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martes, 17 de febrero de 2026

Concierto para piano nº 2 de Bartók: discografía comparada

Publiqué por primera vez esta comparativa en 2017, con motivo de la versión que iba a escuchar el Londres a Lang Lang; al final tocó Denis Kozhukhin pero, como explicaré más abajo, no salimos perdiendo mucho. Actualizo la discografía ahora que el sevillano Juan Pérez Floristán va a hacer la obra en su ciudad natal. ¿Dejará sangre en el teclado, como asegura András Schiff que le ocurre a él cada vez que toca esta obra de tan alucinantes exigencias no ya mentales, que también, sino puramente físicas?


Obviamente, dar las notas y hacerlo con un sentido expresivo no es el único reto. Hace falta también un director que sepa lo que se trae entre manos, y por tanto que atienda no solo a la vertiente más visceral de esta página, que es la que más llama la atención a ese público que sale huyendo cada vez que escucha al nombre de Bartók, sino también a lo que tiene de misterio, de vuelo lírico e incluso de espiritualidad más o menos inquietante. Y necesita asimismo una orquesta a muchísima altura en todas sus familias, siendo la obra particularmente exigente con unos metales que en el primer movimiento, manteniéndose la cuerda sin actividad alguna, cobran todo el protagonismo; en el segundo, curiosamente, es el metal el que permanece callado.

La partitura fue compuesta entre 1930 y 1931, cuando el compositor contaba cincuenta años, había dejado ya muy atrás El mandarín maravilloso y aún tenía que enfrentarse a la escritura de su Música para cuerdas, percusión y celesta. Él mismo fue el solista del estreno, que tuvo lugar en Fráncfort en 1933 bajo la dirección de Hans Rosbaud.

Una pena que no tengan ustedes a su disposición ninguna de las dos grabaciones radiofónicas con Barenboim dirigiendo de manera admirable esta obra, sobre todo a la hora de aportar una atmósfera densa y opresiva un segundo movimiento que le suena particularmente turbulento y lleno de malos presagios; la primera de esas grabaciones se remonta a 2005 y tuvo como protagonista a Lang Lang, la segunda es de 2011 y la protagoniza Yefim Bronfman. En cualquier caso, esta muestra es una buena representación de lo que circula en el mercado.




1. Sándor. Fricsay/Sinfónica de Viena (Orfeo, 1955). A pesar de la categoría de los intérpretes congregados, esta interpretación registrada en el Festival de Salzburgo deja mal sabor de boca. Lo hace, ante todo, por la pobreza de los metales de la Wiener Symphoniker, pero también por una planificación poco depurada, incluso confusa, al menos en los movimientos extremos. También por su relativa falta de concentración, particularmente por el excesivo nerviosismo en la sección central del segundo movimiento. Eso sí, el toque de Sándor resulta lo suficientemente variado –aunque su fraseo con frecuencia resulte más virtuosístico que rico en matices– y la expresión tanto del solista como de la batuta, ambos en un estilo impecable  (¡faltaría más, tratándose de quienes se trata!), muestra un considerable compromiso con las diferentes atmósferas propuestas por la partitura, desde lo violento y arrollador hasta lo lírico, pasando por lo sensual y lo religioso. La toma sonora no ayuda. (6)



2. Anda. Fricsay/Sinfónica de la Radio de Berlín (DG, 1959). Su orquesta berlinesa no es mucho mejor que la Sinfónica de Viena, pero en estudio –con la posibilidad de repetir hasta que salga bien– y contando con una toma de sonido espléndida para la época, el maestro de Budapest encuentra una oportunidad mucho más adecuada para plasmar su concepto. Ciertamente lo consigue, y buena prueba de ello es la superior concentración de los dos primeros movimientos, ahora mucho más misteriosos y paladeados (9’50 y 12’19 frente a los 8’52 y 10’51 de la interpretación editada por Orfeo); también más depurados en lo sonoro, más claros y mejor tensados, aunque de nuevo el gorjeo de los pájaros y toda la sección intermedia movimiento central ofrece especial agitación e incisividad. El toque del joven Géza Anda resulta un punto más percutivo y monolítico que el de Sándor, pero quizá se implique más a fondo en la partitura y subraye con mayor acierto sus tensiones. (7)



