lunes, 25 de junio de 2018

Nuevo disco Heras-Casado: monográfico Debussy

Harmonia Mundi se ha dado mucha prisa en editar este monográfico Debussy protagonizado por Pablo Heras-Casado: se registró en Londres en enero de este mismo año y salió al mercado –incluyendo plataformas de streaming– el pasado sábado 23 de junio, sin duda por el deseo de coincidir con la inauguración del Festival de Granada del que el maestro granadino es nuevo responsable artístico, y en la cual precisamente él se ha encargado de dirigir dos de las obras que se incluyen en el disco: Preludio a la siesta de un fauno y El mar. Lo que ocurre es que en el Carlos V lo ha hecho con una orquesta de instrumentos originales, Les Siecles, y en el CD se pone al frente nada menos que de la Philharmonia. Los resultados me han parecido de altura, pero no exentos de las irregularidades marcan la irregular y decepcionante trayectoria del joven maestro. Decepcionante a mi modo de ver, claro está: por los motivos que sea –y se me ocurre unos cuantos–, casi nadie en España le hace reproches artísticos serios al marido de la Igartiburu.


El registro se abre con un Preludio de la siesta de un fauno que no solo sabe ser solo ser concentrado y estática, sino también ofrecer, sin que se pierdan la elegancia y la depuración sonoras –exquisitas–, una buena dosis de agitación en la sección central. El ser mitológico, en este sentido, parece más ardiente que ensoñado. El problema es que faltan sensualidad, erotismo y voluptuosidad, ingredientes fundamentales en una página como esta, de tal modo que la magia poética apenas hace acto de presencia. La sección final, de hecho, resulta de una frialdad alarmante. Del uno al diez, un siete.

En La mer el maestro se muestra muy certero desde el punto de vista estilístico, ofreciendo una lectura que no se queda en ingravideces, en ensoñaciones ni en colores pastel. La orquesta, ciertamente, está tratada con el punto de levedad que le corresponde, los pasajes más estáticos están bien paladeados y la sonoridad sabe difuminarse cuando debe, pero también hay músculo, hay tensiones en la arquitectura y se despliegan timbres incisivos que enriquecen la paleta cromática y alejan esta música del tópico de lo francés. El fraseo, por su parte, sabe ser flexible y curvilíneo sin perderse en florituras ni descuidar la solidez del trazo. Y hay vida, animación y una buena dosis de frescura que engancha de principio a fin.

Por desgracia, y junto con estas incuestionables virtudes, Heras-Casado evidencia una inspiración un tanto irregular. De este modo nos encontramos con un primer movimiento muy bien trazada –siempre desde esta óptica antes extrovertida que contemplativa– pero con alguna frase dicha un tanto de pasada y, en general, necesitando una dosis mayor de sensualidad y de magia poética; el clímax conclusivo resulta más ruidoso que verdaderamente extático. El segundo movimiento es a todas luces magnífico, sobre todo por su plasticidad y por su mágico tratamiento de las texturas, aunque extrañamente alguna frase de los violines no se termina de oír bien. La impresión de que los planos sonoros no están tan trabajados como en las grandísimas recreaciones de la pieza (aquí ofrecí una discografía comparada) se incrementa en un tercero en el que determinadas frases de las maderas pasan desapercibidas, como si el maestro granadino estuviera mucho más interesado en el trazo global –admirablemente sostenido– que en clarificar la genial polifonía elaborada por el compositor. Eso sí, el colorido deslumbra por su riqueza y la página avanza con decisión hasta una coda en la que (¡desagradabilísima sorpresa!) Heras-Casado muestra lo peor de sí mismo: vulgar, grueso y hortera como el Gergiev más desquiciado. ¿Cómo ha podido el productor consentir algo así? Un ocho para la versión, quizá menos por esos escasos pero muy significativos segundos finales.

Queda esa maravilla que es El martirio de San Sebastián. No la obra completa, claro está, sino los fragmentos sinfónicos. Me ha parecido la de Heras-Casado una recreación de lo más sugerente por apartarse –de los aspectos tanto religiosos como eróticos –o de las dos cosas a la vez, que en esta página van una al lado de la otra– para ofrecer una visión abstracta y distanciada, abandonando referentes más o menos simbolistas para mirar al mundo de Jeux y a lo que viene después, esto es, a la música de Boulez. Y lo hace el granadino con una dosis enorme de depuración sonora, pero también atreviéndose a resultar anguloso en la “Danse extatique”.

Dicho esto, después de escuchar esta lectura –y antes de ponerla por segunda vez– decidí repasar la magistral que grabó Daniel Barenboim al frente de la Orquesta de París para Deutsche Grammophon en 1977. Y claro, uno no puede echar de menos la enorme dosis de sensualidad, de poesía y de elevación poética –pienso sobre todo en los finales del segundo y el cuarto número– que alcanzaba el argentino en el que ha sido uno de sus mejores trabajos en este repertorio. Aun así, un nueve para Heras-Casado.

La grabación corre a cargo nada menos que de estudios Teldex y ofrece una pureza tímbrica absolutamente excepcional, pero en los tutti no me ha convencido. Quizá se deba a la tan cacareada problemática acústica de uno de los lugares de grabación, el Royal Festival Hall. El otro es el mítico Henry Wood Hall, pero no se especifica qué obra se grabó en cada lugar.

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