1. Huberman. Szell/Filarmónica de Viena (Warner, 1934). El soberbio reprocesado de 2017 nos permite disfrutar en condiciones mucho más satisfactorias de lo esperable para la fecha de grabación de un Szell de treinta y seis años que ya se mostraba como riguroso y clarísimo concertador, pero que también evidenciaba un impulso y una valentía a la hora de jugar con la agógica que desaparecerían más adelante. Ciertamente no logra sintonizar con el contenido humanístico de la página, quizá porque en buena medida resulta apresurado, pero es difícil resistirse ante su ímpetu vital, como también ante la soberbia respuesta de una Wiener Philharmoniker pre-anschluss. A Bronislaw Huberman, por cierto, le acababan de expulsar de Alemania por su origen judío. Se dice que durante su adolescencia había deslumbrado al mismísimo Brahms, Habida cuenta de la intensidad con que toca, no debe extrañar. Pero una cosa es intensidad y otra cosa es poesía, y de eso anda algo corto; incluso por momentos parece concebir la obra desde un punto de vista virtuosístico. Y eso que tampoco su técnica es la más deslumbrante: tan solo un año más tarde, alguien dará la monumental lección discográfica en ese sentido. (7)
2. Kreisler. Barbirolli/Filarmónica de Londres (EMI, 1936). La comparación resulta de lo más ilustrativa. La batuta de Barbirolli no posee menos fuerza que la de Szell, tampoco menor organización, pero bucea con mayor acierto en los aspectos dramáticos de la página, utiliza con más lógica las libertades con los tempi y, en general, desprende mucha mayor sinceridad. En cualquier caso, el espectáculo es escuchar al señor Fritz Kreisler –sesenta y un años– haciendo gala de un sonido maravilloso –prieto, homogéneo, muy bello–, una enorme capacidad para hacer toda clase de diabluras virtuosísticas –se luce en las cadenzas propias, claro está– como también, lo más importante, un exquisito gusto musical. Una pena que ante la decisiva sección intermedia del primer movimiento pase un poco de largo, porque en líneas generales se muestra muy centrado en la expresión y conecta sin problemas con el prisma propuesto por Barbirolli. Para cuestiones filosóficas, aún habrá que esperar un poco. Buen sonido tras el reprocesado de 2020. (8)
3. Röhn. Furtwängler/Filarmónica de Berlín (DG, 1944). Y llegó Furt. Su dirección es sanguínea, impulsiva, incandescente a más no poder. No sabemos muy bien si nos encontramos ante el pálpito vital de quien ama la existencia en toda su plenitud o ante una auténtica huida hacia delante. Hay momentos los que la agógica se dispara, y pensamos más bien en lo segundo: en enero de 1944 Berlín no debía de estar para muchas alegrías precisamente. Las consideraciones poéticas quedan para otro momento, justo como le pasa al concertino de la agrupación, un Erich Röhn que toca francamente bien –hay portamentos que hoy resultan anticuados– y se deja llevar por el carácter dionisíaco de la batuta. La toma radiofónica se ha conservado de manera satisfactoria. (9)
4. Menuhin. Furtwängler/Orquesta del Festival de Lucerna (Warner, 1947). Luminoso en el agudo y de maravilloso terciopelo en el grave, no es el violín de Menuhin el más exacto ni seguro posible. Tampoco el más afinado. Pero la intensidad que imprime a su lectura encuentra recreación en muy pocos violinistas, tanto de su generación como de las posteriores. Más adelante tendrá la oportunidad de aquilatar técnicamente su concepto, pero a estas alturas ya resulta apabullante. Más controlado que en su grabación en vivo con Röhn, menos inmediato, Furt ofrece una dirección lenta y concentrada, cierto es, pero también de radiante incandescencia, sin dejar de ofrecer acentos de enorme dramatismo en el primer movimiento y una impresionante hondura en el segundo. (9)
