El problema no son Trump, Netanyahu y quienquiera que encabece en este momento la dictadura iraní. Los culpables son los cientos de miles, millones de personas que en todo el planeta están de acuerdo con eso de que "nuestro país es lo primero", que piensan que se encuentra justificado imponer el modo de vida de la religión propia –la única verdadera– a toda la población y que consideran las guerras iniciadas por pura ambición son absolutamente legítimas. A veces los pueblos recapacitan y se dan cuenta de los errores cometidos –esta noche podría perder el poder ese demonio llamado Viktor Orbán–, pero a la postre el ser humano va a seguir siendo el mismo y recurrirá a la guerra una y otra vez no para defenderse, sino para imponerse sobre el otro. Por eso mismo la Sinfonía nº 8 de Shostakovich se encuentra más vigente que nunca: aquí van unas propuestas de audición.
1. Kondrashin/Filarmónica de Moscú (Melodiya, 1964). Enfoque y estilo extraordinariamente certeros en una lectura intensa y visceral, quizá algo externa en su violencia en algún momento y no del todo lograda en el movimiento conclusivo, que evidencia la perfecta comprensión que el maestro tenía del universo de Dmitri Dmítrievich. Lástima que la orquesta se quede muy corta en la sección de metales y que la toma sonora no la beneficie precisamente: la compresión de los fortísimos llega a resultar insoportable. (8)
2. Previn/Sinfónica de Londres (EMI, 1973). En la primera grabación de la página realizada en Occidente, y por ende sin apenas referencias fonográficas en las que apoyarse, Previn ofrece un logro mayúsculo en el que no solo demuestra comprender y amar la partitura, sino también un extraordinario de la técnica de batuta y un enorme control de su orquesta. Y es que no hay otro secreto detrás de este triunfo que el de una rigurosísima planificación que atiende especialmente la globalidad –nada sencillo trazar con semejante solidez los veinticinco minutos del primer movimiento– sin descuidar los detalles, clarificando en todo momento y orientando con certeza a cada una de las decisivas intervenciones solistas. Bueno, quizá haya uno más: no confundir la desesperanza con la languidez ni el dolor con lo lastimero, que es justo lo que les ocurrirá a otros maestros. Añadamos a esto una sonoridad que, sin necesidad de recurrir a la aspereza, se aparta del “romanticismo” en el que igualmente incurrirán otras batutas. Los dos primeros movimientos son particularmente impresionantes, mientras que el tercero, rápido y cortante, es una hiriente denuncia solo superada por el milagro que más adelante conseguirá Solti en Chicago. Muy bien, solo eso, los dos últimos: una que al gran clímax central del quinto le falte un poco de fuerza, en parte debido a las relativas insuficiencias de una orquesta que, aun evidenciando gran nivel, no está a la altura de las más grandes. El reprocesado que circula en occidente deja muchísimo que desear. Intente conseguir los archivos del SACD japonés que de manera corsaria se localiza por la red: ahí sí que se puede disfrutar de una toma de sonido muy notable por redondez, equilibrio de planos y naturalidad. (9)
3. Sanderling/Sinfónica de Berlín (Berlin Classics, 1976). El maestro hace gala de su filosofía “humanista” y de su habitual renuncia en Shostakovich al expresionismo para optar por una visión más profunda y particularmente sombría, pero en esta ocasión, y aun logrando una interpretación más que interesante, no logra levantar el edificio sinfónico de manera del todo satisfactoria. El primer movimiento resulta algo moroso y no termina de levantar el vuelo; su final, eso sí, es mágico. El segundo necesita mayor intensidad dramática: aquí sí que se echa de menos un enfoque más visceral. Poca sintonía tiene el maestro con el tercero, en exceso descafeinado bajo su batuta. Lo mejor quizá sea la Passacaglia, más atmosférica