miércoles, 7 de octubre de 2026

El sombrero de tres picos, de Manuel de Falla: discografía comparada

El cine es hoy protagonista de la Leister Square de Londres, pero en tiempos no tan lejanos se alzaba allí el Alhambra Theatre, una construcción de aires neomudéjares que conoció el estreno de El sombrero de tres picos allá por 1919. Supongo que somos millones los que suspiramos por algún testimonio de cómo bailaba Massine, pero al menos contamos con la grabación históricamente informada de quien dirigió en aquel evento: Ernest Ansermet. La genial partitura del ballet escrito por Manuel de Falla es personalísima, pero al mismo tiempo respira muchas influencias y manifiesta puntos de contacto con otros mundos diversos, de ahí que el director de turno tenga la posibilidad de subrayar unas líneas en lugar de otras. Por eso mismo les animo a que no se conformen con una sola grabación: esta obra maestra absoluta pide más.



1. Toldrá/Orquesta Nacional de la ORTF (EMI, 1956). Increíble que EMI no se dignara durante años a pasar a CD este registro –yo he escuchado la transcripción desde vinilo realizada por la Biblioteca Nacional de Francia disponible en las plataformas, en compacto está en Les introuvables–, porque se trata de una recreación espléndida para aquella época. Incluso para la nuestra: es verdad que la formación parisina, de maderas espléndida y de sonoridad muy francesa, carece de la limpieza de ejecución, potencia y brillantez de las mejores actuales, pero Eduardo Toldrá acierta por completo en el espíritu de la obra. Hay luz en su recreación, también mucha sensualidad y una apreciable picardía, aportando en su visión un inequívoco sentido de lo español -auténtico, nada de caricaturas para turistas- que se mezcla con las esencias parisina. Y claro, esa combinación es justo la que se encuentra en la esencia misma de la partitura, sin desdeñar por ello las conexiones con el universo paralelo de Stravinsky. Todo ello se encuentra recogido en esta lectura dicha sin prisas, exquisito gusto y un desarrollado sentido de los contrastes que permite atender no solo a la genial orquestación, sino también al sentido de lo narrativo: es de las interpretaciones que mejor atiende al hilo argumental del ballet. Espléndida la participación de Consuelo Rubio. (8)


2. Jordá/Sinfónica de Londres (Everest, 1958). Esta interpretación pertenece a aquella mítica serie de grabaciones realizadas en cinta magnética de 35mm: se ha recuperado en alta definición y suena de manera asombrosa para la época, con gran naturalidad y –venturosamente– efectos para explotar el temprano estéreo. Mucho menos cuidado se tuvo con la ejecución: ni el maestro se mostró depurado en lo técnico ni el productor estuvo atento a lo que hacía una London Symphony que no puede competir con las grandes formaciones de hoy. Tampoco sus primeros atriles parecían tocar estimulados por un Enrique Jordá que suena lo suficientemente español –sin excesos para extranjeros, como pudiera temerse– y que se interesa de manera particular por la calidez de esta música, pero que dista de ofrecer la tensión interna, la teatralidad y el sentido de los contrastes que esta música necesita. No diré que la interpretación sea mediocre, que no lo es, e incluso hay números tan conseguidos como La tarde, pero globalmente queda muy por debajo de lo que dos años atrás había hecho Toldrá, no digamos del testimonio que en seguida legará quien estrenase la obra en Londres. Horrenda Barbara Howitt. (6)



3. Ansermet/Orquesta de la Suisse Romande (Decca, 1961). Adoptando tempi muy animados, pero sabiendo también remansarse y alcanzar gran concentración y elevada poesía en los pasajes que lo requieren, el maestro suizo ofrece una lectura luminosa, entusiasta y llena de vida, rica en el color y de un desarrolladísimo sentido del humor, que además sabe conjugar el sabor francés con el español aportando la dosis justa tanto de sensualidad como de rusticidad, amén de un acentuado toque de sal y pimienta en una lectura comunicativa a más no poder que logra engancharnos de principio a fin. Solo hay que reprochar algún pasaje precipitado y no del todo claro –la depuración sonora no es la mayor posible–, así como la relativa calidad de una orquesta en la que, no obstante, se aprecian algunos solistas de categoría. Soberbia Teresa Berganza. La remasterización en SACD de Esoteric ofrece una inmediatez y un relieve asombrosos, aunque la toma original presenta algunos desequilibrios imposibles de soslayar. (9)


