jueves, 3 de abril de 2025

Sinfonía en tres movimientos, de Stravinsky: discografía comparada

La Wikipedia, aunque en inglés, deja ciertas cosas bien claras (enlace al texto original):

Stravinsky, que rara vez reconocía inspiraciones extramusicales para su música, se refirió a la composición como su "sinfonía de guerra". Afirmó que la sinfonía era una respuesta directa a los acontecimientos de la Segunda Guerra Mundial tanto en Europa como en Asia. El primer movimiento se inspira en un documental sobre las tácticas japonesas de tierra quemada en China. El tercer movimiento trata de imágenes de soldados alemanes haciendo el paso de la oca y del creciente éxito de las fuerzas aliadas.

El material procede de proyectos que Stravinsky había abandonado o reorganizado. La presencia del piano en el primer movimiento procede de un concierto para piano que quedó incompleto. La música para arpa ocupa un lugar destacado en el segundo movimiento, utilizando temas que había escrito para la adaptación cinematográfica de la novela de Franz Werfel La canción de Bernadette. En un principio, se contactó informalmente con Stravinsky para escribir la partitura de la película. El 15 de febrero de 1943 comenzó a escribir la música para la escena de la "Aparición de la Virgen". Sin embargo, nunca se firmó un contrato con él y el proyecto fue a parar a Alfred Newman, que ganó un Oscar. El tercer movimiento une los dos primeros dando el mismo protagonismo al piano y al arpa.
El asunto tiene su miga. ¿No era Stravinsky ese mismo que dijo que la música no significa nada? El paralelismo con Pablo Picasso, más allá de las relaciones artísticas entre ambos, me parece evidente: los dos exploraron formas al margen de cualquier significación, pero cuando llegaron los tiempos de guerra no dudaron en recurrir a las fórmulas que ellos mismos habían contribuido a desarrollar para ponerlas al servicio de la expresión, e incluso descripción. Dicho esto, nada malo hay en probar diferentes ópticas interpretativas. Todo lo contrario, porque las relaciones que se pueden establecer son múltiples y solo con una riqueza de enfoques se puede apreciar todo lo que esta partitura estrenada en 1946 por el propio artista alberga en su interior.

  1. Stravinsky/Filarmónica de Nueva York (Sony, 1946). Esta grabación tiene un enorme valor documental. Primero, por corresponderse con la fecha y los intérpretes del estreno. Segundo, porque deja muy claro que el compositor, por mucho que dijese que la interpretación no existe, no quiere una recreación analítica ni distante, sino abiertamente comprometida: la aspereza, la rabia, el desgarro e incluso la brutalidad se ponen por delante de cualquier otra consideración. Así las cosas, ¿tenemos derecho a pedir acercamientos más ajenos a las circunstancias históricas que vieron nacer estas notas? Creo que sí. (7)




  2. Stravinsky/Sinfónica de Columbia (Sony, 1961). Esta nueva recreación del propio compositor es muy preferible a la anterior, no solo porque suena muchísimo mejor y alcanza una mayor depuración en la puesta en sonidos –aun así, ninguna maravilla-, sino porque suaviza hasta cierto punto la innecesaria violencia extrema de entonces para dar cabida al misterio, e incluso al lirismo que la música alberga. Sigue primando el expresionismo, pero parece evidente que existen otros caminos que explorar. (9)




  3. Klemperer/Orquesta Philharmonia (EMI, 1962). No deja de resultar una paradoja que la versión de Klemperer sea más stravinskiana que las del propio Stravinsky. Entiéndase con ello que es menos inmediata y visceral, más distanciada. También considerablemente más intelectual, y al mismo tiempo –no es contradicción– más irónica y con mayor retranca. Pero no por eso le faltan precisamente (¡todo lo contrario!) tensión interna, vigor rítmico y carácter opresivo. En cualquier caso, lo más digno de admiración es la manera en la que el de Breslau disecciona el entramado de la partitura, en la que individualiza y colorea de manera expresiva cada una de las líneas, poniendo de relieve mejor que nadie –antes y después de él– la magistral escritura de esta página. A destacar muy especialmente lo que hace con el Andante, en el que con la complicidad de las inigualables maderas de la Philharmonia destila una mezcla de sensualidad y de espiritualidad inquietante que en cierto modo nos acerca a La canción de Bernadette sin hacer la menor concesión a lo naif. Muy buen reprocesado el de 2023, aunque resta un poco de distorsión. (10)



