La Sinfonía nº 8 de Anton Bruckner es una de mis partituras sinfónicas favoritas de todo el repertorio. Aunque sigo algo enfermo, he sacado fuerzas para recopilar y editar textos que ya tenía publicados, añadiendo otros que se encontraban inéditos para así ofrecer un pequeño panorama de la discografía de esta obra maestra. Faltan muchísimas grabaciones, claro está: he hecho lo que he podido.
No entro en la cuestión de las ediciones de la partitura. Quien desee más información al respecto, puede acudir a la imprescindible página a la que lleva este enlace. Por lo demás, pido disculpas por lo aburridos que puedan resultar los textos. Olvídenlos y escuchen esta música. De rodillas, a ser posible.
1. Furtwängler/Filarmónica de Berlín (Testament, 1949). Pocos directores como Furt –que utiliza su propia edición de la partitura: sobra algún platillazo– para ofrecer una lectura incandescente, escarpada y a tumba abierta; lacerante y con frecuencia pavorosa, comprometida, creativa y arriesgada a más no poder, y desde luego muy alejada de la poesía contemplativa, de cualquier clase de misticismo y –desde luego– de la grandeza retórica. Ua postura tan discutible como fascinante, pero hay dos reparos. El primero tiene un problema conceptual: los famosos tirones de tempo furtwänglerianos no terminan de casar con la peliaguda arquitectura de Bruckner, y de hecho otros maestros se han encargado de demostrar que con un pulso mucho más regular se pueden conseguir dosis similares de tensión interna. El segundo es más concreto: no es que resulte furioso, es que directamente le sale convulso, precipitado y hasta machacón. La cinta editada por Testament, de sonido digno para la época, se corresponde con la ejecución del 14 de marzo realizada para la radio, sin público, y no debe confundirse con la toma en vivo del día siguiente editada por EMI y otros sellos. (8)
2. Jochum/Filarmónica Estatal de Hamburgo (DG, 1949): Sin ser redonda, esta lectura sincera y a tumba abierta aporta un punto de vista muy interesante. El primer movimiento es rápido, seco, e implacable. El segundo, de nuevo áspero y dramático, se precipita en exceso, pero venturosamente evita lo cuadriculado y lo rutinario. El Adagio se encuentra paladeado con tranquilidad, pero no por ello carece de fuerza y tensión dramática, culminando en un clímax rebelde y nada grandioso. El cuarto vuelve a ser seco y contundente. En conjunto, una interpretación nada mística ni melancólica, quizá no del todo densa ni profunda, pero llena de terror, dramatismo y rebeldía. La orquesta está bien. Toma de sonido extraordinaria para la fecha. (9)
3. Klemperer/Sinfónica de la Radio de Colonia (Medici Arts, 1957). No resulta fácil reconocer al de Breslau en esta lectura todo lo escarpada, terrorífica y alejada del misticismo complaciente que en él se podría esperar, pero también mucho más encendida, inmediata e incluso arrebatada de lo que hubiésemos imaginado, además de mucho más rápida de lo que el veterano maestro ya acostumbrada por aquellas fechas. Incluso los dos primeros movimientos, los menos conseguidos, llegan a resultar un tanto precipitados. Tampoco es que la orquesta de lo que hoy es la WDR sea precisamente su Philharmonia. (8)
4. Knappertsbusch/Filarmónica de Múnich (MCA, 1963). Haciendo uso de la hoy periclitada revisión de 1892, a la que siempre se mantuvo fiel, Kna registró en estudio esta recreación en la que dejó bien patente que su visión de la partitura se decanta por completo por los aspectos líricos de la misma, haciendo gala de un fraseo muy natural, de ese sonido aterciopelado característico en el maestro –y eso que la orquesta no es precisamente la Filarmónica de Viena– y de una espiritualidad muy hermosa, en absoluto meliflua. Por desgracia, Hans el Rubio no solo se desinteresa por la vertiente dramática y visionaria de la obra, sino que se muestra incapaz de adecuar la adecuada tensión sonora a la complicada arquitectura de la página por lo que, pese a que aquí y allá realiza aportaciones personales de relativo interés –hermosos reguladores, ritenutos y ralentizaciones algo efectistas–, demasiados pasajes resultan flácidos, mortecinos, escasos de garra. El resultado termina siendo deslavazado. incluso aburrido. (7)
