miércoles, 16 de enero de 2019

Los cuentos de Marc Albrecht

Como complemento de la entrada de ayer, y en preparación del concierto de mañana jueves en Sevilla, he escuchado otro disco de Marc Albrecht al frente de la Filarmónica de Estrasburgo, de nuevo para el sello Pentatone y registrado con ingeniería de lujo. Paul Dukas, Maurice Ravel y Charles Koechlin se dan de la mano con páginas inspirados en cuentos y relatos sobradamente conocidos.



El disco se abre con El aprendiz de brujo, página que tiene previsto Albrecht interpretar con la Sinfónica de Sevilla. Es posible que en la percepción influya muy positivamente una toma sonora excepcional, tal vez la mejor que haya recibido esta obra, pero lo cierto es que la del maestro alemán parece una muy notable recreación. Ciertamente no es muy personal ni ofrece hallazgos de particular interés. Incluso se podría apuntar que por momentos resulta un poquito lineal: se le podría echar mayor imaginación al asunto, añadir matices y ofrecer mayor variedad expresiva. Pero sí se encuentra trazada de manera modélica –no hay rastro de nerviosismo–, está hábilmente diseccionada, atiende a las texturas y, sobre todo, desprende una intensidad a flor de piel. Acierta además el maestro a la hora de encontrar un punto intermedio entre la frescura y el cachondeo de un Bernstein y el tremendo dramatismo ajeno al humor de un Markevitch o un Barenboim, por citar a tres de los más grandes recreadores de la pieza, aunque confieso que a mí lo que me va es el muy corrosivo humor negro de un Bernard Herrmann, cuya recreación resulta a día de hoy –solo pasó a formato digital en un CD llamado Fantasía– muy difícil de encontrar. En cualquier caso, notable alto para Marc Albrecht.

Sigue Mi madre la oca en versión larga, es decir, el ballet con interludios. Parece claro el maestro no domina ese idioma raveliano en el que la sonoridad sensual y difuminada, la poesía cálida y elegante pero también muy a flor de piel, la elegancia no amanerada, la levedad y la delicadeza bien entendidas, resultan inconfundibles señas de identidad. Pero sí que posee otras virtudes: un rico sentido del color –no precisamente en tonos pastel, sino más incisivo de lo que en este repertorio se acostumbra-, una apreciable depuración sonora, gran atención al detalle –los pinceles que usa son siempre finos– y, sobre todo, un elevadísimo sentido narrativo que le permite manejar todos los resortes teatrales de esta versión ballet, que resulta bajo su batuta particularmente fresca y comunicativa. Lástima que el último número no solo quede lejísimos de la poesía infinita de Carlo María Giulin –particularmente en su registro con la Orquesta del Concertgebouw–, sino que resulta en sí mismo un tanto prosaico e incluso un tanto vulgar en la coda.


Del olvidado Koechlin se ofrece Les Bandar-Log, el último de sus poemas sinfónicos sobre El libro de la selva. Nos encontramos ante una música sin duda poética, pero también llena de aristas, de incisividad y de sentido teatral, ideal sin duda para que el maestro alemán haga gala de las virtudes que alberga su batuta. Y así es, efectivamente: Albrecht da toda una lección no solo de técnica –soberbio tratamiento de la orquesta, sin ser esta de primera–, sino también de sintonía con el lenguaje y de compromiso expresivo. De nuevo la alucinante toma –que en SACD multicanal debe ser ya el colmo– convierte la audición en toda una experiencia.

1 comentario:

Fernando López Vargas-Machuca dijo...

Lo sé, Sergio, muchísimas gracias. Lo que ocurre es que ahora no tengo tiempo ni ganas de escuchar completo Rosenkavalier, por lo demás una ópera que me gusta muchísimo. Saludos.

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