viernes, 25 de enero de 2013

Edición Celibidache de EMI (I): sinfonías

De la extensa edición que sacó EMI hace años con tomas radiofónicas de Celibidache en su etapa de Múnich me compré solo unos pocos títulos, porque los precios eran como para pensárselo dos veces. Otros los conseguí por ahí, y el resto sencillamente no los tuve nunca. Ahora que el sello británico ha recopilado todo el material en cuatro cajitas de precio barato (baratísimo en Amazon unos días sí y otros días no), me he podido hacer con la colección completa. Así que voy a ir sintetizando mis anotaciones sobre lo escuchado, empezando por el volumen de catorce compactos titulado “sinfonías” no sin antes advertir que, como tantos otros melómanos, admiro profundamente lo que el maestro rumano hizo en estos últimos años, por mucho que sus planteamientos con frecuencia resulten discutibles y su estilo personalísimo a veces pueda llegar a irritar, sobre todo en lo que a la elección de los tempi se refiere.


Antes de ir autor por autor, conviene recordar algunas de las características del Celibidache maduro: fraseo noble y muy cantable, perfecto equilibrio polifónico en el que se presta especial atención a las voces intermedias, escaso interés por la incisividad y el impulso rítmico, desarrolladísimo sentido del color y, por descontado, esa lentitud -que no escasez de tensión interna- marca de la casa, más y más acentuada conforme pasaban los años.

No es el caso, curiosamente, de la Sinfonía nº 40 de Mozart registrada en 1993, con la excepción de un Andante que mezcla pathos y espiritualidad con resultados no del todo convincentes, pero los movimientos extremos están llevados no solo con lógica, fluidez y enorme belleza, sino también con una agilidad y hasta velocidad impensables en el Celi más maduro. El Menuetto, siendo amplio, está fraseado con enorme naturalidad en esta lectura a la postre un tanto irregular en la que el drama no termina de salir a flote.

Es el de Celibidache un Haydn clásico en el doble sentido, esto es, muy equilibrado entre forma y contenido, emotivo y con garra pero sin excesos, y muy tradicional en la puesta en sonidos, con una orquesta grande, con músculo, manejada con un fraseo amplio y elocuente en el que lo melódico se pone por encima de lo rítmico. Es, por otra parte, un Haydn muy de anciano director, en absoluto romántico pero sí hondo, alejado de lo accesorio, muy abstracto y esencial, y también muy reflexivo, lo que equivale a decir poco interesado por los aspectos más extrovertidos de esta maravillosa música.


Del autor de La Creación se ofrecen tres páginas: la Sinfonía nº 92, Oxford, (grabada en 1993), la Sinfonía nº 103, redoble de timbal (registrada el mismo año que la anterior) y la Sinfonía 104, Londres (1992). Las respectivas interpretaciones están cortadas por el mismo patrón. La introducción es muy lenta, de poderoso aliento dramático, dando paso a un primer movimiento solo notable. El segundo es en todos los casos sublime por su enorme vuelo poético, dejando además entrever cierto regusto amargo. Los terceros le quedan excesivamente amplios y solemnes, aunque los desmenuza de manera admirable y con una enorme elegancia. De infarto los finales, en los que Celi despliega fluidez, chispa, luminosidad y el imprescindible sentido del humor sin necesidad de precipitarse. Resultados de enorme nivel, pues, particularmente en la última de las sinfonías citadas.

Del peculiar Beethoven del rumano, en general bastante abstracto y digamos que "sin ideología", además de mucho antes melódico que contrastado y más reflexivo que combativo, se nos ofrece una casi-integral: no hay testimonio de la Primera Sinfonía, aunque la Cuarta nos viene por partida doble: una de 1987 y otra de 1995.

De la Segunda, una tardía toma de 1996, repito lo que dije en mi comparativa discográfica: una interpretación "muy de anciano maestro, tradicional, despaciosa, cálida y muy comunicativa, admirablemente diseccionada -la polifonía era uno de los puntos fuertes del rumano- y de portentosa poesía en un segundo movimiento fraseado con mano maestra. Decepciona el cuarto, pesadote y sin mucha energía. Los dos extremos son espléndidos, aunque este enfoque quizá no haga justicia a la vitalidad que deberían desplegar".

Es dudoso que Celi sintonice con el contenido expresivo de la Heroica (1987). Por momentos su recreación suena en exceso suave, incluso -arranque de los movimientos impares, alguna de las variaciones del cuarto- un punto blanda. Sin embargo, es difícil sustraerse de su fraseo flexible, natural y efusivo, de su hermosísimo legato, de su cálido empaste o de la profunda reflexión que alberga una marcha fúnebre nada rebelde, pero de singular hondura.

