lunes, 12 de octubre de 2020

Iberia por Alicia de Larrocha

Ya que hablé esta mañana de Albéniz por Alicia de Larrocha, cerramos el Día de la Hispanidad repasando las tres grabaciones que ese monumento de la literatura pianística universal que es Iberia grabó la pianista de Barcelona a lo largo de su carrera. Impresionantes todas, pero con apreciables diferencias entre ellas.


La primera la registró para Hispavox allá por 1959: toma con deficiencias, a volumen en exceso elevado, que ahora circula bajo los sellos EMI y Warner. En ella Alicia, a sus 36 años, Alicia no solo deslumbra con un virtuosismo asombroso que le permite superar con holgura todos los escollos técnicos de la obra –su agilidad, potencia, riqueza de color y capacidad para modelar el sonido son increíbles–, sino también por un enorme compromiso expresivo que le permite entregar recreaciones muy “raciales”, llenas de salero, de sabor folclórico bien entendido, de vigor rítmico, de empuje y de duende. Eso sí, aunque también es capaz de ofrecer concentración, refinamiento y lirismo de altos vuelos, sus futuras aproximaciones le permitirán ahondar más en esa faceta de la obra. 


En 1972 graba su primer registro para Decca. La toma –realizada en Londres– es mucho mejor que la de antes, aunque a día de hoy deja muy en evidencia su edad. De Larrocha sigue haciendo gala de una sinceridad admirable, de un salero, un duende y un sabor folclórico netamente españoles, de una intensidad por momentos abrasadora –inflamadísima Rondeña, por ejemplo–, pero ahora, y siempre haciendo gala de una pulsación riquísima y de un ejemplar dominio de la gama dinámica y de las transiciones, nuestra artista es capaz de hacer volar más aún las melodías, de profundizar en los aspectos más refinados, poéticos y evocadores de esta música, de subrayar lo que tiene de sensual y de acariciador, de ofrecer momentos de una concentración verdaderamente mágica, algo en lo que seguramente tienen que ver unos tempi por lo general más lentos –a veces mucho más lentos, como en una absolutamente sensacional Almería– de los de la ocasión anterior. 


Fue también Decca quien se encargó de su último registro, realizado en Oxford en 1986 con toma ahora sensacional. Sin que se aprecie una gran diferencia conceptual con respecto a su recreación anterior, se diría que De Larrocha avanza un poco más por el sendero que ya había emprendido. No se puede decir precisamente que falten temperamento, sentido rítmico, valentía a la hora de marcar contrastes ni sabor folclórico (¡faltaría más!), pero ahora esos componentes se atemperan todavía un poco más para poner de relieve, mirando con el rabillo del ojo al universo de “lo francés”, lo que en esta música hay de sensual, de ensoñación, incluso de intemporal. Y todo ello lo materializa mediante un toque aún más variado, más rico en colores y acentos, de mayor depuración, todavía más hermoso, y de un vuelo poético todavía más emotivo e inspirado. Cierto es que no todas las piezas igualan o superan las anteriores –Albaicín va algo más rápida y no paladea la última sección todo lo posible-, pero globalmente la lectura es más redonda y alcanza especial inspiración en el último cuaderno, el más “extraño” y quizá el más visionario, sobre todo en esa página esencial, marcadamente abstracta y dificilísima que lleva el nombre de mi tierra: Jerez. De propina, como en la anterior grabación para Decca, se incluye una tan temperamental como controlada lectura de Navarra. A continuación, una increíble Suite Española se encarga de cerrar un disco por completo imprescindible.

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