domingo, 17 de mayo de 2015

Maazel en Schönbrunn, 2013

Si la última grabación de Lorin Maazel ha sido el Réquiem de Verdi que ya comenté por aquí, la penúltima fue el concierto en Schönbrunn de la Filarmónica de Viena del año 2013, editado por Sony Classical en CD, DVD y Blu-ray. Comento esta última edición, que ofrece imagen magnífica pero sonido problemático. Lógico: se trata de un espectáculo al aire libre, con la orquesta metida en una concha acústica, apreciándose además un extraño eco tardío que sospecho tiene que ver con la amplificación de cara al multitudinario público congregado, el cual tiene la desgracia, dicho sea de paso, de aguantar un chaparrón considerable durante todo el concierto.
 

Verdi y Wagner en el programa. Mala cosa, porque el maestro nunca se terminó de entender con ellos. Arranca el programa con una marcha triunfal de Aida tan solvente como insulsa. Sigue una obertura de Maestro cantores que es perfecto ejemplo del Maazel rebuscado e insincero, lento “porque sí”, entregado a exhibir su portentosa técnica de batuta –la claridad es admirable– sin tener en cuenta la continuidad del discurso ni el sentido teatral de la pieza, como tampoco su variedad anímica: el sentido del humor no es fácil de detectar. Tampoco suena precisamente a Wagner.

Viene a continuación el aria “La mia letizia infondere” de I lombardi. Para abordarla hace su aparición Michael Schade: el tenor canadiense canta con elegancia pero sus sonidos abiertos terminan resultando molestos. Viene a continuación esa pequeña chorrada (Verdi tuvo que ceder ante las exigencias del público parisino) que es la música de ballet de Otello. De ella se ofrece lectura muy bien paladeada, dicha con el rico sentido del color que es propio de la batuta y beneficiada por la belleza sonora de la singular orquesta, pero Maazel ofrece una mirada en exceso sinfónica, mucho antes preciosista que teatral, a la que le faltan chispa y frescura y naturalidad.

Con el preludio y la liebestod de Tristán e Isolda el maestro vuelve a dejar claro que lo suyo no es Wagner con una interpretación letárgica y desmayada, blanda en el arranque y sin progresión en las tensiones, también algo rebuscada en algunas frases, aunque al menos muy bien diseccionada y maravillosamente embellecida por la sonoridad de la Filarmónica de Viena, en particular por sus incomparables violonchelos. Insuficiente: el conjunto no funciona.

Bastante mejor la obertura de Luisa Miller, una música que Maazel ama especialmente y de la que aquí nos entrega una lectura de magnífica planta sinfónica que alcanza un excelente punto de equilibrio entre fluidez en el fraseo y densidad sonora, aunque de nuevo sin terminar de encontrar verdadero lenguaje verdiano ni toda la inspiración posible.


En “In fernem land”, de Lohengrin, Michael Schade  se muestra más a gusto y hace gala de expresión viril, luminosa y sincera, beneficiada además de un timbre de apreciable belleza.

La obertura de La forza del destino, dicha en la misma línea que la de Luisa Miller, está francamente bien interpretada, y lo estaría aún más si el fraseo fuese más cálido y sensual, y no digamos si Maazel se hubiese ahorrado algunos rebuscamientos que interrumpen el discurso musical. Nada que ver, en cualquier caso, con la descomunal interpretación que se le escuchó en Sevilla a Barenboim con la West-Eastern Divan: aquello fue de otra dimensión.

Sigue, supongo que como primera propina, una Cabalgata de las Walkyrias vistosa pero algo pesadota. Las otras dos piezas nos llevan al mundo de Johann Strauss II: no encontramos aquí las mejores interpretaciones posibles de esas dos páginas deliciosas que son Wiener Blut y Eljen a Magyar, pero Maazel se deja por fin de veleidades sonoras y evidencia su magisterio en un repertorio que cultivó más que ningún otro director –Boskovsky aparte– en los conciertos de Año Nuevo junto a esta misma orquesta, en aquella época en la que llegó a ser una especie de titular de la Wiener Philharmoniker y, con el trono de Berlín en mente, parecía que iba a comerse el mundo.

Las cosas terminarían siendo muy distintas a lo que tenía planeado, ya saben: profunda antipatía en el trato, muchos excesos personales y una desmedida pasión por el dinero terminarían llevándole de un punto a otro del globo sin que terminara de centrar su carrera. Por eso mismo esta filmación tiene como principal valor el testimonial: última aparición del maestro, ya con el pelo completamente cano y muchas arrugas en el rostro –ochenta y tres años–, frente a la orquesta indomable que llegó a rendírsele por completo.

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