y reflexiva que descriptiva: por eso mismo no es la más escalofriante que se puede escuchar, pero sí una de las más hondas. El quinto se encuentra planteado y resuelto de manera admirable, incluyendo algunos hallazgos –maderas en el minuto 12– de verdadero artista. El final no resulta desolador, tampoco resignado: se llega a él con una mágica mezcla de dignidad y serenidad sin necesidad de agachar la cabeza. La orquesta funciona magníficamente en lo que a la cuerda se refiere, si bien los metales se quedan cortos. Notable la toma, de apreciable relieve en el reciente rescate en alta resolución; por desgracia, y como era de esperar, su fuerte compresión dinámica fastidia alguno de los momentos más relevantes de la audición. (8)
4. Mravinski/Filarmónica de Leningrado (DVD Dreamlife y SACD Praga, 1982). Se suele decir que esta obra, de una manera u otra, pertenece a Mravinski. Razones no faltan, porque la implicación expresiva del maestro es tremenda, como ya queda de manifiesto en un primer movimiento rápido, trazado con excelente pulso, sincero en su carácter estremecedor y virulento, pero sin caer en un excesivo expresionismo ni olvidar la cantabilidad propia de una batuta que fue romántica ante todo. Scherzo implacable, mecánico, violento pero sin descontrol. Magnífico el Allegro non troppo, implacable sin ser mecánico, sobresaliendo la labor de una trompeta particularmente chulesca en la sección central; lástima que la toma desequilibre los planos. La Passacaglia parece menos atmosférica, más lacerante y dramática que otras veces. El Allegretto conclusivo se encuentra francamente bien planteado, dicho además con ganas tanto por parte de la batuta como de los solistas de la orquesta, pero también hay que reconocer que el clímax, aun siendo muy rebelde, no se halla todo lo preparado que debiera; se ve seriamente afectado (¡una vez más, qué cruz!) por la compresión dinámica. A la coda se le podría sacar mucho más partido, e incluso parece que, al subrayar la última nota de la flauta, el maestro quisiera abrir un cierto camino a la esperanza. De la orquesta solo cabe decir maravillas, particularmente en lo que a su cuerda se refiere, si bien sus metales ácidos y estridentes, muy “a la rusa”, pueden no resultar del agrado de los oídos más “occidentalizados”. Sus excesos, por otra parte, se deben a la toma. ¿Qué edición escoger? El vídeo suena monofónico, pero en contrapartida vemos al maestro en su faena. El SACD sí suena en estéreo, pero sufre la aludida compresión dinámica. La edición de Philips ha sido descartada por los especialistas por, al parecer, incorrecciones en la velocidad de la cinta. (9)
5. Haitink/Orquesta del Concertgebouw (Decca, 1982). Parece mentira que un director completamente ajeno al universo del compositor, que se acercó a este mundo por imposición de la discográfica, alcanzara tal grado de sintonía con una partitura que apenas se había grabado y –supongo– interpretado en Occidente. Y no solo con la partitura, sino también con el estilo: el holandés no necesita “romantizar” a la manera de Mravinsky, ni de extremar hasta el límite de lo soportable su vertiente expresionista como hará Rozhdestvensky. La proverbial neutralidad de su batuta sienta aquí de maravilla, y si por ello mismo los dos primeros movimientos no alcanzan el grado de temperatura emocional e inmediatez expresiva de Previn, los otros tres son de absoluta referencia: quizá ningún otro director haya reflejado de semejante manera la vertiente maquinista del tercero –Solti impresionará ahí por su incomparable electricidad, pero eso es otra cosa–, el carácter yerto –viento gélido, escalofriante– del cuarto y la sucesión de muecas macabras del quinto, hasta llegar a una conclusión que quizá nunca haya sonado tan falta de esperanza. Obviamente, para conseguir todo esto no hace falta solo una musicalidad fuera de lo común, sino también una orquesta de primerísima –por la sonoridad global y, sobre todo, por sus primeros atriles– y una técnica de batuta capaz de planificar con perfecta solidez el trazo y de sostener las tensiones en los momentos más necesitados de concentración, particularmente en la Passacaglia. Por si fuera poco, la toma sonora es de una pureza tímbrica, una transparencia y un equilibrio de planos fuera de lo común; falta un grado todavía mayor de gama dinámica, pero no se puede tener todo. Disco imprescindible. (10)
