viernes, 28 de noviembre de 2025

Algunas grabaciones del Orfeo y Eurídice de Gluck (y II)

Seguimos con el repaso iniciado en la entrada anterior de algunas grabaciones del Orfeo y Eurídice de Gluck con la tercera de las realizadas por John Eliot Gardiner, una filmación de 1999 editada en DVD por Arthaus en la que vuelve a la versión francesa arreglada por Berlioz, pero esta vez con instrumentos “de época”, obviamente los de su Orquesta Revolucionaria y Romántica. Dirección muy de Gardiner: seca, incisiva, muy áspera en la sonoridad –cuerda ácida, metales broncos–, con predominio del staccato, escasa sensualidad y no mucha delectación melódica, pero también con una considerable dosis de teatralidad y de fuerza dramática, particularmente en la danza de las furias tomada de Don Juan. Magnífico el Coro Monteverdi.

Magdalena Kozená, mezzo muy lírica aunque no particularmente corta en el grave, canta de manera canónica y con expresividad contenida; en línea con la batuta, pues, pero sin caer en la frialdad, al tiempo que ofrece acariciadores medias voces. Muy bien Madeline Bender como Eurídice, y excelente el Amor de Patricia Petibon, soberbia además en la expresividad facial que es base de la puesta en escena de Robert Wilson. Esta es la propia del autor: estática, de bellísimos tonos azulados, coreografías elegantes y simbólica y vestuario idéntico para todo el mundo. Por lo demás, hay escenas notablemente resueltas y otras poco convincentes, como la del momento de volver la vista atrás y –en general– todas las danzas. Muy hermoso el final en un teatro neoclásico. Una propuesta globalmente interesante, pues, que pierde por una toma sonora que deja la orquesta muy atrás. 

Bastante mejor suena la grabación de René Jacobs con la magnífica Orquesta Barroca de Friburgo y el no menos estupendo Coro de Cámara de la RIAS una producción de Harmonia Mundi registrada en 2001 que sigue la versión de Viena. El contratenor francés, que hiciera de Orfeo en el registro de Kuijken, ofrece una dirección marcadamente historicista, ágil, afilada e incisiva, de acusado sentido de los contrastes y apreciable teatralidad. También hay coquetería y encanto en su propuesta, hasta el punto de que alguna danza puede resultar un punto pimpante. Atractivo el despliegue tímbrico, al mismo tiempo sensual y con la aspereza de los instrumentos originales. A Bernarda Fink le falta un grave más sólido, pero canta con gran musicalidad. Lo mismo se puede decir de la Euridice de Veronica Cangemi y del Amor de Maria Cristina Kiehr. Excelente el clave de Nicolau de Figueiredo, profusamente ornamentado.

Curioso el Blu-ray de Arthaus de 2014, una película de Ondrej Havelka está realizada en un castillo barroco: las escenas de la Arcadia y el Elíseo se encuentran filmadas en un teatro como si fuera una representación de época, y las del Hades entre bambalinas. Ofrece enormes aciertos puntuales, como el aria de Eurídice, y también errores de bulto como la danza de las furias. También hay cursilerías –Amore resulta un poco estúpido– junto con algunos planteamientos muy sugerentes. El sonido en playback está excepcionalmente bien sincronizado, pero choca al oyente, mientras que la filmación cinematográfica no está realizada con toda la lógica posible.

Musicalmente, en esta propuesta fílmica encontramos a Vaclav Luks al frente del Collegium 1704 para ofrecer la versión de Viena con criterios por completo historicistas. La dirección es enérgica pero un tanto plana, escasa en cantabilidad, en sensualidad y en variedad expresiva; tampoco parece del todo depurada en lo sonoro, aunque al menos cuenta con un rico clave ricamente ornamentado. El punto fuerte es un Bejun Mehta que canta de maravilla y se muestra muy entregado en lo expresivo, a despecho de alguna blandura en el primer acto. Magnífica la Eurídice de Eva Liebau, mal el Amore de Regula Mühlemann.

La grabación en vivo firmada por Laurence Equilbey para el sello Archiv en abril de 2015 es la que más me ha gustado de todas. Curioso que el producto se ofrezca en dos versiones, la original de Viena y una selección que mezcla Viena con París para incluir algunos de las danzas y arias adicionales a los que estamos acostumbrados. He escuchado las dos con enorme placer. La directora francesa se marca la mejor dirección imaginable. Historicista al cien por cien, pero sin confundir eso con tener carta blanca para hacer el ganso, Equilbey libera definitivamente a la música de Gluck del encorsetamiento academicista de un Gardiner para devolverle la vida, el color y los contrastes con un fraseo nada rígido, rico en inflexiones, concentrado cuando debe –la expansión lírica es fundamental–, también con mucho nervio y sentido teatral. Su Insula Orchestra es espléndida, aporta las sonoridades rústicas que esta música necesita sin caer en lo chirriante y toca con tanto entusiasmo como buen gusto. Mención especial merecen los timbales de Koen Plaentinck y el oboe de Jean-Marc Philippe, este último son la sonoridad gangosa de otros solistas “históricamente informados”. También espléndidas las flautas de Jocelyn Daubigney y Stefanie Troffaes, así como el arpa de Virginie Tarrête. ¡Cuántas señoras aquí dando la lección a sus compañeros masculinos! Bueno, entre estos últimos hay que citar a Sébastien d’Hérin, portentoso clave que ofrece ese continuo que la versión original de la partitura pide a gritos.