4. Frühbeck de Burgos/Orquesta Philharmonia (EMI, 1964). Eso del carácter hispano es muy difícil de definir con palabras, pero resulta perfectamente identificable desde el arranque (¡lleno de júbilo, salero y garbo!) de esta interpretación robusta y enérgica, más no basta, planificada con tremenda solidez y expuesta con asombrosa claridad, en la que frente a enfoques más evanescentes y refinados, diríamos que impresionistas, como pueden ser los de un Ansermet, un Ozawa o –a menor nivel artístico– un Dutoit, priman la teatralidad, la garra, el espíritu juvenil y hasta el arrebato. También rebosa de sentido del humor; de humor “rústico” y jocoso antes que amable, que es el que demanda la partitura. Y de concentración, de poesía y hasta de magia, a la que no es ajena la presencia de una Victoria de los Ángeles excelsa en el canto del cuco. No podemos olvidar la sensacional labor de la orquesta de Klemperer, que aquí hace gala tanto de su tremenda solidez técnica y de su tímbrica particularmente incisiva en las maderas –bien subrayada por la batuta– como de una frescura, una comunicatividad y una musicalidad a la hora de ofrecer matices expresivos realmente asombrosa. (10)



5. Martinon/Orquesta Nacional de la ORTF (Erato, 1972). Esta discreta toma en vivo de origen radiofónico –no es el estudio del que se benefició con Toldrá– nos permite conocer tanto importantes virtudes como serias limitaciones de la formación francesa, pero sobre todo descubrir cómo Jean Martinon interpreta la partitura. Y aquí viene lo curioso: aunque es sensacional intérprete del repertorio impresionista, y semejante circunstancia no deja aquí de reflejarse, lo cierto es que su lectura intenta ser, y casi siempre es, muy españolista. Hay salero, gracia y picardía en su recreación, bastante luz mediterránea, también incisividad y un punto muy sano de cachondeo, todo ello sin descuidar esa especial mezcla de sensualidad y elegancia que don Manuel tomó de sus colegas franceses. Dicho esto, hay que reconocer que la depuración sonora a veces brilla por su ausencia –no, no es culpa solo de la orquesta–, como también que el maestro, entusiasta a más no poder, se precipita con frecuencia y no saca de los pentagrama toda la música que hay en ellas. A Michèle Le Bris, quien por cierto canta su frase adicional, apenas se la oye por culpa de la toma. (8)


6. Boulez/Filarmónica de Nueva York (Sony, 1975). Lo más interesante es que aquí Boulez es poco Boulez. Mejor dicho, lo es solo para esa claridad portentosa que siempre conseguía. Porque para nada puede hablarse aquí de objetividad o de distanciamiento expresivo. ¡Ni siquiera de falta de estilo! Y es que el compositor de El martillo sin dueño nos entrega una interpretación eminentemente teatral, llena de electricidad, de sentido del ritmo e incluso –en algunos contados momentos– de salero, aportando además una considerable dosis de socarronería y de mala leche con la que tiene mucho que ver la sonoridad voluntariamente descarnada con que hace sonar a la orquesta, pero también con las indicaciones expresivas que les da a sus solistas. Tampoco se puede hablar de escasas libertades en la agógica o de parquedad en la imaginación. Al contrario, el tantas veces riguroso director se muestra aquí bastante creativo, y a la postre termina ofreciéndonos una interpretación personal y con muchas cosas nuevas. Que en más de un momento se pueda echar de menos una dosis superior de chispa y de sabor español, como también de sensualidad, de atmósfera y de poesía, le impide alcanzar esa perfección a la que sí había llegado Frühbeck, pero aun así se trata de una versión que se disfruta muchísimo. Jan DeGaetani canta bastante bien y se muestra centrada en la expresión, pero su dicción deja que desear. En cuanto a la orquesta, ya va siendo hora de reconocer que Boulez “la metió en vereda”: a partir de su titularidad empieza a sonar mucho mejor que como lo hacía con Leonard Bernstein. No que decir tiene que la depuración sonora que alcanza bajo “la batuta” –ya saben que dirigía sin ella– del maestro francés es extraordinaria. El trabajo realizado por Dutton para su SACD es formidable. Otra cosa es que al oyente actual le haga gracia la cuadrafonía que planteaba CBS: los canales traseros no se usan para la reverberación, sino para meter un montón de instrumentos en clara búsqueda de la espectacularidad. La verdad es que yo me lo he pasado muy bien con tanto “efecto especial”, y que la claridad resulta ahora prístina. (9)



