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domingo, 30 de agosto de 2026

Sinfonía nº 1, “clásica”, de Prokofiev: discografía comparada

ACTUALIZACIÓN 30.VIII.2026

La entrada original es del 4 de agosto de 2013. Añado siete interpretaciones y reformo el texto de alguna ya comentada que he vuelto a escuchar.

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La Sinfonía Clásica de Prokofiev no necesita presentación alguna, pero conviene recordar un dato: cuando la compuso entre 1916 y 1917, es decir, a los veintiséis años de edad, el artista tenía ya algunas obras de importancia en su catálogo, como la Suite Escita, y por las mismas fechas escribe otra obra de no menor inspiración, el Concierto para violín nº 1, del que ya presenté su correspondiente discografía comparada.

También es necesario advertir que esta Primera Sinfonía resulta particularmente difícil de interpretar. Por un lado, hay que hacerlo con toda la depuración sonora, elegancia y equilibrio que precisa el repertorio propiamente clásico al que el título y las intenciones hacen alusión. Por otro, es necesario capturar el espíritu propio de Prokofiev, esto es, su particular sentido del humor y, no menos importante, su latente lirismo melancólico. Quedarse en el simple juego estético neoclasicista resulta por ello tan equivocado como acentuar los aspectos trepidantes más de cara a la galería, que es la trampa en la que caen unos cuantos maestros en busca del aplauso fácil. Por no hablar de los muchos que frasean con rigidez, de modo cuadriculado y sin encanto ninguno. A mi entender, son muy pocos los directores que aciertan plenamente en esta obra y sacan a la luz la enorme genialidad de su inspiración. A mi entender, solo dos: Giulini y Celibidache.

Antes de pasar a la comparativa –conviene recordar que eso de puntuar del uno al diez resulta tan pueril como injusto en un terreno como el de la crítica estética, pero sirve para aclarar las ideas–, interesa puntualizar un detalle que se aprecia en numerosos registros: los ingenieros de sonido tienden a excederse con la reberberación, quizá por un equivocado deseo de "hinchar" sinfónicamente una partitura que en realidad está pensada para una orquesta de tamaño mediano.

Son sus movimientos:
  1. Allegro
  2. Larghetto
  3. Gavotta: Non troppo allegro
  4. Finale: Molto vivace




1. Koussevitzky/Sinfónica de Boston (RCA, 1947). Que la orquesta norteamericana alcanzó un gran nivel con el mítico director ruso queda fuera de toda duda: parece mentira que –en general– sea capaz de seguir sus tempi desquiciados en esta, digámoslo abiertamente, precipitada y nada elegante interpretación que resulta deleznable en los dos primeros movimientos, mecánicos, machacones y muy insensibles. Los otros dos, siempre dentro de una línea trepidante ante todo, alcanzan un más digno nivel. (4) 
 
 
Prokofiev Sinfonía Clásica Celibidache Berlin

2. Celibidache/Filarmónica de Berlín (EMI, 1948). Resulta pasmoso que con tan solo treinta y cinco años, y al frente de la orquesta cuyo podio compartía entonces nada menos que con Furtwängler –estamos en las fechas de la gira juntos, aunque oficialmente el titular era el rumano–, Celi fuera capaz de acertar plenamente no solo en el estilo sino también en el contenido expresivo de la obra, derrochando encanto, vuelo lírico –lentísimo el Larghetto–, carácter espiritoso y un enorme sentido del humor sin caer en ninguna de las trampas interpretativas que acechan en la partitura, y todo ello además haciendo gala de una encomiable claridad. Muchos años más tarde el maestro ofrecerá una dosis aún mayor de refinamiento e imaginación, limando además algunos “excesos juveniles” evidentes en el primer movimiento, pero esta interpretación es ya formidable. Lástima que se encuentre descatalogada. (9)
 
 

3. Toscanini/Sinfónica de la NBC (audio YouTube, 1951). Este registro en vivo, colgado en la red por algún aficionado, es complementario del realizado poco antes en estudio por los mismos intérpretes. Independientemente de la mediocre calidad de la orquesta y de los evidentes desajustes, el maestro italiano dirige con insensibilidad y machaconería, aprisa y corriendo, con escasa elegancia y ninguna cantabilidad. Solo su olfato para la ironía agria y un bien trazado cuarto movimiento redimen parcialmente este cúmulo de horrores. (5)



4. Markevitch/Philharmonia (Testament, 1951-52). Interpretación muy vitalista y espiritosa, poco dada a la evocación melancólica, pero en cualquier caso sin precipitarse y desde luego muy alejada de lo pimpante o trivial. Lo más discutible es el Larghetto, incisivo y anguloso en los pizzicatti y el tratamiento de las maderas, pero no muy emotivo. Sensacional el Finale. A veces se echa de menos claridad en las maderas, quizá por la grabación, realizada originalmente por EMI. (8)

 
 

5. Fricsay/RIAS de Berlín (DG, 1954). Buen enfoque, entusiasta y con sentido del humor, sin precipitaciones y con un apreciable vuelo lírico en el segundo movimiento, para una realización un tanto tosca, sin mucha claridad y algo chapucera por parte de la orquesta. El final es un tanto bruto. Prescindible. (7)
 
 
Prokofiev Sinfonía Clásica Malko

6. Malko/Orquesta Philharmonia (EMI, 1955). Notable interpretación de trazo sólido y seguro, ajena a los devaneos sonoros, clara en los planos y muy centrada en lo expresivo, a la que le faltan compromiso e inspiración para alcanzar el equilibrio entre lirismo e ironía que la obra necesita: no se comprende que algunos críticos la hayan considerado de referencia. Muy bien la orquesta, pese a algún desajuste. Sonido estéreo espléndido para la época. (8)


Prokofiev Sinfonía Clásica Ancerl

7. Ancerl/Filarmónica Checa (Supraphon, 1956). Conviene revisar las mitificadas interpretaciones del maestro checo: aquí aborda la obra con evidente energía, sano desenfado y apropiada efervescencia pero su pulso es tan precipitado, su planificación tan pobre, su cantabilidad tan escasa y su elegancia tan inexistente que el resultado es muy mediocre. La orquesta no ayuda precisamente. La reverberación de la toma parece añadida por la muy discutible remasterización del original estereofónico. (5)



Prokofiev Sinfonía Clásica Kurtz

8. Kurtz/Philarmonia (EMI, 1957). La falta de matices por parte de la batuta es evidente, echándose de menos una buena dosis de imaginación para ofrecer la chispa, el sarcasmo y el lirismo necesarios, pero la seriedad del maestro ruso, su buena planificación, su entusiasmo y su rechazo al devaneo sonoro le hacen, junto a la excelencia de la orquesta, ganar la partida. (7)
 
 
Prokofiev Sinfonías Rozhdestvensky

9. Rozhdestvensky/Gran Orquesta Sinfónica de la RTV de la URSS (Melodiya, 1966). El primer movimiento resulta un verdadero horror, pero no porque el maestro, tantas veces admirable en este repertorio, quiera ver la obra desde el punto de vista del Prokofiev más aristado y agresivo, sino por basto, machacón y precipitado. El segundo y el tercero, algo sosos, se muestran mucho más centrados en lo expresivo y están bien dichos. El cuarto vuelve a ser una locomotora sin frenos, aunque aquí la vitalidad y el buen dominio del lenguaje que muestra Rozhdestvensky son un tanto a su favor. El sonido es deficiente: quizá pudiera mejorar con un nuevo reprocesado. (5)

 
Prokofiev Sinfonía Clásica Bernstein

10. Bernstein/Filarmónica de Nueva York (Sony, 1968). Al frente de una orquesta no muy allá pero haciendo gala de su proverbial comunicatividad y entusiasmo, el maestro norteamericano ofrece una recreación que engancha desde el primer momento por extravertida, animada y espontánea, dotada además de un risueño –más que sarcástico– sentido del humor. Es problema es que pero también resulta algo tosca, poco elegante, escasamente lírica y desde luego no muy “clásica”. (8)
 

Prokofiev Sinfonía Clásica Svetlanov

11. Svetlanov/Sinfónica del Estado de la URSS (BBC Legends, 1968). Nada en especial aporta esta toma en vivo, por cierto demasiado precaria como para enjuiciar correctamente el equilibrio de planos sonoros en un primer movimiento que, por lo demás, parece muy bien llevado. El segundo, correctísimo y un tanto insulso. En el tercero sobresalen el tratamiento sarcástico de la madera y algunos rubati de interés. Desdichadamente los aciertos parciales de esta interpretación se echan a perder en el cuarto, rapidísimo e insensible. (6)
 
