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domingo, 1 de febrero de 2026

Lahav Shani llega a lo más alto

Creo que fui uno de los primeros que en España escribió poniendo por las nubes a Lahav Shani. Ya me interesó en una primera entrada de junio de 2019, y ya en la tercera, publicada el mismo mes, llegué a decir "que podríamos encontrarnos, quizá, ante uno de los más grandes directores del siglo XXI". Han pasado seis años y medio. La interrogación la convierto en definitiva afirmación después de haber escuchado, vía streaming, el concierto ofrecido al frente de la Filarmónica de Berlín el pasado fin de semana, mientras yo estaba en Colonia. Mi padre -ochenta y ocho años recién cumplidos, por cierto- me había contado por teléfono que era una auténtica maravilla, y luego Ángel Carrascosa lo puso por las nubes en su blog. Yo no me quedo precisamente atrás en la valoración del evento.


Nunca me había gustado tantísimo esa breve maravilla que es La pregunta sin respuesta de Charles Ives, aunque solo la mitad del mérito es del joven maestro israelí: a él se debe el grado de intensidad creciente de las réplicas de las maderas, que estará en la partitura pero jamás había escuchado tan bien definido. La otra mitad corresponde a los artistas excepcionales que están detrás de esas maderas, a la trompeta y a toda la increíble cuerda berlinesa.

A tal cuerda, tal concertino principal. El japonés Daishin Kashimoto se atreve con el acongojante Concierto para violín nº 1 de Shostakovich y alcanza resultados excepcionales. Globalmente le supera el inmenso David Oistrakh, y quizá también lo haga Vengerov -ver discografía comparada-, pero tanto en lo técnico (¡qué tremenda la Cadenza del tercer movimiento!) como en la expresivo se encuentra a la misma altura que otros grandes que han abordado la página. La dirección de Shani, trazada con enorme solidez y de excepcional depuración técnica, me ha recordado a la que Barenboim le hizo al citado Vengerov en ese audio aún disponible en YouTube: tensa, antes dramática que atmosférica y de apreciable mordacidad. En perfecta sintonía el uno con el otro, Kashimoto y Shani nos entregan un primer movimiento muy notable -solo eso- y un segundo magnífico para luego pasar a una Passacaglia y un Finale de absoluta referencia. No es poco.

Nivel todavía superior en la Sinfonía nº 9 de Antonin Dvorák. Sí, han leído bien. En breve: no es la-mejor-versión-que-existe, pero sí que se ha convertido en mi favorita de cuantas he escuchado. Cuestión personal, claro: Lahan Shani hace con esta partitura lo que a mí me más me gusta, es decir, olvidarse del lirismo contemplativo, incluso de la sensualidad y de la ternura, para poner el dedo en la llaga y hurgar en ella. Interpretación altamente dramática, con frecuencia rebelde, llena de dolor y sonada con una aspereza digamos que eslava de lo más conveniente, pero no por ello descuidada -todo lo contrario- en lo que a belleza formal se refiere. De hecho, el dominio de los medios es tan absoluto que pocas interpretaciones se han escuchado tan soberbiamente planificadas con la presente.

El resultado es una especie de "Furtwängler de guerra", pero sin libertades en la agógica, con muchísimo mayor autocontrol y dosis muy superiores de refinamiento sonoro. Sí, ya sé que no se conserva ninguna grabación del mítico maestro alemán -la que hay es un fake como la copa de un pino-, pero quizá logre hacerme entender si les digo que esta recreación de Shani es algo así como una radicalización, con mayor técnica e imaginación de por medio, de las dos que nos dejó Istvan Kertész. No se parecen a las excepcionales de Celibidache en Múnich, y resulta muy distinta a la de Giulini en Chicago, otra de las más grandes. Mi favorita hasta ahora era la de Böhm con la Filarmónica de Viena. Ambas comparten la negrura del enfoque, pero la resolución de la idea es por completo dispar.

Concretar por movimientos es difícil. Decidido, directo al grano el primero, sin rastro de portamenti. Desolado, sin asomo de blandura el segundo. El tercero no necesita ser protobruckneriano como los de Kertész, pero por ahí van los tiros; el Trío es el único momento en el que Shani baja la guardia y nos deja gozar de la música, aunque no deje de aportar algún detalle inquietante.

