sábado, 31 de agosto de 2013

Más sobre mi desilusión en Ritmo

Quiero seguir explicando los motivos de mi decepción con la revista Ritmo, con la que colaboré entre 2001 y 2012 hasta que decidí abandonarla por profundo desacuerdo con determinados aspectos de su línea editorial y con algunas decisiones concretas que se fueron tomando; la gota que colmó el vaso fue la orden de no enviar la revista impresa a los colaboradores, puro ahorro en "chocolate del loro" que hacía dudar seriamente de la estima del director Fernando Rodríguez Polo hacia quienes trabajaban gratis et amore para sacar la publicación adelante. Bien, ya hablé hace tiempo del desengaño al descubrir que los eventos musicales de provincias no se cubrían en función de su interés, sino de si los organizadores contrataban publicidad en sus páginas, es decir, de si "pagaban el canon" para aparecer en los papeles (enlace). Hoy quiero mostrar la desilusión que me supuso que varios de mis trabajos no fueran publicados.


Trabajos buenos o malos, eso no lo puedo decir yo. Pero sí les aseguro que fueron realizados con ilusión y esfuerzo. Verán ustedes: considero que un lector se merece que la reseña que lee sobre un disco determinado esté realizada no para salir del paso, sino intentando razonar las opiniones comparando con otras lecturas que circulan por el mercado. Por eso cada vez que me mandaban algo intentaba, dentro de lo que mi tiempo y mis posibilidades me permitían, escuchar una serie de grabaciones antes de escribir sobre la que tenía delante. Tenía así que rebuscar en mi discoteca, pedir prestado a otros colegas o, directamente, descargarme cosas de Internet. Habida cuenta de que los colaboradores teníamos quince días para mandar las críticas, el esfuerzo de tiempo que tuve que realizar me resultaba agotador, porque esas cosas obviamente había que compaginarlas con mi trabajo "real", o sea, el de profesor de secundaria, así como con mis investigaciones sobre arquitectura medieval. Pero quise estar a la altura de lo que yo consideraba que se tenía que ofrecer.

Conforme pasaron los años iba aumentando el número de textos que quedaban sin publicar. La explicación que se me dio la primera de las dos únicas veces que la pedí fue la siguiente: es prioridad el ingreso por publicidad, y si a última hora un sello quiere una columna para anunciar un disco, sencillamente se eliminan críticas para liberar espacio. La supervivencia económica, o quizá el engrose de la cuenta corriente de la empresa, que de las dos maneras se puede mirar el asunto, estaba por encima del interés del lector y del respeto al trabajo de los colaboradores. Trabajo gratuito, por cierto: nos quedábamos con los discos, pero la editorial solo pagaba –una cifra puramente simbólica– cuando escribíamos una página entera. Luego descubrí que la competencia, Scherzo, sí que estuvo mucho tiempo remunerando a sus colaboradores hasta que las cosas empezaron a ir mal. Y que la subvención que recibía esta última revista era mucho menor que la de Ritmo: mi deducción es que el margen de beneficio de Lira Editorial ha sido muy considerable.

"Nadie te ha obligado a escribir en Ritmo, y tú sabías perfectamente que no ibas a cobrar", me dijo no hace mucho la persona que en su momento me recomendó para escribir en ella. Bien que es verdad. Pero nunca escribí por dinero (¡obviamente!), ni tampoco lo hice por recibir discos (que tampoco eran los más interesantes, aunque esa es otra historia). Escribía porque me hacía ilusión colaborar en una revista que consideraba mi "maestra", a la que le debía mucho y a la que admiraba. Siempre fue para mí un honor colaborar con ellos. Por eso mismo la decepción era grande cuando el esfuerzo no conocía la que para mí era única recompensa interesante: la publicación de cada reseña.

Llegado un momento me harté. Fue cuando me mandaron los Preludios y fugas de Shostakovich por Alexander Melnikov editados por Harmonia Mundi. No se pueden imaginar la de tiempo que invertí en realizar la referida reseña, que pueden leer ustedes aquí mismo. Cuando pasaron meses sin que me editasen el texto –nunca vería la luz en papel impreso– se me ocurrió llamar a la redacción. Les hice ver que me parecía poco profesional que un disco tan admirable no saliese en las páginas de Ritmo, más aún cuando en Scherzo había quedado en el ranking del mes. Me dijeron que no podía ser. Añadí entonces que como colaborador me sentía herido. Me contestaron, más o menos literalmente, que los sentimientos de tal colaborador o de ellos mismos no tenían relevancia, que lo único importante era que la revista saliese adelante. A lo que deberían haber añadido: que saliese adelante con la mayor cantidad de ingresos posible por publicidad aun a costa del contenido que más interesa al lector, esto es, el de la sección de crítica discográfica que en otros tiempos había dado gran prestigio a la publicación.

