miércoles, 30 de noviembre de 2016

Ligeti y Benzecry en la Nacional


Cuando residía en la Sierra de Segura iba con una cierta regularidad a Madrid y Valencia y podía disfrutar música sinfónica en directo. Este año es imposible: trabajo por las tardes y los fines de semana nada hay en muchos quilómetros a la redonda, salvo alguna excepción aislada como la soporífera Novena de Beethoven del otro día en el Villamarta. Acudir puntualmente a Madrid el fin de semana pasado para escuchar a Barenboim me ofrecía la oportunidad de recuperar mi antigua costumbre de escuchar conciertos matinales de la Orquesta Nacional de España. Conciertos que habitualmente retrasmitía Radio Nacional de España y que al parecer ahora ya no recogen sus micrófonos: desdichada decisión, sea quien fuere el que la haya tomado (ignoro si las exigencias económicas vienen de una parte o de la otra).

El programa del pasado día 27 se llamaba El mestizaje, título que a mi entender solo convenía a su primera parte. Y la más interesante a la postre, porque la interpretación de la Sinfonia nº1 de Schumann que ofreció el maestro Clemens Schuldt pudo disfrutarse, estuvo correctamente trazada –sin precipitaciones y sin ese excesivo nerviosismo que aqueja a algunas interpretaciones schumannianas–, y estuvo dotada de vida, de animación y de comunicatividad, pero se quedó bastante alicorta en lo que a poesía se refiere y tampoco evidenció la depuración sonora deseable. Lo de antes es lo que tuvo mucho interés.


En primer lugar, por el placer de escuchar el Concert Romanesc de Ligeti, una obra temprana que además de resultar muy valiosa para conocer las raíces del genial artista húngaro, es una preciosidad en sí misma: folclore magníficamente llevado a la orquesta por un compositor que instrumenta de maravilla y ya empieza a intuir los novedosos senderos que más tarde recorrerá. Schuldt la dirigió de manera irreprochable y obtuvo de la Nacional un sonido bastante más satisfactorio que el de la última ocasión en que la pude escuchar en directo.

En segundo lugar, por lo mucho que se pudo disfrutar del Concierto para violín de Esteban Benzecry, un señor que nació en 1970 en Lisboa, se crió en Buenos Aires y se nacionalizó francés, pero que –como explica Benjamín G. Rosado en sus notas– mezcla en su música tanto “lo uno” como “lo otro”, es decir, lo porteño y lo parisino. Y también “lo de más allá”, en este caso más acá: el flamenco es directa referencia en el primer movimiento de esta página, que surgió como pieza independiente cuando era compositor residente en la Casa de Velázquez de Madrid. Los aromas del tango impregnan de manera muy evidente el segundo movimiento, para ofrecer en el tercero unas “evocaciones de un mundo perdido” que no es otro que el de la América precolombina, aquí recreada de manera muy pictórica, diríamos que cinematográfica. Sí, lo están adivinando. Esta es una música muy fácil de escuchar, hecha con la evidente intención de gustar a todo el mundo, y probablemente alberga poca sustancia bajo su brillante superficie, pero se encuentra estupendamente escrita, utiliza los recursos con enorme sabiduría, resulta inteligente en su eclecticismo y es de un irreprochable buen gusto: nada que ver con algunos bodrios igualmente interculturales que se escuchan por ahí.

Claro que no podemos restarle méritos a la excelencia de la interpretación, con un Schuldt y una ONE totalmente entregados al virtuosismo sin mácula y a la intensidad expresiva del violinista serbio Nemanja Radulović, precisamente la persona para la que fue escrita la partitura. Su sonido afilado y su temperamento volcánico –recuerda no poco a Malikian, también por la pelambrera– se ven bien acompañados por una gran capacidad para cantar la música con sensibilidad y delectación melódica, pero sin rastro de de narcisismo. Disfrute total.

PD. Los de la OCNE dejan hacer fotografías, obviamente sin flash. Sabia decisión.

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