martes, 28 de noviembre de 2017

Intento de boicot a Savall en Sevilla

Me llegó el pasado domingo, en referencia a la inauguración hoy martes del Año Murillo en Sevilla con un concierto de Jordi Savall en el Maestranza, un WhatsApp que reproduzco seguidamente de manera literal y en su integridad:
“Q vergüenza, el martes hay un concierto para la inauguración del año dedicado a Murillo en el Maestranza y el director de la orquesta es Jordi savall, un catalán contratado por el ayuntamiento de Sevilla, q se declara independentista y dice en la vanguardia q España se cree q puede silenciar a millones de catalanes por la fuerza. Hay q tener poca vergüenza venir a una parte de España por dinero y además la orquesta es tb catalana. Pasarlo por wassap para q todo el mundo se entere. Podéis comprobarlo en la web del Ayuntamiento de Sevilla.”
Poco más tarde, me mandan un enlace a este artículo de la web Sevillainfo.es que luce un titular muy significativo: “Jordi Savall, un reconocido antiespañolista, inaugurará el Año Murillo junto a la Capella Real de Catalunya”.


Voy a ser claro. El asunto del llamado “procés” mediante el cual una gran parte de la población catalana quiere independizarse del resto de España me tiene muy preocupado. Entiendo perfectamente, aunque opine que sus creencias no poseen fundamento real, que haya numerosas personas en la referida comunidad autónoma que se sientan exclusivamente catalanas y no españolas. También soy consciente de que por parte de los diferentes gobiernos centrales de nuestra aún reciente democracia se han cometido importantes errores a la hora de abordar la articulación de España, un problema que venimos arrastrando desde hace ya muchos siglos sin que hasta ahora se haya encontrado un esquema que satisfaga al cien por cien todas las sensibilidades. Pero estoy rotundamente convencido de que el actual sistema, el de las comunidades autónomas, es la menos insatisfactoria de todas las soluciones. Porque permite la convivencia entre quienes se creen dirigidos por un estado diferente al que debería ser el suyo propio y quienes entienden que Cataluña se integra por naturaleza propia en una realidad compleja, y por su complejidad particularmente rica y llena de posibilidades, llamada España. Permite la convivencia, eso sí, siempre y cuando ambas partes estén de acuerdo en renunciar a un porcentaje de ese cien por cien de satisfacción en aras de la estabilidad integradora.

Por eso mismo me asquea la actitud del ahora destituido gobierno catalán, y también de muchos de los que lo precedieron. Porque su intención no ha sido otra que la de imponer una única sensibilidad. Acabar con la convivencia. Obligar a los que también se sienten españoles a optar entre la renuncia a ese sentimiento (tan admirable: ¡compartir presente y futuro con quienes más hemos tenido en común a lo largo de los siglos!) o tener que marcharse de las tierras catalanas. Todo ello arguyendo sentimientos nacionalistas muy pasados de moda en pleno siglo XXI que ocultan la sucia realidad: que tras el deseo de independencia, y bajo un indigesto mix ideológico que se extiende desde la extrema derecha carlista hasta la izquierda antisistema, pasando por la antes presuntamente moderada burguesía democrática, no se esconde sino la creencia de que sustrayéndose de los mecanismos de solidaridad intercomunitaria que parten de la Constitución de 1978 (el “estamos hartos de que nuestras bien merecidas ganancias vayan a parar a las tierras de los vagos andaluces”) se superarán con mayor facilidad los efectos de la crisis económica que a todos nos afecta. El dinero les interesa mucho antes que la patria.

Pues bien, dicho esto no puedo sino sentir un profundo disgusto al comprobar que hay personas en Sevilla dispuestas a realizar un boicot a Jordi Savall basándose en motivos ideológicos. Se podrá preferir a otros artistas a la hora de programar este concierto inaugural –a mí la elección me parece perfecta–, pero rechazar a una persona por su procedencia y por su afinidad al independentismo me parece terrible por parte de un pueblo, el andaluz, que desde hace siglos renunció a la xenofobia –que la hubo– para dar pruebas de su voluntad respetuosa e integradora. Textos como el del WhatsApp antes referidos o como el del malintencionadísimo artículo citado no tienen otro objetivo que la de incrementar la considerable dosis de crispación y de odio entre hermanos que venimos sufriendo.