¿Y el Finale? Voy a decir lo que jamás se debe decir, porque es una tontería: me parece muy, pero que muy superior al de todas las versiones en disco o vídeo que un servidor haya escuchado, que hasta el día de hoy son cincuenta -aquí discografía comparada-. La más rabiosa, implacable y dramática. La más sincera. La que por fin hace justicia al drama que se ha venido intuyendo en los tres movimientos anteriores. Y, mucha atención, la más increíblemente bien diseccionada de todas. Nunca se había percibido con semejante transparencia el entramado orquestal. Quizá tampoco se había tocado así de bien. ¡Qué técnica la de la orquesta y de la batuta! Bueno, esto último es un decir, porque el maestro dirigió con los brazos.

Pregunta inevitable: ¿es Lahav Shani superior a Klaus Mäkelä? David Hurwitz ha llegado a compararle a este último con un muñeco Ken de la Barbie: entiendo que la intensísima campaña de promoción, que aquí en España ha estado capitaneada por el aún poderoso Antonio Moral, llega a producir rechazo, y que debe de haber mucho dinero detrás del joven maestro, pero considero que el finlandés se encuentra lleno de talento. Ahí está su referencial Pájaro de fuego con la Orquesta de París, o esa soberbia Sinfonía alpina también en la Digital Concert Hall de la Filarmónica de Berlín. Dicho esto, a Mäkelä se le han escuchado demasiadas cosas que solo están medianamente bien -la Nuevo Mundo, sin ir más lejos-, mientras que Shani parece ofrecer mayor regularidad y, sobre todo, un punto de vista interpretativo más interesante: la intensidad en la expresión por encima de cualquier otra circunstancia. El de Tel Aviv ha llegado ya a lo más alto en partituras de especial dificultad expresiva. Mäkelä, aun con técnica de batuta en absoluto inferior, aún no. Apuesto por Shani.

viernes, 20 de septiembre de 2024

Admirable concierto de Ozawa en Frankfurt

Está ganando muchos enteros la plataforma Stage + con la llegada de filmaciones televisivas que en su momento tuvieron circulación limitada en DVD o que, sencillamente, nunca aparecieron en formato físico. Es el caso de este concierto maravilloso que ofrecieron Seiji Ozawa y la Sinfónica de Boston en la Alte Oper de Frankfurt en septiembre de 1991, cuatro años después de que Bernstein ofreciera allí mismo su mítica Quinta de Mahler con la Filarmónica de Viena.

Comenzó el programa con esa pequeña maravilla que es Central Park in the Dark, de Charles Ives. Nada que decir: el maeso oriental domina todos los recursos.

Sobre la Sinfonía nº 8 de Beethoven sí hay mucho que explicar. Porque de Ozawa esperaba yo, en mi ingenuidad o mi ignorancia, una interpretación de esas elegantísimas, amables, risueñas y un tanto insustanciales, o al menos escasas en garra dramática y en contrastes, que acostumbramos a asociar con su batuta. Pues no. Elegancia ciertamente la hay, como también depuración sonora en altísimo grado, pero lo que aquí escuchamos en una lectura palpitante, fresca, valiente y llena de fuerza expresiva en la que, lejos del presunto por no decir rematadamente falso retorno al clasicismo por parte de Beethoven, las tensiones y el conflicto se ponen en primerísimo plano. ¿Para bien? Sí en el primer movimiento, sencillamente uno de los dos o tres mejores que he escuchado. Solo a Jochum con la Orquesta del Concertgebouw le he escuchado una recreación de este Allegro vivace que me guste todavía más. Ozawa consigue la cuadratura del círculo, porque aquí lo difícil es ser al mismo tiempo clásico y protorromántico, equilibrado y tempestuoso, risueño y dramático, señorial y lleno de tensiones. Él lo logra.

