Aun sin conocer mucho de su discografía, tengo la sensación de que Claus Peter Flor (Leipzig, 1953) es uno de los directores más infravalorados de las últimas décadas. Las cosas que grabó para RCA, incluyendo un modélico ciclo Mendelssohn, se mueven dentro de una muy alta calidad, y lo que le he escuchado de tiempos más recientes también se mueve en un considerable nivel. Por desgracia, es muy raro encontrarle trabajando con orquestas de primera fila. Entre las europeas, tiene vínculos importantes con la Sinfónica de Milán, y precisamente poniéndose al frente de ella –en sustitución de Eschenbach– tuve la oportunidad de verle por primera vez en directo el pasado viernes 15 de mayo. Brevísimas líneas para comentar la velada.
Concierto para piano nº 5 de Beethoven en la primera parte. Dirección ortodoxa, sensata y convincente. Sin particular inspiración ni personalidad, pero muy bien. De kapellmeister de altura, por decirlo de otra manera. El joven Tom Borrow se encargó de la parte solista. En general tocó correctamente, y lo hizo con buen gusto y moderada inspiración, solo eso. Solvencia sin más: disfruté en mayor medida de la batuta que del piano.
Sinfonía nº 4 de Anton Bruckner en la segunda parte. Me pareció relativamente flojo el segundo movimiento, con todo en su sitio pero sin la poesía ni la efusividad necesarias. El resto estuvo francamente bien, de nuevo a lo kapellmeister: pura tradición germánica en manos de un maestro con notable técnica, pleno de sensatez y muy musical. Logró levantar el edificio con suficiente continuidad –reparos solo en algún momento del desarrollo del movimiento conclusivo, de transiciones en exceso nerviosas– y mucha naturalidad en el fraseo, además de con perfecto equilibrio entre las familias. Tratamiento de la masa orquestal irreprochable en el estilo y muy hermoso en su sonido. La formación milanesa lo dio todo. Notable interpretación y pleno disfrute, pues, a pesar del calor insoportable que hacía en el auditorio.
Por cierto, mi entrada estaba en posición centrada de primera fila y no se beneficiaba de una buena acústica, pero al haber decidido el maestro colocar los violines en posición antifonal, pude percibir mejor que nunca determinados diseños que ponen en evidencia el portentoso, genial y altamente imaginativo diseño polifónico tejido por Anton Bruckner, a quien tengo desde hace muchísimos años como uno de mis compositores favoritos. Lo seguirá siendo.

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