lunes, 29 de junio de 2026

El Festival de Granada prohíbe los tapones de las botellas (o cómo el personal de sala trata al público como delincuente en potencia)

No visitaba el Festival de Música y Danza de Granada desde 2021. Sencillamente, ni los últimos años de Antonio Moral ni los primeros de Paolo Pinamonti me han resultado lo suficientemente atractivos para meterme las ocho horas de carretera –ida y vuelta– y realizar la inversión. Este año tampoco tenía pensado ir, pero como me estaba obligado a tomar abundantes fotos del conjunto monumental de la Alhambra y el Generalife en algún momento del verano, compré una entrada que milagrosamente salió a la venta a última hora para el concierto de ayer domingo 29 de Riccardo Muti con su Orquesta Joven Luigi Cherubini. Y regresé con sabor amargo, por desagradables experiencias con el personal de sala.

 

Justo cuando empezaban a salir los chavales de la orquesta, quise tomar una foto para que mis amigos conocieran la problemática visibilidad desde mi butaca en platea. Dos segundos tardó una señorita en acercarse y decirme, con cierta agresividad, que no se podían tomar fotos, que tenían órdenes muy estrictas. Soy de los que se molestan cuando la gente hace eso durante el concierto, pero cuando la orquesta no ha hecho más que comenzar a distribuirse por el escenario, no sé qué daño se hace. Justo cuando Muti ya estaba acercándose al podio, desde otro ángulo muy distinto del Palacio de Carlos V se escucha a un señor pegar un berrido: “¡Que está prohibido hacer fotos!”. Vaya, resulta que eso no es perturbar el concierto. Ya puestos a controlar a los asistentes, le podían haber dicho algo al famoso crítico que, según me dijo un amigo sentado cerca de él, se llevó todo el tiempo siguiendo la partitura con su tablet, pero con ese no se atreven. Claro que tampoco a ese señor le sirvió de mucho, a tenor de lo que ha escrito en su crítica: no se enteró de nada. O sí se enteró, pero ladinamente calló muchas cosas: en el concierto hubo de todo, incluyendo numerosas pifias en la orquesta y cosas mal resueltas por parte de Muti. Ya se sabe que si uno quiere codearse con los artistas y la dirección, tiene que ponerlo todo de muy bien para arriba.

Llega el intermedio. Como antes del concierto me clavaron cinco euros por una limonada, hice cola en la máquina de refrescos para comprar un Aquarius. Fui a bebérmelo entre la zona de aseos y la del ambigú. Otra señorita, esta bastante más simpática –no es ironía– se acerca con una exigencia que me dejó muerto: “Caballero, deme usted el tapón de la botella. Está prohibido tener una botella con tapón en un concierto”. La verdad, nunca me había encontrado con mayor ridiculez. Bastante serio, le dije que nos estaban haciendo la visita bastante incómoda. “Lo comprendo y lo siento, pero la ley dice que una botella con tapón puede convertirse en un arma arrojadiza”. Completamente perplejo le dije que sí, que había acudido esa noche a tirarle la botella al maestro Muti. Le di el tapón, dejé la botella ya vacía en una papelera y me fui a la explanada del concierto, ya justo al lado de la entrada. Ni que decir tiene que allí estaba todo el mundo con su correspondiente botella de agua, tapón incluido.

Comienza la segunda parte. Como auténticos sabuesos, el personal de sala se lanzó a los pasillos controlando que no hubiese nadie osando capturar una imagen. Creo que muchos nos sentimos vigilados e incómodos. Fin del concierto, en el que no hubo propinas. Muchas personas –yo no, por descontado–sacaron el móvil para llevarse el recuerdo. Lógico y natural en un concierto veraniego. Y propaganda gratuita para el evento si luego lo suben a las redes, dicho sea de paso. Aquí lo ven de otra manera, y los encargados del asunto saltaron a impedirlo llamando la atención al personal hasta que ya hubo tantos con el móvil en la mano que lo dejaron por imposible.

Termina la velada. Me acerco a un caballero de la orquesta bien vestido y le enseño el libro escrito por Riccardo Muti, a ver si era posible conseguir un autógrafo. Con una gran sonrisa, me indica la puerta tras la cual estaba el maestro. Cuando llego me encuentro con uno de los miembros del personal de sala que aparentaba menos cordialidad. Lo di por imposible, pero aun así me acerqué con mucha timidez, le mostré el libro y le pregunté lo mismo. “No” fue la respuesta. No fue un "no" cualquiera. Fue seco, cortante. Despreciativo incluso. Podía haber sido un “ya me gustaría, lo siento mucho” con una pequeña sonrisa, o al menos “este año tenemos órdenes muy estrictas de no dejar pasar a nadie”. Me volví con el rabo entre las piernas, porque estoy convencido de que el maestro Muti hubiera firmado de buena gana. Lugo me enteré que a cierto crítico sí que le dejaron pasar a departir con el maestro. Ya saben, no es lo mismo un "gran experto" que puede hacer publicidad en un medio importante que la chusma mitómana a la que pertenecemos la mayoría. Al ganado hay que controlarlo.

En fin, creo que los que pagamos por la butaca, y por ende sostenemos el festival, nos merecemos un poco de empatía. Sentirnos como público de verdad, no como personas a quienes se nos está haciendo un favor y a las que hay que vigilar constantemente porque hacemos fechorías por defecto. He visitado ya las suficientes salas de conciertos de Europa como para poder asegurar que nunca en los treinta y siete años que llevo acudiendo a estos eventos, ni siquiera en los lugares más siesos que conozco –mejor no mencionarlos– me he encontrado a un personal de sala tan impertinente. Se dice que los granadinos tienen “mala follá” (antipatía). Un amigo que es de allí me asegura que es verdad y que lo sufre cada día. Ignoro si esa es la explicación. Es posible que el responsable de todo esto sea un Paolo Pinamonti que ha querido establecer una especia de estado policial en su nuevo reino. No sabría decirlo con seguridad. Lo que sí sé es que, salvo que vuelva Barenboim o aparezcan un Furtwängler o un Klemperer, no volveré por allí en unos cuantos años. Les recomiendo a ustedes que tampoco se tomen mucho interés en hacerlo: la acústica es mala, se pasa mucho calor y te tratan como si fueras un delincuente.

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