
Si la partitura se hizo muy disfrutable fue por la portentosa labor de su dedicatario, un Javier Bonet (web oficial) que usó caracol de mar, trompa alpina, trompa natural y trompa cromática no ya con admirable seguridad técnica, sino también con un gran dominio de los recursos expresivos y con una creatividad poética desbordante. Josep Pons dirigió bien a la orquesta y redondeó una interpretación que exprimió en todo lo posible la partitura.
Abriendo el programa el director catalán había ofrecido una correcta lectura de la obertura de El cazador furtivo, magnífica en su misteriosa introducción pero sin lograr seguidamente esa mezcla de electricidad y refinamiento que demanda la página de Weber. En la segunda parte, y siguiendo la línea argumental de "Música y Naturaleza" que vertebra la presente temporada de abono, se ofrecía la Cuarta Sinfonía de Anton Bruckner, una partitura no poco difícil de levantar en condiciones: a Daniel Barenboim, sin duda el mayor bruckneriano del momento, el resultado no le quedó del todo redondo cuando la hizo el pasado verano en el Festival de Granada (enlace).
Comprenderá el lector que si la de Barenboim, en cualquier caso de muy alto nivel, me dejó un punto insatisfecho, la de Josep Pons se limitó a producirme indiferencia. Y eso que no le voy a regatear al maestro su capacidad para hacer que la ONE, que sigue sin ser una gran orquesta, suene con un empaste, una seguridad y una potencia digna de admiración; sin ir más lejos, la formación española tuvo menos deslices que la Staatskapelle de Berlín en su actuación granadina, aunque la agrupación de Barenboim, por descontado, ofrezca mucha mayor musicalidad y sea más apropiada para este repertorio. Tampoco le voy a negar a Pons que trazara correctamente la arquitectura, evitando tanto los tirones de tempo como los puntos muertos. Ni que matizara con corrección la gama dinámica y cuidara la transparencia orquestal.
¿Entonces, dónde estuvo el problema? Pues en que para hacer justicia a esta partitura hace falta trascender mucho más allá de las notas: sea en una línea digamos meditativa o "panteísta", sea desde una óptica escarpada y dramática, hay que adoptar un compromiso expresivo mucho mayor si no se quiere que los setenta minutos de esta genial partitura pesen como una losa. Joseps Pons, un director con buena técnica pero más bien gris en lo expresivo (escúchese su disco dedicado a Nino Rota para comprobar hasta qué punto puede interpretar mal una música fácil de dirigir), no parece estar en la muy resgringida lista de las grandes batutas brucknerianas. El público aplaudió con entusiasmo, sospecho que más por el despliegue decibélico que por otra cosa.