7. Ozawa/Sinfónica de Boston (DG, 1976). A pesar de una soberbia Jota conclusiva, no siempre destila Ozawa el sabor español que esta música necesita. Ahora bien, además de un asombroso dominio técnico que le permite que los de Boston toquen la partitura como pocas formaciones lo han hecho, el maestro hace gala de muchas otras cosas importantes: desarrolladísimo sentido del color, transparencia, elegancia “neoclásica” bien entendida y, sobre todo, una mezcla de refinamiento y sensualidad que subraya lo mucho que El sombrero tiene que ver con el universo de Ravel, no en balde compañero de aventuras musicales y –ejem– no tan musicales de don Manuel. Añade a todo ello, aunque no a lo largo de todo el recorrido por este ballet, una intensidad expresiva en él poco frecuente. Me gustaría una dosis aún mayor de voluptuosidad y magia en el arranque de la Danza de los vecinos, y me sobra el zurriagazo de la caja justo al final de una Farruca por lo demás espléndida, pero no me cabe duda de que sigue siendo una de las mejores interpretaciones de la obra. Aun sin llegar al nivel que alcanzó con Ansermet, Berganza aporta deliciosa crema vocal y mucho estilo. La toma ha sido pasada a SACD –busquen por Isravox– con gran acierto, pero le sigue faltando un poco de carne. (9)



8. Dutoit/Sinfónica de Montreal (Decca, 1983). El tándem Dutoit/Montreal vendió muchísimo en los ochenta gracias, además de a una tremenda campaña de promoción y grabación a cargo de Decca, a ofrecer muy bien tocadas y dignamente interpretadas obras básicas del repertorio con tomas de sonido de enorme calidad: eran los tiempos del DDD y de la búsqueda de la ausencia del soplido de fondo sobre otras circunstancias. Dicho esto, hubo repertorios en los que el maestro suizo hizo gala de mucho más que solvencia: en el impresionismo brilló de manera incuestionable, y eso queda en evidencia en una interpretación de enorme naturalidad en el fraseo, expuesta con pinceles finos, tan sensible como delicada en el colorido, sensual sin ser realmente atmosférica y dotada de ligereza sonora bien entendida. Como a todo ello añade un sentido del humor más elegante y naive que socarrón –aquí no hay mucho espacio para la gamberrada–, el resultado emparenta la partitura falliana con el mundo de La hora española de Ravel, lo que no resulta ningún disparate. Se echa de menos un plus de creatividad, como también –por lo antedicho– de riqueza conceptual, pero a la postre Dutoit atrapa por su capacidad de conjugar belleza, buen gusto y comunicatividad. Su Farruca y su Jota, por cierto, se encuentran entre las mejores. Muy solvente Colette Boky, a la que la ingeniería de sonido decide –quizá con buen criterio teatral, no sé si musical– dejar en excesiva distancia. (8)



9. López Cobos/Sinfónica de Cincinnati (Telarc, 1987). Eras unos “oles” equivocadamente marciales, el maestro zamorano nos ofrece una interpretación que sobresale por la finura con que trata a la orquesta, que no es nada del otro jueves, por la manera de combinar sonoridades mórbidas e incisivas y por su excelente pulso rítmico. Se aprecian desigualdades, en cualquier caso, de tal modo que frente a una Tarde soleada y sensual, pero por momentos algo sosa, encontramos unas Seguidillas dichas con apresuramiento –sin atmósfera, aunque reveladora en su incisividad de texturas–, una magnífica sección nocturna, un enfrentamiento con el Corregidor lleno de mordacidad y una Jota escandalosa e incluso hortera que busca el aplauso del público norteamericano. Florence Quivar posee una voz espléndida, pero no se encuentra muy en situación. Lógico. (7)