Sí, soy consciente de que el director de la Capella Reial de Catalunya posiblemente sea no antiespañolista –monumental embuste que se desmonta por sí solo–, pero sí independentista. Me entristeció mucho el vídeo de un concierto celebrado en el extranjero en el que al presentar a sus músicos se enorgullecía de liderar un grupo multicultural en el que había armenios, turcos, griegos, etc. –no recuerdo ahora mismo las diferentes nacionalidades– “y catalanes, y españoles” (sic). La diferenciación entre unos y otros y las risas de complicidad que siguieron no dejaron entonces duda de que el de Igualada entiende que ser catalán y ser español son dos cosas diferentes. Cuando en la reciente entrevista para Diario de Sevilla afirma que se siente “también español, como en casa ya esté en Santiago de Compostela, Toledo, Granada o Sevilla” es posible que quiera decir lo mismo que si confesase en Francia sentirse francés y en Inglaterra sentirse inglés: “es mi cultura también”, apostilla en la referida entrevista. Pero en su pleno derecho está Savall se sentirse así. ¿Quién es nadie para juzgar qué se siente o no se siente cada uno?

Este intento de boicot, porque de eso y no de otra cosa se trata, me recuerda mucho al que sufrió Fernando Trueba por afirmar que no se sentía particularmente español. Y por ello me produce las mismas nauseas. Se puede y se debe encarcelar a los políticos que se saltan la ley repetidamente en aras de acaparar más poder al tiempo que ponen en gravísimo peligro la convivencia ciudadana; como también se pueden pedir responsabilidades a los gobiernos que, desde Madrid, o bien se han negado al siempre imprescindible diálogo, o bien han mirado hacia otro lado a cambio de conseguir la aprobación de presupuestos en minoría. Sobre eso y sobre muchas cosas más se puede hablar largo y tendido. Pero lo que no se puede, bajo ningún concepto, es rechazar a un artista por su procedencia o por su adscripción ideológica. Algunos, quizá muchos catalanes, así lo están haciendo. Pero nosotros no nos lo podemos permitir. No en Andalucía. No somos así. Ojalá que el concierto de esta tarde –desdichadamente no podré asistir– sea un éxito.

lunes, 27 de noviembre de 2017

Pretty Yende protagoniza La Fille en Sevilla: gol del Maestranza

Tremendo gol del Maestranza a otros teatros de mayor categoría y muy superior holgura presupuestaria haber ofrecido el debut en España de Pretty Yende. Debut que se saldó anoche con un rotundo éxito en la primera de las funciones que se ofrecen de La fille du régiment en la conocida y divertidísima producción de Laurent Pelly que comenté el otro día aquí mismo. Había escuchado los dos discos de la soprano sudafricana, encontrando en ellos importantes virtudes y también algunas insuficiencias. Tres entre estas últimas: un instrumento más cerca de una ligera que de una lírica –lo que no parece lo más adecuado para los papeles que esta chica tiene en su repertorio–, estridencias en los sobreagudos y cierta incapacidad para diferenciar expresivamente figuras como Lucia, Rosina, Amina o la Elvira de I Puritani, e incluso a un mismo personaje dentro de sus diversas situaciones anímicas. Pero ganan los aspectos positivos. La voz, de una frescura radiante, se encuentra maravillosamente timbrada. Se desenvuelve sin problemas en las agilidades y eso le sirve para ornamentar con abundancia y fantasía, por ventura sin desmelenarse y manteniéndose dentro del buen gusto. Aunque a mí lo que más me gusta de ella es su precioso canto legato, basado en un perfecto control de la respiración y en una admirable planificación de las grandes líneas melódicas, abordadas con musicalidad exquisita y sensibilidad que sabe no caer en lo lacrimógeno.

Por eso mismo, y aun admirando mucho la exhibición que hizo de coloratura –esta vez sin tiranteces en la zona más alta de la tesitura– y también de imaginación en los números más irritantemente banales de la partitura, lo que más me impresionó de su actuación ayer sábado fue cuando llegó la música de verdad con “Il faut partir”, en la que una difícilmente superable combinación entre depuración canora, elegancia y emotividad hizo que el Maestranza alcanzara una de las más altas cotas de belcantismo que haya conocido en su trayectoria. Para recordar asimismo su “Par le range”. Por si fuera poco, demostró ser una estupendísima actriz y logró que apenas echáramos de menos en la –en semejante terreno– inalcanzable Natalie Dessay que popularizara esta misma producción. Y por si no lo sabían: se trata de una señorita bellísima. Si termina de enriquecer su técnica –no estaría mal que jugara un poco más con los reguladores– y de profundizar en los pliegues expresivos, puede convertirse en una primerísima figura en determinados repertorios.