  

12. Abbado/Sinfónica de Londres (Decca, 1969). A sus treinta y seis años lleno de talento y demostrando unas tremendas ganas de hacer música, Abbado defrauda de manera considerable en un primer movimiento tan vitalista y entusiasta como cuadriculado y poco elegante, por no decir machacón, amén de poco interesado por desmenuzar la partitura. Mucho mejor el segundo, paladeado con adecuada cantabilidad y dicho sin prisas, y sin duda espléndido el tercero, con unas maderas filigrana pura que destilan toda la ironía que la música necesita. Al cuarto, magníficamente expuesto, le faltan vitalidad y atención a sus posibilidades expresivas, pero es de agradecer que el maestro no caiga en el atropellamiento y el efectismo de su posterior registro para DG. (7)


13. Masur/Filarmónica de Dresde (Berlin Classics, 1969?). Un desastre el primer movimiento: precipitado, insensible, carente por completo de elegancia, y expuesto con una vulgaridad talo que las maderas ni se oyen. Sí lo hacen en un segundo que, aun lejos de destilar poesía, al menos posee un muy adecuado toque de picardía. Muy bien el tercero, y muy correctamente planteado y expuesto el último. La toma se ha conservado mejor de lo esperable. (6)



14. Martinon/Nacional de la ORTF (Vox, 1971). No está claro si el maestro falla al entender a Prokofiev como un compositor eminentemente trepidante o al interpretar el clasicismo con excesivo hincapié en lo frívolo, lo grácil y lo risueño, pero lo cierto es que esta interpretación, no muy bien tocada y un tanto confusa, esto último en buena medida debido a la reverberante acústica de la sala, resulta tan vistosa como en exceso extravertida y tópica, cuando no –terrible el primer movimiento– precipitada, insensible y machacona. (5)
 
 
Prokofiev Sinfonía Clásica Ormandy

15. Ormandy/Orquesta de Philadelphia (RCA, 1972). Una pena desperdiciar tan soberbia orquesta en una interpretación de concepto frívolo y pimpante, dicha además con demasiadas prisas, no mucho encanto y escasa atención al matiz expresivo. Solo se salva el último movimiento, muy animado y pletórico de virtuosismo. La toma sonora tampoco es muy allá. (6)
 
 
Prokofiev Sinfonía Clásica Marriner

16. Marriner/Academy of Stm Martin in The Fields (Decca, 1972?). Queda claro que Sir Neville y sus chicos interpretan el neoclasicismo de Prokofiev igual que lo hacen con el clasicismo propiamente dicho, es decir, de manera aérea, distendida y luminosa, fraseando con ligereza, agilidad e incuestionable naturalidad, aportando además esa distinción típicamente británica, pero pasando por completo de largo ante todo lo que sean claroscuros expresivos. A veces, incluso (¡qué Gavotta más rutinaria!) de los matices propiamente dichos. El resultado es una interpretación tan placentera como inofensiva. La toma de sonido, distorsionada y un tanto reverberante, no está a la altura. (7)
 
 


17. Weller/Sinfónica de Londres (Decca, 1974). No hay en esta algo primaria y un tanto deslavazada realización particular elegancia, ni encanto, ni refinamiento, ni poesía ni sentido del humor, pero al menos está realizada con ganas –muy bien el primer movimiento, algo alicaído el segundo–, es comunicativa y se escucha con placer. En la integral de Weller hay cosas bastante peores.  (7)
 
 
Prokofiev Sinfonía Clásica Ashkenazy

18. Ashkenazy/ Sinfónica de Londres (Decca, 1974). Solo un mes más tarde de su grabación con Weller, la London Symphony repite la obra para el mismo sello y en la misma sala de grabación, el desaparecido Kingsway Hall, pero los resultados tampoco son para tirar cohetes: primer movimiento precipitado y de trazo muy grueso –apenas se escuchan las maderas–, segundo más lento e igual de alicaído que antes, tercero sin apenas encanto y cuarto, menos mal, animado y trepidante sin desatender la claridad. (7)



19. Celibidache/Orquesta de la Suiza Italiana (YouTube, 1975). Impagable testimonio, en color pero con importantes limitaciones en el audio, de un Celibidache demostrando a los sesenta y tres años ser capaz de sacar petróleo de una orquesta muy medianita para bordar una recreación que mejora la antigua suya en Berlín y anuncia la por completo genial de la Filarmónica de Múnich. Curiosamente, aquella estará expuesta con mayor finura y sensualidad, pero hay algún detalle excepcional aquí que no se repetirá. Quien quiera tener clara la diferencia entre tocar e interpretar, que vea este vídeo: se puede tocar bastante mejor, pero difícilmente interpretar la partitura con más estilo, mejor mezcla de elegancia, picardía y salero o mayor número de ideas lúcidas –que no caprichos– en torno a la agógica y la dinámica al servicio de una partitura en la que se cree firmemente. (9)



20. Giulini/Sinfónica de Chicago (DG, 1976). Ante todo, y pese a que los violines en algún pasaje no suenan con el portentoso empaste en ellos habitual, es esta una interpretación tocada de maravilla por una orquesta cuyos solistas, además, son extremadamente musicales; y es una interpretación dirigida con una asombrosa claridad, realmente inigualada en toda la historia del disco, haciendo Giulini se escuchen con singular nitidez todas y cada una de las líneas instrumentales, siempre con gran atención a las voces intermedias y logrando un perfecto equilibrio polifónico. Ahora bien, lo más importante es que a todo esto se añade que el maestro italiano logra ofrecer una versión muy “clásica” (sobria, equilibrada, elegante, ajena al efectismo, sin pathos excesivo y alejada del arrebato) que saca todo lo que la partitura tiene de lirismo y de evocación, pero presentando al mismo tiempo todo el trasfondo de ironía y mala leche que alberga la partitura, siempre dentro –no podía ser de otra forma tratándose de Giulini– de un humanismo que rechaza el excesivo sarcasmo. El único reparo, muy relativo, es que el segundo movimiento, llevado con más rapidez de la esperada después de un primero en el que las cosas se toman con calma, no ofrece toda la elevación poética que conseguirá más tarde un Celibidache. La toma sonora, como todo lo que grabó DG en Chicago por aquellas fechas, es soberbia. Versión de referencia. (10) 
 


21. Kosler/Filarmónica Checa (Supraphon, 1976). Artesanía de primera la de un Zdenek Kosler que acierta en la expresión, evita toda vulgaridad y trabaja con pinceles finos alcanzando un acertado punto de equilibrio expresivo entre las diferentes facetas de la partitura. A destacar el trabajo con el entramado interno de las maderas en los movimientos extremos, realmente notables. Antes irónico que efusivo el Larghetto, correcta sin más la Gavotta. La toma de sonido es muy poquita cosa. (7)



22. Previn/Sinfónica de Londres (EMI, 1977). De las realizadas con la Sinfónica de Londres en los años setenta esta lectura, bajo la dirección de su titular, es con diferencia la mejor. Lo es por el evidente entusiasmo de Previn, su riqueza expresiva y su perfecto idioma, sino también por el acierto a la hora de equilibrar jovialidad, elegancia e ironía en su punto justo. Es eso lo que significa la objetividad que asociamos con su batuta: atender a todo lo que está ahí sin voluntad de poner unos aspectos por encima de otros ni de ofrecer una mirada personal. Ortodoxia en estado puro, para lo bueno y para lo menos bueno. Por lo demás, hay que descubrirse ante una técnica que le permite desarrollar una arquitectura de pulso perfecto: rara vez hay en él languideces o precipitaciones, y en esta obra tan peliaguda en ese sentido tampoco se da el caso. Qué decir, finalmente, de su capacidad para aclarar las texturas sin que el resultado parezca presidido por el análisis: el cuarto movimiento es una maravilla en este sentido. El viejo reprocesado de 1986 que circula por nuestros lares deja mucho que desear: bastante mejor el del SACD. Intente encontrarlo por en aguas sarracenas. (9)
 
 