10. Colomer/Orquesta Nacional de España (Auvidis, 1989). Tras una fallida introducción en la que palmas y oles corre a cargo de poco menos que cuatro gatos –“Ballet de España”, asegura la carpetilla–, el maestro catalán ofrece una lectura altamente irregular en la que se alternan momentos de apreciable creatividad dinámica y agógica –el mismo arranque de La tarde, muy intencionado– con otros dichos de manera más bien lineal, en los que la orquesta parecen más preocupada por tocar con precisión que con emoción y sus solistas intervienen de manera cohibida, sin intencionalidad e incluso sin estilo. La soprano María Lluisa Muntada está bien, sobre todo en su segunda intervención. (7)



11. Barenboim/Sinfónica de Chicago (Teldec, 1997). Volver a este desigual y controvertido disco con auriculares me ha permitido contrastar el formidable trabajo técnico de los soberbios chicagoers bajo la batuta de un Barenboim que busca la claridad, atiende al detalle y busca una sonoridad rústica en el mejor de los sentidos que le sienta muy bien a esta partitura, quizá buscando ese sabor español que, como durante una firma de autógrafo le dijo Leonskaja a quien ustedes se dirige, tiene mucho que ver con lo ruso. Y justo por ahí apunta el de Buenos Aires, de tal modo que la potencia dramática, el carácter bronco y la densidad, se ponen muy por delante en una recreación que se olvida casi por completo de “lo francés”, léase de lo impresionista, para ahondar en los conflictos de la partitura. Así las cosas, esta lectura en vivo –la gente se ríe durante los oles– no termina de alcanzar unidad: hay momentos en los que faltan chispa y desparpajo, se advierten caídas de tensión –justo antes de la Jota– y los magistrales hallazgos parciales de la batuta –hay rubatos para quitarse el sombrero, nunca mejor dicho– se alternan con pasajes en los que solo se puede destacar la musicalidad y buen gusto con que en todo momento dirige el maestro. Jennifer Larmore lastra seriamente el conjunto con su desastrosa dicción del castellano. ¿De quién fue la idea de contar con ella? (8)



12. Barenboim/Sinfónica de Chicago (DVD TDK, 2000). Tres años después de su registro en CD, Barenboim y los chicagoers se benefician de la soberbia acústica de la Philharmonie de Colonia para ofrecer una interpretación nuevamente dramática y poderosa, digamos que “con tronío”, de sonoridad densa y por momentos pesante, quizá buscando un sentido del humor antes amargo que risueño –por momentos uno piensa en lo que hubiese hecho Klemperer–, y también, eso sin dudarlo, intentando cargar una atmósfera que a veces resulta sensual y en otras ocasiones amenazadora. Muy personal, por tanto, en unas ocasiones más convincente que en otras –a la Jota le falta chispa–, pero en general con muchas cosas que decir. La diferencia que es ahora el trazo global se encuentra mejor resuelto, los increíbles primeros atriles de la orquesta tocan con mayor descaro –aun así, lejos de los que harán en 2026 los de Berlín con Rattle– y la creatividad de la batuta es superior. Elisabete Matos no es un cuco muy fino que digamos, pero su primera intervención es formidable y hace gala de una dicción muy superior a la de Jennifer Larmore. (9)



13. Valdés/Sinfónica del Principado de Asturias (Naxos, 2002). La mediocre labor del ingeniero de Naxos nos castiga con un toma turbia y de escaso relieve que no permite valorar de manera adecuada hasta qué punto la batuta fue cuidadosa con las texturas. No parece que mucho, la verdad. En cualquier caso, Maximiano Valdés no solo procura que funcione bien una orquesta con limitaciones en su sonido global –violines no muy allá– y en unos primeros atriles que no pueden rivalizar con los de las grandísimas formaciones que han grabado esta obra, sino que además deja a la música respirar con tempi espaciosos, atiende de manera especial a la calidez y hace gala en todo momento de muy buen gusto. Le faltan mayor continuidad en las tensiones, teatralidad y sentido de los contrastes, pero en cualquier caso no es por culpa del maestro chileno por lo que no resulta fácil recomendar este disco. María José Martos canta bien, pero no convence en lo expresivo. (6)



14. Halffter/Filarmónica de Gran Canaria (Warner, 2006). Aun teniendo delante a una orquesta en plena forma y haciendo gala del desarrollado sentido de la atmósfera que le caracterizaba en una Noche francamente conseguida, Pedro Halffter no logra ofrecer una lectura aceptable: el fraseo resulta demasiado rígido, el estilo no se encuentra conseguido, la animación cae con frecuencia en la precipitación, y hay muy molestas caídas tanto en la blandura como en el efectismo, particularmente en una Jota deplorable. Años más tarde supo interpretar mejor la página falliana, pero en este disco no había madurado lo suficiente como director. Marina Rodríguez Cusí se muestra demasiado vibrada y no especialmente poética. (5)