La voz de John Osborn, sin ser tímbricamente atractiva, resulta en principio más adecuada que la de su compañera para esta ópera: el norteamericano sí que es un lírico de verdad. La carne de su instrumento se agradece en el rol de Tonio. En los agudos resulta brillante: si en el remate de su dúo “Quoi! Vous m’aimez?” resbaló de manera considerable, en esa exhibición circense que es el “Ah! Mes amis” no solo ofreció los esperados nueve “does” sino que además ofreció de propina un re que, aun breve y algo apurado, resultó efectivo. Ahora bien, a la hora de ligar las notas resulta mucho menos convincente que la Yende, y en general su sensibilidad parece poco desarrollada: hubo que esperar a su “Pour me rapprocher de Marie” –tal vez lo mejor de este flojo título donizettiano– para encontrar reguladores de gran clase que pusieron el listón a la altura de las circunstancias.

En principio el papel de Sulpice, sin ningún aria propia, no presenta mayor dificultad. Pero hay que saber cantar y saber ser gracioso sin caer en la vulgaridad. Pienso ahora en el mediocre Bruno Praticò, mal cantante y peor actor que estropeaba la filmación de Mariella Devia en La Scala. Por fortuna en Sevilla hemos tenido al joven barítono catalán Carlos Daza, que lo ha hecho francamente bien en todos los aspectos; sobre todo en el plano actoral, que no es precisamente fácil de satisfacer en esta producción. La mezzo Marina Pinchuk aportó elegancia escénica y solvencia vocal a su Marquesa de Berkenfield, mientras que la veterana y siempre espléndida Vicky Peña tuvo su espacio de lucimiento teatral como la Duquesa sin necesidad de caer en los excesos. Muy bien el resto.

Me sorprendió gratamente la batuta de Santiago Serrate. No tengo idea de cómo dirige este señor las sinfonías de Beethoven o Brahms, que las tiene en repertorio, pero en Donizetti ha demostrado no solo capacidad para que la Sinfónica de Sevilla suene redonda y bien ajustada, sino también gran atención a los cantantes y, sobre todo, buena sensibilidad para la delectación melódica. A veces es necesario realizar comparaciones: su Fille me gusta menos que la de Yves Abel en Viena en esta producción, pero bastante más que la de Bruno Campanella en la filmación comercial de la misma realizada en el Covent Garden. Aplausos también para Íñigo Sampil y el Coro de la A. A. del Teatro de la Maestranza por su notable labor.


En cuanto a la producción, solo añadir a lo ya escrito anteriormente que mantiene por completo su frescura y que la reposición sevillana ha ofrecido una dirección de masas –complicadísimas coreografías, ejemplarmente seguidas por cuantos se encontraban sobre el escenario– a la altura del original; es decir, de auténtica matrícula de honor. Una gozada de principio a fin. Y una velada de ópera para el recuerdo.

PS. Las soberbias fotografías me las ha cedido Julio Rodríguez de su blog.

domingo, 26 de noviembre de 2017

Beecham, Bizet y la esencia de lo francés

Gran interpretación de esa delicia que es la Sinfonía de Georges Bizet (¡escrita a los diecisiete años!) a cargo de Sir Thomas Beecham y la Orquesta Nacional de la Radiodifusión francesa registrada por EMI en 1959 (hay una versión un año anterior, monofónica, que no conozco. Grande e interesantísimo, porque aun británico por los cuatro costados, el baronet ofrece la interpretación francesa por excelencia. Es decir, aquella que reúne todos los tópicos que asociamos con la música decimonónica del país vecino, pero haciéndolo con plena musicalidad, enorme convicción y perfecta sintonía con la partitura que tiene por delante.


De este modo, encontramos aquí morbidez y suavidad tímbrica, en buena medida por la particular sonoridad de una orquesta con unas maderas y unas trompas peculiarísimas, herederas de una tradición hoy perdida, pero sin que eso suponga caer en excesivas ingravideces o perder a un músculo que a Beecham le gusta robusto. Hay también elegancia, encanto y coquetería, más no cursilería ni trivialidad. También un sentido del humor suave, un punto irónico, así como un fraseo fluido, elegante y pleno de cantabilidad, sin particular jovialidad en los movimientos extremos por optar por una visión más bien madura, poética y concentrada. Cierto es que yo echo de menos –he vuelto a escucharla– la increíble poesía que ofrecerá Bernard Haitink en el Adagio de su extraordinario registro de 1977, pero a cambio nos encontramos con un trío del tercer movimiento de todo punto sublime.

