sábado, 28 de marzo de 2020

Redondo Falstaff en Berlín por Martone, Barenboim y Volle

La última imagen que esperaba a ver en mi vida es la de Barbara Frittoli en un club sado-maso (“La quercia di Herne”) vestida de cuero y fumándose un porro. Pero así es el Falsstaff de Verdi a cargo de Mario Martone ofrecido en el Festagge 2017 de la Staatsoper de Berlín bajo la dirección musical de Daniel Barenboim que se ha emitido en estos días de la crisis del coronavirus. Pero lo cierto es que me ha gustado bastante: independientemente del cambio de época –creo que lo que vemos es el Berlín de los años anteriores a la caída del muro–, la dramaturgia es la de Boito, no la que se inventa el regista de turno. Los personajes están bien traducidos a tiempos recientes y las situaciones están resueltas tal y como dice el libreto. La única aportación significativa es convertir a Quickly en antigua amante del protagonista. Otra cosa es el club nocturno escogido para el último cuadro, no por su sordidez sino por la imposibilidad de que destile esa magia poética que la música pide a gritos; en cualquier caso, muchísimo mejor esto que la enorme cursilada (¡esos niños con las bengalas!) de un Zeffirelli. También se puede discutir la melancólica iluminación de la escena en casa de Ford –son las dos de la tarde y el sol está muy bajo–, si bien esta rima con la aproximación de la batuta. En cualquier caso, la producción resulta de lo más satisfactoria gracias a lo bien perfilados que están todos los personajes, a la excelencia de la dirección de actores y a la agilidad bien entendida –nada de marear al espectador, aunque quizá sobre figurantes– con que se plantea cada una de las secuencias.


Daniel Barenboim ha renunciado hace un par de meses a su inicialmente previsto retorno a este título para cederle el testigo a su íntimo amigo Zubin Mehta. El maestro indio es un espléndido director de esta ópera, pero a mi entender el titular de la Staatsoper llega aún más alto. No hay en su aproximación heterodoxia alguna, ni tampoco se puede decir (¿qué demonios sería eso en Falstaff?) que se trate de una lectura “germánica”. Pero sí podemos apuntar que su realización se distancia de la extrovertida, chispeante y dinámica –no por ello exenta de elevadísima poesía– de Leonard Bernstein, que a mí me sigue pareciendo la referencia, para recordar no poco a lo que con este título hacía Carlo Maria Giulini: atender a atmósferas, profundizar en sus aspectos más sombríos –no confundir con el carácter agrio de la interesantísima aproximación de Toscanini– y frasear las melodías con la mayor cantabilidad. Lo que ocurre es que el de Buenos Aires supera al de Parma diseccionando como nadie ha logrado hasta ahora el increíble entramado orquestal tejido por Verdi, matizando –dinámicas, acentos– con enorme acierto cada una de las frases tanto de las familias instrumentales como de los solistas y haciendo gala de un sentido del color (¡cómo ha mejorado Barenboim en este aspecto a lo largo de las últimas décadas!) jamás escuchado en este título. La Staatskapelle de Berlín, que suena con considerable músculo pero sin asomo de pesadez, está fenomenal y se entrega por completo tanto en lo técnico como en lo expresivo.


Muy convincente Michael Volle en el rol titular, quien acierta al encargar a Sir John sin caer en los extremos de lo excesivamente vulgar o de lo ingenuamente bonachón. El suyo es un Falstaff muy humano, humano en todos los sentidos, que se encuentra rica y certeramente matizado sin que la belleza del canto se resienta. Solo se le puede reprochar cierta falta de recursos vocales que podríamos calificar –de manera muy genérica e inapropiada– como “belcantistas”, lo que no tiene que ver con la procedencia germánica del cantante: sí que los tenía, y de qué manera los manejaba, un tal Fischer-Dieskau, que no era precisamente de Módena. En cuanto a la vertiente teatral, un diez para Michael Volle por su actuación escénica de primerísima magnitud en la que, por cierto, no tiene ningún reparo en reírse de sus carnes flácidas.


Barbara Frittoli es la Alice oficial de las dos últimas décadas, habiendo registrado el papel bajo la batuta de Muti, Haitink, Mehta y Gatti, nada menos. Conozco las tres primeras, y lo cierto es que en esta ocasión es en la que más me ha gustado: no solo está vocalmente espléndida –diría incluso que con menos vibraciones que antes–, sino que pone toda la experiencia acumulada al servicio de un retrato que, en esta producción escénica, sitúa sensualidad e incluso erotismo en primer plano. Por cierto, vaya físico que a su edad luce la señora en bañador. ¡Quién lo diría!

Muy bien Alfredo Daza como Ford, tan vez sin la rotundidad ni la fuerza expresiva de otros cantantes que se han acercado al papel, pero luciendo espléndida pasta vocal y apreciable convicción. Quickly es nada menos que Daniella Barcellona, quien si por su físico encaja bastante bien con la idea que tenemos de la comadre, en lo expresivo no alcanza el punto de ironía que la singulariza; en cualquier caso, sintoniza con la propuesta escénica a la hora de destilar el resentimiento propio de una amante despechada, mientras que su sabiduría canora se encuentra garantizada. Katharina Kammerholer, maravillosamente desenvuelta en lo escénico, es una irreprochable Meg.


La parejita de enamorados corre a cargo de Nadine Sierra y Francesco Demuro. La soprano luce un instrumento atractivo, mate y aterciopelado en lugar de luminoso, canta con plena solvencia y se muestra sensible sin caer en la ñoñería con que otras abordan a Nanetta; durante el primer acto luce bikini y deslumbra con un cuerpazo espectacular, además de con enorme sabiduría escénica. Menos desenvuelto sobre las tablas que su compañera, el tenor triunfa con una voz muy bonita y una línea de canto italianísima ideal para Fenton.

Stephan Rügamer está francamente bien como Bardolfo. Las dignas actuaciones de Jan Martiník y Jürgen Sacher –Pistola y Doctor Cajus respectivamente– redondean un Falstaff de altísimo nivel global que debe ser atendido por todo el que ame la obra. De momento no está prevista una reposición del streaming, pero es de esperar que algún día salga en Blu-ray. Si es que no se acaba el mundo, claro está.

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