5. Menuhin. Furtwängler/Orquesta Philharmonia (EMI, 1953). Ahora es la definitiva. Menuhin revalida su condición de ser uno de los solistas que en esta página mejor han capturado su humanismo, concepto tan difícil de definir como fácil de reconocer. Podrán preferirse enfoques más tensos, también más apolíneos, pero el mítico artista hace volar la música con poesía infinita sin olvidarse de los acentos dramáticos ni de la jovialidad final, al tiempo que sabe ofrecer mucha sinceridad expresiva en las virtuosísticas cadencias de Kreisler, recreadas con insólita intensidad. En esta tercera y última grabación de la página que realizaron juntos –una de ellas la tengo por escuchar–, Furt consigue el equilibrio perfecto entre espiritualidad y sensualidad, entre fogosidad dramática (¡tremenda la cuerda grave!) y meditación filosófica, ofreciendo acentos lacerantes sin perder la menos concentración y cantando las melodías con naturalidad plena. El reprocesado en alta definición de la toma, realizada en el desaparecido Kingsway Hall de Londres, devuelve musculo y relieve a la fabulosa orquesta. (10)
6. Schneiderhan. Furtwängler/Filarmónica de Berlín (DG, 1953). Solo un mes después de su grabación londinense con Menuhin, Furt vuelve a ofrecer una dirección verdaderamente modélica de la obra. Y algo distinta. Ya desde una sobrecogedora introducción se aprecia que no va a optar por lo meramente lírico, sino que a la cantabilidad y el humanismo esperables en el director –notablemente más lento ahora el Larghetto– se añade un elevado sentido del pathos, de la desazón y hasta del drama. La orquesta responde a esto muy bien, con algún pequeño desajuste. Wolfgang Schneiderhan anda no del todo depurado en lo técnico, pero camina por la misma senda que la batuta, siendo reprochable una cadenza muy larga y que, siendo dramática, resulta en exceso virtuosística y fuera de estilo. La toma recoge mejor al violín que a la orquesta. (9)
7. Heifetz. Munch/Sinfónica de Boston (RCA, 1955). Lo del violinista lituano es realmente asombroso: desgranar una tras otras las frases de uno de los conciertos más poéticos de la historia sin que la poesía (¡precisamente ella!) leve el vuelo en ningún momento. Y poner en su lugar, con pulcritud asombrosa, todas y cada una de las notas escritas por Beethoven sin que el espíritu del compositor haga acto de presencia. No menos asombrosa, en el peor de los sentidos, es la dirección de Munch: lineal, aséptica, seca en los tutti y de nulo lenguaje beethoveniano. A la postre, lo único interesante de este registro es la excelencia de la orquesta y la calidad de una toma sonora estereofónica sensacional para la época, sobre todo escuchada en SACD. (4)
8. David Oistrakh. Cluytens/Orquesta Nacional de la Radiodifusión francesa (EMI, 1958). No es esta una interpretación, tanto en lo que al solista como a la dirección se refiere, del todo beethoveniana en el idioma. Ni llega a ofrecer esa peculiar mezcla de humanismo y sensualidad que se echa en falta, sobre todo, en un segundo movimiento en el que se podría haber alcanzado mayor poesía. Pero resulta difícil no rendirse ante el violín decidido, viril y dramático del inmenso Oistrakh, intenso siempre –tremenda la cadena del primer movimiento, aunque la del tercero tampoco se queda corta– y en absoluto dispuesto a dejarse llevar por el hedonismo sonoro. Ni podemos dejar de descubrirnos ante el equilibrio que consigue Cluytens entre extroversión, vitalidad y sentido reflexivo, desgranando la obra con concentración, trabajándola con pinceles finos y unos colores franceses que tienen su atractivo, al tiempo que se muestra sanguíneo y vitalista en un tercer movimiento que sabe no quedarse en lo meramente jubiloso. La toma sonó siempre de manera notable para la época, y ahora lo hace espléndidamente tras el reprocesado en alta definición. (8)
9. Szeryng. Klemperer/Philharmonia (Testament, 1959). Habida cuenta de la fecha, estamos ya ente el Klemperer claramente de su última época, muy lento –tanto como en su posterior grabación con Menuhin, salvo en el tercer movimiento– y concentrado, granítico en la sonoridad, grave y adusto en la expresión, profundamente dramático al tiempo que reflexivo; todo ello sin que se le mueva un pelo y sin concesiones a la galería. Junto a él, Szeryng se eleva a las mayores alturas de inspiración ofreciendo, con su sonido sólido y de agudo increíblemente bello, un primer movimiento lleno de intensidad que quiere ser lírico pero también muy amargo y doliente, para en el segundo desplegar un enternecedor humanismo. En el tercero, apolíneo y transparente, sabe no bajar la guardia. Toma en vivo de muy aceptable sonido monofónico. (10)