El disco se completa con las dos suites de La Arlesiana que grabó Beecham frente a la Royal Philharmonic en noviembre de 1956 con un estéreo muy notable para la época, aunque hoy bastante envejecido. Aquí el maestro no convence tanto como en la otra página, echándose de menos un punto de tensión interna, nervio y garra, también de brillantez –la Farandole queda un poco apagada–, justo los ingredientes que ofrecerá Claudio Abbado en su memorable registro. Pero aun así es imposible resistirse ante este derroche de sensualidad sonora y efusividad poética, siempre en perfecta sintonía con una orquesta, la suya propia, a la que sabe hace sonar con ese colorido pastel que esta música necesita.

sábado, 25 de noviembre de 2017

Edición Celibidache de EMI (II): sinfonías

Fíjense ustedes si este blog es un caos, que comenté el primer volumen de la edición Celibidache con la Filarmónica de Múnich en EMI allá por enero de 2013 y hasta ahora no la retomo. Bien está, en cualquier caso, si me ha servido para volver a escuchar el glorioso contenido del segundo: las seis últimas sinfonías, el Te Deum y la Misa en fa menor de Anton Bruckner. O sea, una auténtica especialidad de la casa en la que se siguen unas maneras bien conocidas por la mayoría de los aficionados: tempi lentísimos, fraseo muy concentrado, extraordinaria claridad polifónica, concepto orgánico del discurso musical, absoluta reivindicación del legato para obtener una extrema delectación melódica y, ya en lo puramente expresivo, una mezcla prodigiosa entre nobleza, elevación espiritual y grandeza humanística que no se queda en lo meramente contemplativo, sino que incluye también una importante dosis de tensiones y de fuerza dramática, como también de atmósfera y de brumas, hasta el punto de que podemos definir a este Bruckner como "gótico".
 

Un Bruckner, pues, construido a base de grandes bloques sonoros, poderoso y concentrado, más organístico que nunca, de belleza suprema pero en absoluto preciosista, de claras resonancias panteístas y por momentos muy visionario, que exige al oyente una atención y una resistencia tan considerables como la que sin duda Celi debió de exigir a los miembros de su orquesta, que a veces se las ve y se las desea para ofrecer la plenitud sonora que la batuta demanda. Y un Bruckner, también hay que decirlo, muy distinto del último que anda ofreciendo Daniel Barenboim, quien frente a la Staatskapelle de Berlín ha sabido restar brumas, aportar luminosidad y responder a la meditadísima construcción celibidachiana con una fluidez, una ligereza bien entendida y una apariencia de espontaneidad que nos dan una muy distinta visión de este maravilloso universo.

La Sinfonía nº 4, registrada en octubre de 1988, recibe una interpretación plagada de momentos mágicos, como el arranque de los movimientos extremos, plenos de misterio, o toda la coda final, un verdadero prodigio de cómo alcanzar la más increíble mezcla entre transfiguración espiritual y fuerza dramática a través de una increíblemente lógica, minuciosa y amplia construcción de las tensiones. Sin embargo, la comparación con el testimonio que nos dejaría Celi al año siguiente (que se extiende hasta unos increíbles 82':0), comercializado en audio por Sony Classical, relega este registro a un segundo plano; muy particularmente por el increíble Finale, una de las mejores interpretaciones de Bruckner que haya escuchado en mi vida.

Grandísima la Quinta. Aunque algo más lenta que su filmación ocho años anterior (87:40 frente a 84:04), el resultado es, siempre dentro del concepto espiritual y reflexivo pero no por ello precisamente resignado ni escaso de tensión interna, más bien similar. Por eso mismo, lo menos interesante es un primer movimiento dicho con extraordinaria nobleza pero carente de ese espíritu combativo y de esa garra dramática que parece pedir. Lo mejor vuelve a ser un Adagio paladeado al límite y dicho con infinita poesía: la exposición del tema coral resulta sublime e irrepetible. El Scherzo posee fuerza y tensión más que suficientes, si bien el maestro prescinde de sus posibilidades más inquietantes y destila una poesía llena de encanto en sus temas líricos. El Finale es impresionante a pesar de su enorme lentitud –solo superada por Klemperer en EMI–, estando construido con mano verdaderamente maestra –los picos de tensión son abrumadores– y ofreciendo una amplitud y una solemnidad grandiosas sin caer nunca en lo retórico.

La Sexta, al parecer, es la misma interpretación que la editada por Sony en DVD y SACD, solo que aquella corresponde a tres días y esta de EMI solo al último, el 29 de noviembre. Interpretación profunda, humanística y de un admirable equilibrio entre la vertiente épica y la lírica. Eso sí, sorprenden de manera considerable sus tempi moderados, diríase que "normales", salvo en un Adagio paladeado hasta el límite en el que Celi hace hala de un fraseo noble, cantable a más no poder, lleno de inflexiones tan sutiles como sensibles, y destila una sublime poesía en la que carnalidad humanística y elevación espiritual se dan sorprendentemente de la mano. La claridad es admirable, como también la arquitectura global de la pieza y la total ausencia de pesadez o retórica, por lo hablar de la plasticidad con la que están tratados las diferentes masas orquestales.

