jueves, 22 de mayo de 2014

Música a la segureña: ay, los niños

Por iniciativa de un joven clarinetista que se llama Daniel Broncano –al que no conozco de nada, dicho quede para que no se despierten suspicacias– y siguiendo el método del crowfunding –ya saben, con mucho voluntario pero poquísimo apoyo institucional–, se celebró en la preciosa villa de Segura de la Sierra, a una media hora en coche de donde resido desde hace seis años, la primera edición del festival Música en Segura. Se han ofrecido un total de siete espectáculos, más unas clases magistrales y un concierto pedagógico para chavales de Primaria y Secundaria, este último celebrado en la vecina localidad de Orcera –de donde es oriundo el organizador– y en colaboración con el ayuntamiento local.

Llevé a mis alumnos de 1º y 2º de la ESO a una de las dos funciones de este último. A los que quisieron ir, claro, que no fueron muchos. Los resultados fueron muy buenos, aunque también es cierto que la gama de edad era tan amplia –calculo que desde los cuatro años hasta los catorce–, que para unos el espectáculo se quedaba algo “corto” en lo que a “nivel de explicaciones” se refiere y a otros les venía grande; de hecho, hubo niños que se pusieron a corretear por el pasillo como si estuvieran en un cine, algo comprensible porque con semejante edad no está uno hecho para escuchar fragmentos de Mozart y Beethoven. Quizá para la próxima edición se puedan reorientar las sesiones, haciendo una para los más pequeños y otra para los mayores.

Los músicos estuvieron formidables, simpáticos y desenvueltos, cercanos a los chavales, y por ello altamente didácticos. Además tocaron muy bien; personalmente destacaría la formidable actuación de la flautista Rosanna Ter Berg con una breve obra que, supongo, sería la que interpretaba esa misma noche para los adultos, Zoom Tube de un tal Ian Clarke. El propio Broncano, por su parte, lució un fraseo de enorme cantabilidad en el sublime Quinteto para clarinete de Mozart.

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Para mí mismo escogí dos conciertos. El primero fue el que se ofreció el sábado 17 de mayo a la una del mediodía –breve duración, y precio también reducido de 8 euros con respecto a los 20 del resto– en la pequeña capilla del imponente castillo local que perteneciera a la Orden de Santiago. Esperaba que la acústica fuera problemática, pero el ábside gótico-mudéjar –en realidad una reconstrucción reciente debida a Rafael Manzano– hizo de concha acústica y la música nos llegó estupendamente incluso a los que estuvimos en la última fila. Se interpretaron dos obras: el tan delicioso como menor Cuarteto para flauta K. 285 de Mozart y la intrigante Sonata para flauta, viola y arpa de Claude Debussy.

Los intérpretes eran el arpista José Antonio Domené, el Garnati Ensemble –luego hablaré de ellos– y la citada Rosanna Ter Berg, que realizaron una labor irreprochable, ofreciendo lecturas muy bien ejecutadas, centradas en el estilo y rebosantes de musicalidad. Por desgracia, a varias personas se les ocurrió llevar a sus niños pequeños (muy pequeños: creo que los había de tres añitos) y estos se comportaron como tales, molestando a quienes estábamos en la parte de atrás. A mí me fastidiaron la mayor parte del Mozart. Se preguntarán ustedes a quién se le ocurre llevar a esas criaturitas a semejante espectáculo. Pues miren, hubo una madre que en repetidas ocasiones animó –literalmente– a su niña a pegar carreras por medio del pasillo para buscar a otros familiares. No, no les falta a estas personas no es tradición musical, sino sentido común.

Algo parecido me pasó en el segundo concierto al que fui, el de clausura, que se ofreció en la iglesia de los jesuitas –horrenda, pero de nuevo con buena acústica– el domingo 18 de mayo, con nada menos que las Variaciones Golberg en los atriles: resultó simpático que un grupo de chavalillos subieran al escenario armados de clarinetes y flautas  para colaborar en las explicaciones que se dieron sobre la obra bachiana, pero luego estos chicos fueron invitados a escuchar el concierto. ¡Y les ubicaron justo en la fila detrás de la mía! Desde el principio empezaron a hablar –normal, con una música tan dura y sin nadie recordándoles que hay que estar calladitos–, así que tuve que volverme repetidamente para llamarles la atención. Perdí el hilo, claro, porque si hay una obra que exija una concentración absoluta por parte del oyente –no digamos de la de los intérpretes– es esta.

¿Tuvieron que ver estas distracciones, unidas a lo poco acogedor del recinto, con mi problema para entrar en el juego propuesto a la sazón por el Garnati Ensemble, esto es, una peculiar transcripción realizada por ellos mismos para violín, viola y violonchelo de esta cumbre bachiana? Creo que en buena medida así fue, porque esta tarde he escuchado en mi casa el disco grabado por ellos para Sony Classical, esta vez completamente a oscuras y sin distracciones, y he disfrutado mucho más.

Para empezar, el viola Yuval Gotlibovich, el violinista Pablo Martos, el violonchelista Alberto Martos –estos últimos son hermanos y han formando parte de la WEDO de Barenboim– empastan de maravilla y dialogan con perfecto equilibrio polifónico y sabiéndose escuchar el uno al otro. Lo hacen, además, con frescura, vida y mucha comunicatividad, en un discurso que saben sostener perfectamente sin que la monotonía haga acto de presencia.

Ahora bien, a la hora de transcribir las Goldberg y de optar por un enfoque estilístico u otro, existen irregularidades, absolutamente voluntarias, que unas veces  funcionan mejor que otras. Así, la primera mitad de la obra se aborda, en la mayoría de los casos, desde un clasicismo muy sensato en el que solo encuentro reparos en algunos detalles del fraseo aquí y allá: en el disco la audición se realiza con enorme placer. Mas luego la segunda parte arranca (la obertura a la francesa, recuérdese) con una articulación maravillosamente barroca para a partir de ahí empezar un proceso –llamémoslo así– deconstructivo, realizado con mucho riesgo e imaginación, que por momentos fascina, por momentos desconcierta y al llegar a la sublime Variación 25 termina por hacernos pensar que el resultado es muy discutible. Reparos muy personales, en cualquier caso: les recomiendo que, además de echar un vistazo a la filmación que he dejado arriba tomada en el Festival de Segovia, escuchen la grabación completa en Spotify y disfruten de esta singular propuesta de Playing Goldberg.

En cuanto a Música en Segura, confío en que el proyecto tenga continuidad, encuentre el apoyo institucional que merece –sí, soy de los que piensan que iniciativas como estas deben estar parcialmente costeadas con los impuestos de todos– y vaya a más en las próximas ediciones. Asimismo espero que en el futuro se regule de manera más adecuada la presencia de los niños. Por respeto a los artistas, y también a los asistentes.

1 comentario:

Bruno dijo...

Prefiero con mucho que se ayude a estos conciertos, por el lugar que no es gran ciudad y por los destinatarios, que a subvencionar las entradas a la Filarmónica de Viena.