  4. Dutoit/Orquesta de la Suisse Romande (Decca, 1981). Tratándose de Dutoit en Stravinsky, tenemos garantizadas gran factura técnica –aunque ejecuciones mejor clarificadas se han escuchado– y apreciable implicación expresiva, lejos de esa solvencia un tanto rutinaria con que se acerca a otros repertorios. Lo interesante es que en esta obra aporta algo distinto: la conexión francesa. Sí, algo –o mucho– debió de quedarle a Igor de sus experiencias parisinas, y eso lo pone de relieve la batuta en una recreación especialmente ágil –apreciable efervescencia en el movimiento conclusivo–, delicada en muchos momentos, de enorme refinamiento tímbrico y hasta con su punto de levedad bien entendida, sin por ello desatender, porque los contrastes se encuentran muy bien marcados, a los que esta música tiene de tensión dramática. Una toma sensacional hace aún más atractivo el resultado. (9)



  5. Bernstein/Filarmónica de Israel (DG, 1982). Extraño: ni la orquesta ni Lenny están, en este concierto en vivo muy bien grabado por los ingenieros del sello amarillo, muy allá en lo puramente técnico: se echan de menos tanto limpieza en las texturas como nervio interno. En este sentido, los movimientos extremos resultan un poco deslavazados, o al menos carentes de esa garra que han alcanzado con otros maestros, si bien no vamos a regatearle a Bernstein un excelente tratamiento expresivo de las maderas. Lo del Andante es más grave: siendo muy interesante que la batuta explore atmósferas y subraye la vertiente lírica de la página, el desenfoque estilístico es evidente y por momentos se roza la blandura. (7)



  6. Colin Davis/Sinfónica de la Radio de Baviera (Philips, 1985). Puede parecer un tópico, pero es la verdad: el maestro británico renuncia a una visión expresionista de la página para mirar hacia la etapa neoclásica el compositor. No por ello ofrece una lectura domesticada o escasa de nervio, en modo alguno, pero sí que intenta sacar a flote lo que en esta música hay de elegancia, de espiritualidad e incluso de vuelo lírico. Y no solo en el segundo movimiento: algunas frases del primero resultan reveladoras. Por lo demás, el trabajo lo realiza con apreciable sentido del ritmo y trabajando con pinceles finos para desmenuzar todas y cada una de las líneas del entramado orquestal, como si fuera un “Boulez con corazón”. Una pena que la orquesta, rindiendo a buen nivel, no se encuentre a la altura de las más grandes que han abordado la página. (9)




  7. Rozhdestvensky/Sinfónica de Londres (Nimbus, 1987). Interpretación algo lenta, muy atmosférica, sensual en el segundo movimiento y de un humor no solo socarrón, sino también agrio. Flojea el primer movimiento, que necesita mayor nervio y tensión interna, pero globalmente interesa. La toma sonora, de volumen bajísimo, es algo difusa. (8)




  8. Salonen/Orquesta Philharmonia (Sony, 1989). Va con prisas el maestro finlandés. No por ello deja de atender a la limpieza y claridad de ejecución, cosa fácil por la conjunción entre una técnica de batuta admirable y una orquesta que sigue teniendo unas maderas portentosas, pero sí que es cierto que no se preocupa mucho de atmósferas, poesía o espiritualidad. La suya es una interpretación muy afilada en lo sonoro y efervescente, bulliciosa a más en poder en su desarrollo horizontal, nerviosa en no pequeña medida y dotada de una mezcla de ironía y carácter implacable muy atractiva. Quien busque desgarro dramático, no lo encontrará aquí. (8)



  9. Tilson Thomas/Sinfónica de Londres (Sony, 1991). Vista desde la distancia, la interpretación de Tilson Thomas parece una síntesis entre las hasta aquí reseñadas, añadiendo un punto de espiritualidad y candidez en el segundo movimiento que nos recuerda que esa música tuvo su origen en la banda sonora que iba a realizar para el filme La canción de Bernardette. Todo ello lo consigue el maestro con el lenguaje más apropiado y una espontaneidad que niega el carácter intelectual que muchos han querido ver en la música stravinskiana. (9)



