jueves, 20 de junio de 2019

Maestranza 2019/20: igual de lo mismo

No quisiera caer en el error de descalificar de plano la labor programadora de un Javier Menéndez que solo lleva unos meses en el Teatro de la Maestranza. No creo que se merezca la misma suerte de su predecesor Pedro Halffter: desde semanas antes de ser nombrado algunos quisieron presentar al madrileño como poco menos que el anticristo, cuando a la postre su llegada supuso, al menos en los primeros años, una saludable renovación de la programación lírica hispalense, al tiempo que la ROSS comenzó bajo su batuta una etapa de importante consolidación técnica. El paso del tiempo ha puesto las cosas en su sitio y ha quedado claro que en el trabajo de Halffter al frente de las dos citadas instituciones ha habido más luces que sombras.

Ahora bien, dejando bien claro que hay que darle más tiempo a Menéndez para que desarrolle su concepto, no voy a ocultar que la nueva temporada del teatro sevillano me ha supuesto una decepción. No es solo que sea más de lo mismo, más de la rutina programadora en la que Halffter había caído en los últimos años, repitiendo títulos sin criterio alguno. Es que en el caso de Don Pasquale es "igual de lo mismo", porque cuando el Maestranza llevó a escena en 2003 este título de Donizetti ya fue protagonista quien lo va a ser ahora, el enorme Carlos Chausson. Pero por muy grande que sea el cantante zaragozano, la repetición parece injustificada, más aún cuando en el vecino Villamarta –apenas cien kilómetros de distancia– se ha hecho ya al menos dos veces, la última de ellas en 2011.

Sansón y Dalila viene con una pareja de fuste, Gregory Kunde y Nancy Herrera, pero lo cierto es que este título ya se llevó a escena en la etapa de José Luis Castro. Claro que, puestos a repetir, la palma se la lleva Traviata, vista en el Villamarta cinco veces y en el Maestranza no menos de tres, la última de ellas en 2011 en la hortera producción del recientemente desaparecido Zeffirelli. Esta vez se hará en la magnífica producción de McVicar, con un doble reparto en el que solo interesa Machaidze, y bajo la batuta de un Pedro Halffter que aún no se ha enterado de que es en el terreno de Verdi en el que menos puede lucir su arte. Hubiera sido mucho más interesante verle en las turbulentas atmósferas de El ángel de fuego, o en la exquisita sensualidad de Capriccio, por citar dos obras muy atractivas que aún no se han visto en el Maestranza.

Claro que la lista de ausencias clamorosas es mucho más larga: aún no se han hecho cosas como Dido y Eneas, Rapto en el serrallo, Clemenza di Tito, Viaggio a Reims, Luisa Miller, Maestros cantores, Boris Godunov, Pique Dame, Rusalka, Pelléas et Mélisande –solo se vio en versión de concierto–, Jenufa, Ariadna en Naxos, Wozzeck, Ciudad muerta, Rey Roger, Lady Macbeth o Peter Grimes. Por no hablar de las óperas fundamentales que no se ven por aquí desde hace muchos años, como Così, Ballo o la mismísima Carmen. La premura a la hora programar no justifica que Halffter y Menéndez, no sé ahora mismo qué título ha escogido cada uno de ellos, hayan obviado estos u otros nombres importantes para refugiarse en los de siempre.


Así las cosas, lo único que alivia la sensación de "déjà vu" es Agrippina. Es además de celebrar que el título de Haendel se haga con la Barroca de Sevilla en el foso. También será alegría para muchos –no para mí, que me parece un artista deplorable– la presencia de Enrico Onofri dirigiendo el conjunto. Cuestión de gustos. Ahora bien, que no intenten vendernos como modernidad que en este título la acción se traslade al siglo XX y que los personajes (¡lo nunca visto en el repertorio barroco!) vistan con chaqueta, porque me da el ataque de risa.

El desequilibrio programador en detrimento de la lírica centroeuropea y de títulos del siglo XX me parece grave. Alguien me advertirá que me falta por contar West Side Story. Pues no: la maravillosa obra de Bernstein viene en una modesta producción madrileña que hace su gira por España. Recala en el Maestranza como lo podía haber hecho en el Lope de Vega, o como lo hace en el Villamarta. Para rendir homenaje a Lenny bien se podía haber traido Candide, y mejor aún en la genial producción de Robert Carsen que dirigió John Axelrod en el Chatelet de París y en la Scala de Milán. Por cierto, el maestro norteamericano se queda un año más sin bajar al foso del Maestranza, cosa que me parece tan desacertada como el hecho de que Halffter no haya dirigido en estos últimos años programas de abono de la ROSS.

Por descontado, continúan las citas anuales de zarzuela y ballet clásico, en esta ocasión Barberillo de Lavapiés –ya se vio aquí, en la personalísima producción de Bieito– y un enésimo Cascanueces. Hay otras propuestas de danza que parecen muy interesantes. Son importantes los recitales de Carlos Álvarez y Piotr Beczala. Pero poco más hay que destacar en lo que a música clásica se refiere. Está muy bien que tengan su lugar orquestas locales como la OBS y la OJA, pero se echan de menos formaciones internacionales –no necesariamente sinfónicas– e instrumentistas de prestigio. Las primeras las habíamos perdido hace tiempo. Los segundos parecen abocados a la desaparición.

Qué quieren que les diga. Sevilla se merece más, muchísimo más. En cantidad, en calidad y en variedad. Lo primero parece imposible por culpa del presupuesto. Lo segundo podría conseguirse programando con mucha mayor antelación y sabiendo regatear en el mundo de las agencias. Para lo tercero lo que parece faltar es voluntad. Por mi parte, me resigno para esta temporada y espero todo un año a la presentación de la siguiente, a ver si el nombramiento de Menéndez no supone finalmente esa vuelva a los aires conservadores de la etapa José Luis Castro/Giuseppe Cuccia que podría venirnos encima.

PS. En una primera versión de este artículo escribí que la Traviata de 2010 había sido dirigida por Pedro Halffter. Error: fue Andrea Licata. Mil perdones.

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