6. Rozhdestvensky/Sinfónica del Ministerio de Cultura de la URSS (Melodiya, 1983). El marido de la Postnikova ha sido quien desde siempre ha llevado más lejos la apuesta por un Shostakovich expresionista: extremadamente ácido y tenso, voluntariamente feísta en la sonoridad, por completo alejado de cualquier tentación de romantizar la música. Decisión radical y por ende sujeto a debate, aunque en una obra como esta resulta por completo convincente ya desde un arranque tenso a más no poder. El desarrollo del primer movimiento resulta muy visceral, aunque en la sección central hay algún momento no del todo controlado. El segundo, corrosivo y sarcástico en grado extremo: ¡qué maderas! El tercero llama la atención por unos metales particularmente estridentes y una trompeta que hace que alude a lo militar con indisimulada mala leche. Los dos últimos, lástima, no son tan personales e imaginativos: el cuarto resulta más seco y espectral que patético, mientras que en el quinto se borra todo rastro de emotividad y se adopta un punto de vista distanciado, abstracto incluso. La orquesta responde de manera satisfactoria a las demandas de virtuosismo que exige la partitura, si bien los metales se nos antojan demasiado broncos. (9)
7. Solti/Sinfónica de Chicago (Decca, 1989). Magnífica toma en vivo para una recreación que cuenta como gran baza con una CSO absolutamente espectacular, modelada por una batuta de técnica portentosa que es capaz de conseguir pianísimos imposibles y fortísimos atronadores, al tiempo que traza la arquitectura con perfecta solidez, clarifica todas las texturas y es capaz de descender al más minucioso detalle en absoluta complicidad con los primeros atriles. Otra cosa es que el maestro, en todo momento comunicativo y ajeno a la vulgaridad, termine de sintonizar con la obra. Al movimiento inicial le faltan esa atmósfera opresiva y ese desasosiego que sí conseguían un Previn o, sobre todo, un Haitink; incluso hay por ahí algún portamento muy inconveniente. El Allegretto es un prodigio, particularmente por unas maderas de virtuosismo tal que hay que oírlo para creerlo. Amenazador e implacable el tercero, con una trompeta más chulesca que sarcástica, concluyendo con un clímax espeluznante en el que los metales de los chicagoers, poderosísimos sin perder redondez, nos ponen los pelos de punta. Depuradísima la passacaglia, aunque de nuevo Haitink resulta muy preferible. El movimiento conclusivo sí que está a la misma altura, sobresaliendo la perfecta delineación del pasaje fugado y el solo de violonchelo, tal vez el más emotivo (¿recuerdos de los momentos felices?) de toda la discografía. El final resulta voluntariamente seco y austero. (9)
8. Ashkenazy/Royal Philharmonic (Decca, 1991). El maestro nacido en Gorki siempre sabe lo que tiene entre manos cuando de Shostakovich se trata, pero su tendencia a quitarle garra a la música la música se evidencia en exceso en esta lectura tan bien planificada como insustancial. El primer movimiento es muy correcto, sin languideces, pero suena a ratos demasiado pacífico y domesticado. El segundo es espléndido, y el tercero lo sería de no ser por la sosa trompeta. Asépticos cuarto y quinto, faltos de aristas y de carácter siniestro. El final es absolutamente descafeinado. Ahora bien, la labor técnica es tan sólida que hace subir puntos a la versión. (7)
