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domingo, 13 de marzo de 2022

Mahler por Horne y Mehta

Marilyn Horne (n. 1934) luce una voz suntuosa –el registro grave, sin cambios de color, es puro terciopelo– y una técnica sin fisuras en un repertorio en el que no puede deslumbrar con las agilidades que, con toda justicia, la convirtieron en un mito del belcantismo: las Canciones de un camarada errante y los Rückert-Lieder de Gustav Mahler. No alcanza en modo alguno a las grandísimas intérpretes de estos mismos ciclos, Ludwig y Baker, más variadas en lo expresivo e inspiradas a la hora de poner acentos aquí y allá, pero la mezzo estadounidense se muestran tan sensata como sensible, dice sin la menor afectación y muestra una expresividad tan contenida como sincera, amén de cantar con la depuración que en ella es esperable.


El que está sensacional en este registro de marzo de 1978, soberbiamente realizado por los ingenieros de Decca, es un Zubin Mehta que andaba por los cuarenta y uno y había alcanzado el punto exacto de equilibro entre las intensidad de sus primeros años y el distanciamiento cada vez más inexpresivo que le afectaría a lo largo de toda la era digital. Aquí se muestra concentradísimo, paladea la música con enorme delectación y sabe resultar lírico, recogido e incluso sensual –la suya en absoluto es una visión trágica del universo mahleriano– acariciando nuestros oídos sin caer en acaramelamientos. La Filarmónica de Los Ángeles está tratada con un tacto exquisito. Conviene escuchar este disco para ser conscientes de lo grande que fue el maestro indio.

sábado, 19 de mayo de 2018

La genial Carmen de Leonard Bernstein

Hace muchos, pero que muchos años –principios de los noventa– que conozco la Carmen de Leonard Bernstein, aquella que fue registrada por Deutsche Grammophon entre septiembre y octubre de 1972 al hilo de unas representaciones en el Metropolitan de Nueva York. He vuelto a escucharla, esta vez en el doble SACD editado por Pentatone que recupera la toma cuadrafónica original. Y he vuelto a quedar maravillado. Porque la del norteamericano es una realización abiertamente genial. Discutible a más no poder, pero genial. Y un redescubrimiento en toda regla de la partitura.


Redescubrimiento en un doble sentido: en la forma y la expresión. En la forma, porque Lenny realiza el más portentoso análisis que ningún director haya realizado jamás, en cualquier título de ópera, de lo que está escrito en la partitura orquestal. Líneas, texturas y colores son aquí estudiados con un detallismo pasmoso, sacando a la luz mil y un detalles que por lo general pasan desapercibidos y dejando bien claro el descomunal talento de Georges Bizet a la hora de tratar el foso, desde luego muchísimo más que un mero acompañamiento para las voces. Lo más asombroso es Bernstein lo consigue de la manera más increíble que uno lo pueda imaginar: ralentizando los tempi hasta el límite pero evitando que la arquitectura se venga abajo e incluso manteniendo la máxima tensión interna. La cuadratura del círculo, poco más o menos, en esta Carmen digamos que “deconstruida”, pero cuya audición resulta imprescindible para quien quiera comprender qué dimensión alcanzaba la técnica de batuta del maestro norteamericano: sencillamente, la mayor posible.

Redescubrimiento en la expresión, porque esta es una lectura por completo atípica, no solo heterodoxa a más no poder sino también rebosante de mala leche. “¿Opéra-comique? ¿Levedad, coquetería, y colores pastel? ¡Pues os vais a enterar!” Eso es lo que parece querer decirnos Bernstein en esta lectura –relectura más bien– que aleja a Carmen de todo tópico sobre “lo francés” y se zambulle en los aspectos más negros del drama. Esta obra no es para el autor de West Side Story una historia más o menos folclorista, risueña y amable con final trágico. Es una tragedia como la copa de un pino. Amarga, sórdida y sin redención alguna para unos protagonistas que en absoluto son caricaturas más o menos pintorescas, sino seres humanos arrastrados –todos ellos– por sus más bajos instintos hacia un final que no puede ser otro que la soledad o la muerte. De ahí la lentitud y la retranca con que el maestro expone el celebérrimo tema del preludio; o la insólita, reveladora carga trágica que bajo su batuta adquiere el habitualmente chispeante, alegre y luminoso entreacto último; la extrema violencia de los momentos más encendidos de la acción, como la pelea de las cigarreras o, sobre todo, el duelo entre Don José y Escamillo, este último perfectamente diferenciado en sus dos mitades; o la tristeza enorme con que reaparece el coro del “toreador” en el momento en que es apuñalada la protagonista, seguida por un clímax terrible y nihilista a más no poder. ¿Es esto Carmen? Quizá no. ¿Es esto Bizet? No estoy seguro. Pero la figura del malogrado compositor se engrandece de manera considerable escuchando esta lectura.