  10. Ashkenazy/Sinfónica de la Radio de Berlín (Decca, 1991). Extremadamente irregular en su trayectoria como director de orquesta, el de Gorki aquí se arriesga, y acierta por completo, al ofrecer una recreación retorcida y feísta, cargada de atmósfera siniestra y malos presagios, un poco a la manera del propio Stravinsky, solo que haciendo gala de una depuración sonora muchísimo mayor. Ni siquiera baja la guardia en el segundo movimiento, que destila mucha sensualidad pero no deja de atender a los pliegues irónicos e inquietantes que alberga. En el tercero, grotesco a más no poder, resulta más fácil que nunca imaginar a los nazis desfilando al paso de la oca. Una toma sonora absolutamente portentosa –tremenda la percusión, muy presente el piano, transparencia total– termina convirtiendo este registro en uno de los más recomendables de la discografía. (9)


  11. Solti/Sinfónica de Chicago (Decca, 1993). Vigor rítmico, incisividad en la tímbrica y en el fraseo, transparencia, electricidad muy controlada y una extraordinaria inmediatez expresiva son las conocidas virtudes de un Sir Georg, y estas resultan sencillamente las ideales para interpretar la Sinfonía en tres movimientos, que recibe aquí una lectura tan expresiva como ajena a cualquier devaneo más o menos “romántico”, amén de expuesta por batuta y orquesta con un virtuosismo superlativo. Podrán preferirse enfoques más “espirituales” en el segundo movimiento –pienso en la recreación de Boulez con la misma orquesta–, pero es difícil resistirse ante la garra de Solti en los dos extremos. Lástima que la toma sonora, realizada a volumen muy bajo, sea un poco extraña aun dentro de una incuestionable calidad. (10)




  12. Boulez/Filarmónica de Berlín (DG, 1996). ¿Considera usted que esta partitura es música y solo música? He aquí su interpretación de referencia: objetividad, distanciamiento expresivo y el más depurado análisis se imponen por encima de otras consideraciones, sin por ello renunciar al sentido del ritmo ni a las aristas sonoras que esta música demanda. Ahora bien, los movimientos extremos carecen de esa electricidad, esa inmediatez y esa rusticidad bien entendida que algunos –o muchos– asociamos a esta página, mientras que el segundo, antes que distendido, se encuentra lleno de interrogantes. (8)



  13. Gielen/Sinfónica de la SWR (Hänssler, 2003). Consciente de que no tiene delante a la mejor orquesta del orbe, el maestro austriaco se lanza en plancha a realizar un exhaustivo trabajo técnico en el que todas las líneas queden perfectamente definidas, la orquesta frasee con el ritmo en los huesos y cada una de las intervenciones solistas ofrezca tanta intensidad con intención expresiva. Lo consigue plenamente, y además añade una buena dosis de incisividad y gran tensión interna sin necesitar por ello escorarse hacia lo virulento ni de renunciar a un cierto carácter de abstracción que, paradójicamente, esta música salida de imágenes cinematográficas muy concretas, parece demandar. ¡Qué enorme sabiduría la de Gielen, además de técnica, a la hora de enfrentarse a este repertorio! La toma es excelente. (9)



  14. Rattle/Filarmónica de Berlín (EMI, 2007). El maestro británico siempre evitó ofrecer un Stravinsky distante e intelectualizado. Tampoco se interesó de manera especial por los aspectos más ásperos de su escritura. Por eso mismo su recreación, aun desplegando un formidable sentido del ritmo, lo que ofrece es una perfecta mezcla entre frescura, garra y sensualidad, de tal modo que la partitura suena con una enorme inmediatez expresiva. (9)



  15. Rattle/Filarmónica de Berlín (DVD y Blu-ray Euroarts, 1 mayo 2008). Sir Simon repite, esta vez en la Gran Sala del Conservatorio de Moscú, una lectura fresca, juvenil y llena de vitalidad que, sin renunciar a lo dramático, desprende chispa, jovial sentido del humor y ganas de vivir. En cualquier caso, lo que llama la atención es la sensualidad, el misterio e incluso el lirismo que es capaz de extraer en el Andante. El portentoso nivel de los solistas berlineses tiene mucho que ver con el resultado. (9)