9. Rostropovich/Sinfónica Nacional de Washington (Warner, 1991). Slava no opta por el expresionismo. La suya es una lectura humanista e interiorizada, poco visceral y no muy sarcástica, que destaca ante todo por su fraseo natural, cantable cuando debe, así como por el carácter espectral, desmaterializado y lleno de desolación que aporta a la obra, sobre todo en los dos últimos movimientos. El primero destaca por su congoja plenamente humanista. El segundo está muy bien, dentro de una línea ortodoxa. El tercero, esperpéntico antes que militarizado o implacable, resulta algo descafeinado. En general, en los clímax se echan de menos garra y virulencia, quizá porque la orquesta no es capaz de dar toda la gama dinámica requerida: esta vez no es culpa de la toma. (8)
10. Previn/Sinfónica de Londres (DG, 1992). No se puede aquí decir eso de “si quiere usted conocer la visión de Previn con la LSO, escoja esta grabación que es técnicamente muy superior a la de diecinueve años atrás”. Sencillamente porque, aunque las virtudes son muy similares, el ángulo de visión es distinto. Antes se sentían (¡y vivían!) las cosas desde primera fila –sin llegar a estar “dentro”, como Rozhdestvenski–, ahora se hace desde la distancia, espacial y temporal. Ni siquiera está del todo claro que el asunto vaya necesariamente sobre la guerra. Como Rostropovich, el anciano Previn parece que se interesa más por el más hondo dolor humano que por la herida sangrante; que intenta mover más a la reflexión que a la emoción; que se queda con la esencia más despojada de la música hasta aproximarse a la desmaterialización. Para lograrlo apuesta por tempi considerablemente más lentos –sobre todo en la Passacaglia, que pasa de 11’16’’ a 13’16’’–, pero sin miedo a que las tensiones pierdan pulso: tal es la habilidad de la batuta para planificar. La orquesta responde con enorme acierto y alguna aportación. Es el caso de la trompeta en su decisivo solo del tercer movimiento, que al recurrir al legato en algunos momentos resta carácter castrense y se aproxima a una especie de guiñol burlesco, lo que conociendo a Shostakovich no es ninguna tontería. Y no, no es cosa de Previn porque pocos años más tarde le escuché la obra a la LSO en Granada bajo la batuta de Haitink y se repitió la propuesta. (9)
11. Barshai/Orquesta de la WDR (Brilliant, 1995). Rudolf Barshai tenía línea telefónica directa con Shostakovich, y eso queda claro en esta soberbiamente interpretada lectura en la que el maestro demuestra conocer de primerísima mano estilo, expresión e intenciones. No solo eso: frasea con naturalidad y amplitud –los 27’27’’ del primer movimiento solo son superados por Previn–, construye con solidez, equilibra los planos y hace sonar con propiedad a una orquesta que ya era notable, pero que todavía no había alcanzado la excelencia de hoy. De hecho, hay algún error de ejecución que bien se podría haber corregido en la mesa de edición. Por lo demás, el segundo movimiento es excepcional, notable solo el quinto, pero globalmente es una lectura espléndida. Soberbia la toma, como no podía ser menos contando con la acústica de la Philharmonie de Colonia. (9)
12. Sanderling/Filarmónica de Berlín (YouTube, 1997). Veintiún años después de su registro en estudio, el gran Kurt Sanderling pasa de la Sinfónica a la Filarmónica –la de tiempos de Abbado– para ofrecer una interpretación en la misma línea: relativamente lenta en los tempi, atmosférica antes que visceral, reflexiva sin ser nihilista y marcada por un profundo humanismo. Lo interesante es que esta vez las cosas funcionan mejor, incluso mucho mejor. ¿La orquesta? Puede ser: a pesar de las muchas imperfecciones propias del directo –del directo de entonces: en la actualidad tocan de manera impecable–, los Berliner Philharmoniker ofrecen los mimbres ideales para la visión que el maestro tiene de la partitura