La primera vez que estuve en Londres fue en el verano de 1997. Pasé varios días allí. Me entusiasmé con la ciudad, con sus museos –particularmente el Victoria and Albert– y con su vida musical, al tiempo que me produjeron rechazo la suciedad de algunos barrios, la mala calidad de sus trenes –el destrozo de los servicios públicos organizado por la infame Margaret Thatcher se dejaba notar–, la mediocridad de la comida y, sobre todo, los terribles precios que había que torear a base de comer sándwiches y alojarse en sitios incómodos. En cualquier caso, cada cierto número de años quise volver allí, casi siempre procurando que me coincidiera con algunos proms interesantes. Seguí disfrutando mucho, pese a los serios reparos apuntados. Luego el Brexit me hizo dejar de acudir.
He vuelto ahora, en una estancia improvisada de cuatro noches. Me ha dado mucha rabia tener que pagar una tarifa especial para cruzar las fronteras, y mucho más sufrir una tremenda multa por no tener en mi Oyster Card –la tarjeta de los transportes públicos– la tarifa especial del tren al aeropuerto: a ver si saco tiempo para escribir una entrada de advertencia sobre lo que me ha parecido una obvia trampa para turistas poco habilidosos con la maquinita de sacar tíquets.
Hago memoria sobre aquella visita de 1997. ¿Qué ha cambiado en Londres? Se ha mejorado en limpieza. Quizá haya menos sordidez en la zona del Soho. Los transportes ahora no dan asco. En contrapartida, todo está mucho más masificado, las colas llegan a ser insoportables, los alojamientos continúan en su línea, la comida sigue dejando bastante que desear, la climatización para soportar el calor brilla por su ausencia y los precios han superado su propio récord: ahora andan por las nubes. Ah, lo que antes era un paraíso para el discófilo es ahora un desierto. Las grandes tiendas pasaron a mejor vida, y las que quedan tienen cositas muy contadas: imposible comprar de primera mano algo de música clásica en el centro de la ciudad que no sean los últimos lanzamientos de Lang Lang o Gustavo Dudamel.
Siguen quedando la mágica tienda de segunda mano en Notting Hill –en el sótano se pueden comprar CD de primeras marcas con precios entre las cinco libras y los diez peniques–, las ardillas de Hyde Park, los Proms, los musicales –carísimos– y los museos –en su mayor parte gratuitos–. ¿Merece la pena volver a la ciudad? Creo que sí, pero solo si se cuenta con bastante dinero, se tiene mil ojos con las trampas para arañar tu tarjeta de crédito –el pago en efectivo ha desaparecido– y se es consciente de que te van a tratar como un ciudadano de tercera o cuarta categoría. Brexit IS Brexit.


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