15. Mena/Sinfónica de la BBC (Chandos, 2011). Orquesta de gran nivel y grabación excelente para una interpretación que, salvando una Jota más aparatosa de la cuenta, se encuentra dicha con exquisito gusto, apreciable grado de sensualidad y un perfecto equilibrio entre poesía y vigor rítmico. Es verdad que de vez en cuando se necesitaría algo más de electricidad –Farruca algo desvaída–, o que se puede echar de menos una dosis adicional de sal y pimienta, pero en cualquier caso Juanjo Mena trabaja con pinceles finos, resulta comunicativo y suele estar muy atento a los matices teatrales de una música directamente vinculada a su programa. Mención aparte merece Raquel Lojendio, la mejor cantante (¡qué gracia, qué estilo, qué salero, y qué buen acento andaluz para esta obra que transcurre en Guadix!) que haya escuchado en esta parte, con la excepción, en una línea diametralmente opuesta, de la inolvidable Victoria de los Ángeles. (8)



16. Mena/Sinfónica de la BBC (YouTube, 2013). En los tiempos en que era titular de la orquesta líder de los Proms, Juanjo Mena no solo tuvo la idea formidable de grabar el ballet completo para Chandos, sino también la de llevarlo al Royal Albert Hall incluyendo coreografía a cargo de Antonio Márquez y su compañía. El resultado fue maravilloso, porque además de que la danza fue formidable por su calidad, los que allí estuvieron y los que ahora vemos el vídeo nos podemos enterar de manera mucho más exacta de la correspondencia entre música y narración. Vamos, que por fin nos enteramos de lo que pasa. Además, tanto los oles como las castañuelas –en tierras gaditanas las llamamos “palillos”– salen de donde tiene que salir, de los bailarines y no de la orquesta. Y claro, estas son muchas en cantidad: solo Boulez se había atrevido a hacerlo así. Por si fuera poco, el coreógrafo, bailarín y bailaor sevillano se marca una Farruca de las que se merecen pasar a la historia. En cuanto a la interpretación musical, difícil es juzgarla por supeditarse a las especiales circunstancias del evento. En todo caso, parece similara  la grabación en estudio de los mismos artistas, siendo de justicia señalar la concentración y sensualidad que se despliega en toca la secuencia nocturna. Estupendísima la mezzo Clara Mouriz, quien además ofrece la inhabitual frase –creo que solo está en la versión de Martinon, además de en la anterior de Mena– en Las uvas. No hace falta decir mucho más: aunque hay versiones preferibles para escuchar la música, es la es primerísima opción para el melómano que empiece a acercarse a esta página. (8-10)


17. Juanjo Mena/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2016). Haciendo uso de pinceles finos y contando con la complicidad de algunos solistas sensacionales, particularmente del soberbio Albrecht Mayer al oboe, el maestro vasco ofrece una interpretación más que notable en la que  sabe ofrecer vitalidad, entusiasmo y un muy desarrollado sentido del ritmo y del color, atreviéndose en este sentido a subrayar asperezas y tensiones sin por ello renunciar al trazo claro y refinado, ni tampoco al fraseo elegante, ofreciendo en este sentidos algunos momentos –el minué de la Danza del corregidor– verdaderamente deliciosos. Ahora bien, hay que reparar en que Mena podría aún haber destilado algo más de sensualidad, haber enriquecido el fraseo con mayores matices y haber evitado la precipitación en la Jota final, un poco rígida. Una pena que a Raquel Lojendio, obra vez fabulosa, no le permitiesen ayudar a la orquesta a decir los “oles” de una manera mucho menos germánica. (9)



