domingo, 10 de mayo de 2015

Mendelssohn por Perianes: sin palabras

Este disco compacto se registró, con soberbia toma sonora a cargo de René Möller, en el Teldex Studio de Berlín en fecha que el sello Harmonia Mundi no ha tenido a bien especificar. Debió de ser en 2013, porque empezó a distribuirse hacia noviembre de 2014. Cuando lo escuché me dejó asombrado: este selección de quince de las cuarenta y ocho Canciones sin palabras de Felix Mendelssohn, a las que se añaden el Andante con variazioni op. 82, el Rondo capriccioso op. 14, el Präludium und Fuge e-Moll 35/1  y las 17 Variations sérieusses op. 54 del mismo autor, no solo confirman la excelsitud de esta música, sino que sitúan al pianista onubense dentro de los más grandes poetas del teclado en la actualidad. Las reseñas extremadamente elogiosas por parte de la crítica especializada no se hicieron esperar, hasta el punto de que un servidor no encontró nada nuevo que decir que otras firmas más sabias e ilustradas que la mía no estuvieran escribiendo ya. Me quedé, nunca mejor dicho, sin palabras.

Perianes Mendelssohn

Ha pasado el tiempo y he procurado olvidar lo leído. He vuelto al disco varias veces, comparando una a una –utilizando dos aparatos de reproducción simultáneamente– las piezas llevadas al disco por Perianes con las de la colección completa que registrara en 1973 para Deutsche Grammophon nada menos que Daniel Barenboim, siempre tomando apuntes sobre lo escuchado. Más tarde seguí el mismo procedimiento con las piezas que coincidían con la selección grabada por Walter Gieseking para EMI en 1956 –nuevo reprocesado con sonido HD de la grabación monofónica–, así como con las incluidas en los volúmenes 2 y 3 de la obra pianística completa de Mendelssohn a cargo de Howard Shelley que Hyperion está actualmente lanzando al mercado. El proceso comparativo no deja lugar a dudas: las recreaciones de Javier Perianes son, en líneas generales, superiores a las de los tres pianistas citados.

No quiero quitar importancia histórica al registro realizado por Walter Gieseking. Las interpretaciones del franco-alemán se benefician de un sonido pianístico muy bello, de un fraseo de honda concentración interior y de una apreciable habilidad para desarrollar el “balanceo gondolero” en las piezas “venecianas”, pero en comparación con lo que ha venido después adolecen de poca variedad en la pulsación, de falta de matices expresivos, de escasa fluidez en el discurso (op. 19-1 o  op. 30-6, por ejemplo) e incluso de cierta pesadez sonora que no casa bien con esa peculiar ligereza mendelssohniana tan difícil de conseguir.

Barenboim Mendelssohn

Daniel Barenboim lo hizo mucho mejor en su integral, consiguiendo –él sí lo supo hacer– un perfecto equilibrio entre densidad sonora y carácter aéreo, ofreciendo además una musicalidad que no concede espacio para el preciosismo o el amaneramiento. Eso sí, abordó estas piezas en la línea que en él era de esperar por aquellas fechas: sobria, dramática y escarpada mucho antes que cantable, sensual o poética. Un tanto unilateral en su discurso, vamos, y no del todo desarrollado en lo que a determinados aspectos de la técnica se refiere. Quizá va siendo hora de decir en voz alta que el Barenboim de los sesenta y setenta, enorme beethoveniano e importante mozartiano, no era tan completo y genial pianista como lo es ahora (aunque claro, siempre hay por ahí algún ignorante que sostiene todo lo contrario por el hecho de que últimamente, como es natural, el de Buenos Aires no ande tan bien de dedos). A la postre, este registro del sello amarillo funciona de manera excepcional en algunas piezas y de manera notable, pero solo eso, en la mayoría de la colección.

De Howard Shelley solo he escuchado las op. 30. 38 y 53 de sus Lieder ohne Worte. Sin mostrarse particularmente inspirado, me han gustado bastante: el sonido es el apropiado para Mendelssohn, el toque es transparente, el fraseo muy fluido y el temperamento apasionado. Esto último no siempre para bien, porque resulta a veces resulta algo más nervioso de la cuenta, careciendo del autocontrol de Barenboim y, desde luego, del artista onubense.

