viernes, 2 de diciembre de 2016

Barenboim y su nuevo piano en Ibermúsica: entre toses y fotografías

El primer movimiento de la Sonata D. 664 de Schubert trascurrió sin molestia alguna. Pero a poco de finalizar el mismo a alguien se le ocurrió desenvolver un caramelito de envolvorio crujiente. Tomándose las cosas con calma, diríase que con sadismo. Verás ahora como empiezan todos a toser, pensé yo. Efectivamente: el caramelo sirvió de recordatorio al personal de que estamos en otoño y en un concierto de Ibermúsica, y que por tanto hay que toser repetidamente y haciendo el mayor ruido posible. Así fue. Imposible disfrutar del segundo movimiento de la sonata. En la siguiente pausa, gran parte (repito: gran parte) del público se lanzó a toser como si muchos estuvieran poseídos por el espíritu de la tísica Violeta Valery. Barenboim, que ya había lanzado alguna mirada jupiterina de lo más significativa, repitió su habitual gesto de llevarse a la boca un pañuelo para recordar algo obvio para cualquier persona con un mínimo de educación: si no es posible contener una tos durante un concierto, sí que se puede amortiguar el sonido. A partir de ese momento los ruidos aminoraron de manera considerable, aunque siguió habiendo puntuales aportaciones sonoras del personal.


Ya en la segunda parte del programa, al terminar la penúltima de las páginas previstas, Barenboim miró con semblante no precisamente amable a alguien que se encontraba en el pasillo del patio de butacas. Giré la cabeza y confirmé lo que imaginaba: ahí estaba un fotógrafo profesional, tal vez de alguna agencia importante o de la propia Ibermúsica. Y el maestro odia las fotografías durante los conciertos. De ahí la prolongada pausa que algunos no terminaron de entender: el de Buenos Aires debió de ir a dar instrucciones para advertir que si había una cámara suelta por ahí, él no seguía tocando. No es novedad tal actitud entre los pianistas: algo parecido pasó con Ivo Pogorelich no hace mucho en Úbeda, por no hablar del numerito que montó Zimerman hace años cuando salió corriendo detrás de un periodista. Cosas de divos, pero que hay que respetar. El problema es que hay gente que no respeta. En los aplausos finales, alguien le sacó una foto con su móvil. Barenboim hizo un gesto de taparse la cara para no ser deslumbrado por el flash y a continuación movió la mano en un muy evidente NO a las fotografías. Pero medio minuto después, pese a la inequívoca advertencia, otra persona volvió a tomar una instantánea a tan solo unos metros del escenario. Esta vez el artista se cabreó muchísimo, lanzó su perorata habitual en estos casos (“hay tres razones para no tomar fotos...”) y nos dejó –un vez más– sin propinas. Hubo larga y paciente firma de autógrafos, pero la verdad es que Barenboim no estuvo muy simpático pese a que nos acercábamos con la mayor  admiración y aún mayor respeto.

Perdonen el largo prolegómeno, pero las circunstancias que rodearon este concierto fueron determinantes para entender por qué salí con un regusto agridulce del mismo. Porque se trató de un enorme recital. Con cosas que estuvieron solo muy bien, otras que fueron excelentes y algunas sencillamente irrepetibles, de esas que solo se escuchan una vez en la vida. Ya comenté las interpretaciones de Barenboim de estas mismas obras en disco. En directo los resultados caminaron por los mismos derroteros, con algunas diferencias de mayor o menor importancia.

Así por ejemplo, en la referida Sonata nº 13 de Schubert hubo matices nuevos en el primer movimiento, mientras que el segundo –estropeado por las toses– se destiló una enorme belleza, pero sin que globalmente se mejorasen los resultados algo decepcionantes de la grabación, más dramática que poética, realizada por Deutsche Grammophon. Alguien en el intermedio me aseguraba que el problema estaba en el nuevo piano, en que el maestro no acababa de dominar sus posibilidades. No me parece a mí que se encuentre ahí el quid de la cuestión: en el disco referido usó su piano de toda la vida y resbaló de la misma manera. Y en la Sonata en La mayor nº 19, D. 959 que vino a continuación el instrumento no pareció ser problema alguno, porque al igual que en el CD los resultados fueron descomunales: todo un derroche de acentos, de claroscuros sonoros y expresivos (¡tremendo el tercer movimiento!), para alcanzar la perfecta fusión entre equilibrio formal, belleza sonora y sentido trágico que demanda la música schubertiana.

La segunda parte se inició con la Balada nº 1 de Chopin: tan discutible en lo estilístico como en el disco, también igualmente llena de musicalidad, de emoción y de valentía, pero menos limpia en la ejecución –hubo pasajes emborronados que supongo harían escandalizarse a a quienes siguen confundiendo interpretación con agilidad–, y también menos convincentemente planificada en sus juegos agógicos. Aquí el maestro dio vía libre a la inspiración del momento, pero no convenció tanto como lo hizo en su grabación On My New Piano.