5. Klemperer/New Philharmonia (EMI, 1970). Han pasado trece años desde su grabación radiofónica en Colonia, lo suficiente para comprobar cómo en ese periodo de tiempo Klemperer, ya situado nada menos que en los ochenta y cinco cuando realizó este registro en el Kingsway Hall, transformó sustancialmente su arte ralentizando de manera considerable los tempi, distanciándose en lo emocional, adoptando una postura eminentemente analítica y acentuando los aspectos más rocosos, sarcásticos y antirrománticos de su personalidad. De este modo, esta Octava tocada de manera insuperable por una Philharmonia aplastantemente superior a la orquesta alemana, ha perdido en inmediatez, angustia, rebeldía y carácter escarpado, pero ha ganado muchísimo en rigor arquitectónico, control, claridad, concentración y –pese a todo lo dicho– grandeza espiritual, aunque siempre en esa línea escasamente mística y trascendida propia del maestro. Increíble el Scherzo: lentísimo, inigualable, discutible a más no poder y seguramente genial, sobre todo por un Trío tan distanciado como anhelante y, al mismo tiempo, indisimuladamente trascendido, auténtica llama fría ante la que resulta imposible resistirse. Los cortes en el Finale, eso sí siguen ahí, porque a Klemperer le da la gana. Magnífico el reprocesado de 2023 en HD. (9)
6. Kempe/Tonnhalle de Zurich (Somm, 1971). Da gusto escuchar una versión así, tan sincera y comprometida, abiertamente dramática, dicha a tumba abierta, con unos clímax de una crispación que pone los pelos de punta, pero justo es reconocer que el maestro alemán, con su fraseo premioso y sus abundantes tirones de tempo, no consigue construir una arquitectura lo suficientemente sólida ni obtener la concentración necesaria para profundizar en los aspectos más líricos y espirituales de la página. Interesante la remasterización cuadrafónica que circula por ahí. (7)
7. Mehta/Filarmónica de Los Ángeles (Decca, 1974). Esta es una interpretación juvenil –el maestro indio contaba treinta y ocho años–, para lo bueno y para lo menos bueno. Hay brillantez bien entendida, comunicatividad, enorme dominio de la masa orquestal y muchas, muchísimas ganas de hacer música. Pero también se aprecia una evidente inmadurez, sobre todo en los movimientos iniciales, dichos de manera bastante superficial; el gran clímax con que concluye el primero de ellos suena ajeno a la agónica desesperación que reclaman los pentagramas. El Adagio funciona bastante mejor, y hubiera sido magnífico de no ser por la planificación brusca y aparatosa de su sublime clímax central. Soberbio el Finale, poderoso y elocuente, irreprochable en el idioma bruckneriano hasta que, lástima, se llega a una coda a la que le falta grandeza. La orquesta rinde de manera formidable y se encuentra recogida por una toma espléndida. (8)
8. Karajan/Filarmónica de Berlín (DG, 1975). En enero y abril de 1975 el de Salzburgo comenzó su ciclo Bruckner para el sello amarillo con una Octava muy “de estudio”. Antes que vehemencia, inmediatez o intensidad expresiva, lo que se busca es la perfección formal, no solo en lo que a ejecución se refiere, sino también en planificación tanto vertical como horizontal. ¡Y vaya si lo consigue! Probablemente hasta esa fecha, con la excepción de Klemperer/Philharmonia, no se había escuchado una recreación tan increíblemente bien tocada, tan depurada y bella en la sonoridad, tan organística en la sonoridad y –al mismo tiempo– tan bien clarificada, tan sólida en su arquitectura y construida con tanta lógica hasta sus clímax. Todo ello, lo más importante, lo hace el maestro –al contrario que en otras ocasiones en este y otros repertorios– sin desmelenarse en decibelios, sin dejarse llevar por la mera opulencia y sin recrearse en preciosismos. Serio, objetivo y quizá un punto más distante de la cuenta –sobre todo en el primer movimiento–, aquí Karajan se muestra –solo en un instante se deja llevar: las trompetas antes del primer golpe de platillos– extraordinariamente riguroso en la expresión. E idiomático al cien por cien, faltaría más. Cierto es que hay algún error de concepto puntual –muy poquita cosa el oboe después del primer clímax– o general –el Trío no resulta nada inquietante–, pero a cambio Karajan nos deja un Adagio hermoso, cálido y comunicativo como pocos se hayan escuchado. Imponente, catedralicio el Finale. El BR Audio a nada menos que 192 kHz permite disfrutar a tope de una toma natural, equilibrada y transparente realizada en la Philharmonie. (9)