y unos primeros atriles de lujo –impresionante la flauta de un jovencísimo Emmanuel Pahud– que encadenan un acierto expresivo tras otro. Pero no es solo eso. El maestro, sea por la sabiduría que otorga la edad o porque ese día se encontraba especialmente motivado, ofrece ahora un primer movimiento más sólido en su arquitectura, un segundo muy encendido que combina bastante bien rabia con sarcasmo y un tercero de cuerda implacable en el que se echa de menos una trompeta superior. Memorables los dos últimos, como era de esperar. Una referencia, pues, que hay que conocer a pesar de que la toma, una vez más, no está a la altura de las circunstancias. (10)
13. Jansons/Sinfónica de Pittsburg (EMI, 2001). Inexplicable que este disco recibiera algunas reseñas muy elogiosas. El primer movimiento no se encuentra bien construido: blando y mortecino y tendente al llanto. El segundo y el tercero están muy bien. Los dos restantes son aceptables pese a tender igualmente hacia la blandura. La orquesta se queda algo corta, aunque venturosamente Jansons no opta por limar las aristas tímbricas. (6)
14. Kitajenko/Gürzenich-Orchester Köln (Capriccio, 2003). Como en gran parte de su ciclo –hay excepciones–, aburrida corrección por parte de Kitajenko. Primer movimiento lento, flácido, insincero y aburrido. El segundo y el tercero son correctos sin más, faltando fuerza y rebeldía. La Passacaglia es más tristona que doliente; falta tensión interna. El quinto empieza bien, pero tras llegar al clímax –no muy rebelde–, se va deshilachando poco a poco, en parte por las intervenciones solistas. Al menos el formato SACD ayuda bastante. (6)
15. Caetani/Sinfónica de Milán (Arts, 2004). ¿Por qué demonios se graba esta música con una orquesta tan pobre? Tampoco es que el hijo de Igor Markevitch dirija bien. De hecho comienza mal, muy mal, con rigidez y movido por las prisas. Luego se centra y ofrece momentos muy intensos, aunque falta a veces claridad –segundo movimiento–, hay desajustes –la trompeta en el tercero– y algunos pasajes están desaprovechados –maderas en el cuarto–. Coda algo aséptica. A olvidar. (5)
16. Haitink/Sinfónica de la Radio de Baviera (BR, 2006). Veinticuatro años han pasado desde su soberbio, referencial registro en Ámsterdam, y Haitink recorre un camino parecido al que, a lo largo de diecinueve, cogió Previn en sus dos grabaciones londinenses: tempi considerablemente ralentizados -salvo en el segundo movimiento-, menor rebeldía, avance hacia la desmaterialización. En el primer movimiento aparen un par de detalles “románticos” que no convencen, mientras que -al igual que Previn, quizá inspirándose ambos en el solista de la LSO- la trompeta del tercero pierde todo su carácter militar para dibujar, quizá, las danza tristona y risible de un lastimoso payaso. Los dos últimos movimientos de esta nueva versión son por completo sensacionales, tanto por la dirección como por la labor de los primeros atriles muniqueses; grandes aplausos para los que se encargan de los solos tras las grandes explosiones finales, que a su vez dan paso a una escalofriante coda. La toma es suficiente, pero mucho menos buena que la de la ocasión anterior. (9)
17. Vasily Petrenko/Royal Liverpool Philharmonic (Naxos, 2009). Un enfoque abstracto como este no solo es muy válido, sino que puede funcionar de maravilla: lo demostró Bernard Haitink. Lo que no es de recibo es que la interpretación carezca de la tensión necesaria, se encuentre lastrada por una manifiesta timidez expresiva y caiga en la blandura. El primer movimiento se encuentra mal construido y carece de rebeldía. El Allegreto se queda en lo correcto, aunque la Royal Liverpool Philharmonic puede lucir en su sección final un notable virtuosismo. El tercer movimiento, con una trompeta sin la intencionalidad necesaria, no conduce bien sus tensiones hacia el gran clímax que precede a la estremecedora Passacaglia, que con el director ruso suena más bien tristona y apagada. En el Allegretto final se llega al clímax sin fuerza y, tras unas intervenciones solistas despistadas en lo expresivo, la partitura se cierra en medio de la indiferencia. Lo más flojo del ciclo de este, en otras ocasiones, admirable director. (5)