Hablemos de una vez de este último empezando por lo que puede sonar más escandaloso: Javier Perianes supera en técnica pianista a todos los citados. ¿Y qué se entiende por técnica? ¿Capacidad para correr? Pues no: aunque el onubense toca con una limpieza digital extraordinaria, lo que en él asombra es la manera de regular el sonido en volumen y colores, su capacidad para generar texturas, su riqueza en la pulsación, su desarrollado sentido del legato, su talento para cantar con naturalidad y holgura las frases, su manera de administrar tensiones y, como creo haber escrito mil veces, su inigualable concentración interior. ¡Ya le hubiera gustado al Barenboim de 1973, a sus treinta y un años, haber contado con las armas que tenía Javier a los treinta y cinco!

Lo importante, en cualquier caso, es que toda esta técnica está puesta al servicio de una idea expresiva coherente e irreprochable, y que lo hace con la mayor inspiración posible. ¿Y cuál es esa idea? Pues la pura poesía: ni “música de salón” en el sentido peyorativo de la expresión, ni ensoñaciones más o menos otoñales ni, aunque esa opción sí que fuera muy válida, tensión dramática "a lo Barenboim". Perianes ofrece lirismo, arrebato controlado y enormes dosis de belleza sonora servidas con la mayor sinceridad posible. Alguna vez, en otros repertorios, le he reprochado al artista una excesiva delectación en el preciosismo. Aquí no hay nada de eso: todo fluye con naturalidad, sinceridad, comunicatividad y una elevación poética excelsas.



Es difícil quedarse con alguna interpretación concreta. Podemos destacar la ensoñación sin blandura que consigue en la op. 19-1, la poética lentitud de la 19-6, los limpísimos trinos de la op. 30-6, la magia sonora de la op. 62-5 (ahí arriba tienen una filmación realizada por RTVE), el carácter anhelante típicamente mendelssohniano de la 67-2, la dulzura de la 67-3 o la hondura de la 102-6. Únicamente le pondría pegas a la interpretación de la op. 38-6, en la que echo de menos la agilidad y la chispa juvenil que sí logran imprimir Barenboim y Shelley –el de Nerva se inclina más bien por la ensoñación poética– y a la de la op. 102-1, pieza que me resulta mucho más reveladora –por cómo se acerca al universo schubertiano– en la desolada, tensa y amarga recreación del argentino. Reparos puntuales, en definitiva: el magisterio interpretativo de Perianes es absoluto.

En cuanto a las cuatro obras que completan este disco (76’56’’), solo con una de ellas he podido realizar una comparación: el Rondo capriccioso op. 14. Javier Perianes luce sonido bellísimo y riquísima acentuación en una lectura que comienza tan concentrada como natural en la introducción grave, alcanzando un clímax amplio y con grandeza, para a partir de ahí conseguir de maravilla el equilibrio entre ligereza mendelssohniana y densidad en el sonido hasta llegar a un final muy encrespado. Tras él pude escuchar el registro realizado en 2013 por Howard Shelley: interpretación entusiasta y comunicativa donde no está menos conseguido el equilibrio al que antes hacía referencia, pero la variedad de su toque no es tan grande como la de Perianes, ni tan rica su acentuación; incluso en el final el pianista británico resulta algo machacón.

En el Andante con variazioni y las Variations sérieusses me gustaría destacar cómo nuestro artista sabe pasar por toda la variedad anímica de cada una de las variaciones sin perder la unidad en el trazo, mientras que en lo que al Preludio y fuga op. 35/1 se refiere, hay que admirar cómo acierta a mantener la lógica matemática al mismo tiempo que colorea las diferentes líneas polifónicas y regula las tensiones para conseguir admirables efectos expresivos.

En suma, música excelsa en interpretaciones absolutamente magistrales que están a la altura de, pongamos por caso, el Schumann o el Chopin de Claudio Arrau, pianista este último que es –muchísimo antes que Barenboim– el genio al que cada vez se parece más el artista andaluz. Próximo paso discográfico de Perianes, el Concierto para piano de Grieg, precisamente la página en la que el chileno sentó cátedra absoluta. Estaremos atentos.

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