23. Solti/Sinfónica de Chicago (Blu-Ray Cmajor, 1977). Posterior solo año y medio a la descomunal recreación de Giulini con la misma orquesta, resulta asombroso el modo en que la formación norteamericana es capaz de poner su enorme virtuosismo –increíbles las maderas– al servicio de una lectura no ya muy distinta sino conceptualmente opuesta, aunque no menos defendible en su planteamiento que la anterior: frente a la cantabilidad, el humanismo, la sensualidad y el humor más bien soterrado del italiano, la extroversión, la incisividad, la picardía, la inmediatez y la frescura irresistibles del maestro húngaro, quien tampoco se queda precisamente corto a la hora construir el edificio de tensiones y de clarificar texturas al tiempo que sabe ser elegante a su manera, esto es, sin abandonar la virilidad y el carácter decidido que le caracterizan. Falta, eso sí, un sabor más evidente a Prokofiev, así como una dosis mayor de creatividad y compromiso expresivo, sobre todo en los movimientos centrales. (9)

 

24. Maazel/Nacional de Francia (Sony, 1981). Interpretación vitalista y luminosa, dicha con la incisividad apropiada y con una buena dosis de sal y pimienta que resulta muy bienvenida, sobre todo en el último movimiento, pero no del todo clara ni elegante, además de escasa en sensualidad y vuelo lírico en el segundo movimiento. La orquesta evidencia algunas limitaciones. (7)



25. Karajan/Filarmónica de Berlín (DG, 1981). El maestro salzburgués cae en las dos grandes trampas que acechan a esta interpretación: tener delante a la Filarmónica de Berlín y llamarse Herbert von Karajan. La primera le lleva a recrearse en una cuerda musculosa y de superficie muy pulida para olvidarse del entramado de las maderas. La segunda, a adoptar un enfoque frívolo, hedonista, por momentos pimpante y hasta con detalles de coquetería fuera de tiesto, amén que muy ajeno al sentido del humor propio de Prokofiev. El resultado es trivial y aburrido. La toma sonora podría ser mejor. (6)
 
 

26. Abbado/Orquesta de Cámara de Europa (YouTube, 1981). Las deficiencias sonoras de este vídeo son tan graves que solo se puede recomendar a quienes estamos interesados en conocer la evolución de un Claudio Abbado que aquí a principios de los ochenta se encontraba justo en el cénit de inspiración dentro de su “primer estilo” y todavía apenas evidenciaba el gran cambio a peor. En cualquier caso, parece claro que el maestro nunca terminó de sintonizar con esta obra: la interpretación se encuentra a medio camino entre la antigua suya para Decca de 1969 y la que hará con esta misma formidable orquesta de jóvenes para DG en 1986, posiblemente sea un poco mejor que esas dos, porque se liman algunos errores de la primera y no se llega a la trivialidad de la última, pero las desigualdades están ahí. Hay nervio, incisividad y desparpajo, incluyendo –maderas de la Gavota– su punto de picardía; también precipitación y más de un exceso en los timbales. Lo dicho, solo para quienes quieran profundizar en el arte del maestro milanés. (8)

 
Prokofiev Sinfonía Clásica Solti Decca

27. Solti/Sinfónica de Chicago (Decca, 1982). Una toma sonora extraña, en absoluto a la altura de lo que hacía Decca en estas fechas, perjudica seriamente a una de las menos afortunadas interpretaciones de Solti en los albores del sonido digital. Su primer movimiento resulta precipitado, vulgar y sin gracia ninguna. Segundo tan correcto como insulso. Tercero bien llevado, sin resultar particularmente irónico. Cuarto espléndido, ágil y con desparpajo, con una orquesta y una batuta que exhiben todo su virtuosismo: demasiado tarde. Muy preferible su filmación de 1977. (7)
 
 
Prokofiev Sinfonías Jarvi

28. Neeme Jarvi/Nacional Escocesa (Chandos, 1985?). No es precisamente el estonio un director fino, cosa que aquí queda bien clara en el grosero clímax del Larghetto y en la no muy depurada disección del entramado orquestal –la reverberante toma tampoco ayuda–, pero su entusiasmo se hace evidente en esta interpretación luminosa y extrovertida, que no naif, ni pimpante ni atropellada, como le suele ocurrir a otros directores, sino con una buena dosis de sal y pimienta, es decir, de esa picardía y sentido irónico tan adecuados en esta partitura. (8) 
 
 
Prokofiev Sinfonía Clásica Previn Los Angeles

29. Previn /Filarmónica de Los Ángeles (Philips, 1986). Lógicamente mejor grabada que su recreación con la London Symphony, esta nueva grabación de Previn vuelve a dar en la diana en lo que a transparencia e idioma se refiere, ganando quizá ahora un punto de agilidad pero pinchando en el segundo movimiento, cuya sección central resulta en exceso rápida y está tratada de modo pimpante. (8)

 
Prokofiev Sinfonía Clásica Abbado DG

30. Abbado/Orquesta de Cámara de Europa (DG, 1986). Aunque la cosa ya se venía venir en su filmación cinco años anterior con esta orquesta, aquí quedan más en evidencia esas nuevas maneras con que el milanés empieza a entender la música en general y el clasicismo en particular: una mezcla de coquetería, refinamiento mal entendido y levedad sonora que se harán presente en sus tristes años de madurez. El primer movimiento le sale mejor que en su antigia versión de Londres, ganando en elegancia y picardía al tiempo que pierde la molestia contundencia de la ocasión anterior; eso sí, sobra el efectismo de los timbalazos, más aún habida cuenta de la reverberante acústica de la Konzerthaus. El segundo está ahora dicho con prisas (3’46’’) y tiende a esas maneras aéreas y frívolas antes referidas. Muy animado y con buenos detalles, pero en exceso pimpante el tercero: de nuevo salimos perdiendo. Y muy de cara a la galería el cuarto, convertido en una vertiginosa carrera para que la orquesta haga gala de virtuosismo y entusiasmo sin detenerse a paladear la música como es debido, ni a analizarla ni a mezclar la mucha electricidad desplegada con elegancia ni cn verdadero espíritu clásico. Pura fachada de un Abbado que, decididamente, ha iniciado su declive artístico.  (7)



31. Rostropovich (Erato, 1986-87). Interesado como siempre en la vertiente más lírica y humana del compositor, Rostropovich ralentiza los tempi, sustituye la luminosidad por el pathos y pone de relieve la cantabilidad melódica de la partitura con un fraseo muy natural, amplio y elegante, que se aleja del carácter trepidante de otros directores para aportar un toque de serenidad y carácter contemplativo, un punto otoñal quizá, y un tanto melancólico en un Larghetto lentísimo y algo pesante. La Gavota está llena de encanto, y el Finale está dicho con fluidez sin precipitarse lo más mínimo. Falta, en cualquier caso, una arquitectura más aquilatada en el primer movimiento, y en general da la sensación de que se necesita un grado mayor de depuración sonora, lo que en parte puede deberse a una orquesta que no es de primera, como también a una toma de reverberación excesiva. Con todo, se escuchan algunos detalles inhabituales, como las pinceladas de la trompeta en el segundo movimiento. (8)
 
 
Prokofiev Sinfonía Clásica Orpheus

32. Orpheus Chamber Orchestra (DG, 1987). Lejos del pathos que van a exhibir un Rostropovich o un Ozawa, pero sin caer tampoco en la tentación de lo frívolo o lo pimpante, los Orpheus ofrecen una interpretación obviamente de sonoridad camerística, dicha con tempi rápidos pero sin la menor precipitación, increíblemente bien tocada y de una claridad pasmosa, que en lo expresivo resulta ágil, luminosa y radiante de entusiasmo, risueña antes que irónica –Gavotta–, poética cuando debe y siempre de un enorme encanto. Por si fuera poco, la toma sonora es fabulosa. (9)
 
 
Prokofiev Sinfonía Clásica Kitajenko Melodiya

33. Kitajenko/Filarmónico-Sinfónica de Moscú (Melodiya, 1987). Un primer movimiento precipitado, vulgar y sin el menor encanto hace presagiar lo peor. Por fortuna el Larghetto se encuentra notablemente paladeado, la Gavotta está muy bien planteada –irreprochable el tratamiento de las maderas– y el Finale se desarrolla con enorme corrección. Lo que es imperdonable es que la toma, presuntamente digital, ponga a las maderas en primer plano para relegar a la cuerda, sea en exceso reverberante y presente una molesta distorsión tímbrica. Cuesta trabajo escucharla. (6) 
 
 