3. Richter. Svetlanov/Sinfónica del Estado de la URSS (Russia Revelation, 1967). Grabación en vivo francamente mediocre que permite apreciar la visión angulosa e incisiva de un Richter que, como era esperar, interpreta la partitura con vehemencia, electricidad y un cierto carácter demoníaco; el Adagio lo aborda con muy adecuada concentración y sentido de lo inquietante, aunque su sección intermedia resulta efervescencia pura y los pasajes dramáticos que flanquean la misma  descarguen una fuerza dramática abrumadora. Eso sí, su toque resulta poderoso y combativo por encima de otras consideraciones, lo que no le impide dar verdaderas lecciones de agilidad. La dirección parece comulgar plenamente con las maneras del solista, desplegando aristas y vehemencia en los movimientos extremos –que alcanzan clímax de gran incisividad– y combinando meditación con arrolladora electricidad –maderas particularmente incisivas– en el central; lástima que las insuficiencias de la toma apenas dejan apreciar hasta qué punto es minucioso el tratamiento de la orquesta, cuyos ásperos metales –a decir verdad– tampoco son los mejores que uno pueda imaginar. (8)



4. Kovacevich. Colin Davis/Sinfónica de la BBC (Philips, 1968). Lo más valioso de esta interpretación es la labor del maestro británico, sobre todo en un primer movimiento dicho con mucho empuje y muy bien diseccionado, dotado además del adecuado sentido del ritmo y de rusticidad bien entendida, cualidad que en principio no asociamos al arte directorial de Sir Colin. Flojea el solista, que aun superando con nota el enorme reto de tocar con la potencia y agilidad necesarias, resulta algo lineal en la pulsación y bastante insulso en lo expresivo. La orquesta se muestra solvente, pero los metales se quedan cortos en el tercer movimiento. Toma sonora francamente notable en la serie Eloquence. (7)



5. Richter. Maazel/Orquesta de París (EMI, 1969). Aun sin ser precisamente una maravilla de la tecnología, esta toma sonora sí que deja disfrutar del acercamiento de Richter a la partitura, en un enfoque parecido al de su registro en vivo con Svetlanov aunque quizá ahora menos tremendo, menos feroz y encrespado, más rico en sutilezas y significaciones, quizá por tener a un lado a un Maazel que, siendo considerablemente áspero e incisivo cuando debe, también sabe mostrarse muy estático en las secciones extremas del adagio –más lento, más sensual y misterioso que el de Svetlavov– y sustituir parte de la efervescencia de la citada grabación en vivo por muy apreciables sutilezas en la tímbrica y el fraseo. (9)



6. Pollini. Abbado/Sinfónica de Chicago (DG, 1977). No puede imaginarse orquesta más adecuada para esta obra que la Chicago Symphony, con unas maderas tan exactas y, sobre todo, con unos metales de tan asombrosa potencia y brillantez, insuperables en un primer movimiento en el que ostentan todo el protagonismo. Tampoco parece haber mejor director que el Abbado de los setenta, todo fuego y sinceridad, implacable en su sentido rítmico, portentoso a la hora de clarificar las texturas y muy dispuesto a subrayar todas las aristas necesarias, aunque también a paladear con concentración la atmósfera nocturna de un segundo movimiento que le suena, mucho antes que sensual o evocador, terriblemente desolado e inquietante. El relativo reparo es Pollini, soberbio de fuerza y exactitud, así como de vigor en el ritmo, pero excesivamente percutivo, sin toda la variedad deseable en el sonido ni en la expresión. La toma sigue siendo espléndida. (9)



7. Ashkenazy. Solti/Filarmónica de Londres (Decca, 1979). No sorprende que el primer movimiento sea formidable, pues estaba claro que nadie como Sir George para hacer sonar a los metales de la London Philharmonic con su máxima brillantez posible, ni para diseccionar así el entramado de las maderas, adecuadamente incisivas y ricamente matizadas. También lo estaba que el aún joven Ashkenazy poseía virtuosismo en grado más que suficiente para satisfacer las demandas extremas de esta partitura, así como un toque que sabe no quedarse en absoluto en lo percutivo. Lo que llama la atención es el Adagio, paladeado con extrema lentitud y una concentración prodigiosa, sutilísima en sus acentuaciones tanto desde el podio como en lo que al solista se refiere, quien aprovecha su sección intermedia para demostrar su enorme agilidad sabiendo no caer en el mero despliegue de fuegos artificiales. En el Allegro molto conclusivo los dos artistas vuelven a ofrecer tensión máxima y una fuerza arrolladora, pero de nuevo haciendo que el control de la arquitectura –magnífica manera de remansarse en los breves pasajes líricos– y la atención al matiz se pongan por encima del espectáculo sonoro. (10)



