martes, 25 de noviembre de 2014

Tres Novenas de Mahler con la Concertgebouw: Bernstein, Haitink y Chailly

Hablé por aquí de la Novena sinfonía de Gustav Mahler en versiones de Klemperer y de Giulini. Vamos ahora a por otras tres interpretaciones, en este caso bajo el denominador común de estar protagonizadas por la fabulosa Orquesta del Concertgebouw de Ámsterdam: la de Leonard Bernstein de 1985 registrada por Deutsche Grammophon, la de Bernard Haitink de 2011 filmada y editada en Blu-ray por la propia formación holandesa y, para terminar, la que para Decca grabó Riccardo Chailly en junio de 2004. Empezamos por la del maestro norteamericano.


Con Bernstein en la fase más inspirada de su carrera podía esperarse una recreación excepcional, pero no es así. Por descontado que Lenny ofrece el Mahler en él esperable, es decir, lleno de vitalidad, entusiasta a más no poder, extrovertido en el mejor de los sentidos, embriagador en el despliegue de ritmos y colores, flexible en el fraseo, extremo en los contrastes tanto sonoros como expresivos… El problema es que aquí el hedonismo que caracteriza su batuta, por lo demás ideal para el autor, se pasa considerablemente de la raya y termina convirtiendo la congoja en blandura, el vuelo lírico en dulzonería y la reflexión en languidez otoñal, todo ello desde una óptica que pretende elevar la interpretación al carácter de lo sublime, cuando en realidad cae en un lamentable narcicismo.

En cualquier caso, estos reproches deben realizarse sobre todo a los dos movimientos extremos, muy particularmente al último; el segundo se escucha con enorme placer, aunque desde luego diste de interesarse por los aspectos más malintencionados de la página, mientras que el tercero, siendo discutible por su enfoque mucho antes jovial –incluso lúdico– que dramático, termina ganando la partida por el derroche de entusiasmo de una batuta y una orquesta pletóricas de virtuosismo (audio en YouTube).


La de Haitink –cuarta de las cinco que tiene grabadas el holandés– resulta una interpretación muy “de anciano director”, pero en el mejor sentido del la expresión, quedando muy claro que interpretar esta obra no desde la angustia existencial sino desde más allá del bien y del mal, fraseando con amplio aliento humanístico, evitando cargar las tintas en los aspectos más oscuros, buscando mucho antes la meditación que la descarga de adrenalina y desembocando en una serena aceptación de la muerte, no ha de significar caer en un éxtasis presuntamente místico con los ojos en blanco en pos de la trascendencia. No: todo aquí es sincero, honesto, ajeno a blanduras, y se mueve dentro del exquisito gusto del que siempre hace gala el maestro (en este enlace se puede escuchar al audio).

Todo ello es aplicable a los movimientos extremos. En el segundo Haitink se muestra irreprochablemente ortodoxo, pero no dice –anda muy, muy lejos de la mala leche de un Klemperer– nada en particular, para en el tercero dar una portentosa lección de virtuosismo –impresionante planificación, no menos impresionante la respuesta orquestal– dentro de una visión impetuosa a medio camino entre lo épico y lo dramático. La filmación no termina de convencer, porque los colores andan más bien saturados; el sonido sí es excelente y ofrece surround auténtico.

Mahler 9 Chailly SACD

Quizá el más sobresaliente Mahler de Chailly en Amsterdam sea esta referencial Novena que, sin descubrirnos nada nuevo –aunque hay algunos detalles imaginativos muy acertados– y sin ser muy personal, consigue el más asombroso equilibrio entre todos los componentes de la partitura. Lo lírico, lo lúdico, lo vulgar, lo sublime, lo desgarrador, lo sarcástico, lo decadente, lo reflexivo, lo épico, lo nihilista… Todo ello y mucho más se encuentra aquí maravillosamente expuesto en el punto justo de equilibrio, con una fuerza expresiva arrolladora y una portentosa arquitectura que, pese a la relativa lentitud de los tempi, mantiene una admirable concentración dejando que la música respire con naturalidad, acumulando tensiones sin necesidad de forzar las cosas; no hay lugar para el arrebato temperamental, pese a la frescura y la comunicatividad con que suena todo.

Chailly logra, además, poner de relieve los aspectos más modernos de la música de Mahler –se recrea en los atrevimientos tímbricos y armónicos– sin necesidad de renunciar a la herencia romántica que palpita en el fondo de los pentagramas, y sin dejar de dar espacio a esa búsqueda de la espectacularidad e incluso del artificio que, reconozcámoslo, también forma parte de esta obra. Se podrán echar de menos el sarcasmo de un Klemperer, el humanismo de un Giulini o el fuego de un Bernstein (su interpretación con la Filarmónica de Berlín, mucho mejor que la comentada arriba), pero el resultado es modélico.

Por si fuera poco, en Super Audio CD la calidad sonora de este registro de Decca resulta incomparable por naturalidad, transparencia, equilibrio de planos y plasticidad de las masas orquestales; impresionante cómo está captada la percusión. Interpretación de referencia, sin duda, que no solo está a la altura de las mejores sino que posiblemente resulte la idónea para acercarse por primera vez a la obra.

Otro día les cuento cómo a Chailly, en su empeño en ser diferente a todos y a sí mismo, le han salido las cosas mucho peor en su reciente filmación en Leipzig.



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