34. Celibidache/Filarmónica de Múnich (Blu-ray Euroarts, febrero 1988). Sin alcanzar el grado de perfección técnica, limpieza, distinción y sentido de lo apolíneo del registro de Giulini con la Sinfónica de Chicago, Celibidache ofrece en esta filmación “de estudio”, sin público, acompañada de unos maravillosos ensayos en los que el maestro rumano despliega todo su histrionismo facial, una recreación antológica en la que, además de desmenuzar de maravilla todo el entramado orquestal y desplegar el riquísimo sentido del color que en él es habitual, se ponen de relieve como nunca los aspectos más irónicos y socarrones de la obra –portentoso el tratamiento de las maderas– ofreciendo mucha retranca, pero sin excederse en la acidez y sin merma alguna de la elegancia consustancial a la obra ni del vuelo poético que debe alcanzar –y aquí lo hace como pocas veces– el segundo movimiento. La lentitud de los tempi no debe echar atrás para nadie, porque la arquitectura está delineada sin fisuras. A destacar, por añadir algo entre tantas maravillas, los prodigiosos rubati en la Gavotta y la alucinante manera en la que esta se va acercando a la conclusión. Solo una pega: en los clímax del primer movimiento no se escucha del todo bien el entramado de las maderas. El sonido es un estéreo de buena calidad. (10)
 
 
Prokofiev Sinfonía Clásica Celibidache EMI

35. Celibidache/Filarmónica de Múnich (EMI, 26 de marzo de 1988). Repetición de la jugada, esta vez en vivo. Al ser solo audio, se pierde uno el espectáculo de ver a Celi dirigiendo. En cualquier caso, excepcional. (10)



36. Karajan/Filarmónica de Berlín (Blu-ray Sony/CMajor, Digital Concert Hall y Stage +, 1988). Justo antes de deslumbrar junto a Kissin en el Primero de Tchaikovsky, Karajan ofreció la noche de fin de año una interpretación animada y con empuje, pero no muy clara, algo espesa y amazacotada, con un segundo movimiento frívolo y pimpante. En cualquier caso, mejor que su registro de estudio. (7) 
 


37. Ozawa/Filarmónica de Berlín (DG, 1989). Tal vez influido por su amigo Rostropovich, el director oriental ofrece una lectura singular y muy discutible, pero no poco fascinante, en la que sirviéndose de una orquesta grande de robusta cuerda grave, valiéndose de unos tempi francamente lentos sin que el pulso se le venga abajo y haciendo gala del desarrollado sentido del color, la enorme elegancia y esa peculiar sensualidad digamos “oriental” que caracterizan su batuta, se pone de relieve la vertiente más lírica y melancólica de esta música, como si se quisiera tender un puente hacia la última sinfonía del autor. No hay aquí, por tanto, nada de la espontaneidad, del descaro y del carácter trepidante que normalmente asociamos a esta obra, pero la lectura resulta coherente y está maravillosamente realizada: pocas veces se habrá escuchado tan bien tocada por parte de una orquesta y tan admirablemente desmenuzada por parte de un director. (9)

 
Prokofiev Sinfonía Clásica Zedda

38. Zedda/Orquesta de Cámara de Lausana (Virgin, 1989). Han adivinado: el referente de esta interpretación es Rossini. Y lo es para bien, sobre todo en un primer movimiento ágil y espiritoso en el buen sentido, chispeante pero no superficial, en el que además el maestro italiano se permite prestar atención a las líneas de la trompeta que generalmente pasan desapercibidas. La inclinación lírica también se percibe en un Larghetto cantado con delectación, aunque de pulso irregular. Muy bien salpimentada la Gavotta y algo falta de electricidad pero en absoluto precipitado (¡menos mal!) el Finale, elegante y maravillosamente desmenuzado. En conjunto, una interpretación en la línea de Giulini, sin llegar a su excelsa altura. (9)
 
 
Prokofiev Sinfonía Clásica Barshai

39. Barshai/Philharmonia (Collins-Alto, 1989). Al frente de una orquesta no en su mejor momento recogida por una toma de volumen bajísimo y un punto difusa, el mítico Barshai ofrece una recreación irreprochable en el estilo, con todo en su sitio, dicha con cierta convicción y buen gusto, pero no del todo clara, no muy bien tensada y, globalmente, un tanto sosa e inexpresiva. Prescindible. (7)
  


40. Muti/Orquesta de Philadelphia (Philips, 1990). Interpretación muy briosa e irónica que solo flaquea por el primer movimiento, basto y algo precipitado. También es verdad que el tercero podía tener más sentido del humor. Pero el Larghetto está lleno de poesía y el Finale resulta verdaderamente sensacional, en parte gracias a unas maderas deslumbrantes. En realidad, toda la orquesta está para quitarse el sombrero, independientemente de que resulte demasiado grande. (9)
 
 
Prokofiev Sinfonía Clásica Tilson Thomas

41. Tilson Thomas/ Sinfónica de Londres (Sony, 1991). Aunque se trata de una lectura más idiomática que la media, sobre todo por el tratamiento de las maderas, lo cierto es que el maestro norteamericano navega con el piloto automático puesto y apenas el buen trazo del primer movimiento y algún logrado rubato en la Gavotta logran hacernos despertar en medio de la rutina y la indiferencia expresiva que terminan imponiéndose. La toma sonora es algo turbia. (6)


 Prokofiev Sinfonía Clásica Levine

42. Levine/Sinfónica de Chicago (DG, 1992). Con una batuta tan pedestre como la de Levine se podía temer lo peor, pero lo cierto es que el mal gusto del maestro solo se evidencia en un primer movimiento sin duda vitalista y con espléndido sentido del humor, pero también precipitado, machacón y carente de toda elegancia. El resto, sorprendentemente, está dicho con excelente línea, buen gusto y un espléndido equilibrio entre frescura y control, a lo que no es ajeno el enorme virtuosismo de una Sinfónica de Chicago en el mejor momento de su trayectoria. De hecho, a la postre es una interpretación superior a la que su titular Sir Georg Solti grabó con ella en estudio para Decca diez años atrás. La toma de sonido, también de manera inesperada, es igualmente mucho más satisfactoria. (8)
 
 
Prokofiev Sinfonía Clásica Simonov

43. Simonov/Royal Philharmonic Orchestra (RPO, 1996). El maestro ruso parece querer enfrentarse con la tradición de lo trepidante y, tomándose las cosas con calma, desarrolla una interpretación equilibrada, elegante y cuidadosa, ágil más no pimpante, y desde luego antes lírica que irónica, aunque paradójicamente funciona mejor en los movimientos extremos que en los centrales, algo desvaídos. Los ingenieros de sonido hicieron un buen trabajo, aunque con el defecto tan habitual en esta obra: excederse en la reverberación. (7)
 
 
  CD-Muti-Wiener Mozart 40 Prokofiev Schubert

44. Muti/Filarmónica de Viena (VPO, 2000). Globalmente esta lectura es algo superior a la del propio Muti en Philips, pues aunque la orquesta vienesa no tiene la perfección de la de Filadelfia, e incluso muestra unos violines no siempre empastados, tiene unas dimensiones y una sonoridad mucho más adecuadas para esta obra: menos robusta y más transparente. El primer movimiento está mejor dirigido, resultando menos precipitado y conservando su mismo sentido del humor, aunque no vendría mal una mayor atención a la polifonía de las maderas. El segundo es quizá un punto menos poético. Al tercero sigue pudiéndosele sacar más partido, y el cuarto vuelve a ser admirable. (8) 
 
 
 

45. Gergiev/ Filarmónica de Viena (DVD TDK, 2000). Al poco de interpretar la partitura con Muti, la orquesta vienesa sigue mostrándose espléndida para esta partitura, pero la dirección de Gergiev, sin duda encendida y dotada de un acertado sentido del humor, resulta gruesa y vulgar en comparación con la del napolitano. Su Allegro inicial está bien, sin ser precisamente refinado; el Larghetto resulta más nervioso de la cuenta, en absoluto elegante y muy basto en el clímax; la Gavotta funciona sin problemas, con unas maderas que suenan con la incisividad y carnosidad apropiadas para el autor; en el Finale Gergiev se aprovecha del virtuosismo de los vieneses y se echa a correr sin preocuparse de matices y otras zarandajas. La toma sonora no es todo lo buena que podría haber sido, aunque al menos ofrece surround auténtico por los canales traseros. (6)



46. Gergiev/Sinfónica de Londres (Philips, 2004). De nuevo Gergiev ofrece una versión muy encendida y animada, con mucho sentido del humor y de adecuado remanso lírico en el segundo movimiento, pero también de trazo grueso y un punto vulgar. Lo peor es el último movimiento, algo atropellado. Los ingenieros de sonido tampoco estuvieron finos. (6)
 
