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Haitink vuelve a Berlín con Schubert y La canción de la Tierra

Aunque estoy últimamente fatal de tiempo, no he podido resistirme a ver en la Digital Concert Hall el concierto del pasado 8 de octubre: enésima visita a la Berliner Philharmoniker del gran Bernard Haitink, quien a sus ochenta y siete añitos, desdichadamente fallecidos Harnoncourt y Marriner, es uno de los directores en activo más veteranos del planeta. Y encima con un programa precioso, Inacabada de Schubert y La Canción de la Tierra, esta última en su versión con barítono, lo que añade aún más interés al asunto. Lo cierto es que a la postre los resultados son más o menos, con alguna importante salvedad a la que haré más tarde referencia, los que se esperaban de una batuta a la que tantísimas veces hemos escuchado en disco (en mi caso añado una en directo, en el Festival de Granada).


En la sinfonía de Schubert el maestro holandés hace honor a su fama y, efectivamente, ofrece una interpretación sobria y rigurosa, poco o nada personal, en absoluto creativa, a la que le falta ese punto de emotividad y aliento poético que distingue a las grandes lecturas, pero que se encuentra construida con una claridad y depuración sonora insuperables, avanza con un pulso sostenido sin desmayo, está fraseada con admirable cantabilidad y, sobre todo, posee ese sentido dramático imprescindible en los dos movimientos de la partitura. Únicamente en el célebre tema lírico del Allegro moderato el maestro parece ceder y hace sonar a los chelos, increíblemente bellos desde el punto de vista tímbrico, con un muy alto grado de dulzura, e incluso con más ingravidez de la cuenta: al adusto y distanciado Haitink parece costarle trabajo disimular que él también es un anciano director, con todo lo que eso significa. La orquesta –ni que decir tiene– está gloriosa, resultando impagables las intervenciones del clarinete de Andreas Ottensamer y el oboe de Albrecht Mayer, tan fundamentales en esta partitura.

La genial partitura de Mahler recibe una interpretación que se encuentra en el extremo opuesto de la que con la misma orquesta ofreció Claudio Abbado cinco años atrás. Si aquella era fresca, juvenil, impulsiva, riquísima en el colorido y antes espontánea que reflexiva, esta resulta grave, ajena al arrebato emocional, considerablemente distanciada, incluso un punto fría. El tempo es lento, analítico, pero de pulso muy firme. Su colorido es ocre y sus texturas densas, lo que no impide que la claridad sea extraordinaria, como lo es también la ejecución: hay que remontarse al mítico registro de Otto Klemperer para encontrar algo similar en este sentido. El trazo resulta refinado a más no poder, pero no hay ni la más mínima concesión al preciosismo sonoro: la severidad del maestro se impone. Las intervenciones de los solistas alcanzan una musicalidad extraordinaria, y todos los primeros atriles ofrecen una labor soberbia. En este sentido, no se puede dejar de señalar la portentosa actuación de Emmanuel Pahud en Der Abschied, obviamente el movimiento en el que, dado su concepto de la obra, la batuta alcanza los más satisfactorios resultados expresivos. En el resto, la verdad, resulta más contenido de la cuenta. Demasiado Haitink, para entendernos, lo que no impide que su trabajo nos termine fascinando por las razones antedichas.

Las voces tienen sus más y sus menos. El tenor Christian Elsner se beneficia de un amplio fiato, pero la emisión no siempre resulta grata y termina teniendo problemas dadas las terroríficas exigencias de su parte. Mucho mejor Christian Gerhaher: aunque no se encuentra del todo cómodo en la franja más grave de su tesitura, canta con una voz de increíble belleza y haciendo gala de una enorme sensibilidad, aunque no deje de chocar que su visión sea mucho más lírica, humanista y efusiva, por momentos diríase que consoladora, que la apreciablemente desolada por la que apuesta la batuta. En cualquier caso, una interpretación a conocer.

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