jueves, 12 de abril de 2018

Barenboim vuelve a Bartók en Berlín... cincuenta y cuatro años después

Daniel Barenboim debutó al frente de la Filarmónica de Berlín en 1964: Concierto para piano nº 1 de Belá Bartók dirigido por Pierre Boulez. El pasado febrero se reunía una vez más con la formación alemana, con la que ha colaborado intensamente a lo largo de estos cincuenta y cuatro años (¡nada menos!). Y lo hizo volviendo sobre la misma partitura, sobre la que ha ido dejando algunos testimonios fonográficos de enorme calidad: grabación para EMI con Boulez de 1967, toma radiofónica con Solti de 1992, toma con Boulez de 2005 y nuevo registro comercial con el compositor de El martillo sin dueño en 2008, esta vez con imágenes. Añadamos a ellos una soberbia dirección de la obra a Yefim Bronfman de 2011, que circula entre los aficionados procedente de la radio. Dirección muy diferente, por cierto, a todas las que le han acompañado a él: atmosférica y opresiva en grado extremo.


¿Le quedaba, pues, algo que decir a Barenboim sobre esta página en su faceta de pianista? A tenor de la filmación del 24 de febrero que he podido disfrutar en la Digital Concert Hall, resulta que sí. Fíjense en que han pasado "solo" diez años desde su referida filmación con Boulez, y ya desde los primeros compases se aprecia que el maestro aún está dispuesto a dar una vuelta más de tuerca jugando con los ritmos sincopados bartokianos, con los acentos, con dinámicas y colores… Que una vez más algún pasaje del primer movimiento le resulte  trabajoso importa poco ante semejante despliegue de compromiso y musicalidad. A destacar en este sentido el segundo movimiento, en el que el de Buenos Aires se eleva a cotas inigualables de inspiración. ¡Qué manera de desplegar las texturas nocturnales! ¡Qué manera de alcanzar el clímax dramático de la parte solista!

En tercer movimiento hay que descubrirse especialmente ante un sonido poderosísimo, denso a más no poder, pero también capaz de las mayores sutilezas, sin tener la necesidad de resultar percutivo –su toque es ahora mucho más variado que en 1967– ni de destacar cada nota con limpieza extrema: las “brumas germánicas” resultan ser muy bienvenidas. Todo ello, por descontado, lo hace Barenboim sin quedarse en la mera exhibición de músculo, sino ofreciendo intensidad dramática del altísimo voltaje en perfecta sintonía con un Rattle implicadísimo en la expresión. Mucho más que el distanciado Boulez, sin ir más lejos. Efectivamente, el británico se muestra dramático y escarpado a más no poder –terrorífico el clímax orquestal del Andante–, sin que el tremendo despliegue de vehemencia e inmediatez haga peligrar una arquitectura planificada con portentosa perfección ni le haga olvidar la necesidad de ofrecer los más ricos y adecuados colores posibles de una orquesta que resulta ideal para la obra –mucho más que la de Filarmónica de Viena- y que se encuentra en el mejor momento de su historia: los primeros atriles son todos oírlos para creerlos, por no hablar de esa cuerda musculada y poderosísima que contribuye no poco a los resultados de esta ya histórica recreación.

El programa, magníficamente construido en torno a la absorción del folclore por parte de la música culta, se había abierto con las Danzas eslavas op. 72 de Dvorák, esto es, con la segunda de las dos series que escribió el compositor bohemio. De ellas planteaba Rattle interpretaciones que, sin dejar de ofrecer fogosidad y sentido del ritmo, se centraban en los aspectos más suntuosos y opulentos en lo sonoro de estas páginas, dichas con poderosísimo músculo, enorme sensualidad y una delectación melódica que, eso sí, en más de un momento rozaba el narcisismo. El lector estará pensando lo mismo que yo: efectivamente, el espíritu de Karajan parece seguir presente en la formación berlinesa. Sea como fuere, resulta imposible dejarse de seducir por semejante espectáculo.

La genial Sinfonietta de Janácek ocupaba el último tercio del programa. Temía un poco, a tenor de lo escuchado en las Danzas Eslavas, que Rattle se viera tentado por “romantizar” la obra. Pero nada de eso: aun siendo imponente, díríase que apabullante e insuperable en brillantez y perfección técnica (¡para desmayarse de asombro, una vez más, la labor de todas y cada una de las maderas!), la Filarmónica de Berlín suena con la rusticidad, el carácter descarnado y los colores virulentos que esta música necesita, y el maestro británico sabe inyectar todo ese nervio interno, esa electricidad y ese carácter obsesivo propios del compositor. No solo eso: hay también ganas de vivir, pasión perfectamente controlada, visceralidad dramática, sensualidad melódica, lirismo punzante y grandeza sin retórica. Y mucha convicción: creo que es la mejor interpretación que he escuchado de la página a pesar de los memorables logros fonográficos y de un Abbado –su grabación en Decca, no así la de DG– y de un Mackerras, o de los testimonios impresionantes, no comercializados, de Pierre Boulez enfrentándose a esta singular partitura.

En definitiva, un concierto globalmente sensacional en la que uno no sabe si admirar más a Barenboim, a Rattle o a la orquesta. Si no están abonados a la Digital Concert Hall, no duden en pagar para ver al menos esta filmación; merece muchísimo la pena.

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