9. Jochum/Staatskapelle de Dresde (EMI, 1976). El maestro sigue teniendo en mente el concepto crispado de su mítica grabación de Hamburgo, pero los resultados ahora son mucho menos interesantes, sobre todo por un primer movimiento en el que se deja llevar por el nerviosismo y cae en la aparatosidad; la planificación es deficiente y no aflora la amenaza interna de la música, que queda sustituida por el decibelio. En la misma línea el Scherzo, del que al menos se pude rescatar un muy correcto Trío. Espléndido el Adagio: ahora sí, Jochum consigue la concentración necesaria, destilando belleza y ofreciendo calidez sin bajar la guardia, teniendo muy presente la angustia existencial de la partitura; peculiar la manera de construir las tensiones hacia el gran clímax, pese a que el estado de los metales de la formación sajona juega en su contra. El Finale, al contrario que los dos primeros movimientos, se encuentra bien planteado y se resuelve de manera medianamente satisfactoria; formidable la coda, que arranca de manera mágica y culmina con el adecuado desgarro. (8)
10. Böhm/Filarmónica de Viena (DG, 1976). Aun sin llegar a los niveles de excelsitud de su referencial Cuarta tres años anterior, Böhm ofrece una lectura globalmente admirable en la que hay que destacar la extraordinaria planificación de la arquitectura, la transparencia orquestal y la fabulosa respuesta de una Wiener Philharmoniker en su mejor momento a la que el maestro, de manera milagrosa, hace sonar con la mayor belleza posible sin que ésta sea nunca un fin en sí mismo, y por ende sin hacer concesión a preciosismos ni trivialidades. Al contrario, el enfoque de la batuta es austero y dramático, ajeno no sólo a los citados devaneos, sino también al misticismo, a la sensualidad e incluso a la calidez humana. Por eso mismo el primer movimiento, decidido y dramático, incluso un punto áspero, puede parecer algo más premioso de la cuenta; al menos, no todo lo misterioso que podría ser, y no del todo atento a ese lirismo acongojante que destilan las notas. Riguroso, implacable y sin concesiones el Scherzo, magníficamente trazado y con detalles de enorme clase, aunque quizá también un punto rígido; el Trío se queda más bien en la superficie si lo comparamos con el milagro de Klemperer, pero eso les pasa a todos. El Adagio es una maravilla, con unos violonchelos vieneses haciendo esos prodigios que solo ellos saben, pero sin que a Böhm se le mueva un pelo. El cuarto movimiento, en fin, resulta un prodigio de trazo y de convicción, siempre dentro de este enfoque escasamente retórico, poco preocupado por la opulencia del sonido y dispuesto a ser al mismo tiempo dramático y épico sin decantarse por ninguna suerte de triunfalismo. La toma es de gran calidad, y su bajo volumen garantiza una amplia gama dinámica, pero lo cierto es que no tengo nada claro que el reprocesado de Esoteric en SACD suene mejor que el CD de Deutsche Grammophon de toda la vida. (9)
11. Karajan/Filarmónica Viena (DVD DG y Stage+, 1979). Esta filmación en San Florián es un hito de la historia de la fonografía de la música sinfónica. En ella un Karajan atípico –fuertemente medicado justo antes del concierto debido a unos terribles dolores de espalda, según me comentó un lector– construye una versión sin ninguna belleza hedonista, escasamente melancólica. Tampoco hay grandilocuencia alguna, pero sí una incomparable tensión dramática que, eso sí, se encuentra bajo el más absoluto control: las tensiones se encuentran medidas al milímetro y los clímax alcanzan una especial rebeldía, aunque no hay un solo arrebato momentáneo que haga perder la concentración. La orquesta está maravillosa, si bien en una línea mucho menos bella, más áspera y aristada, de cómo lo hará en su posterior versión digital con el mismo director. ¿La mejor Octava? Pues sí. Bueno, vale, está la de Celibidache en Lisboa, pero eso es un secreto entre usted y yo. (10)
12. Barenboim/Sinfónica de Chicago (DG, 1980). En la que es su primera grabación de la partitura, Barenboim deja ya bien claro que la suya no es una visión lírica, menos aún mística, sino abiertamente escarpada, dramática y visionaria, por momentos verdaderamente terrorífica. A poner en sonido su concepto, atrevido y un tanto unilateral, le ayudan una asombrosa concentración en la arquitectura –solo la coda final, por querer ser por completo antirretórica, se precipita un poco– y una orquesta brillantísima capaz de ofrecer los fortísimos más atronadores que imaginarse puedan –increíble matización de la gama dinámica– sin perder redondez y empaste. La toma de sonido sigue siendo en 2026 una de las mejores que se han escuchado en esta obra. (9)
