martes, 20 de mayo de 2014

Pogorelich destroza el Segundo de Chopin; la Pires le hace justicia

Como espero escuchar a Ivo Pogorelich el domingo 1 de junio en Úbeda –si no cancela–, me he animado a escuchar algunos discos de este señor tan peculiar del que, lo reconozco, tengo poco en mi discoteca. Y he empezado con uno de sus clásicos, el Concierto nº 2 de Chopin grabado junto a Claudio Abbado y la portentosa Sinfónica de Chicago en febrero de 1983 para Deutsche Grammophon. La labor de la batuta me ha gustado bastante: quizá un pelín más nerviosa de la cuenta, pero en conjunto muy fluida, vibrante, entusiasta y con admirables acentos dramáticos en el pasaje anhelante e interrogativo (¡genial Chopin!) del segundo movimiento. Lo del pianista croata, por el contrario, me ha parecido un destrozo.

El procedimiento del artista es de una irritante pedantería: tiene que demostrar que él nos redescubre esta Op. 21 chopiniana, así que se dedica a cambiar todos los acentos sin ton ni son, es decir, sin la menor lógica expresiva, de tal modo que el fraseo resulta desarticulado, cuando no pretencioso o sumamente afectado –silencios eternos sin venir a cuento, pianísimos extremos solo por hacer bonito-, y lejos de servir a la poesía que desprenden los pentagramas. Por si fuera poco, hay muchas frases en los que sustituye los excesos de imaginación por carreritas realizadas solo para demostrarle al personal que sus dedos son los más ágiles del planeta. Lo consigue, claro, pero a costa de que dichos pasajes suenan cuadriculados. Que Pogorelich toque de escándalo, que su gama dinámica sea asombrosa o que haya, justo es reconocerlo, algunos momentos muy bellos, sobre todo en el Larghetto, no justifican semejante cúmulo de despropósitos.

Para valorar más justamente este disco, he vuelto a poner en mi equipo las interpretaciones del Segundo concierto a cargo de De Larrocha/Comissiona (Decca, 1970) y Barenboim/Fisch (Digital Concert Hall, 2009), espléndidas ambas por parte de los solistas, y he escuchado por primera vez la de Olejniczak/Brüggen (DVD Glossa, 2010), interesante por el uso de instrumentos originales, y la Pires/Previn (DG, 1992).

Pires Chopin Previn

Esta última –que me recomendó Ángel Carrascosa– me ha resultado una grata sorpresa, porque no me lo esperaba de esta señora: esta es la mejor Pires posible, la que hace gala de sus virtudes sin caer en ninguno de sus defectos, esto es, la que sabe ofrecer un sonido de enorme belleza, asombrosa exactitud y pasmosa claridad, frasear aunando elegancia, delicadeza e imaginación –memorable como conjuga estos tres ingredientes en el arranque del último movimiento–, equilibrar todos los aspectos expresivos posibles de la pieza y, en definitiva, ofrecer la mejor de las lecturas posibles desde un enfoque mayormente apolíneo, sin resultar blanda, ni preciosista ni en exceso ensoñada; por el contrario, lo hace conservando un punto de sobriedad, distinción y carácter decidido, añadiendo además un suave toque de humor sofisticado –otros artistas, como Barenboim, lo prefieren más rústico y socarrón– que resulta adecuadamente salonesco en el buen sentido del término.

Previn, por su parte, acompaña no solo con la profesionalidad y sensatez en él habituales, sino sintonizando además con el enfoque de la solista, ofreciendo ricos matices poéticos y sabiendo ser viril y decidido cuando las circunstancias lo requieren. Le falta al maestro, quizá, un punto de mayor de intensidad y compromiso, al igual que a la Pires se le podría pedir algo más de sentido humanista, de confesión íntima, de profundidad expresiva en definitiva, que no se termina de intuir en medio de la asombrosa belleza sonora desplegada por la lisboeta. Para alcanzar ese “más allá” hay que acudir, me parece, a la enorme recreación de Daniel Barenboim con Andris Nelsons.

¡Ah, se me olvidaba! El disco de Pogorelich se completa con una recreación de la Polonesa en Fa sostenido menor op. 44 aplastantemente superior a la del concierto: un poco más nerviosa de la cuenta en las secciones extremas, por momentos al borde de la precipitación, pero llena de fuerza, de carácter, de valentía, de matices tan ricos como (¡esta vez sí!) muy bien traídos, de elegancia distinguida… No parece el mismo pianista. En fin, cosas de divos. Seguiremos informando.

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