10. Francescatti. Walter/Sinfónica de Columbia (CBS, 1961). Amplia, noble y cálida la dirección del octogenario Walter, como era de esperar, quien modela con enorme plasticidad a la orquesta –rica en frecuencias graves, como ha puesto de manifiesto el espléndido reprocesado en alta resolución– y se ajusta de manera modélica a los cánones del clasicismo vienés. Lectura apolínea, pues, ya que no muy rica en pliegues expresivos, que se ve lastrada por el sonido algo débil de un Zino Francescatti que, en cualquier caso, toca bien y no saca los pies del plato. (7)
11. Szeryng. Schmidt-Isserstedt/Sinfónica de Londres (Philips, 1965). Frente al sonido monofónico de su registro con Klemperer, esta toma estereofónica soberbiamente reprocesada nos permite disfrutar en todo su esplendor del sonido increíblemente hermoso, afinadísimo, de agudo plateado –con filo, pero nada hiriente– del violinista de origen polaco, quien por lo demás vuelve a ofrecer una traducción clásica en el mejor de los sentidos, apolínea sin que eso signifique desatención a los aspectos más amargos, fraseada con enorme concentración y de una enorme musicalidad en los acentos. Todo encaja con plena naturalidad y perfecto equilibrio entre belleza y reflexión. Schmidt-Isserstedt, que hace sonar a la orquesta de manera particularmente musculada, descuida un tanto los aspectos más poéticos del primer movimiento, pero alcanza intensidad sin perder la concentración para luego paladear maravillosamente el segundo y no dejarse llevar por el arrebato en el tercero. (9)
12. Menuhin. Klemperer/New Philharmonia (EMI, 1966). Lo interesante de esta singular y extraordinaria interpretación es el fuerte contraste entre el violín lírico y cantable de Menuhin con el antirromanticismo granítico, dramático y severo de Klemperer, de una concentración imponente –pese a la lentitud extrema– y genial a la hora de construir bloques sonoros. A la postre, se produce un diálogo de lo más enriquecedor. En el primer movimiento se impone la batuta. En el segundo el violín –no en su mejor momento técnico, eso ya lo sabemos– se explaya con esa especial poesía, plena de naturalidad y de humanismo, que habitualmente asociamos con el mítico violinista. En el tercero llegan a un punto de encuentro que otorga espacio para la luminosidad que la música demanda, sin bajar nunca la guardia. Asombrosa la remasterización de 2023, pese a cierta distorsión en los tutti. (9)
13. Szeryng. Haitink/Orquesta del Concertgebouw (Philips, 1973). Szeryng vuelve a dar la lección magistral de belleza sonora, elegancia en el fraseo y sentido clásico, esta vez quizá con un poco menos de inspiración debido al acompañamiento de un Haitink cuya la profesionalidad a prueba de bombas no es suficiente para una obra como esta. Mejor escucharle con Klemperer o con Schmidt-Isserstedt. (7)
14. Grumiaux. Colin Davis/Concertgebouw (Philips, 1974). Interpretación clásica en el mejor de los sentidos, elegante y llena de nobleza, bellísima sin amaneramientos, más poética y contemplativa que extrovertida, pero sin desdeñar poderosos acentos desde la orquesta ni los toques dolientes en el canto del violín. En cualquier caso, frente a un primer movimiento algo escaso de contrastes sonoros y expresivos, sobresale un Larghetto de poesía de muy altos vuelos y mágica espiritualidad. Hermosísimo el tercero, aunque visto desde una óptica eminentemente apolínea. Algo reverberante la toma. (9)
15. Krebbens. Haitink/Orquesta del Concertgebouw (Philips, 1974). Herman Krebbers ya había sido un destacado solista antes de convertirse en concertino de la Concertgebouw, así que resulta lógico que la formidable formación holandesa –aquí ya en plenitud– quisiera, año y medio después de la grabación con Szeryng, un registro que le presentara a él como solista en la Op. 61 beethoveniana. Lo hace muy bien, tocando de maravilla y por completo centrado en la expresión, pero aquí tiene que medirse con violinistas muy grandes y no sale del todo bien parado con la comparación. A la decisiva sección central del primer movimiento le falta fluidez en el fraseo, sin que podamos regatearle detalles de enorme sensibilidad, y en general se echa de menos una mayor soltura que le permita alcanzar la emotividad que la obra demanda. Más motivado que en su grabación con Szeryng, Haitink le acompaña desde una óptica de clasicismo intemporal perfecta para las maneras del solista. Cadencias de Kreisler. La toma es estupenda para la época. (7)