No impresiona tanto el Allegretto scherzando, pero está al mismo nivel: aquí ese sentido particular de la picardía, de la ligereza bien entendida, de la filigrana e incluso de la coquetería de Ozawa es una baza extraordinaria, si bien solo se redondea gracia a su atención a los otros aspectos de la música, a las líneas de fuerza y a los claroscuros. En los dos movimientos restantes bajan el nivel, porque ese aliento vital antes referido se traduce en nerviosismo. El Menuetto va demasiado rápido y se ve recorrido por la crispación, aunque quizá sea eso mejor que quedarse en la mera galantería. En el Finale la fogosidad sí que es bienvenida, pero se nuevo Ozawa se pasa un poco de rosca.

El Concierto para orquesta de Bartók lo llevaban de gira por razones obvias: la partitura pertenece a los de Boston. Es suya en todos los sentidos. La versión, curiosamente, es distinta a las dos de Ozawa comentadas en esta discografía comparada, que a su vez no se parecen entre sí. Esta en Frankfurt es muy superior a aquellas, aunque eso no la libra de irregularidades. Arranca de manera fascinante, en buena medida porque la cuerda bostoniana carnosa, empastadísima es un prodigio. Luego al maestro se le va un poco la concentración, de tal modo que la arquitectura pierde unidad y se resiente. Eso sí, limpieza y plasticidad sonora son dignas de admiración.

Estupendo el segundo movimiento, muy bien salpimentado sin necesidad de resultar sarcástico; chispa y desparpajo están garantizados. Nada impresionista ese corazón expresivo de la obra que es el tercer movimiento. Todo lo contrario: anguloso e inquietante a más no poder, yo diría que agitado en exceso. En contrapartida, el trabajo de colores y texturas es de primerísima categoría. Irreprochable el cuarto, en el que de manera sorprendente lo mejor es el tema lírico de la cuerda, que tan mal le quedará al maestro en su posterior grabación con la Saito Kinen. Muy bien el Finale, planteado y resuelto de manera irreprochable.

Por cierto, soy consciente de que hay una grabación de Ozawa con esta misma orquesta en formato CD tres años posterior a este testimonio televisivo, pero no la he escuchado. Tendré que hacerlo.

jueves, 5 de febrero de 2015

Andris Nelsons dirige Ives, Adams, Stravinsky y Dvorák

Aprovechando una oferta de la FNAC –a veces se encuentran allí verdaderos chollos– me compré este DVD editado por CMajor que recoge un programa de Andris Nelsons y la Sinfónica de la Radio Bávara que se ofreció los días 3 y 4 de diciembre de 2010 en la Herkulessaal de Múnich, sede habitual de la orquesta,  con un repertorio muy interesante en los atriles: The Unanswered Question de Charles Ives, Slonimsky’s Earbox de John Adams, Le Chant du rossignol de Stravinsky y la Novena Sinfonía de Dvorák. Imagen y sonido espléndidos –hay Blu-ray, pero el presupuesto no me llega– recogen unos resultados artísticos muy estimulantes.

Nelsons Adams Stravinsky Dvorak DVD

Se siguen los deseos del compositor, que demandaba grupos por separado sin contacto entre ellos, en la peculiar interpretación de la obra de Ives: las cuatro flautas se encuentran sobre el escenario, Nelsons dirige a un reducido conjunto de cuerda situado en el foyer fuera de la vista del público –el sonido llega desde los canales traseros–, y la trompeta lanza sus preguntas sin que se la vea en ningún momento, ni siquiera en la filmación. La interpretación es espléndida, aunque a mí lo que me ha interesado es descubrir lo mucho que esta soberbia partitura –de 1908– debe al celebérrimo segundo movimiento de la Sinfonía del Nuevo Mundo –de 1893– que se escuchará en la segunda parte.

Es raro que una obra minimalista me entusiasme, pero lo cierto es que ésta, sin volverme loco, me ha gustado: Slonimsky’s Earbox posee una rítmica y un colorido fascinantes, despliega una apreciable expresividad y conoce una interpretación tan entusiasta como virtuosística a cargo de Nelsons y la veterana orquesta bávara.

