
La Segunda Sinfonía de Beethoven fue muy parecida a la que ofreció junto a la Filarmónica de Berlín que hemos comentado en una entrada anterior (enlace), así que baste ahora con añadir dos cosas. Una, que en directo los reparos que pusimos a la grabación (y le seguimos poniendo a esta lectura madrileña) quedan en segundo plano ante la exhibición de vitalidad, sentido teatral y convicción desplegada por Antonini. Dos, que la Nacional de España, pese a sus pifias e insuficiencias, realizó un espléndido y muy meritorio trabajo a la hora de plegarse a las demandas de maestro, respondiendo a un nivel muy estimable con una sonoridad por completo distinta a la que acostumbra. Creo que en conjunto se trató de una muy disfrutable e interesante versión, aunque seguro que a a mi amigo Ángel Carrascosa (blog) le hubiera dado un soponcio ante un Beethoven hecho de semejante forma.
Entre las dos sinfonías, Antonini dirigió -en la misma línea que en resto del concierto, aunque sobrasen algunos detalles amanerados- el Concierto para pianoforte Hob. XVIII:11 de Haydn, es decir, el único famoso de los de su autor. Para mí fue un chasco, porque esperaba muchísimo del gran Andreas Staier. Lo curioso es que mientras escribo estas líneas escucho su grabación para Harmonia Mundi, dirigida por Gottfried Von Der Goltz, y ahí me gusta bastante. ¿Dónde ha estado el problema? Pues en el instrumento, claro. El fortepiano le sienta muy bien a la manera en que Staier ve esta música, pero el Steinway del Auditorio Nacional le viene grande, confundiendo belleza sonora con blandura, encanto con frivolidad y equilibrio con timidez expresiva. Es verdad que después de haber escuchado en disco hace tan solo unos días los horrores de Gerrit Zitterbart con Thomas Frey (Hänssler) y -peor aún- de Ronald Brautigam con Lars Ulrik Mortensen (BIS), lo de Staier y Antonini me ha sabido a gloria, pero uno está ya harto de tanto espíritu “rococó” en una música que pide a gritos otra cosa. ¡Un buen pisotón al pedal, coño!
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