jueves, 7 de julio de 2011

Eschenbach hace Mahler en Granada: Resurrección sin arrebatos

La Segunda Sinfonía de Mahler que ofreció el pasado lunes 4 de julio Christoph Eschenbach en el granadino Palacio de Carlos V al frente de la Orquesta del Festival de Schleswig-Holstein anduvo por los mismos derroteros de su filmación en París de la que hablé en este blog (enlace). Es decir, fue magnífica pero muy personal, y desde luego no del gusto de todos los paladares, independientemente de que el éxito entre el público fuera atronador. Para empezar, se trató de una interpretación más bien lenta -ochenta y tres minutos-, bien paladeada y maravillosamente desmenuzada, cuya concentración exigió por parte del oyente un esfuerzo similar. No hubo escándalo gratuito, ni efectos de cara a la galería, ni tampoco sonoridades grávidas ni amaneradas, lo que resultó muy de agradecer con la que está cayendo en el mundo mahleriano, pero tampoco hizo su aparición esa flexibilidad que da paso al arrebato espontáneo en interpretaciones en la línea de un Bernstein: con Eschenbach todo se desarrolló con rigurosidad cartesiana, aunque desde luego sin caer en lo cuadriculado ni en lo rutinario. En cualquier caso lo más significativo fue el halo de espiritualidad con que el veterano maestro alemán recreó la página, que parecía ver la partitura mucho antes desde el “más allá” que desde el “más acá”. Por esto mismo, quizá, no todos los movimientos convencieron de la misma forma.

El Allegro maestoso inicial, en este sentido, pudo resultar poco desgarrador para algunas sensibilidades, aunque en contrapartida alcanzó un insólito vuelo poético; por otra parte Eschenbach corrigió algunos detalles que en París le quedaron algo amaneradillos y construyó la arquitectura de manera implacable. Magnífico el Andante moderato, donde logró el milagro de paladear las notas con la mayor cantabilidad y ternura sin pasarse con el azúcar ni frasear de modo pimpante. El tercer movimiento no me terminó de convencer: me hubiera gustado una mayor implicación emocional, bien sea con una mayor dosis de frescura o, por el contrario, optando por el humor negro. Interesantísimo el cuarto, muy lento y mirando claramente hacia el Adagietto de la Quinta sinfonía. Lo mejor, en cualquier caso, llegó con la Resurrección propiamente dicha, que comenzó muy controlada -tal vez en exceso- y fue acumulando tensiones hasta culminar en un final al mismo tiempo sereno, trascendido y majestuoso; a destacar los dos crescendos de la percusión que anteceden a la marcha, lentísimo y tremebundo el primero de ellos. Bien la soprano Simona Saturová y mejor aún la mezzo Lioba Braun, aunque al estar colocadas en la galería alta diseñada por Pedro Machuca es posible que el público del patio de butacas (yo estaba arriba, como casi siempre) no escuchara bien sus voces.

Es de justicia subrayar la formidable labor -perdonables gazapos al margen- de la nutrida formación que Eschenbach tenía delante. Desde luego, la Schleswig-Holstein de ahora es mejor que la que escuché en 1992 con Maazel (olvidable Novena de Beethoven en Sevilla), lo que demuestra que las orquestas juveniles han mejorado sensiblemente el nivel en estos años. Por descontado, si estos chicos tocasen bajo la denominación “West-Eastern Divan Orchestra”, algún listillo se aprestaría a llamarlos “niños” y a calificarlos de “orquesta de bolos”. Para terminar, mi felicitación tanto al Coro Lübeck del Festival de Schleswig-Holstein como al de la Orquesta Ciudad de Granada: si este nivel es el habitual en la formación andaluza, motivos tienen para sentirse orgullosos.

2 comentarios:

Sergio dijo...

¿Filadelfia o París?....

Fernando López Vargas-Machuca dijo...

Jajaja, obviamente hablo de la Orquesta de París. Ahora mismo lo arreglo en el texto. El lapsus se debe no solo a la titularidad de Eschenbach en Filadelfia, sino a que las otras dos veces que le he visto en directo, por cierto ambas en Valencia, ha sido con la fenomenal orquesta norteamericana. Mil gracias por avisar del error, Sergio.