13. Jochum/Sinfónica de Bamberg (YouTube, 1982). Cortesía de la NHK tenemos esta filmación en Tokio en la que Jochum, al frente de una orquesta de buen nivel, nos deja su más tardía aproximación a la partitura. Los dos primeros movimientos son rápidos e implacables y están llenos de tensión, amenaza y desgarro, pero el discurso resulta un tanto cuadriculado y la música no respira lo suficiente, por lo que se pierden vuelo lírico y emotividad. El Adagio es magnífico, sabiendo conjugar cantabilidad y hondo dramatismo a la perfección. El Finale, brillante pero precipitado, está en la línea de los dos primeros, logrando impactar pero no emocionar. (8)
14. Giulini/Orquesta Philharmonia (BBC, 1983). Una pena que este registro en vivo sea de origen radiofónico y tenga que lidiar con la problemática acústica del Royal Festival Hall, porque en él el maestro de Barletta adopta una postura intermedia entre sus maneras de la “segunda madurez” de los setenta” y la “tercera madurez” de los ochenta. Incluso se podría decir que aquí Giulini es un poco menos el Giulini que se podía esperar. Al menos en los movimientos extremos, no del todo efusivos en sus partes líricas y sí muy escarpados, implacables (¡tremendo el arranque del Finale!), incluso ásperos. Ideal en este sentido la Philharmonia, de cualidades muy distintas a las filarmónicas de Berlín y Viena. No particularmente visionario, pero sí interesantísimo el Scherzo: en lugar de decantarse por lo terrorífico, el maestro aporta lirismo, plasticidad y flexibilidad para mostrarnos una nueva cara de esta página. En el Adagio Giulini sí que es él mismo, mas sin bajar la guardia. Su mejor registro de la obra, en definitiva. (10)
15. Giulini/Filarmónica de Berlín (Testament, febrero 1984). Tres meses antes de su grabación oficial con Viena, Giulini ofrece una interpretación que hace gala de esa naturalidad en el fraseo que caracteriza al maestro, que luce un legato admirable, una cantabilidad de la mejor ley y una sensualidad para derretirse, como también la tensión interna y la garra dramática que exigen esta música, amén de el particular sonido bruckneriano –ideal la orquesta– y su perfecto empaste polifónico. El primer movimiento resulta todo lo tenso y escarpado que debe, pero posee también una profunda espiritualidad que se hace aún más evidente en el segundo, que como en su anterior testimonio londinense vuelve a ser revelador. El Adagio es hermosísimo, sin necesidad de ser muy doliente. El movimiento menos admirable es el último, no todo lo visionario que pudiera haber sido, sobre todo en la coda. (9)
16. Giulini/Filarmónica de Viena (DG, 1984). Conceptualmente es una lectura muy equilibrada entre lo lírico, lo épico y lo dramático y, por ende, no muy aristada, rebelde ni visionaria, pero sí dotada de una admirable cantabilidad y poesía. El primer movimiento posee aquí apreciable concentración, sin resultar especialmente tenso. El segundo movimiento está muy bien. El tercero es bastante más lento que en las grabaciones anteriores del maestro, destacando por su particularmente lírica poesía. El cuarto es magnífico, en esta ocasión más lento y paladeado. La orquesta, ninguna sorpresa aquí, está impresionante. (9)
17. Giulini/World Philharmonic (DVD Euroarts, 1985). Al frente de una orquesta que se queda algo corta, el maestro repite el concepto del año anterior presidido por ese sentido humanístico propio de su arte. Por desgracia, al primer movimiento le falta algo de fuerza y compromiso expresivo, incluso de concertación. Tampoco convence el Trío del Scherzo. Espléndido el Adagio: su arranque posee mayor vehemencia que en su lectura oficial del año anterior en Viena y, en general, pierde en humanismo lo que gana en carácter anhelante. Notabilísimo el Finale, no especialmente visionario, pero sí dotado de una incontestable grandeza espiritual. La calidad de imagen deja que desear para la fecha. (8)
