lunes, 28 de enero de 2013

El Parsifal de Herheim en Bayreuth: fascinante traición, irritante fascinación

Ayer encontré por fin tiempo para ver la retransmisión televisiva realizada por el canal Arte -también se proyectó en los cines- del Parsifal de este verano en Bayreuth, con dirección musical de Philippe Jordan y propuesta escénica de Stefan Herheim. ¿Han oído hablar de ella? Sí, esa en la que el primer acto arranca en Wahnfried y termina con la I Guerra Mundial, el segundo transcurre en un hospital para soldados en el periodo de entreguerras -los nazis son aquí las fuerzas malignas- y el tercero se abre con un Bayreuth destruido por las bombas para acabar bajo la mismísima cúpula de Norman Foster del parlamento alemán. Sí, la producción en la que el protagonista se presenta en los dos primeros actos un insufrible niño vestido de marinerito, Amfortas es ni más ni menos que Jesucristo en su iconografía Varón de Dolores y tanto Klingsor como Kundry se presentan durante la seducción vestidos de Marlene Dietrich en El ángel azul. Esa misma. El visionado ha dejado en mí una extraña mezcla de irritación y fascinación, pero a la postre más de lo último que de lo primero.

Irritación no por los saltos temporales, por la tremenda acumulación de figurantes durante el primer acto ni por ver al maligno hechicero luciendo medias y liguero, sino porque el regista noruego, que por cierto acaba de presentar una muy particular Rusalka en el Liceu, se pasa por el forro la idea original de Wagner y desdeña todo el conflicto psicológico entre los personajes para elaborar una dramaturgia paralela sobre la relación entre Wagner, Bayreuth, Parsifal y el pueblo alemán durante este último siglo y cuarto. Dramaturgia que, además, resulta en más de una ocasión ininteligible y que por ende necesita muchísima preparación para ser asimilada: permítanme que les recomiende el magnífico análisis que realiza Agustín Blanco Bazán en Mundoclásico, que a mí me ha servido de mucho en este sentido. La postura de Herheim desprende, en cualquier caso, un inconfundible aroma de pretenciosidad y pedantería propia de los directores que en lugar de poner su talento al servicio de los compositores, se sirven de estos para hacer gala de su creatividad.

Fascinación porque, a pesar de lo dicho, la propuesta está increíblemente bien resuelta. No solo la coherencia consigo misma es grande, sino que además se consigue el milagro de rimar con la música en casi perfecta sincronía; de acuerdo que Wagner quería probablemente decir “otra cosa” con estos compases concretos o con aquellos otros, pero la alternativa dramática que plantea Herheim suele funcionar con perfección casi cinematográfica. Escenografía, vestuario e iluminación son espectaculares, con algunos movimientos de maquinaria escénica de verdadero virtuosismo que le dejan a uno boquiabierto por los espléndidos resultados visuales que se consiguen en pocos segundos. Hay hallazgos teatrales de primer orden, y asociaciones de ideas de singular inteligencia que logran disimular otras que son más bien banales. Y lo más importante: esta producción logra decir cosas muy interesantes sobre Parsifal y hacernos reflexionar sobre ellas, por lo que al final nos deja deslumbrado y, al mismo tiempo, irritados contra nosotros mismos por sentirnos así ante tan alevoso acto de traición.

La música, como suele ocurrir en estos casos, es por desgracia aquí lo de menos. La dirección de Philippe Jordan (hijo de Armin, quien no solo tomó la batuta sino que también actuó como Amfortas en la película de Hans-Jürgen Syberberg, que desconozco) me ha parecido notable en los dos primeros actos y muy equivocada, incluso vulgar, desde la segunda transformación hasta el final. Burkhard Fritz repite el Parsifal sólido y algo monolítico que le vi en Sevilla en unas sensacionales funciones con Barenboim. Kwangchul Young hace un espléndido Gurnemanz: estoy deseando escucharle esta misma semana en Madrid. Detlef Roth es un digno Amfortas. Thomas Jesatko convence como Klingsor, aunque hubiera preferido una voz más oscura. Y la californiana Susan Maclean, finalmente, lo pasa tan canutas como todas las mezzos en los agudos de Kundry, pero saca adelante el papel. Orquesta y coros me han parecido algo por debajo de su nivel habitual. Sea como fuere, nivel muy apreciable para este Parsifal devorado por las escena. ¿Les apetece comprobarlos por ustedes mismos? YouTube se lo ofrece en su integridad.

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