Las dos versiones de la Cuarta son excepcionales, más lenta y radical la segunda de ellas. Ambas llaman ya la atención desde una introducción particularmente sombría. En el Allegro vivace el maestro adopta un enfoque algo otoñal que no excluye la luminosidad ni un toque de desenfado. Un punto bruckneriano el Adagio, paladeado con infinita delectación y gran ternura. Muy bien los otros dos, tan elegantes y sensuales como llenos de lirismo; necesitarían un punto más de electricidad, si bien es cierto que un tratamiento más incisivo no casaría con el enfoque adoptado por Celi.

Espléndida la Quinta (1995). El Allegro con brio no resulta muy nervioso ni implacable, pero sí ofrece músculo, metales desafiantes y un original tratamiento de tensiones y distensiones. El Andante con moto se encuentra fraseado con una belleza incomparable. Tercer movimiento amplio, desmenuzado de manera microscópica sin perder de vista la estructura global. Allegro final un punto hinchado, pero de fraseo tan majestuoso como efusivo.

La Pastoral (1993) responde exactamente a lo que podíamos esperar: muy lenta, pacífica, de legato sensual y frases largas dichas con extrema cantabilidad, pero todo ello desde un punto de vista excesivamente desmaterializado, sin los conflictos sonoros y expresivos típicamente beethovenianos. Aun así, resultan embriagadores los dos primeros movimientos. El tercero es muy discutible, no ya por la falta de espíritu rústico sino por su excesiva suavidad. La tormenta suena atmosférica antes que tremenda. El Allegretto conclusivo se abre y cierra con relajación metafísica extrema, pero alcanza en su interior muy emotivas cotas extáticas.

Interesante la Séptima (1989), una interpretación muy alejada de la “apoteosis de la danza”, dicha un tanto desde la distancia, pero cargada de hondura humanística -que no de tragedia, menos aún de carácter épico- y fraseada con una cantabilidad portentosa. A destacar los muy sugerentes tríos del scherzo.

Transcribo lo que dije en mi comparativa sobre su Octava (1995): “discutible que esto suene a Beethoven. (...) Discutible también la enorme cantidad de libertades que se toma la batuta a la hora de frasear y acentuar. Y la lentitud de los tempi que la alejan de manera considerable tanto del carácter trepidante con que la abordan muchos directores como de la frivolidad que le inyectan otros. Pero lo cierto es que esta personalísima recreación, (...) no exenta de nobleza, tensión, luminosidad, grandeza o sentido del humor -el segundo movimiento, que pocas veces se habrá escuchado con semejante encanto, recuerda a lo que hace Celi con la Sinfonía Clásica de Prokofiev-, resulta atractiva de principio a fin y arroja muchas nuevas luces sobre la partitura”.

Lectura desconcertante la muy analítica y reposada que realiza de la Novena (1989). El primer movimiento opta por la bruma y la atmósfera, aunque antes de la coda no juega tanto con el silencio como se podía esperar. La extravagancia viene en el Scherzo, muy lento en las secciones Molto vivace y, por comparación, rapidísimo en el trío (marcado Presto). El Adagio molto e cantabile sabe no ser en exceso contemplativo y ofrecer grandeza en los clímax. El cuarto movimiento arranca con extraña blandura; el Himno a a la Alegría está maravillosamente paladeado y la doble fuga no menos bien expuesta, pero en general el movimiento resulta algo laxo en la articulación, por momentos muy caprichoso, especialmente en las secciones místicas. Siegfried Jerusalem ofrece desigualdades en lo vocal y se muestra contenido, poco heroico, seguramente por decisión de la batuta. En parecida línea el bajo Peter Lika. Helen Donath lo pasa mal en los sobreagudos, mientras que Doris Soffel cumple sin problemas.

De propina beethoveniana, la Leonora III (1989). Se puede aun alcanzar un nivel mayor de carácter visionario e incluso acentuar más ricamente, cosas ambas que suele lograr Barenboim en sus recreaciones, pero aun así esta lectura es un portento por la naturalidad del fraseo, su empaste sensual, su excelente sentido de la atmósfera y, desde luego, su luminoso pero muy controlado júbilo final.

De Schubert se ofrece solo La grande (1994), en conjunto una lectura llena de fuerza pese a que al primer movimiento le falte algo de carácter épico. El segundo movimiento sabe ser dramático, el Scherzo poderoso sin dejar de ser elegante y el Finale grandioso y lírico al mismo tiempo.

De Schumann se incluyen tres sinfonías, en otras tantas interpretaciones de genialidad extrema. En la Segunda (1994) obteniendo de la orquesta un sonido cálido, profundo, hermosísimo, el maestro construye una noble recreación que alcanza una enorme grandeza en los movimientos extremos y vuela con una escalofriante mezcla de emotividad, amargor y espiritualidad en el Adagio espressivo, dicho con verdadera magia a través de un pasmoso dominio de la agógica. Lo menos excepcional es el Scherzo, no del todo electrizante.