 
Prokofiev Sinfonía Clásica Rabinovitch_Barakovsky

47. Alexandre Rabinovitch-Barakovsky/Orquesta Sinfónica de Flandes (DVD Arthaus, 2005). Como telonera de uno de esos espectáculos Argerich and Friends, en este caso en el Festival de La Roque d’Anthéron, se ofreció una Sinfonía Clásica precipitada, convulsa, descuadrada, histérica incluso, con caprichos innecesarios en la Gavotta, a cargo de un director muy del gusto de la pianista y de una orquesta normalita incapaz de seguir las velocidades impuestas por la batuta. Solo se salva el segundo movimiento. El resto, un horror. (4)

 

48. Kitajenko/Gürzenich-Orchester Köln (Capriccio, 2005-07). El maestro ruso, ya veterano, se saca la espina de su lectura para Melodiya con esta otra recreación no solo muchísimo mejor grabada –suena de escándalo–, sino también considerablemente mejor planteada. Aquí el primer movimiento, ya sin precipitaciones, esquiva toda vulgaridad y ofrece toda la elegancia, la finura bien entendida y el equilibrio clásico que demanda. El resto es francamente notable, por el buen dominio del idioma, lo acertado del planteamiento expresivo y la excelente factura con la que este se encuentra plasmado en lo sonoro, agradeciéndose especialmente la buena disección del entramado orquestal y la cantabilidad del fraseo, sobre todo en un Larghetto que se deja de trivialidades para explorar el lado más melancólico de esta música. Solo falta una vuelta de tuerca más tanto en el manejo de las tensiones como en la sal y la pimienta para alcanzar la excepcionalidad: a la postre, esta lectura resulta un punto sosa. (8)



49. Gergiev/Orquesta del Mariinsky (Stage+, 2012). Otra vez Gergiev, ahora más personal que en anteriores ocasiones, pero sin salir de la mediocridad. El primer movimiento lo plantea con agógica caprichosa, la tensión se viene abajo y adorna el asunto con gangosos portamentos. En el segundo, dirigido con corrección pese a algún detalle discutible, el problema está en una orquesta cuya cuerda deja bastante que desear. Mejor las maderas, decisivas en un tercero bien diseccionado por parte del maestro y muy certero en la expresión. El cuarto funciona de manera satisfactoria, pese a estar dicho un tanto de pasada. Magnífica la filmación, realizada nada menos que en el Conservatorio de Moscú. (6)


50. Litton/Filarmónica de Bergen (BIS, 2015). El ciclo de Andrew Litton tiene cosas más que notables, pero esta Sinfonía clásica, que va de menos mas más, resulta globalmente floja. El primer movimiento es pura rutina: todo suena en su sitio sin mucha preocupación por la claridad, no digamos ya de la expresión. El segundo se encuentra bien paladeado, solo eso. En el tercero hay interesantes juegos agógicos, y en el Finale la lectura despega con una irreprochable interpretación dicha muy en su punto justo. Espléndida la toma. (7)


51. Iván Fischer/Orquesta de la Konzerthaus de Berlín (Digital Concert Hall, 2016). Un placer escuchar a la antigua Sinfónica –ahora rebautizada como “de la Konzerthaus”– en la sede de la Filarmónica y apreciar con estupenda acústica la considerable calidad de todas sus secciones y el estupendo trabajo técnico que con ella venía realizando su entonces titular Iván Fischer. En cuanto al Prokofiev ofrecido en este concierto especial para refugiados, se trata de una interpretación risueña y con salero, sonada con cierta tendencia a la levedad y fraseada con mucha elasticidad, globalmente muy inspirada y no exenta de personalidad. Curvilíneo el primer movimiento, atrevido en la agógica el segundo, juguetón con los rubatos el tercero y dinámico en el mejor de los sentidos el cuarto. (8)


52. Sokhiev/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2018). Se nota que Tugan Sokhiev no solo ama esta música: la respeta. Su lectura, lejos de buscar la inmediatez o de refugiarse en recursos fáciles como la efervescencia o los excesos, apuesta por un clasicismo elegante, de apreciable vuelo melódico, no muy incisivo y un punto distanciado. Desde este planteamiento funciona muy bien el Allegro inicial, aunque es cierto que –le ocurre a demasiados directores– en los tutti no se escuchan siempre bien las maderas. Amplio y elegante un Larghetto en el que se deja a la música respirar y a la cuerda lucir belleza sin concesiones al hedonismo, si bien la poesía no acaba de brotar. Gavotta muy rubateada, no siempre con naturalidad y con esa fluidez que la partitura demanda, pero ofreciendo en contrapartida una pasmosa labor por parte de la orquesta. Y ella es la principal responsable del éxito de un Finale que Sokhiev lleva con enorme sensatez y buen gusto. Formidable la ingeniería audiovisual. (8)



53. Mallwitz/Orquesta de la Konzerthaus de Berlín (Stage+, 2023). Arrancando la titularidad de la antigua Sinfónica de Berlín, la directora alemana se decide a ofrecer una interpretación ágil, incisiva y también un tanto nerviosa. Lógico, por tanto, que lo que mejor le salga sea el Finale. En el resto, la falta de sintonía con la obra es evidente: el primer movimiento resulta parco en sentido clásico del equilibrio y de la elegancia, el segundo carece de vuelo poético y el tercero resulta en exceso saltarín. La filmación con su antecesor en el podio, por lo demás, sonaba más depurada en lo técnico: están parece poco trabajada, amén de escasita en matices. Formidable la filmación en 4K. (7)

jueves, 14 de mayo de 2026

Concierto para piano nº 5, "Emperador", de Beethoven: discografía comparada

Aprovecho el festivo que conseguimos en Jerez gracias a una cosa llamada Feria del Caballo -auténtico monumento al ruido ensordecedor- para marchar a Italia. Como espero escuchar a Claus Peter Flor dirigiendo el Concierto para piano nº 5 de Beethoven, he escuchado o repasado algunas interpretaciones de esta espléndida creación (¡aunque no tanto como el Cuarto, verdadera obra maestra!) que me permiten publicar una pequeña discografía comparada.

No está bien hecha, la verdad. Me centro en Barenboim y en Ashkenazy, cuando hay pianistas importantes como Backhaus, Serkin, Rubinstein o Arrau que grabaron varias veces la obra pero aparecen en la lista poco o nada. Tendrá toda la razón quien realice reproches, pero también es verdad que tiene considerable interés seguir a un mismo artista y ver cómo cambia su visión de una partitura con el paso del tiempo. Por otra parte, ni siquiera he podido incluir la totalidad de los registros de los dos citados. La discografía es ingente, y para terminar de estropear las cosas he decidido no subir algunos comentarios que se me han quedado anticuados (Gilels/Szell, Lubin/Hogwood). En fin, que me conformo con sugerir algunas pistas para ir adentrándose en este Concierto Emperador.

Ni que decir tiene que, como siempre, he reutilizado textos ya publicados con anterioridad, y que eso de las puntuaciones no se lo tienen ustedes que tomar demasiado en serio.



1. Schnabel. Galliera/Orquesta Philharmonia (EMI-Testament, 1947). Un año después de grabar el Segundo con Dobrowen y la misma formidable orquesta –que ya sonaba ya como tal: repárese en las maderas–, el mítico pianista austríaco vuelve a evidenciar su sintonía con Beethoven con una recreación adecuadamente viril y enérgica, rotunda cuando debe, pero también muy cantable y humanística en el fraseo. Por desgracia, como ocurría en la anterior ocasión, convence por completo en el segundo movimiento pero deja un sabor agridulce en los movimientos extremos, sobre todo en el primero: son demasiadas las frases dichas de manera un tanto superficial, sin concentración y ajenas a los matices. No ayuda la dirección de Galliera, en todo momento gran músico y evidenciando entusiasmo, pero carente de esa particular nobleza humanística que la partitura necesita. Buen sonido en Testament. (7)