18. Yamada/Orquesta de la Suisse Romande (Pentatone, 2016). De acuerdo con que la formación suiza tiene pedigrí falliano avalado por la herencia de Ansermet, pero muchos se preguntarán qué hace un señor que responde al nombre de Kazuki Yamada interpretando esta obra. Pues miren, por lo pronto lo que hace es interpretarla mucho mejor que todos los directores españoles, Frühbeck incluido. Dirigirla con enorme cuidado en la exposición, refinamiento bien entendido y sensibilidad para las texturas. Y, por encima de todo esto, aporta la visión más impresionista de la que hasta ahora haya testimonio en disco. Podrá ser un tópico, de acuerdo, pero hay algo en la fascinante sensibilidad plástica japonesa que entronca de manera directa con el mundo de lo francés: lo curvilíneo, lo sensual, la simplicidad exquisita capaz de conseguir lo máximo a través de lo mínimo. No solo Ravel, también Debussy se encuentra presente en esta interesantísima interpretación que tampoco descuida el sentido del humor ni un cierto carácter español cuando este es más necesario: la Jota se encuentra plenamente conseguida. Ah, los oles son de los mejores que se hayan escuchado y la mezzo de origen canadiense y sudafricano Sophie Harmsen está espléndida. Rotundamente, una grabación a conocer. (9)



19. Heras-Casado/Mahler Chamber Orchestra (Harmonia Mundi, 2019). Podríamos hablar de los tempi contrastados, de la considerable moderación del vibrato, del fraseo enjuto, de la extrema incisividad en la articulación, del vigor rítmico puesto muy por delante de los valores melódicos o de la atención a la atmósfera, del desarrolladísimo sentido teatral, de los timbres intensamente coloreados y ricos en significaciones, de las intervenciones solistas llenas de acidez, etcétera. Pero quizá sea el propio Heras-Casado quien mejor nos oriente gracias a sus notas al programa: “Un Falla conectado con Ravel, con Debussy, y por supuesto con Stravinski a través de una escritura que resurge con mil y una aristas, y que da lugar a una música que sorprende por su forma poliédrica, cercana al cubismo y muy distante de cualquier idea preconcebida de carácter costumbrista. En el foco aparece lo rítmico como cualidad radical y definitoria, donde el sonido se descubre seco, desnudo, punzante y todo adquiere una vibración, diría, que eléctrica”. Lo cierto es que sería esta una formidable definición si no fuera porque el enfoque es muchísimo más radical de lo que él afirma. Poco hay de los dos compositores citados en primer lugar: nada de luz, de sensualidad, de hedonismo bien entendido, de esa atmósfera embriagadora que bebe del impresionismo pero que, al mismo tiempo, resulta inconfundiblemente mediterránea… Una cosa es evitar el tópico y otra muy distinta borrar de un plumazo un elemento esencial en el universo falliano. Y sí que hay mucho, muchísimo de Stravinsky. Demasiado. Heras se excede en su planteamiento, entre otras cosas porque –hoy lo sabemos bien– el autor ruso no tiene por qué ser seco, incisivo y descarnado ante todo. Si hoy se tiende a enriquecer la mirada sobre Petrushka y Le Sacre con una dosis considerable de sensualidad, de misterio y de brumas impresionistas fusionadas con los aspectos más “modernos” de esos dos ballets, no sé por qué hay que dejar las dos obras del gaditano reducidas a un esqueleto. Por descontado, ni rastro de ese particular “duende” de lo español, de esa gracia y de ese salero que esta música también necesita. Aspereza e incisividad se ponen por delante de cualquier otro planteamiento. Por otro lado, Heras-Casado se ha trabajado la ejecución muy a fondo, haciendo gala de una técnica descomunal y de una perfecta compenetración con su orquesta. El sentido del ritmo es portentoso. La lucidez a la hora de colorear los timbres llega a asombrar. Y la claridad es extrema. Se escuchan muchas, muchísimas cosas nuevas. El problema es que cosas que habitualmente sí se oyen, aquí pasan desapercibidas, porque en su empeño en resultar renovador pierde de vista elementos fundamentales; al optar por una cuerda poco nutrida y limitada en vibraciones, los metales y la percusión terminan imponiéndose hasta desdibujar el equilibrio de planos, algo que queda demasiado en evidencia en la Danza de la molinera. Tampoco el trazo horizontal es perfecto: si bien hay mucho de electricidad y de fuerza rítmica, también encontramos marcialidad e incluso precipitaciones. La mismísima introducción resulta ya desafortunada, aunque lo peor es la Jota conclusiva, en la que no se pueden poner como excusa ni planteamientos expresivos ni presuntas fidelidades a la letra: aquí lo que hay es nerviosismo y numerito de cara a la galería. Por no hablar de muchos detalles inexplicables aquí y allá. Por ejemplo, ¿por qué demonios se deshincha el corno inglés al final de su introducción de la Farruca? Carmen Romeu está bien. (8)