8. Kocsis. Iván Fischer/Orquesta del Festival de Budapest (Philips, 1987). Más que sabor folclórico, lo que el maestro húngaro ofrece es garra, inmediatez, frescura y comunicatividad, dentro de un enfoque valiente con las aristas y la agresividad que desprende la música, pero sin necesidad de subrayar tales aspectos. Por desgracia, en los movimientos extremos se echan de menos claridad, refinamiento y atención al matiz, mientras que el central no termina de destilar todo el lirismo inquietante que necesita. A mayor nivel se mueve Zoltán Kocsis, quien con un toque agilísimo pero con suficiente peso, además de muy poderoso en los grandes clímax, ofrece una recreación de una efervescencia y una electricidad como pocas veces se ha escuchado. La toma sonora es espléndida. (8) 



9. Bronfman. Salonen/Filarmónica de Los Ángeles (Sony, 1993). El maestro finlandés ofrece una dirección que va de menos a más, no particularmente inspirada ni con especial garra, tampoco todo lo clarificadora que uno pudiera esperar de una batuta analítica como la suya, pero que convence por alcanzar un perfecto equilibrio entre todas las vertientes expresivas que ofrece la partitura, combinando así lo aristado con lo sensual, la teatralidad con el vuelo lírico, lo dramático con la espiritualidad, sin suavizar aristas ni escatimar picos de tensión, pero atendiendo a todas las posibilidades poéticas que la partitura ofrece. Bronfman posee un sonido adecuadamente denso y poderoso, como también una agilidad diríase que insuperable –rapidísimo y efervescente el Presto central del segundo movimiento–, pero sabe no caer en lo meramente percutido y modelar su sonido para atender, como hace Salonen, a las diversas atmósferas propuestas por el compositor. La toma es francamente buena, pero no la más clara de las posibles. (8)



10. Schiff. Iván Fischer/Orquesta del Festival de Budapest, (Teldec, 1996). Nueve años después de su grabación para Philips, Iván Fischer y su orquesta vuelven a ofrecernos, sin diferencias apreciables, su atractiva pero no del todo convincente visión de la obra, esta vez con un András Schiff de enfoque parecido al de Kocsis, cierto es que sin llegar a las cotas de efervescencia de aquél, pero quizá con un toque algo más variado y un enfoque de mayor pluralidad. En cualquier caso, no termina de calar lo suficiente en la obra. Los ingenieros de sonido realizan una espléndida labor. (8)



11. Schiff. Rattle/Sinfónica de la Ciudad de Birmingham (YouTube, 1997). Sensacional la labor de Schiff, que aquí más implicado en lo expresivo que en su registro en audio del año anterior. El de Budapest ofrece efervescencia y electricidad a raudales, pero también un toque muy variado y apreciable cantidad de matices expresivos, comprendiendo perfectamente que no es solo cuestión empuje y tensión sonora, sino también de elasticidad y de ese particular lirismo bartokiano. La dirección de Rattle está llena de fuego, de vigor juvenil y de entusiasmo bien controlado, marcando asimismo el sabor folclórico de la página, siendo aquí su enfoque más anguloso y combativo que en su posterior registro con Lang Lang, en la que atenderá mejor la vertiente poética de la página. El movimiento conclusivo es pura electricidad, para lo bueno y lo no tan bueno. (9)


12. Andsnes. Boulez/Filarmónica de Berlín (DG, 2003). Como no podía ser menos cuando del compositor y director francés hablamos, el análisis, la claridad y la objetividad, entendiendo por esto último la decisión de no subrayar ningún aspecto expresivo y de controlar con absoluto rigor todas las emociones, se ponen por encima de cualquier otra consideración, lo que no significa precisamente que la interpretación carezca de tensión interna ni de potencia dramática. Desde este punto de vista los resultados son espectaculares, pero en este caso, y al contrario que en la mayoría de sus Bartók, se aprecia una relativa falta de compromiso en el primer movimiento, al que le faltan, aun estando admirablemente expuesto, algo de fuerza y carácter, sobre todo si lo comparamos con las maravillas que años más tarde Sir Simon Rattle conseguirá con la misma orquesta. Los otros dos son espléndidos, concentradísimo el Adagio y con una sección central llena de efervescencia –clara en el trazo, algo nada fácil–, y un tercero que sí posee toda la garra y vigor necesarios. Leif Ove Andsnes realiza un trabajo admirable por su virtuosismo, vigor rítmico y fuerza expresiva, pero –de nuevo son odiosas las comparaciones: imposible no pensar en Lang Lang junto a la misma Berliner Philharmoniker– se echa en falta un toque algo más variado en lo sonoro y rico en significaciones. La toma es soberbia. (9)