18. Nelsons/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2010). Irregular en sus aproximaciones al universo de Shostakovich, el maestro de Riga nos ofrece una lectura lenta, bien paladeada, pero no solo construida sin la suficiente tensión interna, sino también algo despistada en lo expresivo. El arranque algo blando; luego se centra, sin que termine de destilar rebeldía. Segundo y tercer movimiento están bien, a secas, dentro de un enfoque poco expresionista. Los tres golpes de timbal al final del segundo, muy separados entre sí –como hacía Previn–, no convencen. El cuarto, muy lento y atmosférico, carece de tensión suficiente. El quinto resulta muy correcto hasta el gran clímax, pero a partir de ahí se suceden una serie de solos muy desafortunados en lo expresivo, particularmente el del violonchelo; excepción es el violín. La coda, muy lenta, resulta atractiva por su extrema sequedad. (7)
19. Nelsons/Orquesta del Concertgebouw (Blu-ray Cmajor, 2011). Esta es una interpretación más sólida y mejor encaminada que la suya en Berlín, sin los detalles de blandura fuera de lugar que entonces había. Abstracto en su enfoque, antes distanciado y sobrio que virulento, funciona muy bien un movimiento inicial adecuadamente planificado. Irreprochable el segundo, que se beneficia de sensacionales solistas muy acertados en lo expresivo –sin cargar las tintas–; de nuevo no convence el cierre con tres golpes de timbal muy separados. Bien a secas el tercero, no del todo implacable y nada burlesco. Secos, sobrios y distanciados los tres últimos, sobresaliendo la fuga del quinto: admirablemente disección por parte de la batuta y fabulosa ejecución por la de la orquesta holandesa. Por una vez, la tecnología responde: impresionante la toma. (8)
20. Nelsons/Sinfónica de Boston (DG, 2016). En lo que a la ejecución se refiere, esta es una realización prodigiosa: la orquesta está soberbia y la batuta planifica con una atención tanto a la globalidad como al detalle digna de asombro. Tensiones y distensiones, dinámicas, tejido polifónico, tratamiento del color… Todo es de primerísimo nivel. En cuanto a la interpretación propiamente dicha, el maestro sigue en su línea llamémosle “objetiva” que recuerda a Haitink, solo que sin alcanzar el grado de emotividad que, pese al consabido distanciamiento del maestro holandés, alcanzaba aquella lectura. Hay que destacar, en cualquier caso, la soberbia planificación del dilatado primer movimiento, las portentosas intervenciones de los primeros atriles en el segundo –de nuevo no convencen los tres golpes de timbal– y el acierto generalizado por parte de Nelsons de no confundir, esta vez, lo triste con lo lastimero ni la resignación con la blandura. Impresionante la toma sonora tanto en alta definición como en Dolby Atmos. (8)
21. Kirill Petrenko/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2020). El maestro tiene una de las técnicas de batuta más grandes que se recuerdan. La orquesta es la ideal para esta partitura en concreto, por la oscuridad y rotundidad de su sonido pero también por la musicalidad de los primeros atriles, llamados en esta Op. 65 a ofrecer intervenciones decisivas. En lo que a cuestiones expresivas se refiere, Kirill se muestra tan sensato como moderado en sus planteamientos. No necesita “romantizar” la obra ni extremar su virulencia expresionista. Otra cosa es que no termine de encontrarle el punto al primer movimiento, sobre todo porque en los momentos más introvertidos parece confundir la aflicción lacerante con lo tristón, por