2. Fischer. Furtwängler/Orquesta Philharmonia (EMI, 1951). Esta producción en estudio de Walter Legge, y por tanto con muy buen sonido para la época, nos trae a dos enormes artistas en un momento en el que no terminan de dar lo mejor de sí mismo. Por descontado, el nivel es muy alto: los dos saben perfectamente quién es Beethoven y coinciden a la hora de ofrecer una interpretación dionisíaca de la partitura. La formación londinense, por su parte, ofrece un nivel de ejecución impensable en directo por parte de las mejores orquestas de aquellos años. Sin embargo, Fürtwangler no aparece aquí todo lo concentrado que debería: en los movimientos extremos casi parece que nos encontramos ante el Furt de los años “de guerra”, tal es el ímpetu que los anima, mientras que el Adagio meno mosso –o sea, más lento que Adagio propiamente dicho– dista de estar paladeado con la serenidad y el vuelo poético que demanda. Edwin Fischer, estupendo de dedos, hace música de verdad y le pone muchas ganas al asunto, pero no ofrece la riqueza de matices que nos presentarán otros más adelante; incluso en algunos momentos –coda del movimiento conclusivo– se decanta por lo mecánico. Qué cosas. (8) 

 


3. Arrau. Klemperer/Orquesta Philharmonia (EMI, 1957). Por estas fechas ya Klemperer era el que todos conocemos: severísimo, granítico al tiempo que lleno de fuerza, desinteresado por la belleza sonora y volcado en el estudio de las grandes tensiones generadas por el enfrentamiento de bloques sonoros, por la armonía y el contrapunto. Pero también es verdad que su Beethoven aún estaba por alcanzar su más alto grado de genialidad en lo que se refiere no solo a la expresión, sino también en depuración sonora y –por qué no decirlo– en lentitudes al borde del precipicio. En este sentido, la presente recreación podría considerarse como una especia de borrador de la de estudio diez años posterior con Barenboim, si no fuera porque hay un aspecto que la diferencia de ella: una cierta frescura e inmediatez “del vivo” que nos retratan a un Beethoven más cercano, más humano incluso, que aquel del que estamos acostumbrados con el maestro de Breslau. En cuanto al solista, prefiero a este Arrau de 54 años que al Barenboim de 25. En parte se trata de una cuestión de madurez, pero no solo es eso. Es que don Claudio puede permitirse plantarle cara a Herr Klemperer e ir por libre, que es exactamente que hace ofreciendo un Beethoven que no es solo dramático, intenso y señorial, sino también profundamente humanístico, sensual y cantable, y por ello más dialogante con la orquesta y rico en significaciones. El joven Barenboim, aun rebosando talento, se limitará a seguir a pies juntillas los designios de Klemperer y a funcionar, en cierto modo, como una parte más del gran engranaje manejado por la batuta. Una pena que la toma, correcta para tratarse de un live, sea monofónica. (9)



4. Barenboim. Klemperer/New Philharmonia (EMI, 1967). Aquí el de Breslau ofrece ya una dirección por completo genial: rocosa, de arquitectura perfecta, llena de fuerza, pero dicha con naturalidad y una asombrosa grandeza espiritual. Lo mejor, un primer movimiento verdaderamente imperial, rotundo, poderosísimo más no por ello “romántico”, sino más bien del más marmóreo y severo neoclasicismo. Como lección de técnica de batuta, insuperable. ¡Qué manera de trabajar bloques sonoros! ¡Qué claridad! Y qué maderas las de la Philharmonia, dicho sea de paso. El segundo no es muy efusivo ni cantable; más bien doliente y de una concentración asombrosa. Opción discutible por unilateral, pero coherente con planteamiento de Klemperer. El tercero quiere ser épico. Quiere y lo consigue, siempre bajo los singulares parámetros del maestro de Breslau y, por ende, descartando todo “entusiasmo romántico” y manteniendo la arquitectura bajo un perfecto control; el encanto y la sensualidad quedan descartados. ¿Y Barenboim? Estupendo de dedos, denso en el sonido, concentrado en el fraseo, severo y reflexivo en la expresión, siempre en perfecta sinfonía con la batuta, pero sin la riqueza de matices, la flexibilidad ni la variedad expresiva de sus grabaciones posteriores. En definitiva, un piano “solo” magnífico y una dirección sensacional, única, quizá la mejor de todas. Soberbio reprocesado de 2023, que devuelve los graves a la toma y, por ende, los armónicos del sonido del piano. Aun así, hay distorsión tímbrica. (10)



5. Ashkenazy. Solti/Sinfónica de Chicago (Decca, 1972). Le viene muy bien el carácter sanguíneo, poderoso y vitalista del Emperador al temperamento de un Solti que sabe ofrecer al mismo tiempo impulso y control, perfección en el trazo global y depuración sonora extrema en los detalles. Y también en un Ashkenazy joven y dispuesto derrochar virtuosismo y entusiasmo, ya que no madurez ni especial atención a los matices. Los dos se quedan algo cortos en esa nobleza tan particular en Beethoven, pero triunfan sin problemas en un movimiento conclusivo que atrapa de principio a fin. La soberana excelencia de la orquesta redondea al alza el nivel de una fresca y muy disfrutable interpretación, que además se beneficia de una espléndida toma recuperada con excelentes resultados en alta definición. (9)



6. Rubinstein. Barenboim/Filarmónica de Londres (RCA, 1975). “Aristocrático” y “señorial” son dos adjetivos que habitualmente asociamos al arte de Arthur Rubinstein y que perfectamente podemos aplicar a este Emperador dicho con virilidad, elegancia, apropiado empuje en los movimientos extremos y cantabilidad por completo alejada de lo melifluo y lo narcisista en el central. Sin embargo el artista, que para los escandalosos ochenta y ocho años que tiene toca asombrosamente bien, no ofrece toda la variedad sonora y expresiva deseable en una figura de su categoría, e incluso no logra conferir –en absoluto por falta de técnica, sino por su manera algo entrecortada de abordar determinadas frases– la naturalidad y fluidez apropiadas a su discurso. Tampoco Barenboim da lo mejor de sí: muy influido por Klemperer en su manera de abordar esta obra –incluso en el tratamiento de las maderas–, ofrece una adustez y una rotundidad que casan bien con el concepto del pianista, pero todavía muy lejos de la variedad de concepto que alcanzará en años sucesivos dirigiéndose a sí mismo. En cualquier caso, notable interpretación que en su movimiento central, trágico y profundo, sí que alcanza la estatura que es de esperar en estos dos enormes artistas. Buen sonido cuadrafónico recuperado por Dutton. (8)



7. Weissenberg. Karajan/Filarmónica de Berlín (EMI, 1977). Dirección muy propia de Karajan: bellísimamente sonada, rotunda y poderosa, desde luego brillante y comunicativa, pero también algo superficial, tendente a buscar los contrastes de grandes masas sonoras y la delicadeza antes que la emoción o la reflexión. En cualquier caso, una labor de alto nivel, cosa que no se puede decir de un pianista que no solo carece de línea y sonido beethovenianos y adopta una visión excesivamente ajena a conflictos, sino que además resulta escasamente matizada e incluso tendente a quedarse en un cuadriculado despliegue de virtuosismo. Que su agilidad sea incuestionable y sus trinos de una enorme limpieza sirve de bien poco. (7)



8. De Larrocha. Mehta/Filarmónica de Los Ángeles (Decca, 1978). Alicia contaba 55 años cuando realizó este registro. Mehta andaba por los 42. Entre ambos ofrecen una interpretación increíblemente bien tocada, musicalísima, contrastada en grado suficiente y, sobre todo plena de naturalidad, pero no exenta de desigualdades. A medio camino se queda el Allegro inicial, en el que el maestro de Bombay no frasea con la nobleza que la música pide y la pianista barcelonesa, pletórica de virtuosismo, tampoco termina de sacarle provecho a la música: otros colegas han ido más allá en lo que a matices se refiere. Maravilloso el Adagio, cierto es que más lírico de la cuenta pero dotado de la genial mezcla de belleza y humanismo que anida en la partitura beethoveniana. Irreprochable el movimiento conclusivo, en el que Alicia sabe no quedarse en lo mecánico y la batuta aprovecha para recrearse en el músculo que tanto le gusta sin renunciar al espíritu vienés que denota la formación del maestro. Formidable labor la de los ingenieros de Decca. (8)


 

9. Pollini. Böhm/Filarmónica de Viena (DVD DG y Stage+, 1978). Siempre fue grande el Beethoven de Böhm con los Wiener: apolíneo en el mejor de los sentidos, labrado en el más exquisito mármol pentélico –poco que ver con el granito de Klemperer–, elegante y distanciado en el mejor de los sentidos, pero lleno de fuerza y fraseado con una poderosísima concentración interior, amén de depuradísimo en el tratamiento de planos sonoros. Habrá quien prefiera aproximaciones más dionisíacas y humanas, pero en su línea los resultados son formidables. ¿Y Pollini? Como era de esperar, pulsación extremadamente limpia, aunque no muy variada. Fraseo tan elegante como parco en matices. Abstracción en el enfoque: aquí solo hay notas, una detrás de la otra. Para lo bueno y para lo menos bueno. En cualquier caso, encaja bien con el enfoque de la batuta y se aprecia una tensión interna que el pianista perderá con el tiempo. Diez para Böhm y la orquesta, ocho para Pollini. (9)