13. Lang Lang. Rattle/Filarmónica de Berlín (Sony, 2013). Asombra en el pianista chino la insultante facilidad con la que parece tocar una partitura de dificultad extrema, hasta el punto de que probablemente nunca se haya escuchado una ejecución tan ágil y nítida en la digitación. Deslumbra igualmente su capacidad para modelar el sonido desde los fortísimos más atronadores hasta las más sutiles veladuras, desde lo muy percutivo hasta lo sutilmente impresionista. Y lo hace también su manera de frasear combinando cantabilidad y flexibilidad con una tensión interna que no deja lugar a tomar aliento. Pero lo que verdaderamente le encumbra a lo más alto es la riqueza, inteligencia y sensibilidad de sus matices, ofreciendo multitud de acentos que revelan que esta obra ofrece posibilidades que van más allá del mero contraste entre la fiereza de los movimientos extremos y el carácter nocturno del central, explorando especialmente el lirismo y la sensualidad que subyacen los pentagramas. Rattle dirige a su portentosa orquesta con mano firme, energía muy controlada y gran atención al detalle, aunque sin subrayar aristas ni resultar virulento; en este sentido, se echan de menos la energía, la incisividad y el colorido de un Solti, quizá también su imaginación en algunos pasajes. En cualquier caso, su técnica y su convicción terminan triunfando, sobre todo cuando se trata, como en el caso del solista, de poner de relieve los aspectos más líricos de la partitura, o de demostrar que los pasajes más virtuosísticos –por ejemplo, el “canto de pájaros” que es eje axial del simétrico Adagio– están llenos de poesía. Toma sonora excepcional en Blu-ray Pure Audio. (10)



14. Kozhukhin. Rattle/Sinfónica de Londres (Medici TV, 2017). Esta entrada apareció por primera vez como preparación personal para este concierto. Los que teníamos entrada para escuchar a Lang Lang en el Barbican Hall nos encontramos con Denis Kozhukhin, un joven que jamás había tocado la obra en público y se tuvo que preparar el asunto en pocos días. Le aplaudimos a rabiar, porque hizo mucho más que cumplir. Cierto es que su pulsación no es tan variada como la del chino, ni tan gran de su riqueza de matices expresivos; esto último tiene toda justificación, habida cuenta de la premura con que tuvo que enfrentarse a la partitura. Pero sí que posee un sonido macizo, muy robusto, poderoso sin ser especialmente percutivo, como también un tremendo sentido del ritmo. Y concentración, mucha concentración en un segundo movimiento en el que el piano le suena desafiante. En los otros dos, se enfrenta a la bestia con su tanque y la vence sin necesidad de dejar sangre en el teclado, si bien es cierto que, años más tarde, el pianista me confesaría en una firma de autógrafos que nunca olvidaría este concierto. Sobre Rattle y la LSO solo se pueden decir maravillas. La segunda parte del concierto está editada en disco: Haydn, An Imaginary Orchestral Journey(9)



15. Wang. Rattle/Filarmónica de Berlín (YouTube, 2017). Cuatro meses después del concierto londinense, Sir Simon se va a China y vuelve a hacer la obra con Berlín. Salvando un arranque no del todo brillante por parte de los metales, las cosas funcionan como en la grabación con Lang Lang. Es decir, de manera portentosa. La versión de la batuta, mucho más madura, por paladeada y rica en significaciones, que la que hacía en tiempos de Birmingham. Yuja Wang no posee el sonido tremendo que la obra demanda, pero compensa semejante insuficiencia con una electricidad desbordante –un tanto de cara a la galería, pero sumamente efectiva–, una claridad absoluta y muchísima comunicatividad, amén de atención plena a los aspectos líricos de la página. Lástima que la toma disponible no sea mejor. (9)



16. Bronfman. Nelsons/Filarmónica de Viena (Blu-ray CMajor 2022). Como era de esperar, una recreación de altísimo nivel en la que la batuta despliega incisividad, ritmo y fuerza telúrica sin descuidar la claridad ni la atención a los detalles, mientras que el pianista, quizá un punto menos variado en el toque que en otras ocasiones –hay varias tomas radiofónicas por ahí, incluida una con Barenboim–, ofrece todo el carácter percutivo que la página necesita al tiempo que se muestra muy dramático, doliente y rebelde en el segundo movimiento. Su virtuosismo es impresionante, tanto como el de la orquesta. Solo la comparación con las más grandes recreaciones de la página deja entrever que aún es posible una vuelta de tuerca más a esta, en cualquier caso, idiomática, intensa y soberbia lectura. (9)



