1. Furtwängler/Filarmónica de Berlín (DG-Warner, 1930). Alemania de Weimar, adentrándose en una brutal crisis económica que terminaría llevando a los nazis al poder. Furt a los 44. Testimonios de la misma época evidencian que era un director aún por madurar en plenitud, pero su comprensión de Tristán es ya enorme. Podemos levantar una ceja con los portamenti del preludio –acongojante descarga la de su clímax, por cierto– o con un innecesario “arrebato” emocional” en la Liebestod, pero la palpitante incandescencia que emana su realización, hermosísima y muy depurada en lo técnico, nos pone el corazón en un puño. Asombroso el trabajo de restauración sonora realizado por Art & Son Studio. (9)
2. Furtwängler/Filarmónica de Berlín (EMI, 1938). Estamos en medio del Tercer Reich, pero aun no había comenzado la conflagración que iba a dejar tanta huella en el arte de Furt. Este ya alcanza la perfección en esta música, eliminando el tirón de tempo de ocho años atrás y moderando la velocidad para permitir exponer de manera más efusiva los aspectos sensuales de los pentagramas. En definitiva, una perfecta unión entre carne y espíritu hecha música. De nuevo aplausos para Art & Son. (10)
3. Furtwängler/Filarmónica de Berlín (Audite, 1942). Plena Segunda Guerra Mundial. Furtwängler se queda en el Reich, presuntamente para mantener la sagrada llama del arte alemán en un mundo que se hacía añicos. O quizá es que, aunque en absoluto fuera nazi, se sentía muy cómodo bajo la etiqueta de director favorito de Adolf Hitler: durante un tiempo le trataron bien y, de paso, lograba mantener a raya a al jovenzuelo Karajan, que había caído en desgracia ante el monstruo. Sea como fuere, lo que aquí se escucha no es una interpretación del “Furt de guerra”, de esas arrebatadísimas, a veces descontroladas, pero a menudo geniales por culpa de un inocultable desgarro interior. Lo que tenemos es una interpretación estática y amarga, de manera en especial en un Preludio marcado por la desazón hasta alcanzar un clímax lacerante a más no poder. La Liebestod suena más espontánea a incandescente, si bien la sección conclusiva se la ha escuchado más inspirada al maestro. Por lo demás, hay algunos sonados fallos en la ejecución que, en medio de semejante despliegue de arte verdadero, solo debería importar a los críticos tipo Beckmesser. La toma, realizada en directo en la antigua Philharmonie, suena bastante bien en el reprocesado en alta definición realizado por Audite. (9)
4. Furtwängler/Filarmónica de Estocolmo (TIM, 1942). Dos semanas más tarde tenemos a Furt en la Konserthaus de Estocolmo. No es una interpretación radicalmente distinta, claro está, pero sí es considerablemente más lenta –de 17’42 pasamos a 18’16’’– y parece apreciarse –la transcripción que he manejado suena mal– una dosis muy superior de sensualidad en las secciones más recogidas: la frase lírica de los violonchelos tras la introducción mezcla de tal forma dulzura y amargor que habrá que esperar al Barenboim tardío para escuchar algo así. De hecho, todo el Preludio parece basarse entre un contraste extremo entre misticismo y carnalidad como pocas veces se ha alcanzado. La Liebestod resulta de nuevo más arrebatada que el Preludio, por momentos cercana a un descontrol que no llega a perjudicar a la excelsitud del resultado global. ¿Importa la aspereza de los metales suecos? A mi entender, esta es la mejor interpretación de las de Furtwängler. (10)
5. Ormandy/Orquesta de Philadelphia (CBS, 1952). Una cuerda suntuosa es una de las bazas más potentes a la hora de hacer sonar esta música. La de Philadelphia lo era. Lo sigue siendo, pero en los cuarenta y cincuenta posiblemente no tenía rival a ninguno de los dos lados del océano. Ormandy, que por aquel entonces acababa de cumplir los 52, saca extraordinario provecho de ella en una peculiar edición de la partitura que, después del Preludio, ofrece una desafortunada mezcla de la Liebesnacht y la Liebestod. No le sale bien: en el primero el desarrollo no posee la suficiente lógica, amén de que se echa de menos el sabor amargo que esta música necesita, mientras que en el pastiche que viene después el desenfoque estilístico se hace más patente por la tendencia a lo preciosista y el decadentismo: la cosa le suena un tanto a Richard Strauss. En cualquier caso, hay entusiasmo y la limpieza en la ejecución queda garantizada. Buen sonido monofónico. (6)
6. Furtwängler/Filarmónica de Berlín (DG, 1954). Grabación en vivo –toses audibles– en el Titania Palast del Furtwängler tardío. Ya saben, el de las lentitudes: 17’51’’ no es poco, aunque en Estocolmo llegase a los 18’16’’. No es esta, en cualquier caso, tan sensual como aquella, ni tan doliente como la de Berlín en 1942. Tampoco alcanza la intensidad anterior a la guerra. Sencillamente, y aquí el tópico es cierto, nos encontramos ante una interpretación de síntesis, esencial y desmaterializada. Menos carne, más espíritu. Quizá también mayor belleza, todo ello puesto en sonidos con una enorme concentración interior y con el más desarrollado sentido del discurso como transición continua que el maestro alcanzara en esta pieza. (9)