10. Lupu. Mehta/Filarmónica de Israel (Decca, 1979). Desde el inicio queda claro que este va a ser un Beethoven poderoso y con empuje, sobresaliendo el sonido muy musculado de la orquesta y la efervescencia de un piano que suena bullicioso pero con carne, directo en la expresión sin por ello olvidar sutilezas. Por eso mismo, a Mehta se le puede pedir una aproximación que no solo esté atenta al trazo global –extraordinario–, sino también a la riqueza de matices y a la variedad expresiva de un solista que se mueve a gran altura, particularmente en un sAdagio en el que demuestra su capacidad para cantar melodías mezclando sensualidad y reflexión humanística; menos bien en el primer movimiento, en el que podría sacar mayor partido a algunas frases, mientras que en el tercero se muestra todo lo sanguíneo y vitalista que debe. (8)


 

11. Benedetti Michelangeli. Giulini/Sinfónica de Viena (DG, 1979). Registrado para la televisión y luego editado comercialmente en audio por Deutsche Grammophon, este es un Emperador que puede fácilmente calificarse con la etiqueta de señorial: viril, refinado y elegantísimo, distinguido sin afectación alguna, equilibrado en todos los sentidos. Aunque también, precisamente por esto último, necesitado de un punto más de implicación emocional, de contrastes tanto sonoros como expresivos, de pathos en definitiva, para que esta música termine de ofrecer todo lo que puede dar de sí, sobre todo por parte de un pianista ante el que, en cualquier caso, solo cabe descubrirse por lo depuradísimo de su toque y lo concentrado de su fraseo. En cuanto a Giulini, siempre desde la misma óptica apolínea que el solista, derrocha nobleza en los movimientos extremos para destilar en el Adagio esa cantabilidad, esa magia sonora y esa poesía de altos vuelos solo al alcance de los más grandes. El vídeo en YouTube deja mucho que desear en calidad audiovisual, pero es gratis. Si pueden, escuchen la restauración a 192 hKz que circula por ahí. (9)



12. Ashkenazy. Mehta/Filarmónica de Viena (Decca, 1983). Si ya en su grabación con Alicia se percibía el pedigrí vienés del acercamiento de Zubin Mehta, aquí lo hace con mucha más intensidad. En parte, lógicamente, porque tiene delante a los mismísimos Wiener Philharmoniker, pero también porque su acercamiento ahora es menos sanguíneo y vitalista, más apolíneo, de manera especial en un tercer movimiento que puede decepcionar a algunas sensibilidades. Las virtudes de Ashkenazy son muchas, desde la riqueza del sonido hasta la naturalidad del fraseo pasando por la inigualable limpieza digital, pero su acercamiento se ha modificado sustancialmente desde los tiempos con Solti, y no para bien: si el primer movimiento, no el más matizado posible, posee suficiente empuje y se beneficia de una estudiadísima gradación dinámica del sonido, el segundo resulta más liviano de la cuenta y en el tercero se echan de menos tensión dramática y contrastes. Demasiado suave: parece claro que el de Bombay entiende mejor el “espíritu vienés” que el de Gorki. (8)



13. Barenboim. Filarmónica de Berlín (EMI, 1985). Librado ya del corsé tan genial como constrictor de Klemperer, el de Buenos Aires puede ser mucho más él mismo en esta recreación en la que su piano vuela con más libertad y fluidez, mayor belleza, más riqueza de matices y superior variedad expresiva. También ocurre así, en parte, porque su técnica se ha desarrollado de manera apreciable –dieciocho años no pasan en balde–, aunque aún tendrán que hacer su aparición esos increíbles trinos marca de la casa en su madurez plena. La dirección propia, con respecto a la que le hizo a Rubinstein, también parece haberse librado de la tremenda sombra klemperiana. No están aquí el pathos, la grandeza olímpica ni el carácter visionario del de Breslau –inalcanzable en el primer movimiento–, pero a cambio Barenboim ofrece una lectura muy cálida y humana, mucho más apegada a lo terrenal sin por ello ceder lo más mínimo a lo trivial; dirección que dialoga con el piano de tú a tú y ofrece un perfecto equilibrio entre lo apolíneo y dionisíaco que solo se rompe en un tercer movimiento maravillosamente sanguíneo. La toma sonora podría ser mejor para la época. (10)



14. Ashkenazy/Orquesta de Cleveland (Decca, 1986). Solo pasan tres años desde su grabación con Mehta, y el de Gorki ya está repitiendo. Quizá no hace mal: corrige algunas veleidades de aquella recreación -aunque sigue habiendo algún pasaje en exceso preciosista, sobre todo en el tercer movimiento- y ofrece, en lo que al piano se refiere, una lectura más equilibrada, quizá también más sabiamente matizada, dentro de una línea interpretativa que quiere priorizar elegancia y belleza sonora. Tomando las riendas de la orquesta, deja bien claro que su visión definitiva se aleja de lo heroico, de lo sanguíneo y dionisíaco, para ofrecer una visión apolínea en la que no hay demasiado espacio para conflictos y sí para la ensoñación. Quizá no sea lo preferible, pero hay que reconocer que la visión es válida y se encuentra muy bien realizada. El productor Andrew Cornall y el ingeniero Simon Eadon merecen mención especial: ¡qué toma más cálida, natural y equilibrada! (8)


15. Zimerman. Bernstein/Filarmónica de Viena (DVD y CD DG, 1989). Tan dionisíaco como suele, pero con el pleno control de los medios que le otorga su absoluta madurez interpretativa y en perfecto equilibrio con la belleza tímbrica de la incomparable formación austriaca, Bernstein sabe ofrecer una recreación todo lo sanguínea y comunicativa que debe ser, muy atenta a lo que la música alberga de encanto, de sensualidad y hasta de carácter lúdico, pero también de una extrema depuración sonora, enorme concentración y maravillosa cantabilidad. ¡Qué manera de levantar el vuelo poético en el Adagio! No encontramos la hondura filosófica de otros intérpretes, tampoco un universo de tensiones y claroscuros, pero sí que se nos ofrece frescura, belleza, comunicatividad y una capacidad de seducción como pocas veces se haya escuchado. Clasicismo puro el de este Bernstein tardío, con el equilibrio, la elegancia y el control en primerísimo término; pero no del levantado en mármol sino con carne, y dejando que la sangre por las venas. Junto a él se encuentra un Zimerman mayormente apolíneo, de sonido y estilo no del todo beethovenianos, sin la garra y el sentido humanístico de un Barenboim, pero de un toque tan increíblemente limpio, una capacidad tan grande para el matiz, una lógica tan meridiana para el fraseo, una valentía tan admirable para los contrastes y una musicalidad tan fuera de toda duda que no podemos sino quitarnos el sombrero. El sonido es admirable en el CD, no tanto en la filmación. (9)


 

16. Pollini. Abbado/Filarmónica de Berlín (DG, 1993). Quince años después de su registro con Karl Böhm, el pianista italiano repite virtudes e insuficiencia. Quizá ofrezca aún mayor limpieza, pero también resulta un poco más cuadriculado. Habrá quienes se fijen ante todo en la exquisitez en la exposición, mientras que otros lo harán en la escasa comunicatividad de su lectura. Abbado, por su parte, sigue el modelo Karajan buscando la mayor opulencia sonora posible, grandes contrastes y mucho refinamiento, aportando al mismo tiempo molestos detalles de preciosismo que son marca de la casa. A la postre, entre los dos artistas ofrecen un Adagio tan sensual y bello como insulso, vacío de contenido, y dos movimientos extremos que funcionan con apreciable vistosidad sin indagar mucho en los pliegues de la música. Toma en vivo algo difusa. (7)