18. Karajan/Filarmónica de Viena (DG y Sony DVD, 1988). Aquí Karajan, a diferencia de su filmación del 79, sí que es Karajan propiamente dicho, ofreciendo una lectura que se recrea en los contrastes sonoros y en la belleza incomparable que ofrece la orquesta, pero que sabe al mismo tiempo resultar emotiva y sincera sin perderse en preciosismos. Ciertamente carece de la tensión dramática de un Böhm, o de la cantabilidad y el humanismo de un Giulini, pero aporta a cambio una importante dosis de brillantez, sin caer apenas en lo efectista –se buscan los contrastes dinámicos extremos marca de la casa, faltaría más– e inyectando grandes dosis de rebeldía en los clímax. En cualquier caso, los dos movimientos iniciales no son redondos: en el primero se detectan algunas caídas de pulso, algunas discontinuidades que hacen el arco de tensiones menos implacable, mientras que al Trio del Scherzo se le podría sacar más partido. Pero el tercer movimiento es tan bello como emotivo –qué planificación más natural, qué manera tan maravillosa de desarrollar tensiones y distensiones– y el cuarto, sin duda genial, alcanza una fuerza visionaria abrumadora, independientemente de que se pueda preferir una coda no tan épica y más dramática. Aparte del CD editado por el sello amarillo, existe una filmación realizada por el propio Karajan con su habitual gusto de ribetes nazis: ya saben, trompetas perfectamente alineadas y todo eso. De las dos ediciones realizadas por Sony, es el canal surround de la primera de ellas, la de 1992, el que ofrece los resultados sonoros más espectaculares, aunque la manipulación de la fuente original en los estudios nipones resulta más que probable. Sensacional el sonido en el SACD de Esoteric, pese a que en el tercer movimiento los graves de los contrabajos llegan a ser excesivos. (9)
19. Solti/Sinfónica de Chicago (Decca, 1990). Esta espléndida toma en vivo realizada en San Petersburgo deja bien claro que, al igual que Solti maduró como director bruckneriano –y se diría que como intérprete en general– en los años ochenta, en la década siguiente empezaría a perder el nivel alcanzado. Por descontado que la planificación es portentosa, que la polifonía está plenamente atendida, que la claridad es admirable, que el fraseo resulta tan natural como concentrado –ni nerviosismo ni precipitaciones, como tampoco blanduras o languideces–, que los picos de tensión se alcanzan con una lógica portentosa y que la increíble sección de metales de la orquesta está plenamente aprovechada para ofrecer una brillantez fuera de serie sin que esta traiga consigo la ampulosidad o el exceso de retórica. Sin embargo, el maestro no acierta: aunque no es él precisamente, por su propia personalidad interpretativa, quien vaya a regatear los aspectos más dramáticos y escarpados de la partitura, la falta de inspiración se hace evidente. Todo suena un tanto lineal, frío, distanciado, los clímax resultan más externos que sinceros y la sensualidad y la hondura humanística se pierden por el camino. En el Finale se consiguen los mejores momentos, aunque este tampoco es redondo y la coda decepciona de manera considerable: suena equivocadamente épica. (8)
20. Celibidache/Filarmónica de Múnich (Sony SACD, 1990). Esta filmación en vivo en Tokio fue el primer testimonio comercializado de la Octava de Bruckner por Celi, en su momento parte de una serie de Laser Disc en la que también se incluían la Sexta y dos versiones de la Séptima. Como era de esperar, a quienes no habíamos tenido todavía –yo le pude pillar una Tercera– la oportunidad de escucharle en directo dirigiendo a este autor quedamos profundamente impresionados por sus particulares maneras de hacer: tempi lentísimos (97’41’’, aunque en su grabación de 1993 llegará los increíbles 104’), extrema depuración sonora por completo ajena a preciosismos, absoluta claridad polifónica, sonoridades “organísticas” ideales para el compositor y, sobre todo, una increíble planificación de las tensiones que, pese a los tempi adoptados, permite alcanzar clímax de implacable fuerza visionaria al tiempo que se paladean hasta el límite las hermosísimas melodías. Todo ello dentro de un concepto filosófico y espiritual, pero en absoluto meramente contemplativo, sino también muy atento al drama existencial que se esconde tras las notas. Se puede preferir un primer movimiento más desasosegante y escarpado, así como un Schrzo donde el terror resulte más presente, pero es difícil resistirse ante la infinita poesía del tercero y ante la monumental grandeza (¡sin rastro de ampulosidad ni de retórica!) de un Finale construido con mano verdaderamente maestra. El sonido en SACD es espléndido. (10)
