert_784_Ashkenazy

2. VLADIMIR ASHKENAZY (Decca, 1966). Se trata de una más que notable interpretación en la que el pianista rechaza la belleza en sí misma y sabe adoptar un enfoque adecuadamente rebelde sin perder de vista la arquitectura global de la pieza. Ahora bien, el primer movimiento resulta algo más nervioso de la cuenta, convenciendo más en los pasajes extrovertidos, que sabe hacer muy encrespados, que en los líricos, que deberían estar más paladeados. También le podía echar un poco de más imaginación a este movimiento, aunque el final del mismo es impresionante, sobre todo por la incisividad del escalofriante agudo. El segundo, en absoluto blando, podía aún ser más poético y emocionante. Ágil y matizado el último, con unas tensiones bien calculadas y una poderosa coda. 8

Schubert_784_Kempff

3. WILHELM KEMPFF (Deutsche Grammophon, 1968). Un comienzo pimpante ya anuncia que nos vamos a encontrar con una lectura rutinaria y aséptica, sin el menor dramatismo e incluso por momentos al borde de lo ridículo. Es verdad que la interpretación no llega a resultar dulzona y que, por descontado, no hay la menor precipitación, pero el resultado es descafeinado y aburre mucho. 5

Schubert_784_Lupu

4. RADU LUPU (Decca, 1971). He aquí un pianista que ofrece un discurso bien construido adoptando una visión eminentemente apolínea que, al mismo tiempo, no desdeña la tensión sonora. Aun así esta partitura parece pedir un mayor compromiso expresivo, pues las pasiones aparecen en exceso contenidas. Esto se evidencia sobre todo en un aburrido segundo movimiento en el que la verdadera sustancia dramática brilla por su ausencia, si bien el artista hace gala de una destreza técnica admirable, sobresaliendo en este sentido unos trinos de gran limpieza. El nivel sube en un rápido y ágil tercer movimiento, donde logra compaginar de manera admirable impulso dramático y cantabilidad. 7

Schubert_784_Brendel

5. ALFRED BRENDEL (Philips, 1972). Un ejemplo de cómo se puede ser sobrio y escarpado dejando al mismo tiempo volar las melodías y consiguiendo una gran dulzura en el sonido pianístico. Eso sí, el enfoque es mucho antes misterioso e inquietante, gótico incluso, que rebelde. Moderando la velocidad, en el tercer movimiento el pianista consigue una gran claridad, y sabe enriquecer el discurso con una pulsación muy rica y con un excelente gusto en el fraseo. Sin ser hasta aquí muy dramático, el final lo aborda de manera contundente. Lástima del soplido de soplido de fondo de la grabación. 8

Richter

6. SVIATOSLAV RICHTER (varios sellos, 1979). No puede tratarse de otro que de Richter: la lentitud, la tensión dramática, la enorme concentración, el peso casi insoportable de los silencios, el control absoluto sobre la forma para ofrecer de manera casi imperceptible -pero implacable- un clímax de abrumadora intensidad, delatan al genial pianista. El primer movimiento conjuga de manera impresionante poderío con delicadeza. El segundo, cantabilidad con hondura filosófica. El tercero, agilidad con dramatismo. Genial. 10

Schubert_784_Pires

7. MARIA JOAO PIRES (Deutsche Grammophon, 1989). A pesar de tratarse de una interpretación irreprochable en lo técnico y muy sensata en lo expresivo, sin blanduras ni efectismos, que despliega belleza sonora sin caer en lo decorativo y que sabe aplicar adecuadamente los acentos dramáticos, se echan bastante de menos variedad, imaginación y profundidad. Un espectacular y vistoso tercer movimiento, también elegante aunque no del todo paladeado en las secciones líricas, se cierra por desgracia con un final atropellado. 7

Kissin_Haydn_Schubert

8. EVGENY KISSIN (Sony Classical, 1995). Lectura tan discutible como genial que acentúa hasta el límite de lo aceptable la negrura y la rebeldía de la obra, adoptando siempre un enfoque muy extrovertido, terrible y hasta rabioso que, eso sí, no conoce el menor descontrol y despliega una técnica abrumadora. El artista extrae del piano un sonido poderosísimo, un punto metálico quizá, pero desde luego abrumador. Escarpadísimo, mucho antes que meditativo o desolado, el segundo movimiento. Trágico y apabullante el tercero pero no por ello falto de claridad, equilibro o elegancia. En fin, un pianista de primera ofreciendo una interpretación genial pero al borde de lo permisible. 10

Schubert_784_Uchida

9. MITSUKO UCHIDA (Philips, 2000). Interpretación lenta e introvertida, de admirable cantabilidad y hermosa delicadeza, que presta gran atención a los silencios y a los pianísimos. Por desgracia se muestra irregular en el pulso y, por ello, deslavazada e incluso aburrida a ratos, amén de falta de drama en los pasajes más comprometidos. El tercer movimiento, bien trazado y acentuado, tiende a lo superficial y lo decorativo, aunque por fortuna el final es solemne y no conoce atropellamientos. 7

Schubert_784_Planes

10. ALAIN PLANÉS (Harmonia Mundi, 2003). Pianista de espléndida técnica que, aun sin caer en lo decorativo, no logra hacer que las tensiones progresen ni sabe desplegar el aliento poético que la partitura pide a gritos. Agradable pero plano el segundo movimiento, que ofrece trinos tan hermosos como insustanciales. En el tercer movimiento, correcto y aseado, la tensión se viene pronto abajo, aunque no obstante el artista sabe ofrecer algunas frases muy hermosas. 6

¿Conclusiones? Si alguien se ha atrevido a leer hasta aquí se dará cuenta de qué tipo de Schubert es el que me gusta. Por ello es normal que coincidiera plenamente con mi amigo Ángel a la hora de considerar que las interpretaciones de Richter y Kissin está muy por encima del resto. Decididamente el disco Sony, que se completa con un Haydn extraordinario, hay que tenerlo en casa.

La grabación genial de Richter, que se registró -obviamente en directo- en Tokio el 7 de febrero de 1979, ha sido editada por numerosos sellos, entre ellos Melodiya y Regis. Quien no la encuentre en las tiendas, siempre puede buscar por la red algún blog generoso. Por ejemplo, el que se encuentra tras el siguiente enlace. ¡A por ella!

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