lunes, 3 de mayo de 2021

Gala por los 30 años del Maestranza: musicología antes que música

Ya vacunado y con el tránsito entre provincias recién abierto, acudí ayer a Sevilla con ilusión. No pisaba la ciudad de la Giralda desde antes de la pandemia, y del Maestranza solo sabía del desigual Così que se retransmitió en streaming. Regresé a Jerez con un sabor agridulce, queriéndome quedar con lo positivo de que el teatro siga ahí, poniendo horas y horas de empeño, esfuerzo y sinsabores para continuar funcionando en estas terribles circunstancias, y logrando sacar adelante una gala de 30 aniversario en función doble –para solventar el problema de la reducción del aforo– con un buen número de cantantes. Pero no puedo compartir el criterio de Javier Menéndez a la hora de escoger el repertorio: títulos que tienen que ver con Sevilla. Porque junto a algunas páginas sublimes de Mozart, Beethoven, Bizet y Verdi escuchamos mucha, muchísima música de mero interés musicológico, como las de Carnicer, Gomis, Zandonai o ese Manuel García que ha resucitado más por vanidad de algunos investigadores locales que por la calidad de su labor compositiva. Rotundamente, creo que esta ciudad necesita de una vez por todas liberarse de sí misma, dejar de mirarse en el espejo engañoso de “Sevilla, ciudad de ópera” y comprender que hay otros mundos más allá del Guadalquivir.

Tampoco comparto el criterio a la hora de seleccionar las voces. ¿Por qué estos cantantes y no otros? Se entiende que en medio de la pandemia las cosas son complicadas, pero ¿de verdad esto es lo mejor que se podía reunir? Por si fuera poco canceló a última hora la figura más internacional y prestigiosa de todas, Carlos Álvarez, quien a su vez nos dejaba a la poco interesante Rocío Ignacio, soprano sevillana cuya carrera se ha realizado siempre a la sombra del enorme barítono malagueño. Sí que me pareció un acierto contar con Juanjo Mena, una de las mejores batutas españolas del momento, aunque con un programa tan largo y desigual se le vio un tanto incómodo: acertó en algunas ocasiones haciendo gala de flexibilidad, elevadísima cantabilidad y guen gusto, mientras que en otras se quedó muy a medio camino. Tampoco es que tuviera delante a una orquesta muy allá: tras la desastrosa etapa de John Axelrod, la Sinfónica de Sevilla se encuentra en el momento menos feliz de su trayectoria, y si en ya aquellos lejanos tiempos de Klaus Weise supo hacer un Mozart muy notable, hoy día la cuerda parece incapaz de tocar con el empaste y la agilidad que demandan el repertorio del clasicismo y primer romanticismo. ¡Cuánto trabajo le queda por hacer al recién nombrado Marc Soustrot como titular!

La gala la tienen ustedes íntegra aquí arriba –función del domingo, la misma que yo presencié–, por lo que se pueden hacer una idea de cómo estuvo la cosa. A mí quien más me gustó, con diferencia, fue Leonor Bonilla, todavía joven y ya formidable soprano que posee una técnica belcantista excepcional y una sensibilidad exquisita: brilló tanto en el aria de Cristoforo Colombo de Carnicer como en el inhabitual –y poco estimulante– dúo Zerlina/Leporello de la versión de Praga del Don Giovanni mozartiano. Tuvo ahí la complicidad del simpático Simón Orfila, que mostró su habitual empuje en la romanza de Gerónimo Jiménez y en el “Madamina, il catalogo é questo” no de Mozart sino de Carnicer, toda una demostración del abismo que media entre el genio del de Salzburgo y el mero oficio del catalán.

Me dio mucha pena encontrar tan incómodo a José Bros en “La fleur que tu m’avais jetée”, no ya por estilo sino por mostrarse incapaz de desplegar esos recursos canoros que tan admirablemente suele exhibir. Muchísimo mejor estuvo como el Don Álvaro de La forza, así como en el dúo de El gato Montés junto a una salerosa Ainhoa Arteta. Esta se atrevió nada menos que con el mismísimo “Pace, pace mio dio” verdiano: su voz se ha ensanchado lo suficiente y lo resolvió con apreciable dignidad –flojeó alguna nota grave–, dejando entrever que quizá la última etapa de su carrera pueda convertirse en la más interesante de todas.

El tenor Ariam Hernández no pudo lucir sus mejores armas como el Don Giovanni de Carnicer –ininteresante dúo con Donna Anna–, pero sí que mostró buenísimas maneras como el Don Ottavio mozartiano en una soberbia recreación de “Il mio tesoro”. Rocío Ignacio posee una voz que corre magníficamente, pero me gusta poco su línea de canto: en esa sublime página que es “Dove sono?” se mostró incapaz de cantar con la morbidez, sensualidad y melancolía que la música necesita. En el aria de Conchita de Zandonai me pareció un tanto desaforada.

Mención especial por su profesionalidad para Jean-Kristof Bouton –que andaba en los ensayos de Carmen– sustituyendo a Carlos Álvarez como el Alphonse de La Favorite, así como para el Coro de la A. A. del Teatro de la Maestranza, que bastante tuvo con arriesgarse a salir al escenario y a cantar en condiciones por completo adversas.

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