17. Barenboim. Abbado/Filarmónica de Berlín (Blu-ray Euroarts y Digital Concert Hall, 1994). Está aquí mejor Abbado que unos meses atrás con Pollini, hasta el punto de que uno de los pocos logros realmente indiscutibles de Abbado en el terreno beethoveniano es este Emperador vibrante, extrovertido, entusiasta y muy comunicativo, sonado agilidad como también con adecuado músculo, en el que la sinceridad de las emociones a flor de piel se pone por delante de esa obsesión por el sonido que ya por aquellas fechas era habitual en el maestro milanés. ¿Influencia de Barenboim? En su momento pensé que sí, ahora no lo creo: si cuando le tocaba actuar con ese ciclón llamado Argerich no se dejaba “contaminar” en absoluto pro la artista, tampoco tendría por qué hacerlo en este primero de mayo en Meiningen. Simplemente, en esta ocasión se encuentra más motivado. También lo parece un Barenboim aquí particularmente electrizante y encendido, pero no por ello menos natural, imaginativo y humanístico en su fraseo. Eso sí, se deja llevar un tanto por el directo y por momentos no alcanza la misma inspiración que en 1985 dirigiendo él mismo a la orquesta. Un nueve para los dos artistas, pues. (9)



18. Barenboim/Staatskapelle Berlin (DVD y Blu-Ray Euroarts, CD Decca 2007). Segundo y definitivo registro de Barenboim tocando y dirigiendo al mismo tiempo. De nuevo una interpretación ejemplar en el estilo y de elevadísima inspiración, pero no conforme con eso, el maestro se decide a plantearnos nuevas reflexiones sobre la partitura. De esta manera, el primer movimiento no resulta especialmente rebelde o encrespado, ofreciendo a cambio un asombroso vuelo poético. El segundo suena más amargo e inquietante de lo acostumbrado y, tras una transición de infarto, un final (¡aquí sí!) todo lo poderoso que se espera, rematando en una coda especialmente dionisíaca. La ejecución pianística puede que no sea impecable, pero posee un sonido beethoveniano a más no poder, es riquísima en el color, muy variada en acentos y está siempre totalmente llena de sentido humanístico. Impresionante la orquesta, tanto en su sonoridad global, bellísima, cálida y perfecta para el compositor, como en las musicalísimas intervenciones de los solistas. Sensacional el sonido en el Blu-ray multicanal, aunque a algunos melómanos puede que no les guste cómo está distribuido el surround. Para mi gusto, versión de referencia. (10)



19. Kissin. Colin Davis/Sinfónica de Londres (EMI, 2007). La dirección es amplia, clásica, muy hermosa, sincera, poderosa cuando debe, de enorme cantabilidad y, en suma, de admirable equilibrio entre lo apolíneo y lo dionisiaco. Kissin toca increíblemente bien y matiza hasta el infinito descubriendo mil detalles nuevos con una creatividad pasmosa, pero sin caer nunca en la excentricidad. El tono general, por lo demás, sabe atender, como la dirección, tanto a lo lírico como a lo dramático, aunque falte un ultimísimo grado de profundización filosófica en la obra. Hay que escucharla. (9)



20. Uchida. Rattle/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2010). Dirección sensata, musical y muy comunicativa, desde luego en una línea más soleada que con claroscuros, pero un tanto ajena a las densidades expresivas propias del universo beethoveniano. Incluso también a las puramente sonoras, a pesar de contar con la orquesta más adecuada para este repertorio. Uchida toca con la limpieza y naturalidad que en ella son habituales, por completo ajena a lo mecánico o a lo superficial, pero en esta ocasión resulta extrañamente distanciada, excesivamente apolínea y por momentos inexpresiva. (7) 

 


21. Bronfman. Nelsons/Orquesta del Concertgebouw (Blu-ray Cmajor, 2011). La dirección de Nelsons es vitalista, teatral y de una fogosidad magníficamente controlada, apostando por la vertiente más épica de la obra sin desatender –aunque tampoco profundizando especialmente– en sus aspectos más filosóficos. Bronfman hace gala de un sonido poderoso y de un temperamento encendido que casa muy bien con el enfoque de la batuta, pero le falta una vuelta de tuerca a la hora de matizar el fraseo: resultando un tanto seco y lineal. La orquesta, absolutamente sensacional, hace subir puntos a esta en cualquier caso espléndida interpretación. (8)



22. Yundi Li. Harding/Filarmónica de Berlín (DG, 2014). El de Oxford se aleja de sus anteriores intentos por fusionar tradición e historicismo en Beethoven y ofrece una interpretación ortodoxa y sensata que, aun intentando evitar la ampulosidad y la pesadez, aprovecha plenamente el músculo de la orquesta y no tiene miedo de generar “claroscuros germánicos”. El problema es que no domina el idioma. Tampoco sintoniza con la página, que le resulta vistosa pero un tanto superficial. En cualquier caso, el problema de la interpretación es un solista de insuperable agilidad y asombrosa capacidad para regular la dinámica del sonido, pero considerablemente aséptico, cuando no rutinario e incluso mecánico, y por completo incapaz de destilar poesía. Lo menos fallido por parte de los dos artistas, el tercer movimiento. Toma sonora en alta definición con relieve, pero también de excesivos graves. (7)



23. Barenboim. Jansons/Sinfónica de la Radio de Baviera (YouTube, 2017). El de Buenos Aires demuestra sigue siendo, con diferencia, el pianista que más ha profundizado en esta música. Ahora lo hace con su propio piano, de bellísima y particularmente adecuada sonoridad, para ofrecer una interpretación que no le sale tan bien en algunos pasajes y que mejora, aunque pareciera imposible, algunos otros: tal es su capacidad para crear, para decir cosas nuevas. Y eso incluye un cambio de concepto en el Rondo conclusivo, ahora menos sanguíneo, más clásico y elegante. La verdad es que en él se echa de menos una dosis adicional de tensión interna, cosa que también se puede decir de un Mariss Jansons que, en cualquier caso, a lo largo de toda la obra se muestra muy centrado, sensato y música. Espléndida la orquesta, si bien no posee la belleza tímbrica de la Staatskapelle de Berlín ni se encuentra tan buen trabajada como esta. Por cierto, formidable calidad de imagen con que ha subido la filmación la propia ARD. (9)



24. Bezuidenhout. Heras-Casado/Orquesta Barroca de Friburgo (Harmonia Mundi, 2017). En sus notas de la carpetilla, Kristian Bezuidenhout afirma que para la ocasión se han corregido numerosos errores de la tradición que desfiguraban las intenciones originales del compositor; y también que solo haciendo uso de instrumentos y maneras HIP se puede hacer plena justicia a esta música. Pero a la hora de la verdad lo que este señor hace con Beethoven no es justicia, sino todo un ajusticiamiento. Siendo cierto que el instrumento utilizado, una copia de un Conrad Graf de 1824, tiene unas determinadas propiedades a las que un oído "tradicional" le cuesta acostumbrarse, y que puede hablarse de limitaciones –serias limitaciones– con respecto a un piano moderno, no es menos verdad que resultan responsabilidad del solista el toque escaso en variedad, el fraseo rígido, las carreras mecanográficas, los trinos cursis y las frivolidades varias que se nos ofrece Bezuidenhout. Algo parecido se puede decir de Pablo Heras-Casado, La aspereza en la sonoridad no me resulta desagradable; de hecho, me parece interesante. Y creo del todo conveniente que se potencien los aspectos "combativos" de la música beethoveniana, que es lo que intenta hacer en este Emperador. Pero me parece lamentable que con frecuencia el maestro se precipite, que el fraseo sea enjuto, que su teatralidad resulte exagerada y que ponga la violencia por encima de cualquier otra consideración expresiva. Por no hablar del modo en que el timbalero sobreactúa, siempre en primer plano y emborronando el equilibrio polifónico. La orquesta, eso sí, es espléndida, y el maestro obtiene un gran rendimiento de sus maderas. (3)



25. Zimerman. Rattle/Sinfónica de Londres (DG y Stage+, 2020). Esta vez Rattle se empeña en ofrecer un Beethoven moderadamente influido por la praxis historicista, pero sin tener muy claro qué metas expresivas quiere conseguir con ello. El asunto no le funciona, al menos en un primer movimiento de introducción desvaída, falto de unidad en el trazo y con demasiadas frases aéreas. El resto está bastante mejor, y no se puede negar que le pone ganas al asunto, pero las incoherencias terminan haciéndose patentes. El que está espléndido es Zimerman, muy en la línea de treinta y tres años atrás con Bernstein: apolíneo, un tanto risueño y ajeno a grandes conflictos dramáticos. Recomiendo la filmación en Stage+ por delante del CD: la filmación es espléndida y hay sonido Dolby Atmos. (8)

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