17. Bronfman. Mehta/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2023). Yefim Bronfman otra vez. Poderosísimo. Percutivo ma non troppo. Decidido a combatir, a concebir su parte como un enfrentamiento con la orquesta, pero sin por ello renunciar a la limpieza digital ni a los matices. Un modelo perfecto del Bartók más tremendo, vaya. La orquesta no está menos increíblemente bien que en ocasiones anteriores y Mehta hace mucho más que concertar con la profesionalidad que le caracteriza: centra el estilo, motiva a los músicos y obtiene brillantez, aunque es el músculo que tanto le gusta lo que mejor le sienta a esta interpretación, disponible en 4K y con sonido Atmos. (9)

miércoles, 9 de abril de 2025

Concierto para piano nº 1 de Bartók: discografía comparada

Belá Bartók compuso el primero de sus tres conciertos para piano en 1926. Dos años atrás quedaba El mandarín maravilloso, pero a la Música para cuerda, percusión y celesta le quedaban aún diez para llegar. Estamos pues ante la etapa digamos "bestia" del compositor, aunque denominarla así puede llevar a engaño. En realidad, realizar un repaso por la discografía nos permite apreciar los tres grandes senderos que con esta genial partitura puede recorrerse y, con ello, entender en qué medida esta música ha de entenderse en un contexto más amplio.

Por un lado está la visión atmosférica, turbulenta y opresiva que enlaza con las "densidades centroeuropeas" y, a su vez, mira hacia el futuro. Por otro tenemos la posibilidad de marcar aristas, ritmos y violencia, no contradictoria con la opción anterior pero sí diferente: el expresionismo como opción estética, como deseo de romper con la tradición. Finalmente está la vía del folclore, del perfume magiar, incluso de la contemplación más o menos lírica. Todo ello está en la partitura, así que el intérprete de turno tiene que encontrar la manera bien de sintetizar los elementos, bien de apostar por una única vía, pero haciéndolo con tal convicción que no podemos poner reparos a su apuesta. Hay quienes lo han conseguido: de una manera u otra, esta partitura pertenece a Pierre Boulez y Daniel Barenboim, sean juntos o por separado.

Algunos de los textos siguientes ya fueron publicados en este blog. Otros son nuevos. En cualquier caso, lo interesante no es la puntuación que un servidor otorga del uno al diez, sino qué singulariza cada propuesta: solo a través de visiones bien diferenciadas podemos apreciar la riqueza de esta música.

 

 

1.     Anda. Fricsay/Sinfónica de la Radio de Berlín (DG, 1960). Grabación prestigiosa y sobrevalorada. Fricsay acierta con la sonoridad rústica de Bartók en el primer movimiento y con la generación de atmósfera sensual y misteriosa en el segundo, pero la transición al tercero es un disparate; lamentable este último por su blandura y deslavazamiento. A su labor le faltan, además, una adecuada administración de los picos de tensiones –sobre todo en el Andante– y depuración sonora, aunque esto se debe en parte a la discreta actuación de una orquesta con insuficiencias y tendente a la chapuza. Al pianista se le agradece un toque no demasiado percutido y un buen olfato lírico, pero la parquedad en los matices, la pobreza de las dinámicas, la ausencia de variedad expresiva y el escaso fuelle dramático pesan en su contra. (6)

2.     Rudolf Serkin. Szell/Sinfónica de Columbia (CBS, 1962). El maestro de Budapest propone una interpretación severa, áspera y malhumorada. Clarísima en el trazo, poco amable en la sonoridad y muy incisiva en la rítmica, apuesta por poner en primer plano los aspectos no ya angulosos, sino abiertamente inquietantes e incluso terroríficos, dejando en exceso de lado otros elementos de esta música, que también tienen su importancia. Serkin sigue el planteamiento a pies juntillas sin necesidad de que eso signifique falta de variedad en su toque ni caídas en el mero virtuosismo, que por su parte es grande. Lo de la formación sinfónica utilizada por CBS es un misterio, o no tanto: suena a Orquesta de Cleveland y la grabación se realizó allí mismo, así que deben de ser los chicos de Szell “disfrazados”. (8)

 