16. Stern. Barenboim/Filarmónica de Nueva York (Sony, 1975). Una versión muy lírica, humanista y hermosa, más que densa o profunda, que por parte de la batuta no elude tintes dramáticos en el último movimiento. Stern muestra un sonido vacilante, y ni él ni Barenboim parecen sintonizar del todo con el segundo movimiento. La toma sonora no es muy clara, y deja en segundo plano a la orquesta. (7)
17. Zukerman. Barenboim/Sinfónica de Chicago (DG, 1977). Ha sido quizá Zukerman quien ha ofrecido –en esta recreación, no en otras posteriores– la más modélica interpretación de la obra hasta la fecha. No la más hermosa, ni la más lírica. Tampoco la más tensa ni la más visionaria. Pero sí la que mejor sintetiza todos los planos expresivos de la partitura, alcanzando entre ellos el máximo equilibrio posible: frasea con distinción aristocrática sin dejar de mostrarse efusivo, desgrana las melodías con enorme cantabilidad, alcanza hondísima concentración cuando debe, sabe ser reflexivo al mismo tiempo que contemplativo –nada de ensimismarse en lo apolíneo–, enriquece la elevación espiritual con acentos dolientes sin que estos se pongan en primer plano, no desatiende los rincones sombríos entre las notas y, ya en el último movimiento, logra mostrarse jovial y luminoso sin perder elegancia. Todo ello haciendo gala de un sonido carnoso y bello –afilado más no hiriente el registro agudo– y derrochando virtuosismo, pero virtuosismo con sentido: modélicas las cadencias de Kreisler. Barenboim se muestra ya maduro en su tratamiento de la orquesta beethoveniana, apuntando a las maneras de su primera integral sinfónica con una dirección ante todo poderosa y musculada –impresionante cuerda grave de Chicago– en la que los aspectos dramáticos adquieren gran relevancia, sobre todo en un primer movimiento lleno de potencia sin merma alguna de la depuración sonora y de la cantabilidad, plenamente conseguidas. El segundo está paladeado con admirable recogimiento, siendo su enfoque mucho antes amargo y punzante, como era de esperar en Barenboim, que meramente lírico. El tercero resulta vitalista, sanguíneo, en manos de un director que tiene ya muy claro el tipo de Beethoven que le gusta. La toma sonora es muy superior a la de Barenboim en CBS dos años anterior. (10)
18. Mutter. Karajan/Filarmónica de Berlín (DG, 1979). La jovencísima Mutter y el anciano Karajan nos ofrecen una interpretación eminentemente apolínea en todos sus movimientos, de una depuración sonora extrema, en la que los dos intérpretes buscan –y consiguen– el máximo grado de belleza sonora, pero sin interesarse tanto por la emoción: los dos primeros movimientos carecen de ese lirismo hondo y lacerante que los más grandes intérpretes han sabido extraer de esta música, mientras que al tercero le falta un punto adicional de entusiasmo. En cualquier caso, uno no puede sino derretirse ante el increíble timbre del violín de la Mutter –el registro agudo es de no dar crédito–, su cantabilidad y sus trinos, o ante la cadenza –la de Kreisler– del primer movimiento. Tampoco podemos resistirnos ante la seducción que ejerce la dirección idiomática y honda, concentradísima, llena de acertadas inflexiones expresivas, de un Karajan mejor aquí que en otras obras de ese universo beethoveniano en el que acertó mucho menos de lo que algunos creen. Eso sí, resulta un poco hinchada en esos tutti opulentos y musculados que tanto gustaban al maestro. Soberbio sonido en alta defincion, y más aún en el Blu-ray audio. (9)
19. Chung. Kondrashin/Filarmónica de Viena (Decca, 1979). No deja de ser paradójico que el mismo mes de septiembre en que Mutter alcanzaba cimas verdaderamente increíbles de belleza sonora en este concierto, otra chica casi tan joven, una Kyung Wha Chung bastante menos niña pero todavía en su plena juventud –treinta y un años– llega a la misma altura que su colega haciendo gala de un sonido de agudo plateado, centro firme y graves de terciopelo, asombrosa afinación y capacidad de descender a los más exquisitos detalles –maravillosos trinos– para ofrecer una aproximación desde la misma óptica apolínea que su colega, ajena a conflictos dramáticos, a la congoja y a los claroscuros, pero capaz de volar con poesía infinita merced a un canto pleno de humanismo y a una admirable musicalidad. Kondrashin, no particularmente inspirado, llega a un perfecto punto de encuentro entre su temperamento cálido y la personalísima elegancia de la formación vienesa para respaldar con sensibilidad a la solista fraseando concentración sin olvidarse del pulso interno ni de la energía. (9)