21. Celibidache/Filarmónica de Múnich (EMI, 1993). Celi repite el concepto de su interpretación en Tokio dos años anterior, ahora con unos tempi sensiblemente más lentos en los dos últimos movimientos, aunque con resultados no menos memorables. Personalmente prefiero un enfoque más rebelde, ominoso y terrible en los dos primeros movimientos, menos espiritual y esencializado que el que adopta aquí Celibidache, pero es imposible resistirse ante tan genial muestra de planificación –las tensiones están construidas de manera milagrosa a pesar de la enorme lentitud–, de plasticidad en el manejo de la masa orquestal, de dominio de la polifonía, de cantabilidad en el fraseo y, en general, de convicción expresiva. El Adagio difícilmente encontrará parangón en la discografía en su perfecta fusión de emotividad y control de la arquitectura, mientras que en el Finale, pese a resultar poderosísimo y avanzar de manera implacable, se iluminan multitud de recovecos de lirismo que generalmente pasan desapercibidos. Lástima que la orquesta no sea la mejor posible y que la toma sonora no esté a la altura de la época. (10)
22. Sinopoli/Staatspakelle de Dresde (DG, 1994). Vistosa, extrovertida pero epidérmica versión, que nunca aburre al estar bien llevada y recrearse en la brillantez de los metales y en los contrastes dinámicos, pero que se queda en la superficie de la obra: suena insincera. La coda del primer movimiento resulta muy indiferente. Al menos se agradece el interés por paladear el trío del Scherzo y todo el Adagio. Eso sí, la belleza sonora y el virtuosismo de la orquesta hacen subir el nivel, y la grabación es portentosa. (7)
23. Barenboim/Filarmónica de Berlín (Teldec, 1994). Al frente de una orquesta tan asombrosa como la de Chicago de su registro anterior y aún más adecuada para este autor, Barenboim repite su enfoque dramático, sincero y a tumba abierta, pero más rápida y menos concentrada, lo que se traduce en un primer movimiento igualmente implacable pero no tan atmosférico y ominoso, y en un Scherzo aquejado de un evidente exceso de nervio. El resultado lo equilibra un Adagio más cálido y emocionante, y un Finale quizá un punto más aquilatado en su arquitectura. La toma sonora, siendo espléndida, carece de la espacialidad y gama dinámica de la grabación de DG. (9)
24. Haitink/Filarmónica de Viena (Philips, 1995). Versión extraordinariamente bien construida, de gran claridad y admirable matización dinámica. Se encuentra, además, dotada además de una gran belleza sonora pese a que la batuta no se interesa demasiado por el color, sobre todo el de las maderas. Lo malo es que Haitink se muestra en exceso distanciado, sobre todo en un primer movimiento muy aburrido, falto de poesía, tensión y drama. El segundo está muy bien, el tercero es irregular y el Finale resulta magnífico. (8)
25. Boulez/Filarmónica de Viena (DVD Euroarts y CD DG, 1996). Soberbia arquitectura, sin devaneos, consiguiendo clímax de enorme tensión –como el del primer movimiento o la coda del Finale– y muy hermosa y elegante la sonoridad, sin renunciar a lo escarpado. El problema es que Boulez atiende a los aspectos dramáticos de la partitura mas no a los líricos, faltando efusividad en el fraseo, calidez y trasfondo humanista. Así las cosas, el primer movimiento solo convence al llegar a su desgarrador clímax, para pasar seguidamente a una coda aséptica. Muy bien el Scherzo, pero su Trio está dicho de pasada. El tercer movimiento conmueve poco, salvo en sus clímax. El cuarto está muy bien, pues Boulez define muy bien las líneas y lo expone con energía. La toma sonora satura los graves. (8)
26. Wand/Filarmónica de Berlín (RCA, 2001). Con ochenta y nueve años recién cumplidos y una tan amplia como irregular trayectoria bruckneriana a sus espaldas, ese director “de culto” que era Günter Wand ofreció una interpretación que, beneficiándose de la sonoridad robusta, oscura y empastada de la Filarmónica de Berlín, se apartó del esperable sendero otoñal para ofrecer una versión que sabe ofrecer toda la tensión interna y la garra que requiere esta complicada partitura, combinando así la cantabilidad en el fraseo con sonoridades apreciablemente rocosas y escarpadas. A destacar ciertos detalles creativos –no siempre convincentes– en el tratamiento de la agógica y la grandeza conseguida en un final amplio y solemne, pero carente por completo de retórica vacua. (9)
27. Nagano/Deutsche Symphonie-Orchester Berlin (DVD Arthaus, 2005). Sorprende que del maestro estadounidense, tan poco asociado a la música de Bruckner, nos llegue una Octava de tan alto nivel. Altura que viene dada, fundamentalmente, por su perfección técnica: no solo obtiene un soberbio rendimiento de la antigua orquesta de la RIAS, sino que planifica con excelencia tanto en lo horizontal como en lo vertical. Todo está en su sitio, todo es transparente, los planos sonoros se encuentran equilibrados y la arquitectura discurre con una lógica y naturalidad aplastantes, sin dar lugar a nerviosismos ni a puntos muertos. Interpretativamente el logro no es tan grande: quizá el enfoque apolíneo no sea el más apropiado para una obra como esta, que parece pedir una aproximación más a flor de piel, más atmosférica y con un carácter visionario más acentuado. En cualquier caso, los dos últimos movimientos –muy hermoso el Adagio– funcionan mejor que los primeros. La filmación deja que desear: planificación visual caprichosa y mareante. (8)