Como ustedes posiblemente sepan, el poema sinfónico El canto del ruiseñor procede de los dos últimos actos de la ópera El ruiseñor, que fueron escritos con posterioridad a La consagración de la primavera, dejando notar de manera considerable la evolución de Stravinsky desde los tiempos de El pájaro de fuego, pero sin renunciar del todo a la deuda con Rimsky e incluso con el impresionismo. ¿Cómo abordar la obra, pues?

He comparado esta interpretación de El canto del ruiseñor con la de Fritz Reiner de 1956 frente la Sinfónica de Chicago (RCA), con los resultados esperables: el estilo vibrante, teatral y altamente incisivo de Reiner, siempre portentoso en el tratamiento del ritmo y del color, hace que su interpretación mire a Petrushka y Le Sacre, mientras que Nelsons, que trata a la orquesta con agilidad y apreciable refinamiento, atiende más bien a la sensualidad, al misterio y a la poesía que alberga la partitura –mágico el final, que recuerda al mejor Giulini–, apuntando de este modo un estadio anterior en la evolución del autor.

La Sinfonía del Nuevo Mundo se parece mucho, lógicamente, a la que le escuché al propio Nelsons en Madrid un mes después de esta filmación, de la que ya hablé en este blog. Se trata, pues, de una interpretación comprometida, vehemente y muy comunicativa, desarrollada con ideas propias, volcada mucho antes en el drama interior que en preciosismos de cara a la galería –la visión es amarga y dramática: nada de tópicos paisajistas o folclóricos–, y magníficamente realizada por una batuta plena de virtuosismo y por una orquesta –con el granadino Ramón Ortega al oboe– que sigue siendo de enorme calidad y a la que el maestro hace sonar con una rusticidad aquí muy adecuada. Hay, en cualquier caso, algunos altibajos: a veces la flexibilidad de la agógica y los contrastes sonoros no permite redondear el trazo global, y no siempre la concentración acompaña al fraseo, sobre todo en un Scherzo muy atractivo por su ferocidad y carácter visionario, pero en exceso nervioso. En el Finale me han molestado un poco los esforzandi inmediatamente anteriores a la fanfarria con que arranca, pero el desarrollo es muy apasionado y la coda está dicha con la adecuada mezcla de carácter épico y desgarro emocional.

Gran interpretación de la página de Dvorák, en suma, aunque no nos haga olvidar a las de Fricsay y Böhm –la de este último sigue siendo mi preferida– o, en una línea muy diferente, a las de Giulini y Celibidache, entre otros.

miércoles, 2 de julio de 2014

Barenboim celebra junto a Rattle sus 50 años con la Filarmónica de Berlín

Le gusta a Sir Simon Rattle el experimento de tocar sin solución de continuidad dos obras diferentes. Que yo sepa, con la Filarmónica de Berlín lo ha hecho al menos con dos parejas: Atmósferas de Ligeti seguida del preludio de Lohengrin y la Sexta Sinfonía de Sibelius prolongada por la Séptima del mismo autor. Pues bien, en el concierto del pasado 18 de junio ha probado a unir La pregunta sin respuesta con la Metamorfosis de Richard Strauss. Funcionó de maravilla: la página de Ives se interpretó con la Philharmonie casi completamente a oscuras, con la trompeta ubicada al fondo de la sala, las flautas en el lateral izquierdo y la cuerda en el rincón derecho arriba del todo; inmediatamente, el conjunto de veintitrés instrumentos de cuerda situado en el escenario desarrolló la página del autor de El caballero de la rosa haciéndola sonar como respuesta a la inquietante pregunta planteada por el compositor norteamericano.

¿Y la interpretación? Perfecta la de Ives, por descontado. En cuanto al acongojante testamento de Strauss, Rattle comenzó ofreciendo una recreación sobria, desolada, en absoluto sentimental, encajando así a la perfección con la obra que la precede, y progresivamente fue subiendo la temperatura hasta alcanzar clímax no especialmente visionarios pero sí muy intensos, siempre dentro de una visión objetiva y despojada de todo artificio. Quizá le faltara, por su parte, un punto de magia sonora, pero ese ingrediente lo puso la soberbia cuerda de la Berliner Philharmoniker, que en este repertorio se siente más ella misma que en ningún otro.