20. Perlman. Giulini/Orquesta Philharmonia (EMI, 1980). Solo dos años después de los manantiales de apolínea belleza de Mutter y Chung, el violinista israelí nos lleva, luciendo su sonido afiladísimo e hiriente pero no por ello menos firme ni afinado, al terreno opuesto de la tensión, del dramatismo. Lo hace fraseando con una intensidad a flor de piel sin dejar de desgranar las melodías con cantabilidad y ofreciendo acentos lacerantes, incluso rebeldes, que nos desvelan el lado más desgarrado de esta obra. Lo hace en perfecta sintonía con un Giulini que a su consabido fraseo noble y humanístico, de admirable elegancia y siempre ajeno a cualquier narcisismo, añade aquí una buena dosis de tensión dramática, incluso de severidad bien entendida en el primer movimiento; además de llevarlo con enorme concentración, el maestro aporta al Larghetto un regusto francamente amargo, para luego mostrarse sanguíneo y vital sin perder la compostura en el Rondo conclusivo. El reprocesado de 2025 permite disfrutar plenamente de la soberana actuación de la orquesta, que en la anterior encarnación en compacto quedaba un tanto apagada. (9)
21. Mutter. Karajan/Filarmónica de Berlín (DVD Sony y Stage+, 1984). Pese al sonido corpulento y robusto de la orquesta, nos encontramos ante una lectura marcadamente apolínea en el que priman el equilibrio, la elegancia y la más asombrosa belleza sonora, y que por eso mismo resulta un tanto superficial y ajena al conflicto interno de la partitura. El segundo movimiento, concretamente, cae en exceso en lo contemplativo, aunque no falle el pulso y la comunicatividad sea admirable. La Mutter, en esta misma línea, exhibe técnica, belleza y sensualidad por los cuatro costados, pero no penetra en el contenido de la obra y por momentos resulta un pelín amanerada. Solo un pelín: cuando pasen los años se soltará la melena. (8)
23. Perlman. Barenboim/Filarmónica de Berlín (EMI, 1986). Han pasado seis años desde su registro en estudio con Giulini, y Perlman da una nueva de tuerca a su concepto aristado en lo sonoro y doliente en lo expresivo hurgando en la llaga como quizá no lo haya hecho nunca ningún otro violinista. Frasea con enorme intensidad –descomunal exhibición de virtuosismo y fuego en las cadenzas, que como en la ocasión anterior son las de Kreisler–. Canta las melodías lleno de congoja. Ofrece aquí y allá acentos dolientes, por momentos rebeldes y hasta escarpados, incluso en un tercer movimiento en el que se revelan aspectos inesperados. Y hace todo ello sin perder nunca la compostura, el sentido de la reflexión ni la cantabilidad humanística. Obviamente, esto puede permitírselo porque, frente perfecto equilibrio entre elegancia señorial y sentido dramático que ofrecía Giulini, aquí encuentra la complicidad de un Barenboim dispuesto igualmente a zambullirse en una lectura a tumba abierta que, en lugar de optar por la serenidad contemplativa, se lanza a subrayar contrastes, marcar asperezas y hacer que la orquesta, que es prácticamente la misma que Karajan usó con Mutter, se olvide del terciopelo y la opulencia para encresparse, rugir y establecer una tensa confrontación con el solista, mirando hacia el Beethoven más combativo y redondeando así una interpretación eminentemente dionisíaca, sin duda discutible y probablemente genial. (10)
23. Mintz. Sinopoli/Orquesta Philharmonia (DG, 1988). Sorprende gratamente el director veneciano en un repertorio en principio no afín a sus maneras, ofreciendo una recreación de un depuradísimo y elegante clasicismo que, sin ser del todo emocionante, resulta de todo punto irreprochable. A menor nivel Shlomo Mintz: al año siguiente él y Sinopoli darán la campanada con las dos Romanzas –también para DG, con la misma orquesta–, pero aquí se muestra ajeno al espíritu de la página, particularmente en el primer movimiento. Ni siquiera el sonido de su violín ofrece en todo momento la belleza que él acostumbra. La toma, para premio internacional. (8)