Los cantantes. Habida cuenta de la genialidad de Bernstein casi se podría decir que son lo de menos, pero todo el mundo sabe que en Carmen hay que dar la talla, y aquí los dos protagonistas no la dan. Marilyn Horne posee una voz suntuosa, y ciertamente es un placer escuchar todas esas notas graves que están ahí y muy pocas cantantes son capaces de emitir (¡impresionante la escena de las cartas!), pero la norteamericana no acierta con el personaje como lo hace con sus habituales papeles travestidos. Han adivinado: hace una Carmen algo marimacho. Y un poco ordinaria, añadiría yo. Lo de James McCracken es más grave, porque este señor cantaba regular tirando a mal; su emisión me parece difícilmente soportable. Tampoco se muestra como buen actor en los diálogos. Ahora bien, no vamos a negar que le pone ganas al asunto, ni lo bien que resuelve la escena final, en el que por fin convence por su adecuación vocal y expresiva a la misma. Adriana Maliponte no posee una voz interesante, pero canta bien, dice con buen gusto y sabe no ofrecer una Micaela noña. Punto y aparte para Tom Krause: es el mejor Escamillo que un servidor haya escuchado, imponente en lo vocal y nada vulgar en la expresión. Solo por él, y dejando a un lado lo de Bernstein, ya habría que escuchar este registro.

La orquesta, trabajada al milímetro en todos y cada uno de sus detalles (¡los ensayos debieron de ser terribles!), funciona con un nivel muy superior al que exhibiría en los años siguientes en la negra época de Levine, aunque en alguna ocasión se nota el desencuentro entre batuta y los solistas en torno al tempo escogido: repárese en el tira y afloja con la flauta en el bellísimo entreacto que da paso al acto tercero. Y buen trabajo el del Manhattan Chorus, dirigido por un jovencito hoy muy conocido que ejerció también aquí de asistente de Bernstein: John Mauceri.

Me queda por hablar de la toma sonora, lo que me obliga de nuevo a deshacerme en elogios: he aquí una de las mejores tomas sonoras con que se haya grabado ópera en toda la era analógica, cortesía del productor Thomas Mowrey y del prestigioso técnico Günter Hermanns. Eso sí, es una realización más “de estudio” que otra cosa, lo que significa que hay micrófonos por todos lados, los cuales atienden a todos esos detalles que la batuta extrae de la partitura, ponen de relieve el interés de esta por la sonoridad oscura y amenazante de los contrabajos, delinean adecuadamente las maderas y otorgan especial protagonismo a la percusión. En este sentido, parece haber un total acuerdo entre el podio y los ingenieros para ofrecer un producto estudiado al milímetro.

¿Aporta algo la presentación multicanal de Pentatone con respecto a la remasterización “Emil Berliner Studios” que se lanzó en 2002? Si se posee un lector de SACD y un equipo con al menos cinco altavoces, muchísimo. No solo porque se gana bastante en relieve, presencia sonora y espacialidad, como era de esperar, sino porque se hizo un uso muy abundante y convincente de los canales traseros. Sobre todo para los teatralmente muy cuidados diálogos, que giran en torno al punto de audición metiendo al espectador directamente en el drama –Carmen y Don José se magrean moviéndose de un sitio a otro, por ejemplo–, pero también para la música –la distribución de las partes corales en “A deux cuartos” resulta más clara que nunca–, por no hablar de la inclusión de algunos efectos especiales –coro de niños, entrada de Don José en el segundo acto, la retreta– de lo más convincentes. Habrá quien se sienta incómodo con el sonido saliendo de todas partes, pero a mí me ha gustado muchísimo el resultado.

¿Algo más que decir? Sí: una pena que en el libreto no se incluyan más fotografías de la producción original del Met. Me hubiera gustado saber cómo era exactamente. En cualquier caso, disco imprescindible. A ser posible en esta edición de Pentatone.

jueves, 11 de marzo de 2010

La primera Norma oficial de la Sutherland

Bellini: Norma.
Joan Sutherland, John Alexander, Marilyn Horne, Richard Cross, Yvonne Minton, Joseph Ward
Coro y Orquesta Sinfónica de Londres. Richard Bonynge, director.
Decca, 475 790.
3 CDs - ADD
***

Resulta difícil escoger entre esta primera Norma de estudio de la Sutherland y la segunda, veinte años posterior. Aquí la diva se encuentra mejor de voz, pero allí Paravotti y Ramey son un Pollione y un Oroveso más convincentes que los de Alexander y Cross, sobre todo en el caso del tenor.

Ambas Adalgisas son espléndidas: la ya algo mayor Caballé en el registro digital, y una joven y pletórica de recursos belcantistas Marilyn Horne en el que comentamos. Por supuesto, y a despecho de ciertas languideces y de sus consabidas limitaciones dramáticas, es un placer para los oídos escuchar la mayestática sacerdotisa de la australiana, que se luce con su hermoso legato y admirable coloratura.

Muy centrada y sensible la dirección de Bonynge, quien se preocupa -como en él es habitual- de registrar la partitura en su integridad.

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Texto extraído de un artículo publicado en el número de diciembre de 2003 de la revista Ritmo sobre el primer lanzamiento de la serie "The Compact Opera Collection", editada por Decca.

