viernes, 4 de febrero de 2011

Músicos, ¿seres extraños?

Me gustaría pensar que las rarezas, manías y excentricidades de muchos de los grandes compositores e intérpretes del pasado y del presente, desde Tobias Hume hasta Carlos Kleiber pasando por Beethoven, no son especialmente significativas frente a las que, en mayor o menor medida, cultivamos la mayoría de los mortales. Que si en ellos son notorias no se debe sino a que son figuras objeto de culto y sus vidas centro de atención de sus devotos. Y que éstos tendemos a transmitir y mitificar la figura del genio huraño que vive consagrado a su arte al margen de la sociedad y de todo convencionalismo, tan fascinante en épocas de crisis -es decir, de grandes cambios- como la nuestra.

Sin embargo, alguna base real tuvo que tener Aristóteles para asociar el temperamento “melancólico”, sinónimo de soledad, excentricidades varias e inestabilidad emocional, a una especial inclinación hacia las artes. Una asociación que es recuperada en el Renacimiento por filósofos como Marsilio Ficino o biógrafos como Giorgio Vasari, se transforma en el siglo XIX -bajo un nuevo y favorable contexto histórico- en la figura del artista romántico por excelencia y, reformulada por el psicoanálisis, llega a través del cine a la cultura popular de nuestros días con el rostro de Richard Chamberlain, Gary Oldman... o Kirk Douglas teñido de rojo. Y, si nos paramos a pensar, confirmamos que entre los artistas, y concretamente entre los músicos, hay un mayor porcentaje -aun sin ser mayoría- de “gente peculiar” que en otros colectivos.

¿El motivo? Haciendo un poco de psicología barata, podemos barruntar que tales “peculiaridades” serían la exteriorización de una vida interior muy intensa, condicionada por circunstancias vitales que tienden a despertar la sensibilidad y a hacer a quienes las sufren más receptivos ante el fenómeno artístico, muy especialmente ante un arte tan abstracto y penetrante como la música. Si estas personas “marcadas” poseen talento y logran canalizarlo, pueden terminar convirtiéndose en esos compositores o intérpretes que todos tenemos en la cabeza. En caso contrario, tal vez acaben dedicándose a la crítica musical, a la compra compulsiva de discos o a algún otro tipo de perversión.

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PS. Este fue el primer texto que escribí para la revista Ritmo. Fue para el “Entorno de Opinión” del número de noviembre de 1999. El tema me vino impuesto, puesto que la referida sección lo que intentaba es obtener puntos de vistas de diferentes firmas sobre un asunto concreto. ¡Cómo pasa el tiempo!

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