24. Zukerman. Mehta/Filarmónica de Los Ángeles (RCA, 1991). Catorce años después de su irrepetible grabación con Barenboim, el violinista israelí vuelve a demostrar que sabe abordar esta obra con cantabilidad y belleza supremas, pero en esta ocasión parece un punto menos inspirado en los dos movimientos extremos. Quizá sea porque la dirección de Mehta, tradicional y muy sensata, posee bastante menos garra y personalidad que la del común amigo de ambos. El Larghetto, por el contrario, alcanza una magia y una poesía sublimes ya desde un arranque de concentración y elevación espiritual supremas, si bien el enfoque por parte de ambos artistas es antes lírico antes que amargo o dramático. Toma algo difusa. (8)
25. Perlman. Barenboim/Filarmónica de Berlín (DVD EMI y YouTube, 1992). Cinco años después de su primer registro juntos repiten los artistas, mas no los resultados. La óptica, aunque menos radical que en la ocasión anterior, sigue siendo parecida: subrayar los aspectos combativos anteponiendo lo dionisíaco frente a lo apolíneo, ofreciendo clímax francamente escarpados y haciendo que el lirismo destile un sabor agridulce. Pero ahora las cosas no funcionan tan bien. Ni Perlman ni Barenboim se muestran tan concentrados –los dos primeros movimientos son más rápidos, aunque la diferencia no se nota solo en el tempo–, e incluso por momento resultan un punto expeditivos. Tampoco el lirismo y la poesía que esta obra necesita alcanzan el mismo vuelo. En cualquier caso, se trata de una notabilísima interpretación en la que la sinceridad de las emociones y la intensidad de la exposición terminan ganando la partida. Lástima que la calidad audiovisual del producto esté lejos de los estándares de hoy día. (9)
26. Accardo. Giulini/Filarmónica de La Scala (Sony, 1992). Este es el Giulini tardío, pero no el que adopta cierta inconveniente blandura cuando aborda las sinfonías del de Bonn con la misma orquesta. Siendo cierto que con Perlman supo mostrarse más amargo y atender mejor a los pliegues de la partitura, y por ende consiguió una interpretación más redonda, es difícil no derretirse ante –lo siento, los tópicos son necesarios– la efusividad, el humanismo y el sentido del canto que derrocha el maestro italiano, por no hablar de su sensualísimo tratamiento de la orquesta. Mis reparos van hacia Salvatore Accardo: su sensibilidad me parece incuestionable, pero ni el sonido ofrece especial interés –en más de un momento llega a resultar poco sólido–, ni su temperamento ofrece la intensidad deseable. (8)
27. Zehetmair. Brüggen/Orquesta del siglo XVIII (Philips, 1997). El holandés fue un músico serio y riguroso, ajeno a veleidades y mucho más atento a la fuerza de la expresión que a la seducción sonora. En Beethoven realizó aportaciones importantes. Pero no es el caso del Concierto para violín, que quiso entender como una página no precisamente elegante, apolínea y espiritual, sino combativa, áspera y dramática a más no poder. La idea en sí misma resulta muy atractiva, pero estas cosas hay que saber hacerlas. A Brüggen no le salen: en lugar de adusto es seco, en vez de trágico, innecesariamente agresivo y hasta machacón. El tempo adoptado no deja espacio para que vuele la poesía y Zehetmair, derrochando molestos ataques sin vibraciones en su violín, se muestra más perdido que una cabra en un garaje. El primer movimiento, así las cosas, deja muchísimo que desear. El segundo está llevado con cierta concentración, pero las sonoridades de la orquesta resultan muy insulsas. De vuelo lírico, sensualidad y profundidad emocional, ni hablemos. El solista se enfrenta al tercero con enorme energía, ya que no con riqueza expresiva, mientras que Brüggen vuelve a mostrarse marcial y cuadriculado. Las cadencias son las de Wolfgang Schneiderman, basadas directamente en las que escribió Beethoven para la transcripción pianística y con la inclusión de timbales. (3)
