miércoles, 23 de septiembre de 2026

Barenboim en El Escorial (I): Schubert

Agradeciéndole a Manuel Vaca –fotógrafo oficial de la gira– las fabulosas imágenes que me ha hecho llegar, me dispongo a explicarme sobre la velada de Daniel Barenboim y la West-Eastern Divan en el Teatro Auditorio de San Lorenzo de El Escorial el pasado sábado 19 de septiembre con más detalle de como lo hice en su momento: lo que escribí en este blog no eran más que las líneas que había mandado por WhatsApp a los amigos. Lo voy a hacer despacito, en tres partes y tras audiciones comparadas en casa. Creo que la ocasión lo merece: hablamos de uno de los más grandes intérpretes musicales de los últimos cien años.

Entró Daniel Barenboim muy despacito y visiblemente desmejorado. Tres días antes había cancelado en Dortmund el comienzo de esta gira importantísima que pasa nada menos que por París éxito descomunal, me cuentan, Ámsterdam, Hamburgo y Viena. Aun habiendo sustituido Heroica por Renana, tenía delante una jornada agotadora para alguien en su condición. Y empezó nada menos que con la Sinfonía inacabada –me convence mucho más lo de Incompleta, pero esa es otra historia– de Franz Schubert, un caballo de batalla con el que no siempre ha logrado entenderse.

Hago un repaso con ayuda de esta discografía comparada. Su primera grabación fue la de 1984 con la Filarmónica de Berlín: personalísima pero inmadura, dramática a más no poder al tiempo que desatenta a lirismo, sensualidad y elevación espiritual. Sigue la filmación de 1992 con la misma orquesta en, qué casualidad, la Basílica de San Lorenzo de El Escorial. Versión en parecida línea a la anterior, pero más flexible e inspirada, globalmente magnífica. Muy pocos días después se la escuchamos en el Teatro de la Maestranza por aquello de la Expo'92, en el que fue mi primer concierto de Barenboim.

El siguiente testimonio es una filmación de 2018 en Pekín disponible en YouTube (aquí arriba). He vuelto a escucharla hoy mismo y me ha gustado ahora más que antes: siendo cierto que es una interpretación de acongojante fuerza trágica, creo que fui injusto al decir que se quedaba corta a la hora de atender al lirismo de la partitura. Tengo que arreglar la discografía y cambiar la puntuación del 8 al 9. Al año siguiente se realiza una filmación comercial con la WEDO en el Festival de Salzburgo. También la he vuelto a escuchar, pero sigue sin convencerme del todo: el avance en el concepto está ahí, el equilibrio entre lirismo y drama ya se encuentra plenamente conseguido, pero ni la orquesta está a la altura ni la batuta consigue siempre la inspiración que la música demanda. A 2022 corresponde la filmación con la Staatskapelle de Berlín que estuvo disponible en Medici TV: no he podido repasarla.

Llegamos así al milagro con la Filarmónica de Berlín en octubre de 2025. Asistí a dos de las funciones en la Philharmonie, y luego vi la filmación de la Digital Concert Hall varias veces en casa. Ahora he vuelto a hacerlo. Tengo claro que es la interpretación que más me gusta de cuantas he escuchado, junto a la de Karl Böhm y la Filarmónica de Viena. Lentísima, de una belleza turbadora, sin la extrema fuerza dramática de otras ocasiones pero, esta vez sí, con todo ese vuelo lírico, esa cantabilidad y ese humanismo que se esconde en las notas y que pocos maestros han logrado revelar en su plenitud. Sin discusión, la orquesta tiene muchísimo que ver con el resultado. Ojo, no estoy diciendo que los Berliner pongan aquello que a Barenboim le falta: si así fuera también compensarían, pongamos por caso, las mediocridades de Kirill Petrenko. Lo que afirmo es que a ellos el maestro sí que les puede pedir pianísimos imposibles, gradaciones dinámicas depuradísimas, inflexiones extremadamente minuciosas y otras cosas que a otras formaciones, por muy buenas que sean, no conviene demandarles. Tampoco vamos a ningunear, faltaría más, la excelsa musicalidad de los primeros atriles.


Me han pasado un testimonio sonoro de lo de El Escorial. Precario, pero más que suficiente para repasar qué es lo que allí se escuchó. Empecemos por los tempi: 17'14'' el Allegro moderato, 11'43'' el Andante con moto. La interpretación de Pekín, siempre eliminando aplausos y toses entre movimientos, alcanzaba 11'42'' y 10'55''. La de Berlín, nada menos que 17'45'' y 12'49, sumando un total de 30'34''. La de El Escorial se queda en 28'57'', que no es poco. Interpretación bastante más lenta que la media, pues, sin llegar al extremo de la berlinesa. No me lo pareció así sentado en el Teatro Auditorio, quizá porque me había acostumbrado a los tempi del pasado octubre, o quizá porque Barenboim, por muy físicamente mermado que estuviera, supo mantener el pulso y dotar de continuidad al discurso. En ningún momento percibí morosidad.

Lectura por completo tradicional en la praxis, ahí no había la menor duda: sonoridad musculada, amplio legato, incisividad moderada y un altamente desarrollado sentido orgánico del discurso. Añadamos a esto ese relativo alejamiento de las densidades que el maestro anda buscando en el repertorio del clasicismo y primer romanticismo desde que modificó sus planteamientos interpretativos a principios de nuestro siglo. Este Schubert le suena a Schubert, no a Beethoven ni a Bruckner, por mucho que quiera dejar constancia de las conexiones con ambos mundos.

Dicho esto, no se alcanzó la perfección formal. Siendo la WEDO una orquesta más que notable, en esta ocasión la cuerda no ofreció en todo momento esa depuración sonora tan difícil de conseguir en esta complicadísima sinfonía, no se resolvieron con limpieza esos geniales acordes que cierran el primer movimiento, los metales no terminaron de sonar redondos, se echaron de menos algunos matices y no se ofrecieron esos mágicos pianísimos que sí hicieron acto de presencia con la Filarmónica de Berlín. ¿Razones? Quizá el maestro, parco en el gesto por cuestiones de motricidad, pudo no ser del todo efectivo en las indicaciones. Tal vez la orquesta estaba nerviosa o desconcentrada, o simplemente en esta gira no tiene una plantilla tan espléndida como en otras ocasiones. Por otra parte, parece claro que el de Buenos Aires no quiso demandar a sus músicos aquello que solo está reservado para Berliner, Wiener y compañía. 

Lo cierto es que semejantes insuficiencias a mí me parecen muy relativas. Son ellas las que impidieron que se alcanzara la magia incomparable y probablemente irrepetible de Berlín, pero a mí me parece –he escuchado la grabación corsaria tres veces– que la allí escuchada fue una magnífica versión: estilo por completo certero, pulso admirablemente sostenido, lógica en la construcción, perfecto equilibrio entre drama y elevación espiritual, canto hermosísimo, fuerza en los clímax, belleza ajena al preciosismo o la blandura –defecto muy habitual aquí–, musicalidad plena y elevadísima comunicatividad.

Releo antes de cerrar estas líneas dos de las críticas oficiales del evento y no salgo de mi asombro. Es posible que yo esté sordo, que mi indisimulado entusiasmo hacia el arte de Barenboim me haya hecho escuchar lo que no hubo y no percibir en absoluto los que otros dicen haber percibido. Sí, es posible y ustedes están en su derecho a planteárselo. Pero también cabe la posibilidad de el que desea escuchar determinadas cosas para ponerlas por encima de otras mucho más importantes, o sencillamente el que está sordo, no sea el autor de este blog.

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