3.     Peter Serkin. Ozawa/Sinfónica de Chicago (RCA, 1965). A punto de cumplir los dieciocho años estaba Peter Serkin cuando registró este registro. Visto de semejante manera, uno no puede sino descubrirse ante el hecho de que un chavalito fuera capaz de tocar estás dos obras con semejante nivel técnico. Pero si comparamos estas lecturas con las de otros pianistas, el hijo de Rudolf no sale del todo bien parado. Y no tanto porque su enfoque sea percutivo –esto parece moneda corriente en estas páginas, aunque no resulte lo ideal–, sino más bien por lo monocorde de su toque y lo limitado de su expresividad, resultando por lo general plano e insípido. Tampoco Ozawa –que contaba veintinueve– resulta ideal para el universo bartokiano: este universo requiere un sentido de la rusticidad y una tensión dramática que no casan bien con su batuta elegante, sensual y refinada. Así las cosas, los resultados interpretativos son irregulares. El primer movimiento aburre un tanto, animándose solo un poco hacia el final del mismo gracias a una batuta que por fin parece dispuesta a echar la carne en el asador. Mucho mejor el nocturnal Andante: aquí la batuta se mueve muy bien explorando atmósferas y haciendo que las portentosas maderas de la formación norteamericana suenen de manera particularmente curvilínea. La transición al tercero resulta lentísima y de enorme atractivo; a partir de ahí se queda la interpretación en una notable solvencia –director y pianista poseen un buen sentido del ritmo– sin terminar de ofrecer el empuje y la garra que la agitada página necesita. (7)

 


4.     Barenboim. Boulez/New Philharmonia (EMI, 1967). Alguien pudiera pensar que este primer encuentro discográfico entre dos inmensos artistas tan diferentes entre sí podría resultar en un choque de trenes. Pues no, todo lo contrario. Repárese en que Boulez -cuarenta y dos años- es el Boulez de los sesenta, de sonoridad más ácida y expresividad más inmediata que el mucho más abstracto, menos radical de sus años para Deutsche Grammophon, y que Barenboim –aún no había cumplido los veinticinco– es el de su combativa etapa juvenil, aquella de la severidad, la hondura dramática y la renuncia a cualquier concesión. Entre los dos firman una interpretación negra, opresiva y asfixiante, llena de mala leche, de tensión tan poderosa como soterrada y elevado sentido de la atmósfera, en la que un piano poderoso y denso, no especialmente claro ni variado en el toque, se enfrenta a una orquesta soberbia en la que las maderas ofrecer ese “sonido Klemperer” tan particular y todas las líneas quedan impecablemente desmenuzadas. La toma necesita un nuevo reprocesado cuanto antes. (9)

5.     Bishop-Kovacevich. Colin Davis/Sinfónica de Londres (Philips, 1975). No están muy allá ninguno de los dos artistas. El director atiende a la claridad, pero aun así algunos tutti resultan algo confusos. El piano se muestra poderoso, de apreciable destreza técnica, percutivo sin excederse, pero también algo monocorde y unilateral en lo expresivo. Entre ambos construyen una introducción adecuadamente amenazadora y un tercer movimiento espléndido, con garra y decisión, quedándose en el resto en lo notable: falta atmósfera. (8)

 

6.     Pollini. Abbado/Sinfónica de Chicago (DG, 1977). El Abbado de los buenos tiempos deslumbra con una dirección mayormente incisiva y estridente, en la que los los soberbios metales de Chicago cobran protagonismo y se despliegan un alucinante sentido del color y de las texturas, por no hablar de un sentido del ritmo contagioso. Podría desplegar mayor riqueza conceptual apostando más por la sensualidad y el misterio, pero no vamos a negar que la sequedad del Andante posee su atractivo. ¿Y Pollini? Sobrado de tensión armónica, limpiezavigor rítmico, pero excesivamente percutivo y no muy variado en el sonido ni en la expresión. Aun así, disco a conocer. (9)


7.     Ashkenazy. Solti/Filarmónica de Londres (Decca, 1981). No es esta una lectura atmosférica sino vitalista, extrovertida, muy angulosa, nerviosa en el mejor de los sentidos, de tímbrica incisiva sin excesos y un enorme sentido del ritmo, así como impregnada de un fuerte sabor popular que, sin dejar de lado el carácter dramático de la página, aporta también una dosis de vitalidad, de frescura y hasta de cierto sentido del humor. Como Pollini, Ashkenazy apuesta por lo percutivo bajo un perfecto control de los medios, mas sin ofrecer suficiente variedad en el sonido. (9)