PS. Esta grabación, realizada en octubre de 1964, ha vuelto a ser reeditada en otra serie, concretamente en "Classic Opera". A esta última pertenece la portada que he escogido para la ocasión, que por cierto recupera la que lució la edición original en vinilo.

lunes, 20 de julio de 2009

Decca Classics Recitals: esencias de otros tiempos

BERGONZI, Carlo. Obras de Verdi, Meyerbeer, Giordano, Cilea y Puccini. Orquesta de la Academia de Santa Cecilia. Dir: Gianandrea Gavazzeni.
Decca, 475 392-2
42’38’’
ADD
Universal
**** R



CRESPIN, Régine. Obras de Verdi, Ponchielli, Mascagni, Puccini y Boito. Orquesta del Covent Garden. Dir: Edward Downes.
Decca, 475 393-2
45’29’’
ADD
Universal
****


GUEDEN, Hilde. Páginas de opereta vienesa. Orquesta de la Ópera de Viena. Dir: Robert Stolz.
Decca, 475 394-2
44’20’’
ADD
Universal
***



HORNE, Marilyn. Obras de Rossini, Meyerbeer, Mozart y Donizetti. Orquesta del Covent Garden. Dir: Henry Lewis.
Decca, 475 395-2
51’04’’
ADD
Universal
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MERRIL, Robert. Obras de Verdi, Leoncavallo y Giordano. New Symphony Orchestra of London. Dir: Edward Downes.
Decca, 475 396-2
40’41’’
ADD
Universal
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TEBALDI, Renata y CORELLI, Franco. Obras de Puccini, Verdi, Cilea, Ponchielli y Zandonai. L’Orchestre de la Suisse Romande. Dir: Anton Guadagno.
Decca, 475 522-2
44’22’’
ADD
Universal
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La mayor parte de este material ya había salido en cedé. La novedad es que ahora lo hace respetando su formato original, incluyendo exclusivamente el contenido de los vinilos -unos cuarenta y cinco minutos de audición- y la portada y contraportada originales de los mismos, todo presentado en un formato digipack muy atractivo, sí, pero que obliga a usar lupa si se quiere leer el texto de las notas originales. Pese a ello, no se ha tenido a bien incluir un cuadernillo con información: hay que ahorrar papel en estos tiempos de crisis.

Sea como fuere, los nostálgicos del vinilo encontrarán aquí seis lanzamientos muy atractivos, estando el interés musical más que garantizado para todos, por lo bueno y por lo malo.

Buen ejemplo de lo último es el recital de Corelli y Tebaldi, oportuna ocasión para que el melómano se plantee, si aún no lo ha hecho, hasta qué punto la fama de ambos se basaba antes en la extraordinaria belleza y calidad de sus privilegiados instrumentos que en su capacidad para servir al compositor y a sus personajes. El mediocre resultado de estas grabaciones realizadas en 1972, ella con la voz hecha polvo y él acentuando sus defectos de siempre, ofrece una posible respuesta.

El recital que bajo la notable batuta de Gavazzeni registrara un pletórico Bergonzi allá por 1957, con sonido tan excelente como en el resto de estos discos, es por el contrario un prodigio. Que aquí se muestre más exhibicionista que en sus grabaciones en estudio de óperas completas no sólo no molesta, sino que resulta lógico y hasta deseable: con el de Parma el ardor viril no está reñido con el buen gusto.

La misma combinación de musicalidad, temperamento ardiente e instrumento de primera magnitud -el registro grave es tremendo, a pesar de ciertas irregularidades- encontramos en Marilyn Horne, una mezzo ciertamente magistral. Al menos para sus consabidos roles masculinos, porque cuando le toca hacer de señorita la cosa cambia.

Menor interés presenta el otro divo norteamericano de esta colección: el neoyorquino Robert Merril, quien aun algo corto por abajo no tenía una mala voz, demuestra aquí ser un intérprete monocorde, tosco y escasamente adecuado para Verdi, compositor que ocupa la mayor parte de su recital de 1963 dirigido por Edward Downes.

La misma discreta y un tanto ruda batuta encontramos en el disco de Régine Crespin grabado en fechas cercanas, pero por suerte la soprano de Marsella, con una voz bella y más cómoda en el grave que en el agudo, era un prodigio de musicalidad y buen gusto. Eso sí, antes en un estilo tópicamente francés, esto es, mórbido, elegante y equilibrado, sin perder jamás la compostura, que en una línea propiamente latina.

Donde sí hay sintonía entre artistas y repertorio es en el disco que cierra con burbujas de opereta vienesa este lanzamiento, interpretado por la en su momento ilustre Hilde Gueden y el compositor y director octogenario -estrenó en 1905 La viuda alegre- Robert Stolz. Algo efectista él al frente de la maravillosa orquesta, ella con agudos estridentes y más cursi que seductora (donde se ponga la Schwarzkopf...), lo cierto es que con ambos estás garantizadas las esencias de otros tiempos. Y de eso se trata en esta colección.

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Artículo publicado en el número de junio de 2004 de la revista Ritmo.

Sensacional debut discográfico de Lahav Shani y Múnich

En 2019 quedé hondamente impresionado por el Pelleas und Melisande de Schönberg que vi en un video, actualmente no disponible, en el que en...