viernes, 18 de enero de 2019

Marc Albrecht dirige a la ROSS: excelencia

El pasado 20 de diciembre tuve la oportunidad de escuchar a la Sinfónica de Sevilla en un concierto dirigido por John Axelrod en el que, salvando la intervención del flautista Vicent Morelló y de la dirección de algún número de Cascanueces, me gustó bien poco. No quise escribir sobre él, pero ahora no tengo más remedio: ¡qué enorme diferencia la sonoridad de la ROSS de entonces a la de ayer 17 de enero bajo la batuta de Marc Albrecht! Pobre, mal balanceada, tosca y expresivamente desinteresada entonces; compacta, bien equilibrada –los trombones podrían empastar más–, segura y todo compromiso anoche. A estas alturas me parece claro que la formación hispalense ha bajado sustancialmente el nivel desde tiempos de Pedro Halffter, quien con sus más y sus menos la hacía sonar bastante bien. Y ahora se ha puesto en evidencia que lo que necesita es, sencillamente, directores de categoría. No quiero que vean ustedes aquí una descalificación global a la labor de John Axelrod, porque no pretende haberla: al muy desigual maestro norteamericano le he escuchado cosas buenas e incluso excelentes. Pero sí que se pone de manifiesto que hace falta, de manera inmediata, que desfilen por su podio muchas más batutas de fuste.


En Till Eulenspiegel ya quedó muy claro que la ROSS estaba dispuesta a dejarse la piel. Todas las participaciones solistas –con alguna excepción sobre la que no quiero decir más– fueron precisas en lo técnico y certeras en lo expresivo. Albrecht trató de manera admirables las texturas y llevó con energía bien controlada y excelente pulso la genial página de Richard Strauss dentro de esa visión agria e incisiva que ya he comentado a propósito de su registro con la Filarmónica de Luxemburgo. Me hubiera gustado un poco más de intención en las intervenciones de las maderas en la secuencia de la ejecución, pero aun así fue una lectura de alto nivel, a mi entender no lo suficientemente aplaudida por el público.

En mi entrada anterior reproché a Alexei Volodin su irregular sintonía con las Variaciones sobre un tema de Paganini. En el Concierto para piano nº 4 del propio Rachmaninov –obra mucho menos lograda que esa obra maestra, dicho sea de paso– no se me ocurre reproche alguno. Ciertamente no es Ashkenazy, pero no veo que tenga mucho que envidiarle, por ejemplo, a un Daniil Trifonov, tan aplaudido por su reciente registro para Deutsche Grammophon. Su técnica colosal se puso al servicio de una visión comprometida y rica en matices, que no cayó ni en la falta de unidad ni en el nerviosismo en que su temperamento –le he escuchado en YouTube una Sonata en Si menor de Liszt que no he tenido tiempo de comentar– le podía haber hecho incurrir. Y Marc Albrect dirigió, ya que no con especial afinidad con el compositor, sí con intensidad, concentración –muy bien paladeado el Largo– y excelencia técnica. A lamentar la pareja en primera fila que, jugueteando no sé muy bien si con la cámara o con el navegador de su teléfono móvil, fue reprobada por el pianista entre los dos primeros movimientos y hasta durante la ejecución del segundo. ¡Qué poco tacto!

Resultado más desastroso tuvo otro móvil, el del espectador al que le sonó en el pasaje en silencio justo detrás del gran clímax del Aprendiz de brujo. Desconcentración para todos, y a mí me parece que incluso para una batuta que hasta entonces había dirigido la soberbia página de Dukas de manera formidable, tal y como ya lo había hecho en la grabación para Pentatone aquí comentada, aunque esta vez con la complicidad de una Sinfónica de Sevilla, lo digo una vez más, en plena forma.

Aunque cuando la ROSS dio verdadera muestra de una excelencia  potencial que raras veces logra hacerse realidad fue en la suite del Pájaro de fuego. ¡Qué agilidad, qué precisión y, cosa rara, qué enormes ganas de hacer música! Además, la visión que Albrecht tiene de esta obra de Stravinsky resulta atractiva: dejemos a un lado los precedentes en Rimsky y los paralelismos con el universo impresionista y miremos frente a frente hacia Le sacre du printemps. Interpretación por ello no del todo misteriosa, escasamente sensual, aunque no por ello exenta de concentración ni de belleza en su canto, en la que las aristas tímbricas y rítmicas se ponen en primer plano. Únicamente algunas extrañas decisiones en la coda empañaron esta estupenda recreación que puso fin a un concierto cuyo nivel querríamos que se mantuviera siempre.

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