Dos páginas de Liszt para terminar. Lo comentaba con unos amigos esa misma noche: Barenboim puede no tener los dedos que necesita el autor de la Sinfonía Fausto, pero sí tiene su sonido, ora denso y poderoso a más no poder, ora atento a la más sutil filigrana. También tiene su elasticidad en el fraseo, su planteamiento orgánico de tensiones y distensiones, su carácter visionario en los pasajes más encendidos. Y su sensibilidad para recrear atmósferas rebosantes de sensualidad y de misterio, de lirismo agónico marcadamente romántico. Ideal para una obra maestra de la categoría de Funérailles. En la portentosa interpretación del disco no alcanzó el nivel de la histórica grabación de Arrau. En Madrid sí (¡qué fuerza abrumadora consigue ahora en el gran clímax central, perfectamente preparado aun dando la impresión de ofrecer un discurso por completo espontáneo!). Creo que es una de las mayores cosas que he escuchado jamás en directo al piano. Y que pocas interpretaciones así escucharé en mi vida de cualquier partitura compuesta para el referido instrumento. Tras los aplausos de rigor y la prolongada pausa derivada de la presencia del fotógrafo, un Vals Mephisto nº 1 quizá aún más alucinado que el del CD –puro romanticismo gótico, ideal para el de Buenos Aires– puso fin a un concierto de enorme altura.

¿Y el nuevo piano? Pues bien, gracias. A mí me gusta mucho como suena, sobre todo en su cálido registro grave de ricos armónicos, pero tampoco me parece que sea una revolución trascendental. Se agradecerá, en cualquier caso, que lo siga usando en otros repertorios y que deje testimonio fonográfico de la experiencia. Me encantaría, por ejemplo, escucharle con el mismo el tercer libro de los Années de pèlerinage. Y más aún algo de Debussy.

PD. Por descontado que no realicé fotografía alguna. La que he colocado arriba se la he tomado prestada al Facebook de Ibermúsica. Gracias.

4 comentarios:

Nemo dijo...

Yo me siento muy incómodo en cualquier acto con gente. En el cine, es horrible la mala educación de la gente, y por eso no voy nunca a una sala de cine.

Pero he asistido a espectáculos bochornosos en el Teatro Real de Madrid (gente conversando todo el tiempo en palcos, y respondiendo de forma agresiva cuando les llamaban la atención, teléfonos, etc.) o en algún concierto en Sevilla (el colmo fue con Abbado: una pareja fue con el niño pequeño (!), que lloraba, lo sacaron haciendo que abrieran las puertas... y volvieron a entrar con el niño, que volvía a llorar... recuerdo a Abbado, muy demacrado ya, mirando por encima del hombro en una pausa con cara de querer bajar y matar a alguien...).

A mi un incidente de estos, que son muy, muy, muy comunes, que arruinan cualquier placer derivado de la asistencia a un concierto. Me cabreo, me desconcentro y ya soy incapaz de escuchar nada. Siempre me digo lo mismo: "esto te pasa por saltarte tu propia norma de no venir a estas cosas... nunca más". Y la verdad es que me ha costado, pero la cumplo casi a rajatabla.

Este es un país con gente muy, muy maleducada. De lo peor que he conocido. Salvo algún caso aislado en el que me veo obligado, por lo que sea, he renunciado hace mucho a meterme en una sala con gente. Quizás, y lo digo en serio, un concierto de rock, dentro de sus propias coordenadas, es verdad que bastante laxas, sea un sitio más ordenado que un concierto de música clásica, una película o una obra de teatro.

Anónimo dijo...

Estoy de acuerdo con Nemo. Hace años iba mucho al cine y ahora procuro no ir, precisamente por el motivo que él indica. Muestra de la mala educación de muchas personas es el volumen de sonido exageradamente alto que existe en las salas de cine, que estoy seguro de que se dirige a superar las voces del personal que asiste al mismo. En el caso de los conciertos no he desistido de ir, aún, pero es cierto que en muchas ocasiones la educación de la gente es penosa. Por ejemplo, hace unos pocos años arruinaron una gran parte de un recital de Lang Lang en Madrid. El ruido de toses era tan vergonzoso que cuando, al inicio de la segunda parte, repitieron por la megafonía el aviso para apagar los móviles, un espontáneo gritó que además se dejase de toser. Muchos le aplaudimos. Quizá sería buena idea que además de avisar por la megafonía que se apaguen los móviles, también se pida a la gente que guarde el debido silencio. Aunque me temo que en estos tiempos bárbaros serviría de poco.
Un saludo.

Fernando López Vargas-Machuca dijo...

Gracias por vuestras aportaciones. Si lo de los conciertos es grave, lo de los cines es bochornoso. Entiendo que lo propio en un cine es estar relajado, sobre todo cuando se va a ver una película más o menos comercial, pero una cosa es eso y otra aguantar a un señor comiendo palomitas muy crujientes UNA A UNA durante la primera media hora de la película. Por ejemplo. Saludos.

Jorge Luis Argüero dijo...


Me gusta mucho hablar en los cines mientras rueda la "peli",
e ir comentando la escena (casi) cuadro x cuadro.-
* soy de la época del celuloide 35 mm.-

En las salas de concierto, me encanta "cuchichear" a la entrada
del instrumento principal: piano, violín, cello, etc.-

Durante el desarrollo de una ópera -por ejemplo- me agrada
ir comentando cada acto, como si estuviese en un cine.-

¿Y toser.?? No, por suerte con éso, no molesto.-

En nuestro amadísimo Teatro Colón de Buenos Aires,
siempre ocurre lo descrito por el señor López Vargas-Machuca...
yo hace más de quince años que no he regresado; porque la Obra
puede ser muy buena, pero mis mohínes... intolerables.!!

Saludos para todos, mis amigos.-