7. Nilsson. Knappertsbusch/Filarmónica de Viena (Decca, 1959). Hay direcciones más extáticas, visionarias y apasionadas; también mejor clarificadas en el tejido orquestal y más sabiamente construidas. Sin embargo, parece no las hay más amorosas y tiernas –en el mejor de los sentidos, nada hay de blandura– que ésta de un Knappertsbusch que frasea con naturalidad pasmosa –suena antes espontánea que calculada– y suma su propio terciopelo al de los Wiener (¡qué violonchelos!) para seducirnos con una carnalidad ante la que resulta imposible resistirse. Para la historia queda el tratamiento orquestal tras el último clímax de la Liebestod. Birgit Nilsson, vocalmente suntuosa pero recogida más bien en la distancia, parece aquí menos fría que en su mucho más difundido registro de la ópera completa con Karl Böhm. La grabación está realizada a un volumen muy bajo, lo que permite una amplia gama dinámica. (9)
8. Ormandy/Orquesta de Philadelphia (CBS, 1959). Ahora en estéreo y con la edición normal de la partitura (¡menos mal que el experimento quedó atrás!), el maestro de Budapest ofrece una recreación bastante más satisfactoria que la de siete años antes. Cierto es que sigue lejos de acertar con el carácter expresivo de la partitura, pero ahora el estilo es más certero, el decadentismo se modera sensiblemente, el trazo posee mayor unidad y se consigue un más satisfactorio equilibrio entre el fondo y la forma. Digna de escuchar. (7)
9. Szell/Orquesta de Cleveland (CBS, 1962). Nada que ver con lo que hacía su paisano Ormandy también en EEUU por parecidas fechas. Szell no se interesa por la belleza sonora –aun siendo esta apreciable–, por la suntuosidad ni por preciosismos. Su trazo es decidido y ajeno a vericuetos, su arquitectura de perfecta lógica, su análisis altamente riguroso, su expresividad sobria. Esto último en demasía, como era de prever: el Preludio es un témpano de hielo, y no de los ardientes. Mucho mejor la Liebestod, que sí alcanza la temperatura emocional deseable. A la toma le vendría bien un nuevo reprocesado: da la impresión de ser notable en origen y encontrarse velada. (7-9)
10. Kubelik/Filarmónica de Berlín (DG, 1963). El maestro checo nos sorprende con un Preludio muy lento (12'27) y concentrado, dicho con la lógica constructiva que caracteriza a su Wagner pero, extrañamente, evidenciando al mismo tiempo alguna frase parsimoniosa. En lo expresivo también resulta singular porque, al tiempo que se aleja de la vehemencia, ofrece una curiosa mezcla de pesimismo y dulzura. La Liebestod, de gran depuración sonora y muy paladeada (7’39’’), resulta estática antes que extática, pero en cualquier caso está dicha con singlar belleza y desde una distante serenidad contemplativa. Algo así como un Wagner “de anciano director”, sin en realidad serlo. (8)
11. Bernstein/Filarmónica de Nueva York (CBS, 1967). Sorpresa, o quizá no tanto. Porque este es el Lenny de la etapa neoyorquina, cierto, pero el maestro ya había pasado por su primera experiencia en Viena. Es el Bernstein maduro, pues. Nada de arrebatos temperamentales y descuido manifiesto de la depuración sonora. Interpretación lentísima –11’55’’ el Preludio, 19’05’’ en total– pero muy bien llevada, de perfecto pulso interno, suficiente naturalidad constructiva y mucho cuidado en el juego de tensiones; también interesa por no dejarse llevar por el preciosismo y por encontrarse dotada de apreciable intensidad. ¿Qué hubiese pasado con los Wiener a su disposición? (9)
12. Markevitch/Nacional de la ORTF (DVD EMI, 1968). ¿Qué hace un señor como usted en un sitio como este? ¿Patinar en lo estilístico? ¿Dejarse llevar por el temperamento en una música que necesita una manera muy especial de paladear cada frase e ir engarzándolas con lógica constructiva? Un par de minutos bastan para quitarnos tan estúpidos prejuicios de la cabeza: las maderas son incisivas y amargas, los silencios posee mucho peso específico, el tempo es pausado, amplio el legato… Don Igor construye una soberbia interpretación que suena a Wagner y siente a Wagner, que ciertamente alcanza especial temperatura en los clímax –no podía ser menos con semejante maestro–, pero que se encuentra dicha con enorme concentración y siempre bajo el más riguroso control de un cerebro que sabía no quedarse en lo apasionado. Falta ese punto de sensualidad que nunca fue especialidad del maestro de Kiev, pero esto no le impide ofrecernos una Liebestod maravillosamente paladeada y llena de equilibrio. La orquesta, pese a las evidentes limitaciones y las estridencias en los tutti, responde de maravilla a lo que la batuta pide. Aceptable filmación en blanco y negro de pobre sonido monofónico. (9)
