martes, 9 de mayo de 2017

El Bach de Hilary Hahn, una provocación

Tempi amplios, rico vibrato, legato evidente, matices agógicos y dinámicos sutiles pero de gran sensibilidad poética, desinterés por los claroscuros y la teatralidad, reivindicación de la melodía frente al ritmo… Verdaderamente el Bach que registró Hilary Hahn en Nueva York en marzo de 1997 para Sony Clasical, por desgracia solo la mitad de sus Sonatas y partitas para violín, resulta una provocación al historicismo. Hoy más que nunca, cuando algunos intérpretes históricamente informados –no todos, afortunadamente– se empeñan en ver quién es capaz de correr más, quién frasea con mayores libertades aun a costa de hacer irreconocible la arquitectura, quién es capaz de extremar de manera más antimusical los contrastes, quién ofrece el mayor número de asperezas y, en definitiva, quién llega más lejos a la hora de convertir la interpretación en un sinfín de saltitos, exhalaciones, carreras sin sentido, frivolidades y extravagancias varias.


En cualquier caso, lo que importa de este disco no es tanto el punto de partida como el de llegada: lo que Hahn decide hacer, que a mí me parece muy plausible y muy sensato mientras que a otros les parecerá un atentado contra lo que creen que es el estilo apropiado, lo hace maravillosamente bien.

El CD se abre con la Partita nº 3 BWV 1006. Luciendo un sonido sólido, carnoso, homogéneo y esmaltado, afinado a más no poder, la violinista estadounidense ofrece un Preludio rápido, fluido, agilísimo pero en absoluto nervioso, que se encuentra ricamente acentuado en las dinámicas para crear una espléndida arquitectura de tensiones llena de brillantez y decisión. La Loure la interpreta con gran lentitud y enorme vuelo lírico, el resultado es menos amargo, menos espiritual y más humanístico que el de un Szeryng, por ejemplo, pero alcanzando picos de enorme tensión. La Gavota resulta noble y muy hermosa, aunque poco dancística. Esto último le ocurre también a los Minuetos, que se decantan por la elevación poética y lacerantes acentos dramáticos. Agil y elegante la Bourreé, seguida por una Giga de enorme fluidez y decisión.



Sigue la Partita nº 2, BWV 1004. Lo que singulariza esta aproximación es su enorme vuelo melódico, de una poesía humanística difícilmente superable, aunque lo que queda en la memoria es una Chacona lentísima: 17’49'' de duración frente a los 16'26'' de Khachatryan, los 14'20'' de Szeryng, los 13'32 de Podger, los 13'23'' de Grumiaux, los 13'00 de Beyer o los 11'15'' de Onofri, para que se hagan ustedes una idea. Lentísima, sí, pero en absoluto pesante: con enorme naturalidad, sin forzar para nada la arquitectura, va generando acumulando tensiones hasta alcanzar picos de una intensidad dramática asombrosa. Verdaderamente memorable.

De la Sonata nº 3, BWV 1005, finalmente, ofrece una interpretación de matizada con enorme sensibilidad, atenta a la arquitectura global de cada uno de los movimientos, sutilmente trazada en sus tensiones y distensiones, que conmueve de manera muy especial indagando en el lacerante humanismo del Adagio inicial, dicho con una emotividad y sinceridad incomparables sin necesidad de expresar el dolor a través del desgarro expresionistas: a uno casi se le escapan las lágrimas. Tampoco se queda Hahn precisamente escasa de elevación poética en el sublime Largo. La Fuga que le encuentra entre ambos está desarrollada con lentitud y cierta parsimonia, pero sin que dé la sensación de pesadez; al contrario que en algunas interpretaciones "históricamente informadas", empeñadas en fragmentar el discurso musical –horripilante aquí Monica Huggett, por no hablar de la flacidez y la asepsia de Midori Seiler–, nuestra artista pone por delante la continuidad del discurso , lo que no le impide remansarse de vez en cuando para diferenciar ambientes expresivos ni matizar de manera tan sutil como eficaz la gradación de las dinámicas. El movimiento conclusivo está dicho con toda la vivacidad, la agilidad y la frescura que le corresponden, pero su fraseo –cito aquí a otra de la referida peña: Amandine Beyer– nada tiene de trivial ni de equivocadamente coqueto: la carnosidad del sonido y la decisión del fraseo se terminan imponiendo. En Spotify pueden ustedes comprobar si están de acuerdo conmigo.

¿Saben lo más asombroso? Hilary Hahn nació en noviembre de 1979. Es decir, tenía diecisiete años cuando registró este disco. ¡Lástima que nunca grabara la segunda parte!

1 comentario:

dr. ramsés dijo...

Lo tengo hace años y, sin ser capaz de razonarlo tan exquisitamente como tú haces, me gusta bastante.