La Séptima, de 1994, sufre la tremenda competencia de la suya en con la Filarmónica de Berlín dos años anterior, aquí comentada Los tempi no son ahora tan lentísimos, 79:10 frente a 86:15. Quizá por eso no se consiga la misma increíble elevación poética del primer movimiento, pero a cambio los clímax del mismo son más escarpados y rebeldes. Quizá también los dos últimos movimientos sean aun más convincentes, aunque la orquesta manifiesta unas limitaciones que no tenían los berlineses. A destacar el hallazgo lírico que supone el trío del scherzo y la monumental construcción polifónica del Finale.

La Octava es de 1993. Aquí Celi repide el concepto de su filmación en Tokio dos años anterior, editada por Sony, ahora con unos tempi sensiblemente más lentos en los dos últimos movimientos, aunque con resultados igualmente memorables. Personalmente prefiero un enfoque más rebelde, ominoso y terrible en los dos primeros movimientos, menos espiritual y esencializado que el que adopta aquí nuestrp artista, pero es imposible resistirse ante tan genial muestra de planificación –las tensiones están construidas de manera milagrosa a pesar de la enorme lentitud–, de dominio de la masa orquestal y, en general, de convicción expresiva. El tercer movimiento difícilmente encontrará parangón en la discografía en su perfecta fusión de emotividad y control de la arquitectura, mientras que en el cuarto, pese a resultar poderosísimo y avanzar de manera implacable, se iluminan multitud de recovecos de lirismo que suelen pasan desapercibidos.

En la Novena, por increíble que parezca, el maestro pincha relativamente. Al menos en el primer movimiento, sin duda lo menos logrado de todo el Bruckner de Celi en Múnich. Aquí las lentitudes sí que le juegan una mala pasada. Aunque no es solo cuestión de velocidad, sino también de lógica constructiva, lo que resulta extraño para tratarse de la batuta que se trata: la exasperante parsimonia con la que está paladeado el tema lírico tanto en su primera enunciación como en sus diferentes reapariciones contrasta con el tempo más sensato de otras secciones, de tal modo que el movimiento pierde continuidad y parece trazado a pedazos sin lógica interna. Su final, en cualquier caso, posee una fuerza abrumadora, y todo él está sonado con la asombrosa perfección polifónica esperable. El Scherzo está mucho mejor, ciertamente lento pero no exento de fuerza interna, amén de portentosamente clarificado –qué trabajo más perfecto con las maderas– y ricamente cantado en el trío. El Adagio, aun con algún que otro pasaje más moroso de la cuenta y unos metales que no dan del todo la talla en los momentos más escarpados, sí que ofrece esa magia poética, mezcla de reflexión mística y poesía doliente, que necesita esta música venida del más allá. Y no crean que Celi se queda en la mera contemplación: aunque su enfoque sea en buena medida espiritual, los clímax alcanzan una fuerza visionaria abrumadora. El final, concentradísimo y lleno de belleza, no nos quita el agridulce sabor de boca que nos deja esta recreación.

En la Misa en fa menor se puede hablar más que nunca de un Bruckner catedralicio. Más concretamente, se podría hablar de una catedral gótica. El genial compositor diseña una arquitectura inmensa, pero de una rara perfección en su estructura, con unas líneas tectónicas perfectamente estudiadas que sostienen con firmeza el edificio sin que este dé la sensación de pesadez. La luz se filtra por las vidrieras generando sutilísimos matices cromáticos que contribuyen a que el interior se llene de misticismo al mismo tiempo estremecedor, solemne e inquietante. Celibidache hace aún más grande esa arquitectura, recrea con insólita naturalidad la estructura de fuerzas internas y acentúa la experiencia sensorial de este monumento, trátese de la súplica fervososa –Kyrie–, la exaltación visionaria –Et resurrexit– o la contemplación lírica del encuentro entre lo divino y lo humano –increíblemente bello Benedictus–, bien secundado por una orquesta al borde de sus límites y por un coro, el Philharmonischer Chor de Múnich, que canta con sorprendente unción sagrada. En el cuarteto flojean un Peter Straka un tanto incómodo y un Matthias Hölle monolítico y engolado, pero Doris Soffek y, sobre todo, Margaret Price, son para hincarse de rodillas.