  16. Boulez/Sinfónica de Chicago (CSO, 2009). Trece años han pasado desde su registro para DG. Sorprendentemente en un director que no cambió mucho en última la etapa de su trayectoria, el concepto ahora ha variado. La circunstancia se aprecia ya desde los primeros compases, en los que los metales intervienen con mayor fuerza y agresividad. Poco a poco se percibe que la idea general de Boulez sigue ahí, como también su incomparable talento para desmenuzar los pentagramas, pero asimismo se aprecia que la tensión interna es mayor, el tono general más sombrío y la expresión menos distante, dado cierto paso –sin llegar a ser Klemperer, claro está– a la aspereza y la ironía. De incluso la impresión de que el Andante, aun sin optar bajo ningún concepto por una espiritualidad cándida, parece más efusivo. ¿Se dejó llevar el maestro por la idea de que, en el fondo, esta música sí que significa algo? Podría ser, aunque también puede tratarse de unos chicagoers que tocan menos cohibidos, con mayor descaro e implicación que sus compañeros berlineses, como si quisieran recordar los tiempos con Solti. La toma posee unos graves de impresión, pero resulta –como la anterior– un poquito turbia. (9)




  17. Gergiev/Sinfónica de Londres (LSO Live, 2009). Aunque no haga uso precisamente de pinceles finos, aquí hay que apreciar cómo Gergiev sabe ofrecer rusticidad bien entendida, energía y sentido del ritmo dentro de una lectura que mira en gran medida hacia Le Sacre, teniendo en cuenta no solo la brutalidad sonora sino también la atmósfera turbulenta y el carácter opresivo de su genial ballet. Lástima que la toma sonora resulte más bien opaca. (8)



  18. Tilson Thomas/New World Symphony (YouTube, 2018). Al frente de una espléndida orquesta de jóvenes, un MTT que acababa de cumplir los setenta y tres vuelve a ofrecer su admirable lectura “de síntesis” en la que, aun sin ninguna genialidad por su parte, logra destilar y equilibrar lo que de dramático, sensual, lúdico, poético, irónico y desgarrador –de todo ello hay– se esconde en esta música haciendo gala de una frescura y una inmediatez irresistibles, siempre dentro del más irreprochable estilo. Asombrosa imagen 4K, sonido sensacional y disponibilidad gratuita en YouTube. ¿Qué más se puede pedir? (9)



  19. Kirill Petrenko/Filarmónica de Berlín (Blu-ray y Digital Concert Hall, 2020). El virtuosismo supremo tanto de orquesta como director permite alcanzar un nivel superlativo en lo que a claridad y depuración sonora se refiere. Interpretativamente la cosa no funciona muy bien, porque por una vez Petrenko se aparta de su tendencia a suavizar la música, o al menos a reducirla en cafeína, y ofrece una recreación acertadamente angulosa e incisiva, irreprochable en su vigor rítmico, amén de atenta a los aspectos tanto melódicos como espirituales de esta música tan poliédrica. Dicho esto, la comparación con lo que otros compañeros han logrado extraer de los pentagramas pone en evidencia ciertas limitaciones por parte del maestro ruso: no es que quiera mantener el mismo distanciamiento que Boulez adoptara con la misma orquesta, sino que se queda algo corto a la hora de comunicar. Se puede ser más electrizante, también más sensual misterioso, y sin duda ofrecer una dosis mayor de mala leche. O quizá falte, sencillamente, una idea expresiva más clara detrás de la ejecución. (9)



  20. Hannigan/Filarmónica de la Radio de Francia (YouTube, 2024). Cortesía de Radio France nos llega, con soberbia calidad visual, esta filmación para lucimiento de su orquesta. Objetivo no logrado: siendo una muy buena formación, queda a distancia de las grandísimas orquestas que han tocado esta música tan necesitada del más extremo virtuosismo y de no poca implicación expresiva. Tampoco Barbara Hannigan parece poseer la técnica más depurada a la hora de sacar partido de los medios a su disposición, menos aún a la hora de poner matices. Dicho esto, la por tantas cosas extraordinaria soprano acierta completamente en el estilo de Stravinsky, al tiempo que se muestra certera a la hora de explorar en subtexto. No se distancia en exceso, pero tampoco quiere forzar nada: en los dos primeros movimientos deja que la música fluya por sí misma, con naturalidad y holgura –bien cantado el Andante–, mientras que en el tercero, aun sin conseguir la máxima electricidad en la recta final, se muestra bastante más dramática e intensa que otras figuras de la dirección más reputadas. (8)