20. Rattle/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2026). Cuatro reparos le pongo. Los oles del arranque suenan con desafortunada rigidez germánica. La dicción de la israelí Rinat Shaham –buena voz de mezzo, adecuado estilo– resulta ininteligible en la primera de sus dos intervenciones. Hay algún momento aislado en la presuntamente dieciochesca Danza del corregidor –minuto 27:27– que roza la blandura. Y la enunciación de la melodía principal de la Jota parece algo encorsetada. Lo demás, todo lo demás, me parece un prodigio. Por un lado, los Berliner Philharmoniker tocan con tal mezcla de depuración técnica, claridad y brillantez sonora que se ponen por delante incluso de ellos mismos con Juanjo Mena en la filmación de 2016, por citar las interpretaciones mejor tocadas hasta ahora. No me refiero solo a la precisión, sino también a la redondez y potencia del sonido. En cuanto a la claridad de texturas, no hace falta decir que mitad es cosa de los músicos y mitad de un Rattle que no solo posee una espléndida técnica, sino que se esfuerza de manera especial –hay algún detalle que no comparto del todo– en clarificar las texturas. Lo consigue plenamente, y habría que añadir que lo hace sin caer en la pedantería de un Heras-Casado, quien presume en esta misma obra de descubrir nuevos mundos –lo hace– pero antepone lo renovador a lo más importante: la expresión rica, certera y sincera. Por otro lado, hay que hablar precisamente de esto último, de la implicación expresiva. La interpretación con Juanjo Mena resultaba idiomática y de considerable altura, pero esta va más allá. Los solistas, todos ellos, demuestran una musicalidad, un sentido teatral y una creatividad aún superior, diría que muy superior, a la que suelen derrochar en sus conciertos semanales. De acuerdo, el inmenso Albrecht Mayer va un poquito por su cuenta y puede no convencer en alguna de sus intervenciones, pero todos los demás son para desmayarse: flauta, clarinete, trompa, piano… ¡Y cómo está el fagot de Stefan Schweigert, que lleva en los Berliner desde tiempos de Karajan! La cosa es que el mérito es compartido. Si todo suena más animado, teatral, rico en matices y variado en concepto que con Juanjo Mena, la única explicación posible es que la batuta de turno hace mucho más que ejercer de director de tráfico. Ya sabemos que Rattle es, con diferencia, quien tiene un más desarrollado sentido del humor –musicalmente hablando– de todos los directores famosos de la actualidad. Humor británico, aunque no en la línea gamberra sino en la más clásica que mezcla elegancia, picardía, sensualidad y un poquito de mala leche. Ideal para Haydn y para ciertas obras de Stravinsky en las que el de Liverpool es enorme intérprete. También para El sombrero ¿Se ha escuchado alguna vez una interpretación aún más pícara, juguetona y sanamente extrovertida que esta? No. Las hay más stravinskianas e incisivas, también más temperamentales, como igualmente se las encuentra más atentas a la sensualidad, pero pocas veces se ha narrado la deliciosa historia de Pedro Antonio de Alarcón de manera tan adecuada, expresiva y comunicativa, aportando tan grandes dosis de “cachondeo” sin que se resientan la perfección técnica ni la belleza sonora. Un poquito más de ensoñación, de voluptuosidad incluso, no le hubiera venido mal. También se hubiera agradecido –lo dije al principio– una Jota menos trepidante y más paladeada, pero esta dirección me parece globalmente una de las mejores, más arrebatadora incluso que la de Frühbeck. Si añadimos que la mezzo está bien –solo eso– y que la la ejecución –insisto porque hay que remacharlo– es superlativa, la conclusión me parece inevitable: versión de referencia, no tan perfectísima como la de maestro burgalés –que tenía unos “oles” maravillosos y a Victoria de Los Ángeles–, pero a la postre preferible por su muy superior calidad de sonido. Además de imagen 4K, hay sonido Atmos que recoge con fidelidad –audibles toses y aplausos por detrás– la acústica verdadera de la Philharmonie berlinesa. (10)

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