domingo, 23 de mayo de 2021

Algo de Prokofiev por Gaffigan

Insiste la prensa en que James Gaffigan (Nueva York, 1979) podría convertirse en el nuevo director musical del Palau de Les Arts. El asunto, pese a que dudo muchísimo que vuelva a ir a Valencia en los años venideros, me despierta la curiosidad. De este señor hasta ahora conozco muy poco, entre otras cosas una Tercera de Sergei Prokofiev más bien decepcionante (comparativa aquí), así que he decidido escuchar –streaming de Qobuz en alta resolución– un disco con otras dos sinfonías del compositor ruso, la Sexta y la Séptima, registros realizados en 2015 y 2012 respectivamente, que ha sido editado en SACD por el sello Challenge.

La Sexta se han convertido inmediatamente en mi versión favorita junto con la ya algo antigua de Rostropovich para Erato. Ya desde una carcajada inicial –las  trompetas con sordina– particularmente despreciativa, el maestro norteamericano va desgranando sin prisas, pero manteniendo muy bien el pulso, un primer movimiento lleno de negrura; no es el suyo el más expresionista o visceral posible, pero sí el que mejor pone de relieve los aspectos más retorcidos de esta música. Consecuentemente, en el lirismo del Largo no apuesta por la melancolía ni el humanismo, sino por el más intenso dolor. El Vivace conclusivo no intenta, ni siquiera en su arranque, arrojar un poco de luz sobre las tinieblas: el carácter ambiguo de la página se pone por encima de otras consideraciones, aunque aquí lo que más hay que aplaudir es el portentoso trabajo técnico –trazo horizontal sin fisuras, clarificación meridiana de las líneas orquestales– que realiza Gaffigan. La toma sonora es, sencillamente, la mejor que ha recibido esta partitura.

En claro contraste con la Op. 111, la Séptima –registrada tres años antes con toma sonora no menos excepcional– resulta extremadamente lírica. Depuradísima y muy elegante, tierna y delicada a más no poder, ensoñada en el mejor de los sentidos –no hay caídas de pulso, ni blandura, ni amaneramiento–, poética en grado extremo –el retorno del tema principal al terminar el primer movimiento llega a poner los vellos de punta–, mirando de manera indisimulada a la magia poética de La cenicienta… Ya Previn –en su registro de Los Ángeles– y Ozawa lo hicieron así, el segundo de ellos de manera particularmente lograda. Yo diría que esta interpretación de Gaffigan es todavía más bella. Ahora bien, a mí me parece que esta música necesita más contrastes sonoros para poner en evidencia el enorme amargor que esconde, que en determinados momentos convendría marcar más la incisividad de los timbres, que la ironía debería hacer acto de presencia y, sobre todo, que el lirismo debería sonar no solo nostálgico, sino también intenso, anhelante y de regusto amargo, incluso doliente, además de negro e implacable –a Gaffigan no se le mueve un pelo– en la disolución final: justo lo que hizo el citado Rostropovich en aquel registro para Erato que, sin ser redondo, sigue siendo quizá el más convincente de todos.

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