28. Thielemann/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2008). Por descontado que el lenguaje es el adecuado, que la sonoridad –germánica hasta la médula– es idónea, que el trazo es firme y que está por lo demás muy brillante y sólida interpretación no conoce caída en la retórica, la ampulosidad o la pesadez. Pero el riesgo, la creatividad y el compromiso expresivo de antes se ven ahora sustituidos –o al menos esa es mi impresión– por el distanciamiento, la ortodoxia menos interesante y hasta la rutina. El primer movimiento desprende cierta sensación de frialdad, y solo al llegar a su acongojante clímax la tensión parece llevar a alguna parte; la muy indiferente coda nos deja sumidos en la asepsia. Mejoran las cosas en el Scherzo, mucho más trabajado y muy convincente; el Trío no lo huele. El Adagio está muy bien construido, pero no hay rastro de esa emotividad, de ese profundo sentido humanista que convierten a esta página en una de las cimas de toda la música sinfónica. Y muy bien el Finale, bien trazado y dicho con energía, aunque echándose de menos el carácter visionario que debe desprender su acumulación de tensiones. (8)
29. Thielemann/Staatskapelle Dresden (Hänssler, 2009). Aquí el maestro berlinés parece estar mejor. Bruckner muy robusto, denso y corpulento, muy masivo, con grandes contrastes sonoros, muy a lo Karajan, pero acertadamente rebelde y hasta crispado; poco contemplativo, pero no por ello escaso de poesía. Eso sí, hay alguna que otra frase algo más frágil de la cuenta y ciertas caídas de tensión. El primero movimiento es lo que menos convence por sus irregularidades en la tensión interna, aunque el clímax es muy encrespado y emocionante. Indiferente otra vez la coda. Muy poderoso el Scherzo. Admirable el Adagio, sin llegar a las mayores cotas de humanidad posibles. En el Finale hay frases que podrían estar más paladeadas, pero la tensión se acumula de manera implacable. Toma sonora confusa y estridente. (9)
30. Barenboim/Staatskapelle de Berlín (Blu-ray Accentus y CD DG, 2010). El nivel es altísimo gracias al perfecto idioma, al concepto que sabe aunar lirismo y rebeldía, a un pulso perfectamente sostenido que no cae en nerviosismos ni en innecesarios letargos contemplativos, a la gran atención a la claridad –hay incluso reveladores detalles en las texturas– y a una orquesta que responde estupendamente con un sonido bruckneriano cien por cien. El primer movimiento es rápido, apremiante, deteniéndose poco en crear atmósferas para optar abiertamente por el dramatismo implacable. El segundo resulta espléndido en su ortodoxia, no viéndose lastrado por el nerviosismo de su interpretación con la Filarmónica de Berlín. El Adagio es maravilloso, siempre dentro de un enfoque anhelante que, pese a su incandescencia, sabe hacer fluir a la música con lógica y naturalidad portentosas hasta alcanzar un clímax de enorme garra. El Finale, quizá el más redondo de la interpretación, posee mucha garra, evita precipitarse y acumula tensiones de manera tan sutil como implacable, cargándose de garra dramática sin caer en la brillantez meramente externa ni en la opulencia. La coda no es tan furiosa como en sus anteriores grabaciones y está recreada con mayor grandeza, sin ser la más visionaria de las que se hayan escuchado. En cualquier caso, la mayor aportación de este nuevo acercamiento es su naturalidad y su cantabilidad, atestiguando la afirmación del maestro de que el trabajo en el foso de su orquesta le permite realizar estas aportaciones. Sonido impresionante en Blu-ray. (10)
