lunes, 9 de febrero de 2015

Norma vuelve al Maestranza

En abril del año 2000 Norma se presentaba por primera vez en el Teatro de la Maestranza. Repaso lo que dejé por escrito entonces para confirmar lo que recuerdo: muy notable Maria Guleghina debutando el rol titular, extraordinaria Violeta Urmana como Aldalgisa, suficiente Richard Margison como Pollione, espléndido Oroveso de Giacomo Prestia, rígida e insensible batuta de Maurizio Arena, fea escenografía de Michele Canzoneri y lamentable dirección escénica de Renzo Giaccheri. Ha vuelto ahora el título belliniano, y lo ha hecho –comento la función del viernes 6 de febrero– con mucho menor brillo vocal en las dos protagonistas femeninas, pero con un conjunto más equilibrado y convincente.

Norma Maestranza

No estarán de acuerdo conmigo quienes vayan buscando cantantes ante todo, pero lo cierto es que ni siquiera en Bellini la voz alcanza protagonismo absoluto: además de que es a la orquesta a la que se escucha todo el tiempo en una ópera, es la batuta quien en todo momento tiene que decir cómo se hacen las cosas y la responsable de que el conjunto funcione con el estilo, la sinceridad y el pulso apropiados. A mi entender, mejor una buena batuta con voces solo dignas que lo contrario. El Maestranza ha tenido lo primero, ¡y en qué grado!

Efectivamente, la labor en el foso de Maurizio Benini fue extraordinaria, sensacional. El veterano maestro italiano hizo sonar a la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla mejor que Antoni Wit hace unas semanas y sacó buen provecho, pese a algunas irregularidades, del notable Coro de la Asociación de Amigos del Teatro de la Maestranza. Con esos mimbres, ofreció una lectura electrizante y muy bien planificada, optando por tempi rápidos que quitaron pesadez a los momentos más banales de la partitura –que los tiene– e inyectaron nervio, veracidad y garra dramática a los pasajes más intensos, pero sin precipitarse ni desatender a los matices. Lo más importante, en todo caso, es que lo hizo fraseando con esa cantabilidad amplia, natural, elocuente y depuradísima que caracteriza la inspiración belliniana. Fuego controlado y elevación poética, en definitiva, se dieron de la mano en una realización que además –como quedó muy visible para quienes estábamos cerca del foso– fue pródiga en indicaciones a las voces congregadas.

Canceló –presuntamente se encontraba enferma– Angela Meade y tuvimos a Daniela Schillaci. Lo mejor que se puede decir de ella es que es joven, guapa y esbelta, y que se mueve estupendamente por la escena. Porque su voz no es en absoluto la de Norma: grave muy pobre, centro pálido y agudo con squillo pero con tendencia a lo estridente. Volumen escaso. Alguien podría pensar que siendo el suyo un instrumento más ligero de lo habitual al menos haría muy bien las agilidades, pero tampoco. Y de afinación no andaba siempre exacta. Su “Casta Diva” fue recibido con comprensible frialdad por el respetable. Ahora bien, en el segundo acto Schillaci se fue centrando y ofreció momentos sensibles, muy depurados, hasta llegar a un final donde quizá brilló a gran altura. Y digo quizá porque la desafortunada señora situada justo en el asiento delante del mío perdió el conocimiento –situación desagradabilísima para quien la sufre en público, lo sé por experiencia propia– y durante los diez sublimes últimos minutos de la obra me fue muy difícil atender a la música (para mí la velada se estropeó y salí con mucha insatisfacción, pero nada podía hacerse al margen de celebrar con alivio la feliz recuperación de la enferma).

A priori un lujo contar con la veterana Sonia Ganassi como Adalgisa. Mayorcita ya, desde luego, y por ende con obvias limitaciones –su instrumento, además, ha perdido el esmalte–, pero cantante de raza que supo hacer gala de una expresividad muy italiana. Sin llegar en modo alguno al nivel de la Urmana hace quince años, realizó una muy digna labor.

Voz importantísima –volumen tremendo, homogeneidad, extensión, robustez– la del tenor toledano Sergio Escobar, un señor que puede hacer una gran carrera si pule su técnica –tuvo algunos problemillas puntuales, casi metiendo la pata al rematar su cabaletta– y, sobre todo, si aprende a bucear en los pliegues expresivos; su Pollione, en este sentido, fue bastante monolítico, como por otra parte le suele ocurrir a la mayoría. En cualquier caso, le prefiero sin duda a él que a Margison. Hay que seguirle la pista.

Rubén Amoretti me gustó mucho el año pasado como White en Black, el payaso en la Zarzuela; para redondear un gran Orovesso se queda un poco corto, pero su nivel resulta incuestionable. Espléndida Mireia Pintó como Clotilde y muy atendible Vicenç Esteve en el rol de Flavio.

La producción escénica venía del Teatro Regio de Turín. Convenció la escenografía de William Orlandi, pues por mucho que el movimiento de los paneles de cartón-piedra pudiera resultar algo cansino, los diferentes espacios escénicos que éstos dejaban se integraron magníficamente con las bellas proyecciones sobre el fondo, al tiempo que recibieron una hermosísima iluminación por parte de Juan Manuel Guerra. El vestuario, acorde con la ubicación de la historia pero mucho antes creativo que arqueológico, corrió a cargo del propio Orlandi con espléndidos resultados.

Lo menos bueno, la dirección de escena de Alberto Fassini, aquí repuesta por Vittorio Borrelli: sin caer en el ridículo de aquella de Renzo Giaccheri, fue simple y convencional hasta decir basta. Su estatismo, aunque sin duda se encuentra justificado por las demandas de libreto y partitura, no debería haber caído en el preciosismo esteticista, y sí haber mostrado un poco más de sinceridad. Justo aquella de la que, paradójicamente, hizo gala la responsable de que no estuviéramos ante una gran noche de ópera: la soprano protagonista. No se puede tener todo…

4 comentarios:

maac dijo...

Pero estarás de acuerdo en que Norma no es ni Parsifal ni Pélleas.

Fernando López Vargas-Machuca dijo...

No te entiendo muy bien, Maac. ¿Te refieres a la calidad de la obra? Norma tiene cosas absolutamente maravillosas, pero dista de ser una de mis obras favoritas. Parsifal, por el contrario, es una de mis dos o tres óperas preferidas. Pelléas me gusta muchísimo, aunque se trata de una obra muy singular como para realizar comparaciones. Un saludo.

XS dijo...

No entiendo cómo alguien que es capaz de valorar y disfrutar de obras tan profundas y complejas como Parsifal o Peleas es incapaz de apreciar los valores que indiscutiblemente posee la obra del músico siciliano. Norma es una obra maestra absoluta se mire por donde se mire pero, como tantas veces ocurre, imperfecta y, por supuesto, con más de un momento tedioso. Por cierto, los mismos momentos tediosos que encontramos en muchas de las obras del genio de Bayreuth, algunas tan sublimes como Parsifal.

Fernando López Vargas-Machuca dijo...

Tienes toda la razón. De hecho, el propio Wagner adoraba Norma. Pero qué le voy a hacer, a mí esta ópera me hace moverme entre la más absoluta elevación poética (Casta Diva, el dúo de ellas, el final) y el aburrimiento (¡esos druidas!). Saludos.