28. Mutter. Masur/Filarmónica de Nueva York (DG, 2002). Han pasado veintitrés años desde su grabación con Karajan para el mismo sello. Su sonido es todavía más bello, especialmente en un agudo que es oro puro. Sus trinos, más asombrosos. Los pianísimos ya rozan la ciencia-ficción. La cantabilidad de su fraseo sigue siendo extrema, como lo es también su concentración. Y las cadencias de Kreisler siguen siendo un prodigio de virtuosismo. Pero algo ha cambiado: no solo se ha perdido un poco de la elevadísima poesía y de la acongojante intensidad de los clímax –aunque el enfoque fuera mayormente apolíneo– de los años ochenta, sino que aparecen aquí y allá instantes de narcisismo, e incluso de amaneramiento, que hacen que la sinceridad se vea sustituida por cierta impostura que en ciertos momentos puede sonar hasta “romanticoide”. No es difícil darse cuenta: la jovencita llena de talento ha dado paso a la diva en plenitud de facultades que se gusta demasiado a sí misma. La dirección de Masur es muy idiomática y alcanza un elevado nivel, pero no se encuentra tan lograda como la de Karajan. En el primer movimiento los tutti suenan menos musculados y más contundentes; el segundo no está paladeado con la misma lentitud y elevación espiritual, mientras que en el tercero el relativo distanciamiento del de Salzburgo es ahora sustituido por una apreciable vitalidad, por un carácter más sanguíneo, si bien es cierto que el fraseo resulta un punto cuadriculado. Lo más sorprendente es la toma: escuchada en Blu-ray Pure Audio los graves ofrecen un relieve tremendo, pero el sonido resulta un tanto turbio, no sé si a consecuencia de la acústica del Avery Fisher Hall o de una ingeniería –en vivo– no del todo lograda. (7)
29. Mullova. Gardiner/Orquesta Revolucionaria y Romántica (Philips, 2002). Afirma la violinista rusa que fue Gardiner quien le enseñó a ver esta partitura como una obra clásica. Vale. Pero mucho me temo que ambos confundieron el clasicismo musical con los peores tópicos que circulan sobre el Neoclasicismo de la arquitectura y las artes plásticas: la asepsia y la frialdad. Todo aquí está en su sitio. Maravillosamente expuesto, además. Pero no hay comunicatividad, calor humano ni poesía. Tampoco tensión interna, ni sentido de los contrastes. Todo transcurre de manera plana, lineal, dentro de una considerable timidez expresiva. No es que los intérpretes caigan en la blandura ni en la delicadeza narcisista. Los dos son artistas "severos", y en este sentido no hay ningún problema. Lo que se muestran es considerablemente mojigatos, y por completo incapaces de inyectar vida a la partitura. Que Mullova utilice las cadencias de su amigo Ottavio Dantone se queda como mera anécdota. La toma ofrece extraordinaria naturalidad tímbrica escuchada en SACD multicanal. (5)
30. Jansen. Paavo Järvi/Deutsche Kammerphilharmonie (Decca, 2009). El hijo de Neeme ofrece una dirección muy influida por el historicismo: seca, incisiva, interesantísima por su tratamiento de las maderas y de la percusión –estupendos los timbales de época–. Hasta ahí, perfecto. El problema es su frialdad, la ausencia de humanismo y de pliegues filosóficos. Su superficialidad, en definitiva. Mucho menos adusta, Janine Jansen se muestra en todo momento sensata y musical, pero tampoco conecta con el espíritu de la pieza. No solo eso: quizá se recrea excesivamente en su sonido homogéneo y hermosísimo. (7)
31. Faust. Abbado/Orquesta Mozart (Harmonia Mundi, 2010). Una visión extrovertida, desenfadada y muy luminosa en la que sobresale el virtuosismo de la Faust, poderosísima en el sonido –cálido y con carne– y de una asombrosa claridad y exactitud en la digitación, además de muy intensa, expresiva. Además, matizada con aportaciones personales que, aunque no siempre convencen, siempre resultan de interés. Cadenza beethoveniana con timbales. Abbado dirige con agilidad y mucha comunicatividad, pero pasa por completo por encima de la vertiente filosófica de la obra y, sin llegar a los extremos de su integral sinfónica berlinesa, tiende a contrastar sonoridades volátiles e inexpresivas con otras muy musculosas. Ni historicismo ni porras: busca epatar al personal exactamente igual que el peor Karajan. La toma sonora, siendo muy buena, no parece la mejor posible. (7)