 

martes, 1 de abril de 2025

La Philharmonia, Santtu y Perianes en el Maestranza: Finis Gloriae Mundi

De la mano de su titular Santtu-Matias Rouvali ha llegado la Philharmonia Orchestra al Teatro de la Maestranza por tercera vez, después de las visitas con Giuseppe Sinopoli en 1993 y con Pedro Halffter en 2005. Hay que recordarlo: la orquesta de Karajan, Klemperer, Muti, Dohnányi y Salonen. La orquesta de multitud de grabaciones de referencia que atesoramos los discófilos. Una de las grandes europeas. Es necesario traerlo otra vez a la memoria porque llega en medio de la total indiferencia por parte de la prensa local, para la que semejante acontecimiento no parece motivo de celebración. Le estimula mucho más, con diferencia, el Festival de Música Antigua, o que la Orquesta de Cámara de Bormujos se pase a la kale barroka, esto es, a las maneras “históricamente informadas” del non-vibrato y del ñic-ñic non stop. Para eso, todos los parabienes habidos y por haber, a veces publicando su reseña en dos y hasta en tres (!) medios diferentes. No hay que extrañarse: son los mismos medios que mostraban su rechazo a que tuviéramos todos los años a uno de los más grandes músicos del último medio siglo, un tal Daniel Barenboim, o que reclamaban en tiempos del citado Halffter “menos cosas raras” (por lo del repertorio del primer tercio del XX) “y más zarzuela”. Me refiero a Diario de Sevilla y ABC respectivamente, por si alguien no capta “la indirecta”. Lo peor de todo es que el desinterés parece ser compartido por el público, que abarrotó las tres funciones de La Verbena de la Paloma y se dio tortas para escuchar a Anna Netrebko, pero que dejó a medio llenar a la Orquesta del Gewandhaus de Leipzig, a Ismael Jordi y a una Philharmonia que, por si fuera poco, ha venido con otra gloria local: Javier Perianes. ¿De verdad que por ser de Nerva hay gente que no se ha enterado de que es uno de los mejores pianistas del mundo? Alucinante. 

El Maestranza ha hecho muy bien en recuperar las grandes orquestas: no puede haber teatro con ciertas aspiraciones que no cuente de vez en cuando con alguna formación de primera fila, al igual que debe hacer producciones propias de ópera o recuperar patrimonio musical local con independencia de su calidad. Pero a nadie se le escapa que después de estas calvas en el patio de butacas el proyecto está condenado a su desaparición.

Me decía un amigo que al público no hay que reprocharle nada, que va a lo que quiere. Cierto. Que la crisis se da a nivel mundial. Pues también. Pero no es menos verdad que se podría hacer una labor de promoción que no se hace. Porque a algunos no les da la real gana, habría que añadir. ¿Acaso no es noticia que una orquesta de semejante categoría visite Sevilla? Y si no es ni mucho menos tan popular como la Wiener Philharmoniker o Ana Netrebko, ¿no habría que explicarle al previamente al personal que estamos ante algo de muchísimo interés o calidad? Parece que no. Y eso puede conducir –va a conducir: son los tiempos de la motosierra de Trump y Milei– al triunfo del pensamiento reaccionario. Si algo no interesa, las instituciones públicas no tienen por qué ofrecerlo. Quien quiera exquisiteces, que se las pague, y si no puede, que se conforme con escuchar los discos. No, no es broma: esto último se lo he leído a un crítico local. Abandonad toda esperanza, diríamos si nos pusiésemos en plan Dante, aunque como el Hospital de la Caridad está justo detrás del Maestranza (¡ahí sí que está el gran Barroco sevillano!), mejor lo hacemos a la manera de Miguel de Mañara: Finis Gloriae Mundi. En fin, vamos al concierto.

Más o menos se sabía como iba a estar, porque hay testimonios fonográficos. Ya he comentado aquí cómo Javier Perianes se enfrenta al Concierto para piano nº 5, Egipcio, de Camille Saint-Saëns, a raíz de una pequeña comparativa discográfica que me ha permitido apreciar cuál es el peligro a la hora de interpretar esta música: trivializarla con un fraseo en exceso nervioso, toque en exceso aéreo y carácter excesivamente lúdico. Nuestro artista evita los tres, porque su toque sabe no perder densidad armónica y su discurso horizontal posee una concentración asombrosa, aunque debo advertir ahora que no ha sido “muy Perianes” al abordarlo. Más bien me ha recordado –nadie se escandalice por la comparación, el onubense es uno de los grandes– las maneras de hacer de Arthur Rubinstein, lo que implica una interesantísima mezcla entre elegancia, fuego tan intenso como controlado y hedonismo a la hora de gozar de melodías y colores. Combinación difícil, casi cuadratura del círculo, pero factible. ¿Un Saint-Saëns señorial? Algo así. Virilidad no reñida con delicadeza, intensidad alejada de los fuegos artificiales, hondura sin intención de perder la luminosidad del discurso, delectación melódica que sabe no ceder al narcisismo… y mucha, mucha belleza sonora. Todo ello servido con un toque particularmente variado y expuesto –puede haber alguna nota falsa, eso no alcanza la menos significación– con una facilidad insultante, como si se estuviera paseando por las teclas del piano. A veces al pianista miraba al patio de butacas con cara extraña, como si algo le inquietara, pero lo que allí se escuchaba trasmitía un enorme placer por hacer música, amén de una palpitación vital (¡qué tercer movimiento más sanguíneo!) fuera de lo común. Orquesta y director hicieron un trabajo no genial –en algún momento el piano tapó determinadas líneas de las maderas–, pero sí de alto nivel.