31. Blomstedt/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2015). Blomstedt juega con ventaja, porque no hay una sola orquesta en el mundo –incluidas Viena, Concertgebouw, Chicago y todas las que ustedes quieran– más adecuada para semejante partitura. Su empaste denso y prieto, su perfecto equilibrio entre masas sonoras, su robustísima cuerda grave y sus metales redondos, poderosos, pero nunca excesivamente brillantes o con afán de protagonismo, convierten la audición en toda una experiencia. Por supuesto, esto no serviría de nada sin una cabeza rectora que sabe lo que se hace, y aquí tenemos a un Blomstedt que construye la magna catedral sonora con absoluta perfección, sin languideces ni puntos muertos, fraseando con sutil flexibilidad, cantando las melodías con holgura, evitando toda pesadez y alcanzando los clímax, jamás retóricos ni hipertrofiados, con absoluta lógica y naturalidad. El problema es que sueco-estadounidense, maestro serio y profesional donde los haya, rara vez termina comprometerse con lo que toca. Se echa de menos un grado más de terror ante el abismo, de anhelo de encontrar respuesta en el más allá, de súplica agónica… También de sensualidad terrena, de profundidad mística y de exaltación visionaria. La coda, por otra parte, suena más épica que trágica. Para entendernos, una gran interpretación de “kapellmeister” de los de toda la vida, pero no una de esas que hacen plena justicia a la obra como una de las más geniales sinfonías que se hayan compuesto. (8)
32. Domingo Hindoyan/Sinfónica Simón Bolívar (YouTube, 2016). Interpretación de corte juvenil, antes escarpada que meditativa, de marcado sentido dramático, y todavía inmadura en su concepto. Arranca de manera admirable, con decisión y espíritu combativo, pero a medida que se desarrolla el primer movimiento se evidencia la falta de esa sensualidad, esa cantabilidad un tanto agónica y esa calidez que caracterizan a la música de Bruckner: los resultados son vistosos pero unilaterales en la expresión, y no del todo sinceros. El Scherzo no alcanza especial interés, pues aun estando bien tensado tiene poco que decir; cuando apuesta por leves frenadas y acelerones, no convence en absoluto. Muy bien el Adagio, que pese a su falta de efusividad poética y de carácter visionario se encuentra admirablemente planificado y cantado, dicho con naturalidad y con exquisito gusto, sin preciosismos ni puntos muertos. Espléndido el Finale, perfecto en su arquitectura y adecuadamente dramático, aun no convenciendo una coda en exceso épica, incluso triunfalista. La orquesta, de tamaño gigante, se queda bastante corta: la cuerda no termina de empastar y los metales son pobretones. Imagen 4:3 y sonido con gama dinámica recortada. (7)
33. Mehta/Filarmónica de Berlín (Digital Concert Hall, 2019). En este concierto previo a una gira por Japón, un Mehta recién salido de su lucha contra el cáncer que tiene que caminar con bastón y dirigir sentado ofrece una lectura con más oficio que inspiración, pero irreprochable en su idioma bruckneriano y trazada con absoluta perfección, el fraseo es plenamente orgánico, las tensiones están planificadas de manera inmejorable y la concentración se mantiene en todo momento. En lo expresivo se encuentra planteada desde un perfecto equilibrio entre lo lírico y lo dramático, lo contemplativo y lo escarpado. Quizá por eso al primer movimiento, expuesto con lógica aplastante, se le podría pedir un mayor sentido de la amenaza y unos clímax más escarpados: el resultado en absoluto es descafeinado, pero el maestro tampoco quiere ponerse al borde del abismo. Justo como ocurre en un Scherzo sensatamente planteado y mejor resuelto, aunque a Zubin le ocurre lo que a la mayoría de los directores en esta obra: el Trío no lo huele ni de lejos. Cuando llega el sublime Adagio la cosa cambia: aquí sí que aparece el Mehta no solo gran director, sino también gran artista. No solo hay en él fluidez, naturalidad y un portentoso tratamiento de dinámicas y transiciones, sino también sensualidad, elevación poética y sentido de los trascendente, aun siempre guardando el mencionado equilibrio: no encontramos en la religiosidad de Mehta nada de dulzón o de exceso de confianza en el más allá, pero tampoco su planteamiento es torturado ni rebelde. Dolor y aceptación se dan de la mano. El Finale está desgranado con mano maestra y culmina con una coda en absoluto hinchada, pero sí llena de la más noble grandeza. Lástima que la toma sonora, aun espléndida, adolezca de un poco de compresión dinámica cuando las efes se acumulan. (8)






















3 comentarios:
Enhorabuena. Muchísimas gracias, Fernando. Saludos desde Argentina.
Esa grabación de Karajan del 79 no es la que se suele editar en CD. A ver si la consigo.
Observador, espero que le guste el resultado.
Wink, la Octava de Karajan en San Florián nunca salió en CD. La de Boulez también en San Florián con la misma orquesta sí que lo hizo, en DG.
Publicar un comentario