Barenboim 50 años Berlin Rattle

Claro que el plato fuerte de la velada –por eso estarán ustedes leyendo estas líneas– era la celebración de los cincuenta años (¡ahí es nada!) de colaboración entre Daniel Barenboim y la Filarmónica de Berlín. En los atriles, la misma obra que el de Buenos Aires y Ratte interpretaron en Atenas hace diez años en la cita anual del 1 de mayo: el Concierto para piano nº 1 de Brahms. Fue aquella una sesión memorable, porque a la sabiduría que Barenboim había acumulado en esta obra junto a señores como  Barbirolli, Kubelik, Mehta y Celibidache (incluso Böhm, me apunta Ángel Carrascosa) se unía la sorprendente inspiración de un Rattle escarpadísimo, hiperdramático y visceral.

No he podido volver a escuchar aquella interpretación, que tengo comentada en este blog, pero lo cierto es que ésta a cargo de los mismos intérpretes me ha decepcionado en comparación con el recuerdo que guardo de aquella, sobre todo en lo que a Sir Simon se refiere: por descontado que el enfoque del primer movimiento continua siendo escarpado, y que en el segundo sigue resultando antes amargo que contemplativo, pero no encuentro la garra de hace ahora una década, y sí cierta complacencia en la increíble belleza sonora de la orquesta. Vamos, algo parecido a lo que ocurre en su integral de sinfonías brahmsianas también comentada por aquí. En cualquier caso, lo que hacen los maestros berlineses no es precisamente para desdeñarlo: ¡qué manera tienen las maderas de dialogar con el piano!

¿Y Barenboim? De dedos muy bien gracias, mal que le pese a algunos (a algunos críticos españoles, por más señas). En cuanto a lo interpretativo, vuelve a exhibir un sonido perfecto para el autor, a frasear con enorme riqueza de matices y a saber conjugar drama y lirismo en una recreación tan hermosa como sincera y comunicativa. Ahora bien, no se produce aquí el milagro del Primero de Tchaikovsky junto a Zubin Mehta, en el que le daba una vuelta de tuerca más a lo ya ofrecido en la interpretación del concierto del ruso en ocasiones anteriores. No: Barenboim ya ha dicho su última palabra en esta pieza, e incluso puede que lo haga ahora con un grado ligeramente menor de fuerza expresiva en los pasajes más dramáticos. Por eso mismo, preferible escucharle junto a batutas más inspiradas: la de Celibidache con la Filarmónica de Múnich y, por descontado, la que hizo con el mismo Rattle en Atenas. Estas dos más la de Gilels con Jochum (precisamente con la Filarmónica de Berlín), y quizá también la que Barenboim hizo en su juventud junto a Barbirolli, son mis grabaciones favoritas de la genial página brahmsiana.

Ah, la velada berlinesa, que se retransmitió no solo en la Digital Concert Hall sino también en numerosas salas de cine, tuvo como epílogo una interpretación sublime del Nocturno op. 27 nº 2 de Chopin: Barenboim en la cumbre de su inspiración, paladeando las melodías con la más absoluta concentración, fraseando con los más ricos matices posibles, acumulando tensiones de la manera más natural hasta alcanzar un clímax ardiente y sabiendo ser creativo siempre al servicio del compositor (¡ay, Pogorelich!), no de su propio ego. Este último, en cualquier caso, se vio recompensado con larguísimos aplausos en solitario –orquesta y director ya fuera del escenario–, con todo el público de la Philharmonie en pie.


PD (21.VII, 2015). Vuelta a escuchar la Metamorfosis, ahora sí que encuentro el arranque un punto más sentimental de la cuenta, incluso plañidero.  ¡Cómo puede variar la percepción que uno tiene de la música! Por lo demás, me siguen pareciendo admirables la plasticidad del tratamiento de la cuerda, la manera de regular las dinámicas y cómo ascienden las tensiones hacia los clímax, aunque la interpretación sea, por descontado, más voluptuosa que expresionista.

Sensacional debut discográfico de Lahav Shani y Múnich

En 2019 quedé hondamente impresionado por el Pelleas und Melisande de Schönberg que vi en un video, actualmente no disponible, en el que en...