13. Bernstein/Sinfónica de Boston (YouTube, 1972). Con respecto a su registro en audio seis años anterior, el maestro añade lentitud –12’25’’ el Preludio, 20’26’’ sumando la Liebestod–, parsimonia y un punto de narcicismo a esta personal, hermosísima, no poco hedonista y en buena medida reveladora interpretación en la que, cómo no, lo que se ve es tan valioso como lo que se escucha: la gestualidad del guapo Bernstein no solo es hermosa de contemplar, sino también explicativa de lo que está sonando. Una pena que la toma de sonido se vea afectada por la compresión dinámica. (9)
14. Boulez/Filarmónica de Nueva York (CBS, 1973). Otra sorpresa neoyorquina. El sucesor de Bernstein fue un muy despistado intérprete de Parsifal y la Tetralogía, pero aquí se muestra no solo rigoroso y analítico, como en él es siempre de esperar, sino también sensato, centrado y con clara voluntad de resultar emotivo. El problema es que la intensidad procura conseguirla basándose en un calculadísimo y admirable estudio de las aceleraciones y desaceleraciones en el tempo, cuando en esta música existen otros factores formales que también son determinantes. En cualquier caso, notable realización y muy buen trabajo con una orquesta a la que le suena mejor que a Lenny. (8)
15. Solti/Sinfónica de Chicago (DVD Decca y Stage+, 1976). Segunda mitad de los setenta y primera de los ochenta fueron los años en el que Sir Georg alcanzó la excelsitud como director sinfónico, toda vez que el sentido teatral, el fraseo incisivo, el vigor del trazo global y la intensidad expresivas de las que siempre hizo gala en el campo operístico se vieron por fin plenamente acompañadas de una tan sutil como efectiva flexibilidad en el fraseo, un mayor sentido del canto y, sobre todo, una enorme concentración interior que no cedía ante el impulso de la pasión, ni siquiera en directo. Es el caso de este testimonio en el que Solti logra un especial equilibrio entre fuego y control, alcanzando clímax de contrastada intensidad y aportando al mismo tiempo un apreciable sentido de la atmósfera, de lo siniestro incluso, como también de la meditación. El resultado, una interpretación tan dramática como bien medida que pone de relieve los aspectos más dolientes de la música. La sensualidad espiritual hay que buscarla en otro lugar. El vídeo no procede de celuloide, como hacía Unitel en Europa por las mismas fechas, sino que se trata de una realización televisiva de suficiente calidad para aquellos años. El sonido deja que desear: la comprensión dinámica no es buena para esta música. (8)
16. Solti/ Sinfónica de Chicago (Decca, 1977). Ahora sí, la admirable labor de ese enorme ingeniero que fue Kenneth Wilkinson nos permite disfrutar plenamente tanto de la belleza, empaste y brillantez de los chicagoers como de la inspiración de un Solti que, como el año anterior, no nos muestra su faceta más ardiente y teatral, sino que busca, tomándose las cosas con calma (19’12’’), el perfecto equilibrio entre extroversión e introversión, entre pasión y lirismo reflexivo, al tiempo que se interesa por los aspectos más amargos de la página sin necesidad de cargar las tintas. Diríase incluso que alcanza ahora un grado superior de concentración e inspiración, todo ello –faltaría más– servido con una planificación tan rigurosa como natural y evitando la tentación de recrearse en las posibilidades de una orquesta empastadísima –nada de potenciar los metales– que podía ofrecer lo que por aquel entonces estaba al alcance de pocas. (9)
17. Barenboim/Orquesta de París (DG, 1982). En paralelo a su experiencia con la ópera completa en Bayreuth, el aún joven artista dejaba este maravilloso testimonio de su plena sintonía con una partitura que él ha interpretado como pocos directores lo han hecho: aun poniéndose al frente de una orquesta a priori poco idiomática, consigue una recreación que suena plenamente a Wagner y que está fraseada con ese carácter orgánico que la música demanda, prestando muy especial atención al legato –sensualísimo aun evitando lo excesivamente dulce– y al peso de los silencios. Dicho esto, la excelsitud solo se alcanza en un Preludio perfectamente construido en el que la concentración se pone por delante de lo visionario. La Liebestod, concebida de manera antes estática que ardiente, comienza de manera admirable pero luego no termina de avanzar con plena lógica –hay incluso cierto descontrol– hasta llegar a un clímax en el que la percusión resulta excesiva. De todas formas, la emoción que desprende la batuta termina atrapándonos. (9-8)














No hay comentarios:
Publicar un comentario