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Haitink hace Schubert y Shostakovich con la Filarmónica de Berlín

Más Digital Concert Hall de la Filarmónica de Berlín, en este caso un concierto celebrado el 30 de mayo de este mismo año. Quinta de Schubert y Decimoquinta de Shostakovich en los atriles, la primera una obra de maravilloso clasicismo que esconde más de lo que aparenta, y que por ende necesita de una batuta capaz de profundizar los suficiente, y la segunda una de las más fantasmagóricas y nihilistas sinfonías que se hayan compuesto. En el podio Bernard Haitink, maestro objetivo por antonomasia. Esto, para unos, es sinónimo de honestidad, de respeto a la partitura, de voluntad por no permitir que la visión personal de las cosas enturbie el mensaje del compositor. Para otros es más bien síntoma de falta de compromiso, de impersonalidad e incluso de impotencia creativa. Quizá haya un poco de todo ello, pero lo cierto es que al holandés no se le pueden regatear una técnica de batuta soberbia y un gusto exquisito que jamás da pie a ninguna clase de devaneo sonoro.


Aunque la orquesta es aún mejor (¡maravillosas maderas!) y más adecuada que la Sinfónica de Londres, la Quinta sinfonía de Franz Schubert sigue la línea de la que le escuché a Haitink en los Proms del año anterior, esto es, apolínea y transparente a más no poder, construida de manera portentosa y de una depuración sonora fuera de serie, pero muy ajena al espíritu shubertiano, sobre todo en un segundo movimiento aséptico y banal en grado extremo, carente de lirismo, de sensualidad y de carácter humanístico. Correcto pero en exceso distanciado el primer movimiento. Bien el Menuetto, y más que eso en el trío. Lo mejor es el Allegro vivace conclusivo, trazado con vigor y entusiasmo sin perder una finura del trazo que le permite clarificar de manera admirable la polifonía.

Funciona de manera bastante más convincente la Decimoquinta sinfonía del ruso. Han pasado nada menos que treinta y seis años desde su notable grabación con la Filarmónica de Londres –probablemente su primer acercamiento a la obra, ya que el ciclo sinfónico de Shostakovich fue una imposición de Decca–, pero lo cierto es que Haitink no ha variado su visión de misma: sobria, rigurosa y de perfecto equilibrio entre lo onírico, lo sarcástico y lo ominoso, sin cargar las tintas en ninguno de estos aspectos (¡imposible no recordar el sarcasmo expresionista de Rozhdestvensky!). Con Haitink, como siempre, el análisis distanciado se impone frente a la vehemencia.

Los resultados, en cualquier caso, ahora son mejores que entonces, en parte porque el maestro ralentiza relativamente los tempi –un minuto más cada uno de los movimientos extremos– y, con ello, genera mejor la atmósfera ominosa que requiere la obra, y en parte porque en esta partitura antes camerística que sinfónica los primeros atriles desempeñan un papel fundamental, y los de la Filarmónica de Berlín poca competencia encuentran en virtuosismo y expresión. Bueno, consigo mismos: la grabación en vivo de la Berliner Philharmoniker con Kurt Sanderling de 1999 es mejor aún que esta (y que cualquier otra, con excepción de la del propio Sanderling en Cleveland).

En defintiva, interpretación no de referencia pero sí de mucha altura la de Haitink en Berlín, siempre que se esté de acuerdo con esta visión “desde el más allá” por completo alejada de la visceralidad expresionista. Por lo demás, produce escalofríos ver al maestro con ochenta y seis años a sus espaldas, y siendo consciente de quién le espera a la vuelta de la esquina, dirigir los últimos compases de la obra, significando estos lo que significan. Quizá por ello el público de la Philharmonie le aplaudiese con especial calor.

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