Tampoco el onubense fue “muy Perianes” en la primera propina, una Danza del fuego discutible, reveladora y quizá genial en la que dejó a un lado evocaciones atmosférica y subrayó con valentía ritmos y angulosidades –toque macizo, sin llegar a lo percutivo– para mirar cara a cara al universo de Bartók. En la segunda y última sí que fue él mismo: el célebre Nocturno de las Piezas líricas de Grieg. Ni a Gilels ni a Gavrilov, referencias en este repertorio, se lo he escuchado con semejante grado de inspiración. Pura magia sonora en la que una increíble capacidad para regular el sonido del instrumento se unía a una concentración que le permitía mantener las tensiones a pesar de la lentitud del tempo escogido. Un prodigio irrepetible.

Suite de El pájaro de fuego en la segunda parte. Versión 1945, habría que puntualizar: orquestación aligerada –y más barata–, inclusión del maravilloso pasaje del juego de las princesas con las manzanas de oro y acordes finales de la sección conclusiva muy recortados. El maestro finlandés ofreció lo mismo que en el disco aquí comentado, esto es, una de las posibles visiones de esta partitura particularmente poliédrica. Ni el romanticismo denso y voluptuoso de Colin Davis, ni el sentido narrativo del más temprano Ozawa, ni la electricidad del Boulez de los setenta. Menos aún la seca violencia del propio Igor Stravinsky. Santtu –con su nombre de pila le promociona la orquesta– miró al universo impresionista con una pincelada particularmente ligera y ágil mediante la cual las angulosidades de la escritura se transformaban en elegantísimas curvas, el tejido se aclaraba y la interpretación perdía carácter teatral para convertirse en un exquisito estudio de timbres y texturas. Fue una recreación aérea –por fortuna no excesivamente leve–, muy bella y en cierto modo abstracta que, efectivamente, miró al Impresionismo, pero entendiendo ese estilo no como evocación de atmósferas más o menos sensuales y misteriosas, sino como indagación en las cualidades expresivas de la pincelada, muy mirando hacia el futuro. Ya saben, lo que Boulez hacía cuando dirigía a Debussy y a Ravel pensando en sus propias Notations. No, no es casualidad de que a quien más me recordara ayer Santtu recreando El pájaro fuera al Boulez de su colaboración con Chicago.

Primera propina en la misma línea: esa tontería maravillosa que es la Circus Polka del propio Stravinsky en interpretación nuevamente refinadísima, delineada de manera meridiana, muchísimo más elegante que propiamente circense, en la que el juego virtuosístico de ritmos y colores quedaba maravillosamente expuesto. Todo un lucimiento, para eso la tocaron, por parte de metales y percusión de la orquesta londinense. Las maderas, siendo de calidad, me gustaron un poco menos a lo largo del concierto. ¿Y la cuerda? Para ella fue la segunda propina, una Danza húngara nº 1 de Brahms que, con independencia de determinadas decisiones de la batuta, nos hizo disfrutar de un empaste, una tersura y una redondez que nos dejó maravillados. Disfrutemos de lo escuchado: puede que tardemos lustros en escuchar una máquina de hacer música de semejante categoría en el Maestranza.

Fotografías: Guillermo Mendo/Teatro de la Maestranza

Sinfonía en tres movimientos, de Stravinsky: discografía comparada

La Wikipedia, aunque en inglés, deja ciertas cosas bien claras ( enlace al texto original ): Stravinsky, que rara vez reconocía inspiracione...