8.     Kocsis. Iván Fischer/Orquesta del Festival de Budapest (Philips, 1985). Esta interpretación puede enganchar por su carácter particularmente incisivo y efervescente, así como por su manera de conjugar un marcado sabor folclórico con la carga dramática que la página posee, pero lo cierto es que tanto la batuta como el solista terminan pecando de un exceso de nervio –el primer movimiento resulta demasiado rápido– que conduce a la falta de atmósfera, de sensualidad y de vuelo poético. En definitiva, una interpretación tan vistosa como epidérmica. (7)


9.     Jandó. Ligeti/Sinfónica de Budapest (Naxos, 1994). Esta es una visión muy distinta de la habitual: distendida y moderadamente luminosa, de gran sabor folclórico y apreciable sensualidad, y por ende alejada de la tensión dramática; en determinados momentos –segundo movimiento- resulta en exceso blanda en sus planteamientos. En cualquier caso, mejor la centrada labor de Jenó Jandó que una batuta algo deslavazada y de trazo grueso, poco atenta a la claridad y a la planificación minuciosa. (7)

10. Bronfman. Salonen/Filarmónica de Los Ángeles (Sony, 1994). Francamente bien el pianista: ágil e incisivo cuando hace falta, pero también variado en el toque, entre lo percutivo y lo misterioso, además de concentrado en el fraseo. No convence Salonen en el Andante: en exceso lineal y sin misterio. Mejor en los movimientos extremos, dirigidos con agilidad, tensión, inmediatez e incisividad, aunque se echa de menos claridad de líneas: parte de la culpa la tiene una grabación que deja a la orquesta en segundo plano. (8)

11. Schiff. Iván Fischer/Orquesta del Festival de Budapest (Teldec, 1996). El pianista de origen húngaro demuestra ser un gran recreador de su parte gracias a un toque poderoso que sabe no quedarse en lo percutivo, a un temperamento tan sincero como controlado y a una apreciable sensibilidad para el matiz. Junto a él, Iván Fischer vuelve a ofrecer una dirección extrovertida, entusiasta, de apreciable sabor folclórico y expresión lo suficientemente rica, incluso ofreciendo lugar para lo luminoso. Por desgracia, el Andante se queda corto en misterio y, en general, el tratamiento de la orquesta resulta poco depurado, aunque también es verdad que algunos primeros atriles ofrecen solos de acertada intención expresiva. (8)

12. Schiff. Rattle/Sinfónica de la Ciudad de Birmingham (Medici TV, 1997). Otra vez Schiff desplegando su talento, esta vez junto a un Rattle que ofrece una dirección entusiasta a más no poder, rica en incisiva en el color y pletórica del sentido del ritmo; ideal, por tanto, para poner de relieve lo que esta música debe al folclore, aunque no tan atenta a la hora de explorar atmósferas ni de clarificar el entramado orquestal. Una pena que la toma adolezca de compresión dinámica. (9)

13. Zimerman. Boulez/Sinfónica de Chicago (DG, 2001). He aquí una interesantísima visión que, tanto en piano como en orquesta, ofrece una perspectiva digamos “antirromántica”, esencial y despojada, que se aparta de manera voluntaria de lo expresionista sin perder por ello carácter tenso e implacable; carece asimismo de la atmósfera turbia y densa de otras recreaciones, empezando por la que años atrás el propio Boulez hizo con Barenboim. Por lo demás, el genial compositor francés se luce con un perfecto control de los medios que le permite obtener una claridad alucinante y trazar unas dinámicas matizadísimas. No menos técnica es la de Krystian Zimerman, quien se decide por un toque mayormente percutivo que no va en demérito de la inmediatez expresiva. La orquesta suena con menos agresividad y, por momentos, ofreciendo un carácter más luminoso que con Abbado y algunos solos de vuelo lírico apreciable, aunque sea relativo: Boulez no permite bajar la guardia. (9)

14. Pollini. Boulez/Orquesta de París (YouTube, 2001). Esta filmación de precaria calidad audiovisual tiene un morbo enorme: Boulez más Pollini. Clarísimo, decidido y de apreciable inmediatez expresiva el primero, ya alejado las densidades de antaño. De toque percutivo, limpio y decidido el segundo, quien a su vez frasea con nervio tan intenso como controlado pero una vez más se queda corto en matices. Muy adecuadas las maderas parisinas. (9)

15. Barenboim. Boulez/Sinfónica de Chicago (audio en YouTube, 2005). Esta precaria transmisión radiofónica nos permite advertir que gran parte de la rebeldía y tensión de la interpretación en estudio de los dos mismos artistas deja paso a una visión más distanciada, de perfecta arquitectura, en la que mejora de manera sensible la labor de un Barenboim haciendo gala de un toque más claro y variado. En cualquier caso, en seguida llegará un testimonio técnicamente mucho más satisfactorio. (9)