El Te Deum desconcierta un tanto, ya desde un arranque en el que sorprende no encontrar ese fulgor rotundo y visionario al que estamos acostumbrados. Celi va a ofrecer una visión muy personal en la que, aun estando las tensiones muy presentes a través de una lógica, natural y perfectamente organizada planificación horizontal, el arrebato queda en segundo plano para poner de relieve el lirismo al mismo tiempo humanista y altamente espiritual que anida en la obra. Con Celi, las melodías vuelan más lejos que nunca y la belleza trascendida se imponen frente a otras circunstancias, dando como resultado una lectura sin duda discutible por su enfoque –no así en el idioma bruckneriano, sencillamente perfecto–, pero en muchos aspectos reveladora. Funciona muy bien el cuarteto formado por Margaret Price, Christel Borchers, Claes H. Ahnsjö y Karl Helm. Los coros realizan un trabajo muy entregado, aunque las sopranos pasan apuros en las notas más agudas. Por desgracia, se ven relegados por una toma sonora algo problemática, realizada en la Lukaskirche de la capital bávara en julio de 1982.

Los demás registros se realizaron, siempre en directo, con mucho más satisfactoria toma sonora en la Philharmonie de Múnich entre 1987 y 1994. Quien quiera más datos sobre duraciones y otros testimonios fonográficos del maestro, puede acudir a esta extraordinaria web imprescindible para todo bruckneriano que se precie. Por lo demás, la conclusión está clara: volumen obligatorio en cualquier discoteca.

miércoles, 22 de noviembre de 2017

El milagro de Laurent Pelly en La fille

¿Puede una puesta en escena salvar un libreto irritante y una música de discreta inspiración? Más aún, ¿puede hacer que esa misma ópera se convierta en una auténtica delicia? Ese es precisamente el milagro que consiguió Laurent Pelly, en colaboración con la dramaturga Agathe Melinand, cuando realizó su propuesta para La fille du regiment estrenada el enero de 2007 en el Covent Garden en colaboración con la Ópera de Viena y el Metropolitan de Nueva York. Su éxito fue fulminante y en tan solo diez años se ha convertido en una de las producciones líricas que más han girado a nivel mundial. Una de las últimas veces que se vio fue en Madrid en octubre de 2014. La próxima será este mismo domingo en el Teatro de la Maestranza de Sevilla, y allí espero estar.

Lo cierto es que nunca llegué a disfrutarla en directo. Eso sí, me compré el DVD de las funciones londinenses originales, editado por Virgin, y quedé entusiasmado. Y no solo por las maravillosas interpretaciones de Natalie Dessay y Juan Diego Flórez, sino también por la esa originalísima y absolutamente deliciosa puesta en escena. Volví a verla el otro día. Pero esta vez ha sido en la filmación del mismo año procedente de la Wiener Staatsoper que pude grabar de la televisión en su momento, con la misma pareja protagonista, y que ahora circula en YouTube. He vuelto a pasármelo estupendamente.

 
Conozco dos maneras de enfrentarse al libreto de Jules-Henri Vernoy de Saint-George y Jean-François-Alfred Bayard. Una es apostar por el naturalismo buscando la máxima humanidad de los personajes, ofreciendo una gran riqueza de matices en la definición de los mismos y destilando un humor fino que reste cualquier clase de seriedad al asunto, pero intentando hacernos olvidar que esto es una opéra-comique. Es lo que hizo Emilio Sagi en su producción filmada en el Teatro Carlo Felice de Génova y editada por Decca, sin duda espléndida. La otra consiste en convertir la obra en una comedia más o menos loca en la que los personajes son auténticas caricaturas, moviéndose, vistiéndose y comportándose como tales, viviendo situaciones más o menos surrealistas y diluyendo por completo todo rastro de ese molestísimo canto a la vida castrense del original haciendo que la historia no sea más que un cuento que, como tal cuento, se encuentra basado en arquetipos literarios que en sí mismo no albergan mayor trascendencia. Opción que no está exenta de riesgos: la producción filmada en 1996 en el Teatro alla Scala, con dirección escénica de Filippo Crivelli sobre escenografía y vestuario de Franco Zefirelli, no hizo sino acentuar lo que de apolillado tiene esta obra por su ridícula mezcla entre lo bobalicón y lo cursi, y si algo hay que salvar de dichas funciones –existe edición comercial en DVD, y también está en YouTube– es el depuradísimo y exquisito belcantismo de Mariella Devia en las dos arias íntimas de su personaje.