32. Sergey Khachatryan. Nelsons/Orquesta de París (Arte TV y YouTube, 2012). El joven violinista armenio decide arriesgarse hasta el límite ofreciendo, armado de un sonido interesante con un buen registro grave, una interpretación de enorme intensidad emocional, más dramática que filosófica, en la que se ofrecen multitud de aportaciones personales. Estas revelan aspectos nuevos de la partitura, si bien por momentos bordean lo narcisista, que no lo blando o lo trivial. Nelsons sintoniza con él en una interpretación muy extrovertida y fogosa, por momentos en exceso contundente, y también con novedades en la acentuación que no siempre convencen. (8)
33. Znaider. Chailly/Gewandhaus de Leipzig (Blu-ray Accentus, 2014). Salvando la moderación del vibrato, apenas se detectan aquí las pretendidas influencias del historicismo en la dirección de un Chailly mucho más centrado que en las sinfonías del de Bonn. En realidad, nos encontramos ante interpretación sensata y ortodoxa, muy bien expuesta y de hermoso canto en el fraseo. Otra cosa es que tampoco termine de comulgar con Beethoven, particularmente en un primer movimiento considerablemente frío. Mejora el segundo, y convence en un tercero de corte apolíneo, pero dicho con convicción. Lo extraño es Znaider, que arranca con cierta incomodidad en el registro agudo y no termina de sintonizar nunca con el espíritu de la pieza, con su poesía ni con su humanismo, como si quisiera limitarse a concatenar sonidos bellos. Ya en el segundo se muestra más sólido en su sonido –carnoso y muy homogéneo– y logra cantar con cierta hondura la música, para en el tercero ofrecer luminosidad, entusiasmo y sincero optimismo bajo un perfecto control de los medios. Una interpretación que va de menos a más, pues, pero que pincha en toda la primera mitad de la obra. Sonido e imagen excepcionales. (7)
34. Mutter. Shani/Orquesta (YouTube, 2022). Para este concierto de apoyo a Ucrania se reunieron miembros de las tres grades orquestas de Múnich: Radio Bávara, Staatsoper y Filarmónica. Dirigía el joven titular de la ultima, Lahav Shani, quien se decidió por una lectura relativamente rápida, vehemente y contrastada, mucho antes dramática que efusiva, que aunque no le sonó del todo a Beethoven, termina interesando por poner en primer plano los conflictos de la página. Poco que ver, en cualquier caso, con lo de su maestro Barenboim. Así las cosas desde el podio, la Mutter no puede entregarse al narcisismo de catorce años atrás con Ozawa, pero tampoco renuncia a hacer de las suyas y reventar alguno de los momentos más sublimes de la partitura. Lo hace, eso sí, con una ejecución insuperable, una capacidad asombrosa para modelar los colores de su instrumento, una imaginación desbordante y, en el tercer movimiento, una enorme vitalidad. Las cadenzas son un espectáculo, en el buen y en el mal sentido. (8)
35. Dueñas. Honeck/Sinfónica de Viena (DG, 2023). No deja de sorprender que una granadina de veinte años recién cumplidos alcance y supere a unos cuantos violinistas míticos de tiempos pasados en lo que a técnica se refiere: firmeza del sonido, afinación, belleza tímbrica, homogeneidad, agilidad de la mano izquierda, limpieza de los trinos… Todo es para caerse de espaldas. Pero lo que más asombra es su capacidad para inyectar intensidad emocional sin perder en el menor momento el equilibrio y la elegancia que demanda una página clásica como esta. Por descontado, apuesta fuerte por la tradición y hace vibrar mucho el sonido: puristas de lo históricamente informado, abstenerse. Las cadencias propias son maravillosas. Honeck dirige bastante bien dentro de una línea de “clasicismo vienés” que, venturosamente, no excluye los grandes acentos dramáticos que demanda el primer movimiento. En poesía no alcanza a los más grandes, eso sí. Filmación 4K disponible en Stage+. (8)































2 comentarios:
Mis preferencias siguen siendo Menuhin/Furt, Oistrakh/Cluytens y Perlman/Giulini con la maravillosa Kyung Wha Chung/Kondrashin muy cerca. No le encuentro al disco de María Dueñas ese 9 por ningún sitio, la verdad. Saludos.
Opppps, ese 9 a María Dueñas tenía que ser un 8. Es culpa mía. Lamento mucho haber creado confusión. Lo acabo de corregir. ¡Y gracias por compartir preferencias!
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