Para derretirse esta Renana (1988) donde los movimientos extremos, amplios y majestuosos, se mueven dentro de la ortodoxia, mientras que los tres internos son muy personales por su lentitud extrema y carácter desmaterializado. El Scherzo resulta muy ensoñado, quizá en exceso. El tercero, lírico a más no poder, paladeado hasta lo parsimonioso, posee una peculiar cantabilidad amorosa. Muy atmosférico el cuarto, de carácter más extático (¿catedralicio?) que nunca.

La Cuarta de 1988 rivaliza con la suya dos años anterior registrada en Tokio y editada por el sello Altus. En ella se produce una particular mezcla de espiritualidad y sensualidad que, a pesar de que la articulación es más bien blanda, está recorrida por una gran fuerza dramática. Muy interesante el arranque de la obra, difuso pero no ingrávido; el primer movimiento es algo menos lento que en Japón. En el cuarto se echa de menos una dosis mayor de electricidad, pero a cambio la transición al mismo resulta genial. Lástima que la orquesta se quede algo corta.

En cuanto a las sinfonías de Brahms, acompañadas de las Variaciones Haydn, a lo dicho en otra parte de este blog me remito: interpretaciones no de referencia absoluta (para eso está el ciclo de Giulini en Viena), pero interesantísimas de escuchar. Yo que usted, paciente lector, no me perdería esta caja bajo ningún concepto. Hágase con ella, busque tiempo para escucharla con tranquilidad y obtendrá un placer -intelectual, espiritual y yo diría que hasta físico- que no le darán la mayoría de las grabaciones de este mismo repertorio que circulan por ahí.

4 comentarios:

jmfurtwangler dijo...

Si, también yo las he adquirido en Amazón (lo mismo que la caja de música sacra). Ante el precio ridículo de la caja y conociendo los 18-20 euros por CD que rondaban cuando salieron hace unos años, no me podía creer que por menos de esa cantidad te ofrecieran ahora no uno, sino 11 ó 12 CDs (¿cuánto ganaban entonces?).
Me llama la atención que el estilo de Celibidache maduro se ajuste tan bien a Haydn y Mozart, pero así es: interpretaciones de mucha altura.
Beethoven interesante pero irregular. Creo que nunca se pueden tener estas interpretaciones como primera opción, pero como alternativa cuando quieres escuchar algo distinto van perfectas. La séptima es la que peor digiero, no se ve apoteosis de la danza ni de nada que se le parezca; es una interpretación rara a más no poder. Creo sinceramente que si no se tratara de Celibidache la pondría como una de las peores interpretaciones de la obra, con un matiz: la cuestión sónica, el refinamiento tímbrico; aquí si que te hace pensar.
El Brahms es de referencia, aunque puede preferirse el anterior de Sttutgart por su mayor tensión y desgarro.Para mi la referencia aquí es Sanderling/Dresde, dentro de las clásicas, sin olvidarse de Furtwangler y Toscanini.
El Schumann muy bueno sobre todo la 4ª.
Quiero detenerme en la 9ª de Schubert, donde has hecho una alusión al primer movimiento. Esta interpretación es de una sutiliza y un lirismo fuera de lo común. Creo que el más grande Celibidache último está aquí. Con esa lentitud consigue un matiz y una recreación sonora alucinante. Es arte con mayúsculas. Nunca pensé que se podría privar a ese primer movimiento del brío que le imprime un Krips, por ejemplo,sin que sonara anodino y sin garra. Celibidache nos lo desmiente haciendo uso, con un tempi moroso a los modos bruckneriamnos, mostrándonos una obra nueva, distinta, dirigida directamente a los sentidos.
Saludos.

jmfurtwangler dijo...

Hablando de ediciones y de Amazón. No es que desee hacerle gastar el dinero nadie, pro los 56 eurillos por los 11 discos Bluray de las sinfonías de Mahler Concertgebouw/Distintos directores, es tan tentador...Este mes voy mal, el entrante caen.
¿Corte Inglés y Fnac se enteran o no quieren vender?

Anónimo dijo...

Acabo de mirar en amazon, el cofre de Música francesa y rusa, 11 cds a 17,75 euros. Increíble. De los 11 cds ya tengo tres que me costaron 15 euros cada uno. Pues yo no voy a repetir versiones...

vicentet dijo...

Precisamente este fin de semana (uno mas) con escasa oferta cultural y sin dinero para viajar me encerré en mi sala de musica con una tarde Celibichiana: Requiem de Mozart lentisimo, emocionante, desgarrador, y para luego continuar con la misa nº3 de Bruckner, en una version cuasi sinfonica donde las voces son lo de menos. Las experiencias del director rumano son devastadoras, suelo acudir de tanto en tanto a sus discos porque me dejan muy marcado.