jueves, 28 de junio de 2018

La Novena del Muro

Mes y medio después de la caída del Muro de Berlín, concretamente el día de Navidad de 1989, Leonard Bernstein mezclaba en la Schauspielhaus –ahora Konzerthaus– de la reunificada capital alemana a su amada Sinfónica de la Radio Bávara con músicos de otras célebres orquestas del orbe, los reunía con un conjunto coral formado por adultos de Múnich y Berlín más niños de Dresde, y ofrecía la más célebre creación de Ludwig van Beethoven cambiando la palabra “Alegría” por “Libertad” para dejar bien clara la intencionalidad política del acto.


En semejantes circunstancias, podía esperarse una interpretación espontánea, arrebatada y dicha un tanto de cara a la galería. Pues no. Lenny ofreció de la Novena una versión más bien apolínea y contemplativa, muy “de anciano director”, dicha con amplitud –francamente lentos los tempi–, planificada con enorme naturalidad, fraseada con una cantabilidad para derretirse y más atenta a los aspectos humanistas y reconciliadores de la partitura que a su lado más oscuro. Precisamente por eso el primer movimiento, perjudicado por un mediocre oboe, puede resultar un tanto corto en garra dramática y visceralidad, lo que no le impide alcanzar unos clímas redondos y con fuerza. Sea como fuere, globalmente resulta más satisfactorio que el de su grabación oficial con la Filarmónica de Viena de 1979, algo cuadriculado y poco atento a explorar las posibilidades líricas de la página. El segundo, admirablemente planteado y desarrollado, es más ortodoxo que el de la anterior ocasión: aquí el trío pierde la inquietante violencia de entonces y hasta el maestro se decide a bailotear durante el mismo.

El Adagio Molto y cantabile hace gala de increíbles matices agógicos y desprende una belleza suprema, siempre desde un enfoque lírico y ensimismado que se aparta de esa relectura agridulce propuesta por otros directores decididos a explorar qué hay por aquí escondido; por fortuna, el maestro no se olvida de hacer que las trompas increpen a la divinidad cuando les corresponde. El cuarto movimiento, de nuevo más maduro que el de Viena, asimismo mejor trazado y más depurado, alcanza un perfecto equilibrio entre humanismo y sentido épico, culminando en un final romántico a más no poder en el que la batuta sabe desplegar sus mejores armas.

El punto flaco, dejando aparte las desiguladades en la orquesta –en la que, por cierto, hay importantes cambios de atriles al llegar el ecuador de la obra– está en los solistas: el bajo Jan-Hendrik Rootering canta de manera monocorde, Klaus Köning le pone mayor empeño pero sufre las tiranteces habituales en su parte, June Anderson se muestra destemplada y hasta un punto sobreactuada, mientras que Sarah Walter destaca sobre sus compañeros logrando el milagro de que se la oiga a la perfección.

La realización televisiva es bastante buena, no así la calidad de imagen. La toma sonora del DVD editado por Euroarts deja que desear, aunque curiosamente los aplausos suenan por detrás: ¿hubo surround auténtico?

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