no decir con lo lastimero; a medida que avanza se muestra capaz de ofrecer momentos muy encrespados (¡con semejante orquestón no podía ser menos!), pero se percibe una descompensación entre los gestos de rabia que transmite su rostro y lo que realmente se escucha. No hay reparo para el Allegretto: Petrenko sabe resultar áspero y sarcástico modelando a sus músicos con la sonoridad adecuada y clarificando las texturas con mano maestra. El allegro non troppo está muy bien. Solo eso: interesa más implacable y con más mala leche. La Passacaglia tampoco resulta del todo desasosegante, pero aquí la labor de los solistas es fundamental: ¡cómo están Mathieu Dufour y Andreas Ottensamer! Muy bien planificado el movimiento conclusivo, sin que Petrenko se muestre muy interesado en subrayar la ironía ni la negrura de los pentagramas. Grave compresión dinámica de la transmisión en vídeo: he escuchado en Qobuz la versión que procede del SACD editado por la propia orquesta y ahí se encuentra corregido el problema –suena de maravilla–, así que debe usted plantearse si conocer esta versión con imágenes o sin ellas. (8)
22. Currentzis/Sinfónica de la SWR de Stuttgart (YouTube, 2023). Se le suele dar estupendamente Shostakovich al maestro ateniense, y esta no la excepción. Sin embargo, al primer movimiento le cuesta un poco arrancar. Incluso más adelante las tensiones no terminan de encontrar del todo bien planificadas. La orquesta, pese a su incuestionable calidad, tampoco acaba de rendir al nivel en que lo han hecho las grandísimas que se han acercado a esta página; buenos sin más los primeros atriles, incluido un corno inglés no muy allá. Sensacional el segundo movimiento, el que mejor le suele salir a los diferentes maestros: mordaz y visceral, tocado con muchísima intensidad por unos músicos que, pese a esas relativas limitaciones antes referidas, se dejan la piel en el asunto. El tercero no acostumbra a salir tan maravillosamente bien como aquí a Currentzis, uno de los pocos maestros que se acerca a la inalcanzable recreación de Solti. Concentrada, severa, espectral la Passacaglia, como debe ser. Tras un clímax que suena con rabia, ya que no con el volumen que debería –la culpa es de la toma, para variar–, el movimiento conclusivo se desarrolla con solidez de trazo, acierto pleno en la expresión y apreciable intensidad. (8)
23. Altinoglu/Sinfónica de la Radio de Frankfurt (YouTube, 2025). Esta filmación sirve como botón de muestra de lo mucho que ha venido el nivel técnico de orquestas y batutas en las últimas décadas: hace tan solo cuarenta años hubiese sido impensable, salvo en las grandes capitales con las mejores formaciones del mundo, escuchar en directo una Octava tan bien tocada y expuesta, tan limpia y sólidamente trazada, capaz de superar con nota los terribles retos que plantea la partitura. En lo expresivo Alain Altinoglu se muestra certero, sensato y convincente, siempre dentro de una visión más “romántica” que expresionista, aunque no exenta de relativas irregularidades. Asl primer movimiento le falta un punto adicional de tensión interna y le sobra alguna decisión controvertida para llegar la excelencia. Esta sí se alcanza en el segundo y en el tercero, beneficiándose este último de una trompeta francamente notable. La dificilísima Passacaglia también sale a pedir boca: ¡qué clarinete! En el Finale los primeros atriles demuestran enorme categoría, si bien a la batuta le falta grandeza opresiva en el clímax; la coda, algo más resignada de la cuenta. Gloriosa imagen en 4K; el audio adolece de una severa compresión dinámica. (8)

















2 comentarios:
La realidad, tozudamente, se niega a dejar obsoleta a la música de Shostakovich.
Un abrazo, estimado Fernando.
Cristian.
Muchísimas gracias, Fernando, por esta magnífica discografía comparada.
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