Una seria urgencia médica me ha hecho pasar la mañana en el hospital, así que no he podido seguir nada del Concierto de Año Nuevo de la Filarmónica de Viena con Yannick Nézet-Séguin. En compensación he visto esta tarde, aunque sin tener el cuerpo para muchos trotes, el DVD editado en 2004 por DG con el que se celebró el 1 de enero de 1989: primero de los dos dirigidos por Carlos Kleiber. Magnífico, como todo el mundo sabe, pero se pueden hacer unos cuantos matices. Paso a comentarlo sin especificar autores, porque sería muy engorroso, y sin traducir los títulos de las obras menos famosas.
Se abrió el programa con el vals Aceleraciones, que deja ya claros cuáles van a ser algunos de los parámetros interpretativos del concierto: tempi rápido, fraseo ágil, gran elasticidad en la agógica y una sonoridad ligera, por momentos volátil, que se sitúa en el polo opuesto a lo que años más tarde en esta misma cita buscarán Riccardo Muti y Daniel Barenboim.
La Bauern-Polka pone en evidencia otra de las aportaciones de Kleiber hijo: sentido del humor muy desarrollado, festivo a más no pode y dotado de una mezcla de picardía y elegancia muy especial.
El vals Bei uns z'Haus pone de relieve el increíble dominio de la agógica: el rubato vienés no guarda secretos para él. Eso sí, la interpretación es tan apasionada que cualquier intento de bailar desembocaría en desastre. La polca mazurca La libélula es un prodigio en el tratamiento onomatopéyico de la sonoridad, aunque aquí resulta imposible borrar el recuerdo de la más elegante versión de Ozawa.
Se supone que la obertura de El murciélago es especialidad de la casa. Lo es, ciertamente, pero a mí me parece que al maestro se le va la mano en la velocidad: esta música genial guarda otras cosas que a Kleiber, con las prisas, se le pasan por alto.
El maestro llena de pasión el vals Vida de artista, que cerca del final adquiere una tensión y opulencia sinfónicas que casi nis saca del universo de la dinastía Strauss.
Mucha picardía en la Moulinet-Polka, para luego pasar a una recreación de Eljen a Magyar! que resulta bulliciosa y efervescente como nunca se haya escuchado. En la polca francesa Im Krapfenwaldl se gasta la broma habitual, en este caso con los cucús del pajarillo del bosque; portamenti marcadísimos, por cierto.
Peso pesado el vals Voces de primavera, que casi logra que nos olvidemos de la recreación de 1987 con Karajan y Kathleen Battle. Eso sí, Kleiber aporta más agilidad de voluptuosidad sinfónica. Muy incisiva y con mordiente la Pizzicato-Polka. Las Csárdas de Johann Strauss que vienen a continación poseen un sabor húngaro intensísimo y desprenden una electricidad desbordante. ¡Qué agilidad y claridad las de la cuerda vienesa! ¡Qué virtuosismo!
Plappermäulchen es una polca rápida. Kleiber roza el cielo en todas ella, así que los resultados son espectaculares, justo como ocurre con la Jockey-Polka que se ofrece como propina.
Tan hermosa como fluida la recreación de El bello Danubio azul, y festiva a tope la Marcha Radetzky, en la que el público aporta reguladores sin necesidad de que la batuta se los indique.
Enorme concierto, en definitiva, aunque todo el mundo sabe que el mejor seguirá siendo, por los siglos de los siglos, el de Karajan de 1987.

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