Pues bien, este mismo sendero es el que recorre Laurent Pelly. Pero lo hace con resultados aplastantemente superiores, hasta el punto de que logra una de las más redondas producciones operísticas que un servidos haya conocida. Y es que el regista francés borra de un plumazo los aspectos más rancios de la página –no solo sus loas al mundo castrense y su canto a la guerra– derrochando frescura, imaginación y sabiduría. Los personajes son caricaturas, ciertamente, pero no de trazo grueso. Resultan graciosos, pero no se ejerce una mirada cruel sobre ellos. El humor es sano, muy desenfadado, lo que no significa inocente ni simplón: hay un punto de ironía, también de espíritu gamberro y de transgresión, pero sin que llegue nunca la sangre al río. Los arreglos de los diálogos están muy bien hechos, y la eliminación de la lección de baile –no así de su música- resulta un acierto. Las diferentes soluciones teatrales son magníficas, encontrándose cuidadísima la dirección actoral. Una delicia los figurines, a cargo del propio Pelly. Muy bonita la escenografía de Chantal Thomas.

Ah, se me olvidaba algo importantísimo: la integración con la música es absoluta. Cuando esta demanda espíritu festivo, hay fiesta. Cuando se repliega en el lirismo íntimo y la efusividad melódica, la escena deja hablar a la partitura y al cantante sin molestar con esas ridículas ocurrencias “para adornar” o “para entretener al espectador”, o simplemente para provocar, que son habituales en tantas puestas en escenas equivocadamente modernas. Esta es ciertamente “moderna”, pero de las buenas. La música no es aquí una excusa para lucimiento del regista, sino que se ve potenciada por la labor del mismo. Ahora bien, ello tampoco significa que éste deba limitarse a seguir el libreto, que es lo que hacen los malos directores “de los otros”, los tradicionales en el peor de los sentidos del término. Lo de Pelly es personalísimo, pero funciona de maravilla tanto desde el punto de vista teatral como del musical.

Dos apuntes sobre el vídeo de Viena. Ives Abel se pone al frente de una orquesta maravillosa y la dirige divinamente: con fluidez, con agilidad bien entendida, con chispa y con carácter risueño, pero sin caer en el nerviosismo ni en la precipitación, sino dejando que las melodías de Gaetano Donizetti vuelen con propiedad. Natalie Dessay tiene el sobreagudo algo metálico, pero conoce todos los resortes del belcantismo, canta con enorme inteligencia y es una actriz maravillosa. Juan Diego Flórez no posee tanta desenvoltura sobre las tablas, pero vocalmente compone un Tonio espectacular. Eso sí, esta vez no repite Ah! Mes amis. Con su voz cavernosa y sobradas dotes actorales, Carlos Álvarez compone un más que notable Sulpice. Solo flojea vocalmente la Berkenfield de Janina Baeche. Y una gran sorpresa en el rol de la Crakentorp: la mismísima Montserrat Caballé. Que está estupenda como actriz, por cierto.

La cosa está clara: el domingo disfrutaremos de una velada operística de primerísimo nivel escénico. Y en lo musical quizá también haya cosas muy buenas. ¡No se lo pierdan si tienen la oportunidad de acudir!

lunes, 20 de noviembre de 2017

La Filarmónica de Málaga, otra vez: mal Dvorák, bien Tchaikovsky

Lo pasé mal el sábado por la noche durante la interpretación del Concierto para violín de Dvorák que ofreció la Filarmónica de Málaga en el Teatro Villamarta bajo la dirección de mi admirado Manuel Hernández Silva. No logré disfrutar de la labor de Andrea Sestakova, concertino de la orquesta que desempeñó en esta ocasión el papel de solista. La encontré bajo mínimos desde el punto de vista técnico, sobre todo en lo que a la afinación se refiere. Sufrí por la música y sufrí por ella. Porque me dio la impresión de que esta señora, que ha sido alumna nada menos que de Leonid Kogan, es una profesional seria y trabajadora que ha hecho un favor a su orquesta atreviéndose con esta nada fácil partitura. Y no pudo con ella, porque esa noche le fallaron los dedos. Claro que quizá yo esté por completo equivocado: el público la aplaudió, sus compañeros golpearon los atriles y el maestro Hernández Silva, seguramente el responsable de haber contado con la artista, dio muestras de satisfacción. Me limito a decir lo que a mí me pareció. Solo añadiré que fue en el hermosísimo Adagio donde Sestakova se mostró más centrada tanto en lo técnico y lo expresivo, logrando plena sintonía con una batuta que dirigió el primer movimiento de manera amplia y solemne, quizá con excesiva gravedad, convenciendo mucho menos en un tercero en el que se echaron de menos luminosidad , frescura y sabor folclórico.