16. Barenboim. Boulez/Filarmónica de Viena (DVD Major, 2008). Definitivamente, la visión opresiva, rabiosa y visceral de los sesenta ha dado paso a otra con menos garra, más distanciada, pero más rica en significaciones, en la que hay que aplaudir especialmente a un Barenboim ahora mucho más matizado y más flexible, más creativo en definitiva, aunque su esfuerzo físico en el primer movimiento se deje notar. Impresionante el carácter atmosférico, entre sensual y opresivo, del Andante, que va acumulando una fuerza dramática impresionante. Igualmente hay que aplaudir las maderas curvilíneas de la orquesta y el perfecto control de un Boulez quizá algo más distanciado de lo deseable, pero perfecto conocedor de los entresijos de la partitura. (10)

17. Wang. Salonen/Sinfónica de la Radio de Suecia (YouTube, 2016). Veintidós años después de su registro en audio con Bronfman, Salonen repite y mejora su acercamiento inmediato y efervescente a la partitura ofreciendo un Andante más convincente, si bien la claridad sigue sin ser la máxima: de nuevo la calidad del audio, a la espera de que en alguna plataforma aparezca alguna copia decente, no ayuda. En cualquier caso, la estrella es Yuja Wang. La pianista china posee el toque ideal para esta música, percutivo y poderoso cuando debe serlo, pero capaz también de ser modelado con infinidad de matices y de destilar hermoso vuelo lírico, así como apreciable flexibilidad y un nervio –incluso nerviosismo en el movimiento conclusivo– que encaja bien con la propuesta de Salonen. Otra cosa es que su visión, contrastada pero poco interesada por la parte más densa de la música, termine de convencer a quienes entienden esta partitura desde la angustia existencial. (8)

18. Barenboim. Rattle/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2018). Han pasado diez años desde su filmación con Boulez, y ya desde los primeros compases se aprecia que Barenboim aún está dispuesto a dar una vuelta más de tuerca a la obra jugando con los ritmos sincopados bartokianos, con los acentos, con dinámicas y colores… Que de nuevo algún pasaje del primer movimiento le resulte digitalmente trabajoso importa poco ante semejante despliegue de compromiso, aunque es en el segundo donde se eleva a cotas inigualables de inspiración. ¡Qué manera de desplegar las texturas nocturnales! ¡Qué progresión hacia el clímax dramático de la parte solista! En tercero hay que descubrirse especialmente ante un sonido poderosísimo, denso a más no poder, pero también capaz de las mayores sutilezas, sin tener la necesidad de resultar percutivo ni de destacar cada nota con limpieza extrema: las “brumas germánicas” resultan bienvenidas. Todo ello lo hace el maestro sin quedarse en la mera exhibición de músculo, sino ofreciendo intensidad dramática del altísimo voltaje en perfecta sintonía con un Rattle implicadísimo en la expresión, dramático y escarpado a más no poder –terrorífico el clímax del Andante– sin que el tremendo despliegue de vehemencia haga peligrar una arquitectura planificada con portentosa perfección ni le haga olvidar la necesidad de ofrecer los más adecuados colores de una orquesta que resulta ideal para la obra, mucho más que la de Filarmónica de Viena: los primeros atriles son todos oírlos para creerlos, por no hablar de esa cuerda musculada y poderosísima que contribuye no poco a los referenciales resultados de esta recreación. (10)

19. Aimard. Salonen/Sinfónica de San Francisco (Pentatone, 2022-23). Por fin Salonen tiene la oportunidad de ofrecernos su testimonio con una ingeniería de sonido a la altura de las circunstancias, pero el resultado lo que hace es confirmar que, aunque solo de manera parcial, la falta de claridad de sus aproximaciones anteriores se debe en parte a una batuta más interesada por la efervescencia que por el análisis. Extraña que en el Andante vuelva a las prisas y la linealidad de la grabación con Bronfman. Por otra parte, su visión encajaba mejor con el carácter bullicioso de Yuja Wang que con un Aimard que se muestra moderado para lo bueno y para lo no tan bueno. Y es que el pianista francés, que hace gala de un toque denso y mucha atención a los reguladores, renuncia a ofrecer una visión combativa o vistosa para decantarse más bien por una suerte de clasicismo que hubiera conectado mejor con la dirección del Boulez tardío. ¿Algo soso? Sí. (8)

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