Pura cultura empresarial, vamos, lo que choca frontalmente con la apelación al "amor al arte" que se nos hacía a los colaboradores: intentar obtener mano de obra por el menor coste posible, desinterés absoluto por la "cuestión humana" y priorización del margen de beneficios sobre una circunstancia determinante como es la calidad del producto. Pero sobre esto último, y sobre el obvio conflicto de intereses entre Ritmo y la distribuidora Ferysa, ambas en manos de la misma persona, me extenderé en otra ocasión. Y no es esta precisamente una cuestión baladí, ya que tras el cierre de Diverdi el señor Rodríguez Polo –al que, dicho sea de paso, no tengo el gusto de conocer personalmente– podría quedarse con buena parte del negocio de sus antiguos rivales.

5 comentarios:

Pablo dijo...

Vaya. Lo que me parece más increíble es que al protestar te dijesen poco menos que no tenías derecho a hacerlo.

El esquema es, por tanto, trabajar, no cobrar, ver que se ningunea tu trabajo sin ofrecer siquiera una explicación de cortesía y mantener la boca cerrada. Como empresa, desde luego, no parece un marco al que resulte agradable pertenecer.

Qué pena.

Fernando López Vargas-Machuca dijo...

Ya ves, Pablo.

Debo confesar que no es la única experiencia que he tenido en este sentido. Estuve un año colaborando con Jerez Información, un diario local que también me dijo aquello de "si quieres colaborar es porque te gusta hacerlo, y nosotros encantados, pero no nos comprometemos a nada". Asimismo, tengo amigos que han colaborado en emisoras de radio y otros medios locales también "por amor al arte". Los dueños de las empresas correspondientes piensan que las entradas gratis para los conciertos, el teatro o el cine, o la posibilidad de moverte en el mundillo cultural, son recompensa suficiente para un trabajo que a ellos no les va a suponer el desembolso de ni un solo euro.

La cuestión es que de Ritmo yo esperaba otra cosa, algo más que la cultura empresarial de la maximización del beneficio: el amor por el trabajo bien hecho, la independencia de criterio, la satisfacción de hacer algo por la cultura musical... Y creo que en otros tiempos fue así en esta revista. Los tiempos de Don Antonio Rodríguez Moreno. Pero cuando este se hizo muy mayor y su hijo -esto es, el dueño de Ferysa- cogió las riendas, la comercialidad empezó a hacer estragos. Y no parece haber arreglo, porque los criterios empresariales de este señor parecen inamovibles.

Qué pena, sí. Qué pena.

Bruno dijo...

No me gusta nada la situación que expone y cada empresa debe cumplir los compromisos que adquiere. En su caso ignoro en concreto los que había, pero da pistas. No tenían ningún compromiso, ni de pagar ni de publicar. No se queje aludiendo a una esperanza.
Cada empresario se lo monta como sabe y le sale. Unos bien, otros regular, bastantes mal. Los currantes se hacen con prestigio como pueden. Una forma puede ser esa. Todo ello en un sector que realmente tiene poca demanda. Repase los diarios y semanarios y la sección de música clásica. Un erial.
Ya comenté que seguía a Ritmo hasta que me harté. Ya no era música sino publicidad. Todo estupendo. Ese era el riesgo de la empresa. ¿Ud. lo ve por muchos sitios? ¿Lo subvencionan? Vaya. No quiero abrir ese apartado. Ud. es muy libre de colaborar a lo que salga o no.
Y puede tener una razón muy poderosa para dejar de colaborar: La política editorial. En el fondo ahí es donde rompen el compromiso. A Ud. le parece una revista seria y luego le resulta que no lo es. Una lástima. Lo comprendo. Pero que no le afecte ni lo extienda al mundo de la economía real.
Siempre le digo lo mismo: la demanda musical se fomenta hasta los 18 años. Luego se enganchan muy pocos, según creo. Eso elevaría los haberes de los críticos musicales.
Y conste que ya me gustaría que su trabajo estuviera bien pagado. Pero hoy por hoy no se paga o se paga mal.
Lamento, otra vez, manifestar mi desacuerdo. Es una libertad, y una obligación, que me tomo por la edad.

Agustín dijo...

La música culta está en crisis y esa crisis arrastra a la industria discográfica y a las publicaciones. Una obra de arte, como las sinfonías de Schumann por ejemplo, sólo necesita un museo donde ser expuesta. El museo de la música clásica son las grabaciones de los grandes maestros de la dirección orquestal y las maravillosas orquestas que existen, no sé por cuánto tiempo. El problema es que todo está hecho ya (a no ser que surjan nuevos genios, que no parece a juzgar por el repertorio más reciente)

Felirosi dijo...

Difícil no estar de acuerdo con las razones de Fernando, que en el fondo reflejan un secular conflicto en los medios escritos, nada nuevo bajo el sol. Pero tampoco me resisto a tratar de comprender a la dirección de Ritmo, sometida a un estrés muy complicado.