Me gustó bastante la Sinfonía Patética de Tchaikovsky. Cierto que eché de menos un trazo más fluido y, sobre todo, una matización mucho mayor de la gama dinámica. También hubiera sido deseable mejorar el empaste de los trombones, si bien es cierto que los metales de la Filarmónica de Málaga se mostraron mucho más seguros de lo habitual –mucho más que una semana atrás en El Puerto– y que la cuerda lució un perfecto empaste, independientemente de algún que otro desajuste entre las familias instrumentales. Pero a la postre estuvimos ante una muy buena recreación de la obra tchaikovskiana, porque el maestro venezolano hizo gala de las dos más importantes virtudes para recrear esta página: intensidad dramática y cantabilidad en el fraseo.

Esto último me sorprendió especialmente. De su fogosa batuta esperaba una de esas interpretaciones rápidas, vehementes y de elevado sentido teatral, a la manera de un Markevitch o un Solti, y no fue así. Hernández Silva, a quien considero como el mejor de los directores asentados actualmente en España, se sirvió de tempi lentos y un fraseo muy amplio para prestar enorme atención al vuelo melódico, no se dejó llevar por el nerviosismo, planificó bien los ascensos hacia unos clímax muy poderosos y quiso atender a la atmósfera ominosa de la página, particularmente en un arranque muy bien llevado, en la sección intermedia del segundo movimiento –no todos los directores que saben llenar de desazón ese pasaje– y en un Adagio lamentoso denso, lleno de negrura aun optando por una visión antes lírica que escarpada. Este último culminó con una coda en la que los contrabajos, tratados desde el podio con enorme plasticidad, latieron con ese carácter agónico que necesita la página, justo lo que no logró –hace ahora casi dos décadas, pero me acuerdo perfectamente de la ocasión– Yuri Temirkanov con la Sinfónica de Sevilla en este mismo escenario. El público se confundió al aplaudir tras la marcha, pero corrigió el equívoco reaccionando con justificado entusiasmo al terminar la interpretación.

domingo, 19 de noviembre de 2017

Solti dirige Shostakovich y Tchaikovsky

Movido por lo mucho que me gustó su Patética con la Sinfónica de Chicago, he vuelto a ver esta filmación, editada en DVD por el sello Arthaus, que recoge un concierto de Sir Georg Solti y Sinfónica de la Radio Bávara que tuvo lugar en la Philharmonie de la capital bávara en 1990 en la que el maestro dirige la Novena de Shostakovich y la sinfonía de Tchaikovsky arriba citada. Los resultados son de gran interés, aunque en el caso del autor de La nariz se evidencia que Solti era un recién llegado a este universo sonoro. O, al menos, que su manera de ver el mismo difiere mucho de la de otros colegas.



Efectivamente, muy lejos tanto de la ironía amarga de un Rozhdestvensky como del lirismo enrarecido y la reflexión pesimista de un Bernstein, el maestro de origen húngaro deja de lado segundas lecturas en clave política y quiere ver aquí música, nada más que música. Aborda así el primer movimiento con trazo anguloso, nervio bien entendido y decisión, pasa un tanto de largo ante el segundo, que aborda con excesiva premura, resultando lacerante pero poco atmosférico. A continuación hace gala de su admirable electricidad en el tercero, deja descansar la fuerza del cuarto en el fagot de la orquesta bávara y en la severidad de sus metales, y finalmente acierta con la ironía del quinto sin necesidad de cargar las tintas, culminando en una coda que pocas veces habrá sonado al mismo tiempo tan ágil y con tanta fuerza. Muy interesante versión, pues, como lo es la que registró el mismo año frente a la Filarmónica de Viena, pero lejos de ser una referencia.



En el caso de Tchaikovsky, me resulta difícil determinar si el maestro ahora se muestra un poco más expeditivo, si no planifica los grandes arcos de la arquitectura con tanto sentido de la organización como antes, pero lo que tengo claro es que Solti ofrece una interpretación muy parecida a la de 1976: llena de fuerza, de electricidad y de garra dramática, dicha a flor de piel, escarpada como la que más pero sin necesidad de ser áspera, ni de renunciar a la elegancia, ni a la finura de trazo ni a la delectación melódica. La muy notable orquesta bávara, aunque no alcanza la altura estratosférica del conjunto de Chicago, rinde francamente bien bajo la batuta del anciano maestro.Una buena calidad de imagen y sonido me empuja a terminar recomendando vivamente este DVD a todos los amantes del estilo de Solti. O, por lo menos, a que vean el YouTube de esta gran Patética.

Extraño bloqueo

Bueno, parece que mi ordenador no me permite subir más imágenes. Anoche se quedó sin subir la carátula de la Cuarta de Tchaikovsky por Dohná...