Franco Fagioli es el Orfeo casi ideal. Cierto es que no posee ese dominio de la correspondencia entre lo que se dice y lo que se canta que tenía Janet Baker, pero su voz oscura, aterciopelada y de graves holgados, su legato mórbido y su expresividad tan melancólica como contenida, muy en el estilo sin necesidad de extremar el pathos, es una gloria bendita. La que sí saca un poco los pies del plato, yo diría que para bien, es la soprano Malin Hartelius: rebelde, intenso y desafiante su Che fiero momento. Emmanuele de Negri canta estupendamente y se permite ornamentar con brillantez el rol de Amore. El Coro Accentus es el de la propia Equilbey, así que su rendimiento técnico y expresivo es óptimo.

 

Entre 2016 y 2017 Diego Fasolis y su conjunto I Barrochisti realizan para Erato la primera grabación mundial de la versión de Nápoles de 1774, que reduce la orquestación, suprime recitativos y sustituye el dúo y el aria de Eurídice por dos piezas de mucho menor valor atribuidas a Diego Naselli. La tesitura del protagonista es mucho más aguda y las voces están más ornamentadas, todo al gusto napolitano. Además, se incluyen efectos propios del Sturm und Drang. Por eso mismo la dirección de Fasolis es muy enérgica, teatral y contrastada, mirando a los efectos no se sabe muy bien si barrocos o protorrománticos. Es en parte por ese despliegue de energía por lo que pierde elegancia neoclásica: necesita tempi más lentos, mayor vuelo lírico y sensualidad. La orquesta es magnífica, y los dos claves, muy ornamentados, realizan una soberbia labor al continuo. El Coro della Radiotelevisione svizzera se muestra expresivo, sin ser una maravilla en lo técnico. Philippe Jaroussky canta con de manera irreprochable, algo milagroso teniendo en cuenta lo agudo de esta versión; lo hace con un gusto exquisito y aportando enorme intensidad dentro de una visión a la que le falta la melancolía poética de un Mehta o un Fagioli. Siendo muy intensa y teatral la Eurídice de Amanda Forsythe, sobresale una soberbia Emöke Baráth como Amore: voz con más carne de lo habitual en el papel, ninguna ñoñería y buena ornamentación en la segunda vuelta.

YouTube nos regala la oportunidad de ver la propuesta de 2018 con Fasolis y Jaroussky en París, pero esta vez siguiendo la versión original de la partitura. Todo gira en torno a la producción escénica de Robert Carsen, sencillamente un modelo de cómo se puede ser “moderno” al tiempo que cien por cien respetuoso con la dramaturgia original: todavía recuerdo con horror el destrozo que Rafael Villalobos hizo en el Villamarta. Carsen no está para tonterías, sino para ir al meollo de la cuestión. Escenografía despojadísima, minuciosa dirección de actores y una bellísima labor de luminotecnia que busca la expresión al tiempo que se pone al servicio de los cantantes. No hay más. Resultados, excepcionales.

Fasolis sigue en su línea briosa y agitada en exceso. Jaroussky da buena cuenta de su enorme clase, pero aquí se lo merienda la señora Patricia Petibon, que pasa de ser un gran Amore con Gardiner a convertirse en una Euridice de referencia. No es solo su voz plena y con carne, o su canto de cuidadísima línea. Se trata también su variedad expresiva, la intensidad con que frasea, la incisividad de los acentos. ¡Y qué decir de su categoría como actriz! Sus quince minutos con Jaroussky son de altísimo voltaje musical y escénico: solo por ellos ya merece la pena el visionado. Por si fuera poco, la hermosa Emőke Baráth luce una voz maravillosa –esmaltada, bien proyectada– y se implica a fondo en la expresión.

¿Conclusiones? Para quien se acerque por primera vez a la obra, el vídeo gratuito de Jaroussky, Fasolis y Carsen. Para quienes quieran un audio de referencia, la grabación de Equilbey con Fagioli. Y luego hay que escuchar a Janet Baker, por supuesto.

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